UN BUEN LIBRO PARA LEER:  El Tao de la Física (1975)

 

ElTAOdelaFísica

 

 Fritjof Capra (Austria)

 Editorial SIRIO, S.A.   Ed.3ª -Marzo 2000-

 Traducción: Alma Alicia Martell Elizarrarás

  

 

   

Finales de libros:

 

 

EPILOGO

 

     El interés de las filosofías religiosas orientales es el conocimiento místico atemporal, que está más allá del razo­namiento y que no puede ser expresado adecuadamente con palabras. La relación de este conocimiento con la física moderna no es más que uno de sus múltiples aspectos y, como todos los demás, no puede ser demostrado de un modo conclu­yente, sino que debe experimentarse de forma directa e intui­tiva. Lo que espero haber logrado, hasta cierto punto, no es una demostración rigurosa, sino simplemente haber dado al lector una oportunidad de revivir de vez en cuando, una experiencia que para mí ha llegado a ser fuente de continua alegría e inspiración: descubrir que las teorías y los modelos princi­pales de la física moderna conducen a una visión del mundo que es internamente congruente y que está en perfecta armo­nía con las ideas del misticismo oriental.

 

Para quienes hayan experimentado esta armonía, el significado de los paralelismos existentes entre los concep­tos del mundo de los físicos y los de los místicos estará fuera de toda duda. La cuestión que nos interesa entonces, no es si estos paralelismos existen, sino por qué y, sobre todo. ¿qué significa su existencia?

 

En su intento por comprender el misterio de la Vida, el hombre ha seguido caminos muy diferentes. Entre ellos se encuentran los caminos del científico y el místico, pero hay muchos más: los caminos de los poetas, de los niños, de los payasos o de los chamanes, por citar sólo unos cuantos. Estos caminos han resultado en diferentes descripciones del mun­do, verbales y no verbales, que resaltan aspectos diferentes. Todos son válidos y útiles en el contexto en que surgen. Todos ellos, sin embargo, son sólo descripciones, o representaciones de la realidad y por tanto, limitados. Ninguno de ellos puede ofrecer una imagen completa del inundo.

 

La visión mecanicista del mundo sostenida por la física clásica es útil para describir el tipo de fenómenos físicos con los que nos encontramos en nuestra vida diaria y de este modo, resulta apropiada para tratar con nuestro medio ambiente cotidiano, habiendo logrado un notable éxito como base de la tecnología. Sin embargo, es inadecuada para describir los fenómenos físicos del mundo «submicroscópico». La visión de los místicos es opuesta al concepto mecanicista del mundo y podría resumirse mediante la palabra "orgánica", pues consi­dera que todos los fenómenos del universo son partes inte­grantes de un todo armónico e indivisible. En las tradiciones místicas esta visión del mundo surge de los estados meditati­vos de consciencia. En su descripción del mundo, los místicos emplean conceptos nacidos de sus experiencias no ordinarias que en general, resultan inapropiadas para describir científi­camente los fenómenos macroscópicos. Esta visión orgánica del mundo carece de utilidad para construir máquinas, y tampoco sirve para solucionar los múltiples problemas técni­cos que surgen en nuestro mundo superpoblado.

 

En la vida diaria, tanto la visión del universo mecanicista como la orgánica son válidas y útiles: una para la ciencia y la tecnología la otra para la vida espiritual, equilibrada y plena. Sin embargo, al trascender las dimensiones de nuestro entor­no cotidiano, los conceptos mecanicistas pierden su validez y tienen que ser sustituidos por conceptos orgánicos, que resultan muy similares a los empleados por los místicos. Lo que hemos tratado es la experiencia esencial de la física moderna. La física del siglo XX ha demostrado que los con­ceptos de la visión orgánica del mundo, aunque de escaso valor para la ciencia y la tecnología en la escala humana, resul­tan extremadamente útiles en los niveles atómico y subatómico. La visión orgánica, por tanto, parece más fundamental que la mecanicista. La física clásica, que está basada en la visión mecanicista, puede derivarse de la teoría cuántica, que se basa en la orgánica, mientras que no es posible hacerlo a la inversa. Esto parece indicarnos por qué los conceptos de la física moderna y del misticismo oriental son similares. Ambos surgen cuando el hombre inquiere en la naturaleza esencial de las cosas -dentro de los más profundos reinos de la materia en la física y dentro de los más recónditos mundos de la cons­ciencia en el misticismo- descubriendo entonces una reali­dad diferente, que trasciende la superficial apariencia mecá­nica de la vida diaria.

