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UN BUEN LIBRO PARA LEER: LEÓN EL AFRICANO  (1986)

LeonElAfricano      Léon l'Africain

    Amin Maalouf. (Líbano)

    Editorial:   Salvat.     
   

     Traducción: María Teresa Gallego Urrutia y María Isabel Reverte Cejudo.    

                              

    

   

Finales de libros:

    

Al contemplar desde la muralla del castillo las espesas columnas de humo que se elevaban en la ciudad, cada vez en mayor número, no podía quitarme de la memoria la imagen del papa León que, en nuestra primera entrevista, me había predicho este desastre. ¡Roma acaba de renacer pero ya la acecha la muerte! Allí estaba la muerte, ante mis ojos, propagándose por el cuerpo de la Ciudad Eterna. 

A veces, algunos milicianos, algunos restos de las Bandas Negras, intentaban impedir el acceso a las encrucijadas, pero pronto quedaban desbordados por las oleadas de asaltantes. En el barrio del Borgo, y sobre todo en las proximidades del palacio del Vaticano, los guardias suizos resistieron con admirable valor, sacrificándose por decenas, por cientos, para defender cada calle, cada edificio, retrasando así algunas horas el avance de los Imperiales. 

Pero acabaron por sucumbir ante el número y los lansquenetes invadieron la plaza de San Pedro al grito de: 

—¡Lutero papa! ¡Lutero papa! 

Clemente VII estaba aún en su oratorio, ignorante del peligro. Un obispo vino a tirarle, sin contemplaciones, de la manga: 

—¡Santidad! ¡Santidad! ¡Ya llegan! ¡Os matarán! 

El papa estaba de rodillas. Se levantó y se apresuró hacia el corredor que conduce a Sant' Angelo, mientras el obispo le llevaba el bajo de la sotana para que no tropezara. Pasó corriendo delante de una ventana y un soldado imperial le disparó una salva, pero sin alcanzarlo. 

—¡Santidad, vuestra sotana blanca se ve demasiado! —le dijo su acompañante, apresurándose a taparlo con su propio manto malva, menos llamativo. 

ClementeVII       Lutero       CarlosI

El Santo Padre llegó al castillo sano y salvo pero agotado, cubierto de polvo, desencajado, con el rostro descompuesto. Ordenó que bajaran los rastrillos para impedir el acceso a ha fortaleza y se encerró a continuación solo en sus habitaciones para rezar, quizá también para llorar. 

En la ciudad, abandonada a los lansquenetes, el saqueo prosiguió durante largos días. Pero se hostigó poco al castillo de Sant' Angelo. Los Imperiales lo rodearon por todas partes sin atreverse a atacarlo. Tenía una sólida muralla y piezas de artillería abundantes y variadas: sacres, falconetes y culebrinas; sus defensores estaban decididos a morir todos antes que sufrir la suerte de los infortunados habitantes de la ciudad. 

Los primeros días aún esperábamos refuerzos. Sabíamos que los italianos que pertenecían a la Santa Liga, a las órdenes deFrancesco della Royere, duque de Urbino, no estaban lejos de Roma. Un obispo francés vino a susurrarme al oído que el Gran Turco había cruzado los Alpes con sesenta mil hombres y que iba a coger a los Imperiales por la espalda. La noticia no se confirmó y el ejército de la Liga no se atrevió a intervenir, siendo así que habría podido liberar Roma sin dificultad alguna y diezmar a los lansquenetes, entregados por completo al saqueo, a las orgías y a las borracheras. Desmoralizado por la cobardía y la indecisión de sus aliados, el papa se resignó a negociar. Ese mismo día 21 de mayo recibió a un enviado de los Imperiales. 

lansquenetes-durante-el-saqueo-de-roma

Lo siguió otro emisario, dos días después, para una breve visita. Mientras subía la rampa del castillo, oi pronunciar su nombre acompañado de algunos adjetivos bastante poco halagueños. Cierto es que se trataba de uno de los jefes de la familia Coloma, primo del cardenal Pompeo. Un sacerdote florentino comenzó a lanzarle invectivas, pero los presentes le impusieron silencio. Muchos sabían, en efecto, y yo también, que aquel hombre, muy recto de carácter, no podía alegrarse del desastre que había caído sobre su ciudad, que lamentaba con toda seguridad la felonía de la que era culpable su familia y que haría cuanto pudiera por reparar aquella falta intentando salvar lo que de Roma y de la dignidad pontificia pudiera aún salvarse. 

No me sorprendía, pues, la llegada de aquel Coloma. No sospechaba, en cambio, ni poco ni mucho, que durante su conversación con el papa, el emisario iba a hablar de mí. Nunca había coincidido con él antes de ahora y cuando un miliciano vino a llamarme para que acudiera urgentemente a las habitaciones pontificias, no tenía ni la más remota idea de lo que se pretendía de mi. 

