Title FinalesdeLibros

 

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

DedoIndice

 

FRAGMENTOS DE LIBROS.  MATAR UN RUISEÑOR  (1960)   

MatarUnRuiseñor

        (To Kill a Mockingbird)

      

       Harper Lee    (EEUU)  

    

            Editorial    :   Círculo de Lectores  

        Traducción  :  Baldomero Porta 

     

 Finales de libros 

 

 

  Del Capítulo 28

 

...

– ¿Quieres que te lo quite, Scout? –me preguntó.

– No, lo llevaré puesto –respondí. Debajo del traje podía esconder mejor mi mortificación.

– ¿Queréis que os lleve a casa? –preguntó uno.

– No, señor, gracias –oí que contestaba Jem–. Es un corto paseo nada más.

– Cuidado con los aparecidos –dijo la voz–. O mejor quizá, dí a los aparecidos que tengan cuidado con Scout.

– Ahora ya no quedan muchas personas –me dijo Jem–. Vámonos.

 Cruzamos el teatro hasta llegar al pasillo y luego bajamos las escaleras. La oscuridad seguía siendo absoluta. Los coches que daban estaban aparcados al otro lado del edificio; sus faros no nos servían de mucho.

– Si marcharan algunos en nuestra misma dirección veríamos mejor–dijo Jem–. Ven, Scout, deja que te coja por el... corvejón. Podrías perder el equilibrio.

– Veo perfectamente.

DisfrazHam– Sí, pero podrías perder el equilibrio. Sentí un ligero peso en la cabeza y supuse que Jem había cogido aquel extremo del jamón.

– ¿Me has cogido?

– ¿Eh? Sí, si. Empezamos a cruzar el negro patio, esforzando los ojos por vernos los pies.

Jem –dije–, he olvidado los zapatos; están detrás del escenario.

– Bien, vayamos a buscarlos.

– Pero cuando dábamos media vuelta, las luces de la sala se apagaron–. Puedes recogerlos mañana –dijo él.

– Mañana es domingo –protesté yo–, mientras Jem me hacía virar de nuevo en dirección a casa.

– Pedirás al conserje que te deje entrar... ¡Scout!

– ¿Eh?

– Nada. Hacia mucho tiempo que Jem no salía con esas cosas. Me pregunté que estaría pensando. Cuando él quisiera me lo diría; probablemente cuando llegásemos a casa. Sentí que sus dedos oprimían la cima de mi traje con demasiada fuerza. Yo moví la cabeza.

– Jem, no has de...

– Cállate un minuto, Scout –dijo él, dándome un golpecito. Anduvimos en silencio.

– Ha pasado el minuto –dije–. ¿Qué estabas pensando? Me volví para mirarle, pero su silueta apenas era visible.

– Creía haber oído algo –respondió–. Párate un momento. Nos paramos.

– Oyes algo? –preguntó Jem.

– No.

No habíamos dado cinco pasos cuando me hizo parar de nuevo.

Jem, ¿tratas de asustarme? Ya sabes que soy demasiado mayor...

– Cállate –me dijo. Y yo comprendí que no era broma.

Hacía una noche quieta. Oía a mi lado la sosegada respiración de Jem. De vez en cuando se levantaba de súbito la brisa, azotando mis piernas desnudas; aquello era todo lo que quedaba de una noche que se prometía de mucho viento. Peinaba la calma que precede a la tormenta. Nos pusimos a escuchar.

– Lo que has oído antes sería un perro –dije.

– No era eso –respondió Jem–. Lo oigo cuando caminamos, pero cuando nos paramos no.

– Oyes el crujido de mi traje. Bah, lo único que hay es que se te ha metido en el cuerpo la Noche de las Brujas...

Lo dije más para convencerme a mi misma que a Jem, porque, sin duda alguna, en cuanto empezamos a andar de nuevo, oí lo que el me decía. No era mi traje.  

– Será el bueno de Cecil –afirmó Jem al poco rato–. Ahora no nos sorprenderá. No le demos motivo para creer que apresuramos el paso.