 

Los paralelismos existentes entre los conceptos de los físicos y los de los místicos se hacen todavía más evidentes si observamos otras similitudes que existen a pesar de sus dife­rentes enfoques. Para empezar, el método de ambos es com­pletamente empírico. Los físicos obtienen su conocimiento de los experimentos; los místicos de sus percepciones medi­tativas. Ambas son observaciones, y tanto en la física cono en el misticismo a tales observaciones se las considera como la única fuente de conocimiento. Por supuesto, el objeto de la observación es muy diferente en cada caso. El místico mira hacia dentro de sí mismo y explora los diversos niveles de su consciencia, lo cual incluye también al cuerpo como manifes­tación física de la mente. La experiencia del cuerpo es resal­tada en muchas tradiciones orientales y a veces se la considera la clave de la experiencia mística del mundo. Cuando goza­mos de buena salud no sentimos ninguna de las partes de nuestro cuerpo separada del resto, sino que somos conscien­tes de él como un todo integrado, y esta consciencia genera un sentimiento de bienestar y de felicidad. Del mismo modo, el místico es consciente de la totalidad del cosmos. que experi­menta como una prolongación de su cuerpo. En palabras de Lama Govinda:

 

Pura el hombre iluminado... cuya consciencia abraza la totalidad del universo, éste se convierte en su "cuer­po", mientras que su cuerpo físico se hace una manifes­tación de la Mente Universal, su visión interna tata expresión de la más alta realidad, y sus palabras una expresión de la verdad eterna y del poder mántrico.1

 

1Lama Anagarika Govinda, Foundations of Tibetan Mysticism (Rider, Londres, 1973), pág. 225.

 

Al contrario que el místico, el físico comienza su inves­tigación sobre la naturaleza esencial de las cosas, estudiando el mundo material. Penetrando en los mundos cada vez más recónditos de la materia, se ha hecho consciente de la unidad esencial de todas las cosas y sucesos. Incluso ha ido más lejos, ha aprendido que él mismo y su consciencia son parte inte­grante de esa unidad. Así, el místico y el físico llegan a la misma conclusión: uno partiendo del mundo interno, el otro del mundo externo. La armonía entre sus conceptos confirma la antigua sabiduría hindú de que Brahman, la realidad última externa, es idéntico a Atman, la realidad interior.

 

Una similitud más que se da entre los caminos del físico y el místico es el hecho de que sus observaciones tienen lugar en mundos que son inaccesibles para los sentidos ordinarios. En la física moderna, son los reinos del mundo atómico y subatómico; en el misticismo son los estados no ordinarios de consciencia donde se trasciende el mundo sensorial. Los místicos hablan de dimensiones más elevadas en las que las impresiones de diferentes centros de consciencia se integran en un conjunto armónico. Algo similar se da en la física moderna, donde se ha desarrollado un formulismo «cuatridi­mensional» espaciotemporal que unifica los conceptos y las observaciones procedentes de diferentes niveles del mundo ordinario tridimensional. En ambos casos, las experiencias multidimensionales trascienden el mundo sensorial y por ello, son casi imposibles de expresar en lenguaje corriente.

