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FRAGMENTOS DE LIBROS: LOLITA (1955)

Lolita

   o  "Las confesiones de un viudo de raza blanca."

  Vladimir Nabokov.  Rusia

 Editorial     Anagrama (1986)    (Biblioteca Nabokov)

                     https://www.anagrama-ed.es/

 Traducción de Francesc Roca    

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Finales de libros:

 

Lo que sigue es un poco más vulgar e insulso. Bajé lentamente ladera abajo y después me encontré marchando con el mismo ritmo perezoso en dirección opuesta a Parkington. Había dejado el impermeable en el boudoiry a mi amiguita en el cuarto de baño. No, no era una casa donde me habría gustado vivir. Me pregunté, ociosamente si algún cirujano de genio sería capaz de cambiar el curso de su carrera y, tal vez, el destino de la humanidad, reviviendo al acribillado Quilty a Clare el Oscuro. No es que me importara. En general, quería olvidar todo aquello; y, cuando supe que estaba muerto, la única satisfacción que me dio la noticia fue el alivio de saber que no necesitaba acompañar mentalmente, y durante meses, una convalecencia penosa y repugnante, interrumpida por toda clase de operaciones inimaginables y recaídas, y quizá rematada por una visita suya, con la consiguiente molestia de para mí de tener que racionalizarlo como un ser concreto, y no como espectro. Tomás el Dídimo no andaba descaminado. Es extraño que el sentido del tacto, tan infinitamente menos precioso para los hombres que el de la vista, se convierta en ciertos momentos críticos en nuestro principal –si no único– asidero de la realidad. Me sentía completamente cubierto por Quilty, por la sensación del peso de su cuerpo sobre el mío durante nuestra pelea, antes de que lo matara. La carretera se extendía ahora por campo abierto. Se me ocurrió –no como protesta, no como símbolo ni nada por el estilo, sino tan sólo como experiencia inédita– que habiendo violado todas las leyes de la humanidad, podía violar también las normas de circulación. De modo que me deslicé hacia la izquierda de la carretera, a ver qué sentía y la sensación era buena. Era una placentera fusión diafragmática, con elementos de vaga tangibilidad, aumentada, si cabe, por la idea de que nada podía estar más cerca de una eliminación de las leyes físicas esenciales que conducir deliberadamente por el lado prohibido de la carretera. En cierto modo, era una comezón muy espiritual. Suavemente, como en sueños, seguí avanzando por aquel lado insólito sin pasar de los cuarenta kilómetros por hora. El tránsito era escaso. Los automóviles que, de cuando en cuando, pasaban por el lado que les había dejado solo para ellos, hacían sonar brutalmente sus bocinas. Los coches que venían hacia mí vacilaban, me regateaban y tocaban el claxon de un modo plañidero. Al fin me encontré en la cercanía de los lugares poblados. Saltarme un semáforo en rojo fue como beber un sorbo de prohibido borgoña durante mi niñez. Mientras tanto, fueron surgiendo complicaciones. Era seguido y escoltado. Al fin vi frente a mí dos automóviles situados de tal manera que interceptaban por completo mi camino. Con un gracioso movimiento salí de la carretera y después de dos o tres bandazos, subí por una pendiente cubierta de hierba, entre vacas perplejas, hasta que el coche se detuvo y tembló suavemente unos instantes. Una especie de meditabunda síntesis hegeliana entre dos mujeres muertas.

 

LolitaPronto me sacarían del automóvil. ¡Adiós Melmoth! ¡Muchas gracias, viejo amigo!). Anticipé mi entrega a muchas manos; no haría nada para cooperar mientras esas manos se movieran y me llevaran, perezosamente abandonado, cómodo, como un paciente, y mientras disfrutara del extraño goce de mi inmovilidad y de la absoluta seguridad de que policías y los enfermeros no me dejarían caer. Y en tanto que aguardaba que se arrojaran sobre mí en la empinada cuesta, evoqué un último espejismo de asombro y desamparo. Un día, poco después de la desaparición de Lo, un acceso de abominables náuseas me obligó a detenerme en el espectro de una vieja carretera de montaña que unas veces acompañaba y otras cruzaba una carretera reciente construcción con su población de asteres que se bañaban en la  tibieza indiferente de un pálido atardecer azul, a fines del verano. Después de arrojar hasta las entrañas, o eso me pareció, descansé un rato sentado en una roca, y luego, pensando que el agradable airecillo me sentaría bien, anduve el corto trecho que me separaba del bajo pretil colocado en el lado del precicipio de aquella carretera.