 Acortamos la marcha hasta el límite. Yo pregunté cómo era posible que Cecil pudiera seguirnos estando tan oscuro; se me antojaba que toparía con nosotros.

– Yo te veo. Scout –afirmó Jem.

 – ¿Cómo? Yo no te veo a ti.

– Tus rayas de tocino destacan más. –Mistress Crenshaw las había pintado con una pintura brillante, con el fin de que reflejaran la luz de las candilejas–. Te veo muy bien, y confío en que Cecil puede verte lo suficiente para conservar la distancia.

 Yo le demostraría a Cecil que sabíamos que nos seguía y estábamos preparados para recibirle.

 – ¡Cecil Jacobs es una gallina gorda y moja... a...da! –grité de súbito, volviéndome cara atrás.

 Nos paramos. Nadie nos contestó, excepto el “a..da” rebotando en la pared distante de la escuela.

 – Yo le haré responder –dijo Jem–. ¡ ¡Hee... y!!

 «He-y, ee-y, ee-y», contestó la pared. No era creíble que Cecil resistiera tanto rato; cuando se le había ocurrido una broma la repetía una y otra vez. Ya debería habernos asaltado. Jem me indicó que me parase de nuevo y me dijo en voz baja:

 – Scout, ¿puedes quitarte eso?

 – Creo que sí, pero no llevo mucha ropa debajo.

– Aquí traigo tu vestido.

– A oscuras no sé ponérmelo.

– Está bien –dijo él–, no importa.

Jem, ¿tienes miedo?

–No. Calculo que ahora hemos llegado casi hasta el árbol. Desde allí, unos cuantos pasos más y estamos en el camino. Entonces ya veremos la luz de la calle.

Jem hablaba con una voz apresurada, llana, sin entonación. Yo me preguntaba cuánto rato trataría de mantener en pie el mito de Cecil.

–¿Crees que deberíamos cantar, Jem?

–No. Párate otra vez, Scout.

No habíamos acelerado el paso. Jem sabía tan bien como yo que era difícil andar de prisa sin darse un golpe en un dedo del pie, tropezar con piedras, y otros inconvenientes, y, además, yo iba descalza. Quizá fuese el viento susurrando en los árboles. Pero no soplaba nada de viento, ni había árboles, exceptuando el enorme roble.

Nuestro seguidor deslizaba y arrastraba los pies, como si llevase unos zapatos muy pesados. Fuese quien fuere, llevaba pantalones de recia tela de algodón; lo que yo había tomado por murmullo de árboles era roce suave, sibilante, de la tela de algodón; un suisss a cada paso.

Sentía que la arena se volvía más fresca debajo de mis pies, por ello conocía que estábamos cerca del roble. Jem apretó la mano sobre mi cabeza. Nos paramos y escuchamos.

Esta vez el arrastra-pies no se había detenido al pararnos nosotros. Sus pantalones producían un suiss, suiss suave pero seguido. Luego cesaron. Ahora corría, corría hacia nosotros, y no con pasos de niño.

AtaqueBob– ¡Corre, Scout! ¡Corre! –gritó Jem.

Di un paso gigante y noté que me tambaleaba; no pudiendo mover los brazos, en la oscuridad no sabía mantener el equilibrio. 

– ¡Jem, Jem, ayúdame, Jem!

Algo aplastó el alambre de gallinero que me rodeaba. El metal desgarraba la tela, y yo caí al suelo y rodé tan lejos como pude, revolviéndome para librarme de mi prisión de alambre. De un punto de las cercanías llegaban hasta mí ruidos de pies danzando sobre el suelo, ruidos de patadas, de zapatos y de cosas arrastradas sobre el polvo y las raíces. Una persona chocó rodando contra mí y noté que era Jem. Mi hermano se levantó con la rapidez del rayo y me arrastró consigo, pero aunque tenía la cabeza y los hombros libres, continuaba tan enredada en mi traje que no fuimos muy lejos.