 

Así vernos que los caminos del físico moderno y del místico oriental, que al principio parecían sin relación alguna entre sí, tienen, de hecho, mucho en común. Por ello, no es sorprendente que en sus descripciones del mundo se den paralelismos asombrosos. Una vez aceptadas todas estas analogías existentes entre la ciencia occidental y el misticis­mo oriental, surgirán ciertas preguntas sobre sus posibles consecuencias e implicaciones. ¿Estará la ciencia moderna, con toda su sofisticada maquinaria, simplemente redescu­briendo la antigua sabiduría, conocida por los sabios orienta­les desde hace miles de años? En consecuencia, ¿deberían abandonar los físicos el método científico y ponerse a medi­tar? ¿Podría darse una influencia mutua entre la ciencia y el misticismo, tal vez incluso una síntesis?

 

En mi opinión la respuesta a todas estas preguntas es un rotundo "no". Creo que la ciencia y el misticismo son dos manifestaciones complementarias de la mente humana, de sus facultades racionales e intuitivas.

 

El físico moderno experimenta el mundo a través de una enorme especialización de la mente racional; el místico gra­cias a una enorme especialización de la mente intuitiva. Ambos enfoques son totalmente diferentes e implican mucho más que una visión determinada del mundo físico. Sin embar­go, son complementarios, cono hemos aprendido a decir en física. Ni uno está comprendido en el otro, ni puede ninguno de ellos reducirse al otro, sino que ambos son necesarios y se complementan mutuamente para darnos una comprensión más completa del mundo. Parafraseando un antiguo prover­bio chino podemos decir que los místicos comprenden las raíces del Tao, pero no sus ramas; los científicos comprenden sus ramas, pero no sus raíces. La ciencia no necesita del mis­ticismo y el misticismo no necesita de la ciencia; pero el hombre sí necesita de ambos. La experiencia mística es nece­saria para comprender la naturaleza más profunda de las cosas, y la ciencia es esencial para la vida moderna. Lo que necesitamos entonces, no es una síntesis, sino una interac­ción dinámica entre la intuición mística y el análisis científi­co.

 

Hasta ahora, esto no se ha logrado en nuestra sociedad. En la actualidad, nuestra actitud es demasiado yang -por emplear de nuevo la terminología china- demasiado racional, masculina y agresiva. Los mismos científicos son un ejemplo típico. Aunque sus teorías están llevando a una vi­sión del mundo que es muy similar a la de los místicos, es sorprendente lo poco que esto ha afectado las actitudes de la mayoría de los científicos. En el misticismo, el conocimiento no puede darse separado de una forma determinada de vida, que se convierte en su manifestación viva. Adquirir el cono­cimiento místico significa sufrir una transformación; inclu­so podría decirse que el propio conocimiento es la transformación. El conocimiento científico, por el contrario, puede permanecer abstracto y teórico. Por eso la mayor parte de los físicos de hoy no parecen darse cuenta de las implicaciones filosóficas, culturales y espirituales de sus teorías. Muchos de ellos apoyan activamente a una sociedad todavía basada en la visión mecanicista y fragmentada del mundo, sin darse cuenta que la ciencia está señalando más allá de dicho concep­to, está señalando hacia la unidad del universo, que incluye no sólo nuestro medio ambiente natural, sino también a nuestros congéneres, los seres humanos. Creo que la visión del mundo implícita en la física moderna es incongruente con la sociedad actual, que no refleja la armónica interrelación que observa­mos en la naturaleza. Para alcanzar tal estado de equilibrio sería necesaria una estructura social y económica radical­mente distinta: una revolución cultural en el verdadero senti­do de la palabra. La supervivencia de toda nuestra civiliza­ción tal vez dependa de la capacidad que tengamos para efec­tuar ese cambio. Dependerá, en definitiva, de nuestra habili­dad para adoptar algunas de las actitudes yin del misticismo oriental; de nuestra capacidad para experimentar la totalidad de la naturaleza, y el arte de vivir en ella.

 

 

 

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