Ambos hombres estaban sentados en la biblioteca, en sillones próximos. El papa Clemente no se había afeitado desde hacía quince días, señal de duelo y de protesta contra la suerte que se le infligía. Me pidió que me sentara y me dijo que su visitante era «un hijo muy querido, un amigo valioso y abnegado». Coloma tenía un mensaje para mí que me transmitió con cierta condescendencia. 

—El capellán de los lansquenetes de Sajonia me ha pedido que os haga partícipe de su inquebrantable amistad y de su agradecido recuerdo. 

No había más que un sajón que pudiera conocer a León el Africano. Su nombre se me escapó como un grito de victoria un poco indecente en aquellas circunstancias: 

—¡Hans! 

—Uno de vuestros antiguos alumnos, si he comprendido bien. Quiere agradeceros cuanto le enseñasteis con tanta paciencia y demostraros su gratitud ayudándoos a salir de aquí con vuestra mujer y vuestro hijo. 

Antes de que yo hubiera podido reaccionar,el papa intervino: 

—No me opondré, por supuesto, en modo alguno a vuestra decisión, sea cual sea. Pero no puedo por menos de avisaros que vuestra partida no será posible sin graves riesgos para vos y para los vuestros. 

 Coloma me explicó:

—Entre las tropas que rodean el castillo, hay muchos fanáticos que quieren apurar la humillación de la sede apostólica. Se trata ante todo de alemanes fanatizados por Lutero. ¡Dios lo persiga con su cólera hasta el fin de los tiempos! Otros, en cambio, querrían concluir el asedio y hallar una solución que ponga fin a la humillación de la cristiandad. Si Su Santidad intentase salir hoy, sé que hay regimientos que no vacilarían en apoderarse de su persona y en hacerle sufrir el peor de los suplicios. 

 Clemente se puso lívido mientras su visitante proseguía:

—Esto, ni yo ni el emperador Carlos podríamos evitarlo. Habrá que negociar mucho aún, recurrir a la persuasión, a la astucia, no descartar ningún medio. Sería particularmente útil un ejemplo. Tenemos hoy la inesperada suerte de poder hacer salir a uno de los sitiados por petición expresa de un predicador luterano. Os está esperando con un destacamento de sajones, todos ellos herejes como él, y dice estar dispuesto a escoltaros personalmente muy lejos de aquí. Si todo sale bien, si todo el ejército se entera mañana que el capellán de los lansquenetes de Sajonia ha liberado a uno de los sitiados de Sant' Angelo, nos resultará más fácil proponer, dentro de unos días o de unas semanas, la liberación de otras personas, quizás incluso de Su Santidad, en condiciones dignas y seguras. 

Clemente VII intervino de nuevo: 

—Repito que no hay que ignorar los peligros. Su Eminencia me dice que algunos soldados fanatizados podrían haceros pedazos y también a vuestra familia y a vuestra escolta, sin que se salvara ni siquiera el capellán. La decisión que se os pide no es fácil. No tenéis, además, tiempo de pensarlo. El cardenal está ya a punto de partir y deberíais acompañarlo. 

Dado mi temperamento, prefería correr un riesgo inmediato pero de corta duración antes que eternizarme en una cárcel sitiada donde, a cada instante, podían entrar a sangre y fuego. Sólo vacilaba al pensar en Maddalena y en Giuseppe. No me resultaba fácil conducirlos por propia voluntad entre hordas de asesinos y saqueadores. Dicho esto, si se quedaban en Sant' Angelo, conmigo o sin mí, no quedaba su seguridad garantizada en absoluto. 

 Coloma me apremió: —¿Qué habéis decidido?

—Me pongo en manos de Dios. Voy a decirle a mi mujer que recoja las pocas cosas que tenemos aquí. 

—No os llevaréis nada. El menor hatillo, el menor capacho podría excitar a los lansquenetes como el olor de la sangre a las fieras. Partiréis como estáis, con ropa ligera y sin nada en las manos. 

No intenté discutir. Estaba escrito que pasaría de una patria a otra como se pasa de la vida a la muerte, sin oro, sin adornos, sin más fortuna que mi resignación ante la voluntad del Altísimo. 

Cuando le hube explicado, en pocas palabras, de qué se trataba, Maddalena se puso de pie. Despacio, como solía, pero sin la menor vacilación, como si supiera desde siempre que vendría a llamarla para tomar el camino del destierro. Cogió a Giuseppe de la mano y me siguió para ir a los aposentos del papa, que nos bendijo, alabó nuestro valor y nos encomendó a la protección de Dios. Le besé la mano y le confié todos mis escritos, salvo esta crónica, inacabada entonces, que había enrollado y me había metido en el cinturón. 

 Hans nos esperaba con los brazos abiertos a la entrada del barrio de Regola por el que habíamos deambulado juntos en el pasado y que no era ya más que una sucesión de ruinas calcinadas. Llevaba una túnica corta, sandalias descoloridas y, en la cabeza, un casco que se quitó apresuradamente antes de abrazarme. La guerra lo había encanecido prematuramente y tenía el rostro más anguloso que nunca. Lo rodeaban una docena de lansquenetes con casacas de frunces y penachos leprosos que me presentó como sus hermanos. 