 Estábamos cerca del camino cuando sentí que la mano de Jem me abandonaba y noté que sufría una sacudida y se caía de espaldas. Más ruido de pisadas precipitadas; luego el sonido apagado de algo que se rompía, y Jem lanzó un alarido.

Corrí hacia el lugar de donde vino el grito de Jem y me hundí en un flácido estómago de varón. Su propietario exclamó:

–¡Uff! –y quiso cogerme los brazos, pero yo los tenía estrechamente aprisionados. El estómago de aquel hombre era blando, más los brazos los tenía de acero. Poco a poco me dejaba sin respiración. Yo no podía moverme. De súbito le echaron atrás de un tirón y le arrojaron al suelo, casi arrastrándome con él. «Jem se ha levantado», pensé.

 En ocasiones, la mente de uno trabaja muy despacio. Me quedé de pie allí, sorprendida y atontada. El roce de los pies sobre el suelo se apagaba; alguien jadeó un momento, y la noche quedó silenciosa otra vez. 

Silencio, excepto por la respiración fatigada, entrecortada, de un hombre. Me pareció que se acercaba al árbol y se apoyaba en el tronco. Tosió violentamente, con una tos de sollozo, que estremecía los huesos.

– ¡Jem!

Jem no contestaba. El hombre empezó a moverse por allí, como si buscara algo. Le oí gemir y arrastrar un objeto pesado. Yo iba percibiendo lentamente que ahora había cuatro personas debajo del árbol.

–¡Atticus...!

El hombre andaba con paso pesado e inseguro en dirección al camino. Fui adonde imaginé que había estado y tenté frenéticamente el suelo valiéndome de los dedos de los pies. Un momento después toqué a una persona.

–¡Jem! Mis dedos de los pies tocaron unos pantalones, una hebilla de cinturón, una cosa que no supe identificar, un cuello de camisa, y un rostro. El áspero rastrojo de una barba me indicó que no era la cara de Jem. Percibí el olor de whisky barato.

Me puse a andar en la dirección que creí que me llevaría al camino, aunque no estaba segura, porque habla dado demasiadas vueltas contra mi voluntad. Pero lo encontré y miré abajo, hacia la luz de la calle. Un hombre pasaba debajo del farol. Andaba con el paso cortado de la persona que transporta un peso demasiado grande para ella. Estaba doblando la esquina. Transportaba a Jem cuyo brazo colgaba oscilando de un modo absurdo delante de él.

CartelRusoEn el momento en que llegué a la esquina, el hombre cruzaba el patio de la fachada de nuestra casa. La lámpara de la puerta recortó por un momento la silueta de Atticus. Atticus subió las escaleras corriendo, y juntos, él y el hombre, entraron a Jem en casa. 

Yo estaba en la puerta de la fachada cuando ellos cruzaban el vestíbulo. Tía Alexandra corría a mi encuentro.

– ¡Llama al doctor Reynolds! –ordenaba imperativamente la voz de Atticus, saliendo del cuarto de Jem–. ¿Dónde está Scout?

– Está aquí –contestó tía Alexandra, llevándome consigo hacia el teléfono.

Tía Alexandra me palpaba con ansiedad.

– Estoy bien, tiíta –le dije–. Será mejor que telefonee.

Tía Alexandra levantó el auricular del soporte y dijo:

–¡Eula May, haga el favor de llamar al doctor Reynolds, en seguida! –Y a continuación–: Agnes, ¿está tu padre en casa? ¡Oh, Dios mío! ¿Dónde se encuentra? Dile, por favor, que venga acá en cuanto llegue. ¡Por favor, es urgente!

No había necesidad de que tía Alexandra dijese quién era; la gente de Maycomb se conocían unos a otros por la voz.