Pequeños saltamontes surgían entre la maleza agostada, a ambos  lados de la carretera. Una nube muy leve abría sus brazos y se movía hacia otra ligeramente mayor que pertenecía a un sistema más lento y que parecía más cargado de humedad. A medida que me acercaba al amistoso abismo, adquiría cada vez más conciencia de una melodiosa unidad de sonidos que subía, como vapor, de una pequeña ciudad minera tendida a mis pies, en un pliegue del valle. Se divisaba la geometría de las calles, entre manzanas de tejados grises y rojos, y los verdes penachos de los árboles, y un arroyo sinuoso y el rico centelleo mineral del vertedero de la ciudad, y más allá de ésta, caminos que se entrecruzaban sobre la absurda manta formada por campos pálidos y oscuros, y todavía más allá de todo eso, grandes montañas arboladas. Pero aún más luminosa que todos aquellos colores apaciblemente alegres –pues hay colores y sombras que parecen divertirse en buena compañía–, más brillante y soñadoras para el oído que para los ojos, era aquella vaporosa vibración de sonidos acumulados que no se elevaba sin cesar ni por un instante hasta el saliente de granito junto al cual me secaba la boca manchada. Y pronto comprendí que todos aquellos sonidos tenían una misma naturaleza, que eran los únicos sonidos provenientes de las calles de la ciudad transparente, donde las mujeres estaban en casa y los hombres trabajando en la mina. ¡Lector! Lo que oía no era sino la melodía de los niños que jugaban, solo eso. Y tan límpido era el aire, que dentro de aquel vapor de voces mezcladas, majestuosas y minúsculas, remotas y mágicamente cercanas, francas y divinamente enigmáticas, podía oír de cuándo en cuando, como liberado, un estallido de risa viviente casi articulado, o el bote de una pelota, o el traqueteo de un carro de juguete, pero, en realidad, todo estaba demasiado lejos para distinguir un movimiento determinado en las calles apenas esbozadas. Me quedé de pie durante un rato escuchando desde mi elevado saliente aquella vibración musical, aquellos estallidos de gritos aislados, con una especie de tímido murmullo como fondo. Y entonces comprendí que lo más dolorosamente lacerante no era que Lolita no estuviera a mi lado, sino que su voz no formara parte de aquel concierto.

Ésta es, pues, mi historia. La he releído. Se le han pegado pedazos de médula, y costras de sangre, y hermosas moscas de fulgor verde. En tal o cual recodo del relato siento que mi yo evasivo se me escapa, que se zambulle en aguas más oscuras y profundas que no me atrevo a sondear. He camuflado cuanto he podido, para no herir a las gentes. Y he jugueteado con muchos seudónimos antes de dar con uno que se me adaptara convenientemente. En mis notas figuran «Otto Otto», «Mesmer Mesmer», y «Lambert Lambert», pero, no sé por qué, creo que el escogido es el que mejor expresa todo lo malo que hay en mí.

 Hace cincuenta y seis días, cuando empecé a escribir Lolita, primero en la sala de observación para psicópatas, después en esta reclusión bien caldeada, aunque sepulcral, pensé que emplearía estas notasin totodurante mi juicio, no para salvar mi cabeza, desde luego, sino mi alma. En plena tarea, sin embargo, comprendí que no podía mostrar en público las interioridades de Lolita mientras ésta viviera. Quizá use partes de este recuerdo en sesiones herméticas, pero su publicación ha de diferirse.

Por motivos que quizá parezcan más evidentes de lo que son en realidad, me opongo a la pena capital y confío que el juez que me sentencie comparta tal actitud. De haber comparecido ante mí, de ser yo quien me juzgara, habría condenado a Humbert a treinta y cinco años por violación y habría desechado el resto de las acusaciones. Pero aun así, Dolly Schiller me sobrevivirá, sin duda, muchos años. He tomado la siguiente resolución, con todo el sostén y el impacto legal de un testamento firmado: deseo que estos recuerdos no se publiquen hasta que Lolita ya no viva.

Ninguno de los dos vivirá, pues, cuando el lector abra este libro. Pero mientras palpite la sangre en mi mano que escribe, tú y yo seguiremos siendo parte de la bendita materia y me será posible hablarte desde aquí, aunque estés en Alaska. Sé fiel a tu Dick. No dejes que otros hombres te toquen. No hables con desconocidos. Espero que quieras a tu hijo. Espero que sea varón. Ojalá que tu marido te trate siempre bien, porque, de lo contrario, mi espectro se le aparecerá como negro humo, como un gigante demente, y le arrancará nervio tras nervio. Y no tengas lástima de Clare Quilty. Tenía que elegir entre él y Humbert Humbert y quería que éste viviera, al menos, un par de meses más, para que tú vivieras después en la mente de generaciones venideras. Pienso en bisontes y ángeles, en el secreto de los pigmentos perdurables, en los sonetos proféticos, en el refugio del arte. Y ésta es la única inmortalidad que tú y yo podemos compartir, Lolita mía.

 

 

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