Apenas habíamos dado unos pasos cuando un oficial castellano y sus hombres nos cortaron el camino. Haciéndome señas de que no me moviera, Hans le dirigió la palabra al militar con tono firme pero no provocador. Luego se sacó del bolsillo una carta cuya vista despejó en el acto la calzada. ¿Cuántas veces nos pararon de esta forma antes de llegar a nuestro destino? Veinte, sin duda, quizá hasta treinta. Pero en ningún momento le faltaron a Hans recursos. Había organizado de forma admirable aquella expedición y obtenido todo un fajo de salvoconductos firmados por el virrey de Nápoles, por el cardenal Coloma así como por diversos jefes militares. Lo rodeaban además sus «hermanos» sajones, unos mocetones dispuestos a apuntar con sus armas a los numerosos soldados borrachos que merodeaban por los caminos al acecho de alguna rapiña.

Cuando hubo comprobado la eficacia de sus disposiciones, Hans se puso a hablarme de la guerra. Curiosamente, sus palabras no casaban con el recuerdo que había guardado de él. Se lamentaba del giro que habían tomado los acontecimientos, recordaba el saqueo de la ciudad. Al principio, hablaba con rodeos, pero, al tercer día, cuando nos estábamos acercando a Nápoles, se puso a cabalgar a mi lado tan cerca que nuestros pies se rozaban.

—Es la segunda vez que hemos desencadenado unas fuerzas que no hemos podido contener. Primero, la rebelión de los campesinos en Sajonia, que nació de las enseñanzas de Lutero y que hubo que condenar y reprimir. Y ahora la destrucción de Roma. Había pronunciado las primeras palabras en árabe y luego había seguido en hebreo, lengua que hablaba con más soltura. Una cosa era cierta: no quería que los soldados que lo acompañaban se dieran cuenta de sus dudas y sus remordimientos. Me parecía, incluso, tan a disgusto en su papel de predicador luterano que, cuando hubimos llegado a Nápoles, me sentí en la obligación de proponerle que me acompañara a Túnez. Sonrió con amargura:

—Esta guerra es mi guerra. La deseé, arrastré a ella a mis hermanos, a mis primos, a los jóvenes de mi obispado. No puedo huir de ella, aunque hubiera de conducirme a la condenación eterna. En lo que a ti se refiere, sólo te has visto mezclado en ella por un capricho de la Providencia. 

En Nápoles, un chiquillo nos condujo a la villa de Abbad y hasta que no vino éste a abrimos la verja no se separó Hans de nosotros. Estuve a punto de manifestarle mi deseo de volver a verlo algún día, en algún lugar del ancho mundo, pero no quería estropear con falaces fórmulas el sincero agradecimiento que sentía hacia aquel hombre. Me contenté, pues, con estrecharlo con fuerza contra mi pecho y con mirarlo luego marchar, no sin paternal afecto. Le tocó al susí entonces darme un vehemente abrazo. Desde hacía meses, esperaba todos los días que llegáramos. Había anulado todos sus viajes, aquel año, jurando que no marcharía sin nosotros. Ya no le detenía nada. En cuanto hubimos tomado un baño, participado en un festin y echado un sueño, nos encontramos todos en el puerto, perfumados y vestidos con ropas nuevas. La más hermosa de las galeras de Abbad nos esperaba, lista para poner rumbo a Túnez.

 

 Gammarth Cartago Roma

 ElCairo Tombuctú Granada

 

Trazo la última palabra en la última página y ya se divisa la costa africana. 

Blancos minaretes de Gamarth, nobles ruinas de Cartago, a su sombra me espera el olvido, hacia ellos deriva mi vida tras tantos naufragios. El saqueo de Roma tras el castigo de El Cairo, el fuego de Tombuctú tras la caída de Granada: ¿me atrae la desgracia o la atraigo yo a ella? 

Una vez más, hijo mío, me lleva este mar, testigo de mis erráticos pasos y que, ahora, te conduce hacia tu primer exilio. En Roma, eras «el hijo del Africano»; en África, serás «el hijo de Rumí». Estés donde estés, querrán hurgar en tu piel y en tus plegarias. ¡Guárdate de halagar sus instintos, hijo mío, y guárdate de doblegarte a la muchedumbre! Musulmán, judío o cristiano, que te tomen como eres o que prescindan de ti. Cuando la mente de los hombres te parezca estrecha, piensa que la tierra de Dios es ancha y anchos Sus manos y Su corazón. No vaciles nunca en alejarte allende todos los mares, allende todas las fronteras, todas las patrias, todas las creencias.

En cuanto a mí, he llegado al final de mi periplo. Cuarenta años de aventuras me han vuelto torpes el paso y el aliento. No tengo ya más deseo que vivir, entre los míos, luengos días apacibles y ser, de entre todos los que amo, el primero en marchar. Hacia ese Lugar postrero donde nadie es extraño ante los ojos del Creador.

 

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