Atticus salió del cuarto de Jem. Apenas tía Alexandra hubo cortado la comunicación, Atticus le quitó el aparato de la mano. Dio unos golpecitos al soporte, y luego dijo:

Eula May, póngame con el sheriff se lo ruego... ¿Heck? Soy Atticus Finch. Alguien ha atacado a mis hijos. Jem está herido. Entre mi casa y la escuela. No puedo dejar a mi hijo. Corra allá por mi, se lo ruego, y vea si el agresor ronda todavía por los alrededores. Dudo que le encuentre ahora, pero si le encuentra, me gustaría verle. Debo dejarle ya. Gracias, Heck.

Atticus, ¿ha muerto Jem?

 – No, Scout.

Cuida de ella, hermana –dijo mi padre, mientras cruzaba el vestíbulo.

Desenredando la tela y el alambre aplastados a mi alrededor, los dedos de tía Alexandra temblaban. 

– ¿Te encuentras bien, cariño? –no se cansaba de preguntarme mientras me libraba de mi prisión.

Fue un alivio quedar libre. Los brazos empezaban a cosquillearme; los tenía encarnados y con unas pequeñas huellas hexagonales. Me los froté, y los sentí mejor.

–Tiíta, ¿esta muerto Jem? –No..., no, cariño, está inconsciente. No sabremos el daño que ha recibido hasta que llegue el doctor Reynolds. ¿Qué ha ocurrido, Jean Louise?

–No lo sé.

Tía Alexandra no insistió. Me trajo ropa que ponerme, y si yo hubiese prestado entonces atención a ello, no le habría permitido luego que lo olvidase jamás: en su distracción, tiíta me trajo el mono.

– Póntelo, cariño –me dijo, entregándome la prenda que tanto desprecio le inspiraba.

En seguida se precipitó hacia el cuarto de Jem; volvió a reunirse conmigo en el vestíbulo, y otra vez se fue al cuarto de Jem.

Un coche paró delante de la casa. Yo conocía el andar del doctor Reynolds casi tan bien como el de mi padre. El doctor Reynolds nos había traído al mundo a Jem y a mí, nos había asistido en todas las enfermedades de la infancia que el hombre conoce, incluyendo la ocasión en que Jem se cayó de la choza del árbol, y jamás había perdido nuestra amistad.

Al aparecer en la puerta exclamó:

– Dios misericordioso. –Vino hacia mi. Dijo–: Tú todavía estás en pie –y cambió de rumbo. Conocía todas las habitaciones de la casa. Sabía también que si yo me encontraba en mal estado, a Jem le pasaría lo mismo.

Después de diez eternidades, el doctor Reynolds apareció de nuevo.

– ¿Ha muerto Jem? –le pregunté.

– Ni mucho menos –respondió, poniéndose en cuclillas delante de mí–. Tiene un chichón en la cabeza exactamente igual que el tuyo, y un brazo roto. Mira hacia allá, Scout... No, no vuelvas la cabeza, vuelve solamente los ojos. Ahora mira hacia el otro lado. Tiene una fractura difícil; por todo lo que puedo colegir en estos momentos, la tiene en el codo. Como si alguien hubiera querido arrancarle el brazo retorciéndoselo... Ahora mírame a mi.

– Entonces, ¿no está muerto?

– ¡Nooo! –El doctor Reynolds se puso en pie–. Esta noche no podemos hacer mucho, como no sea ayudarle a pasarla lo mejor posible. Tendremos que obtener una radiografía del brazo; parece que habrá de llevarlo una temporada levantado hacia el costado. Pero no te acongojes, saldrá como nuevo. Los muchachos de su edad rebotan.

Mientras hablaba, el doctor Reynolds me había estado mirando atentamente, tentando con dedos suaves el chichón que me salía en la frente. –No te sientes destrozada por ninguna parte, ¿verdad que no? –La broma del doctor Reynolds me hizo sonreír.

– ¿De modo que usted no cree que esté muerto?

El médico se puso el sombrero. –Claro que podría equivocarme, naturalmente, pero yo creo que está completamente vivo. Manifiesta todos los síntomas de estarlo. Ve a echarle un vistazo, y cuando yo regrese nos reuniremos los dos y decidiremos.

El doctor Reynolds tenía el caminar joven y resuelto. El de mister Tate no era así. Sus pesadas botas castigaron el porche y abrió la puerta con gesto torpe, pero soltó la misma exclamación que había proferido el doctor Reynolds cuando llegó.

– ¿Estás bien, Scout? –añadió además.

– Si, señor. Voy a ver a Jem. Atticus y los otros están allí dentro.

– Iré contigo –dijo mister Tate.

Tía Alexandra había tapado la lámpara de lectura de Jem con una toalla, y el cuarto estaba sumido en una claridad apagada, confusa. Jem yacía de espaldas. A lo largo de todo un costado de la cara tenía una señal fea. Tenía el brazo izquierdo apartado del cuerpo y con el codo ligeramente doblado, pero hacia la parte que no debía estarlo. Jem arrugaba el ceño.

JemEnLaCama– No puede oírte, Scout, está apagado como una lámpara –me dijo Atticus–. Vuelve ya en sí, pero el doctor Reynolds ha querido que continuase sin conocimiento.

–Sí, señor.

Retrocedí. El cuarto de Jem era grande y cuadrado. Tía Alexandra estaba sentada en una mecedora, junto a la chimenea. El hombre que había traído a Jem estaba de pie en un rincón, recostado contra la pared. Era algún campesino al cual yo no conocía. Asistió probablemente a la función y se encontraría en las cercanías cuando ocurrió aquello. Oyó sin duda nuestros gritos y acudió corriendo. Atticus estaba junto a la cama de Jem. Míster Heck Tate se había quedado en el umbral. Tenía el sombrero en la mano, y en el bolsillo de los pantalones se le notaba el bulto de una pila eléctrica. Llevaba el traje de trabajo.

– Entre, Heck –dijo Atticus–. ¿Ha encontrado algo? No puedo concebir que exista un ser lo bastante degenerado como para cometer una acción semejante, pero confío en que le habrá descubierto.

Míster Tate se puso tieso. Miró vivamente al hombre que había en el rincón, le saludó inclinando la cabeza y luego paseó la mirada por el cuarto, fijándola en Jem, en tía Alexandra y, finalmente, en Atticus.

– Siéntese, míster Finch –dijo en tono agradable.

– Sentémonos todos –propuso Atticus–. Coja esa silla, Heck. Yo traeré una de la sala.

Míster Tate se sentó en la silla de la mesa de Jem y aguardó a que Atticus hubiera regresado y estuviese sentado a su vez. Yo me pregunté por qué no había traído Atticus una silla para el hombre del rincón, pero mi padre conocía las costumbres de la gente del campo mejor que yo. Algunos de sus clientes labradores solían atar sus caballos de largas orejas debajo de los cinamomos del patio trasero, y Atticus despachaba a menudo sus consultas en las escaleras del porche posterior. Era probable que aquel hombre se sintiera más a gusto tal como estaba.

– Míster Finch –empezó míster Tate–, le diré lo que he hallado. He hallado el vestido de una niña; lo tengo ahí fuera en el coche. ¿Es el tuyo, Scout?

– Si, señor, es uno de color rosa –contesté.

Míster Tate actuaba como si se hallase en el estrado de los testigos. Le gustaba decir las cosas a su modo, sin ser importunado ni por el fiscal ni por la defensa, y a veces le costaba un buen rato explicar algo.

– He encontrado unos trozos curiosos de una tela de color de barro...

- Son de mi disfraz, míster Tate.

El sheriff hizo deslizar las manos por sus muslos, se frotó el brazo izquierdo e inspeccionó la campana de la chimenea de Jem. Luego pareció interesado en el hogar de la lumbre. Sus dedos subieron en busca de su larga nariz.

– ¿Qué es ello, Heck? –preguntó Atticus.

Míster Tate se llevó una mano al pescuezo y se lo restregó

– Bob Ewell yace en el suelo, debajo de aquel árbol, con un cuchillo de cocina hundido en las costillas. Está muerto, míster Finch.

 

 

Capítulo 29

 

Tía Alexandra se puso de pie y su mano buscó la campana de la chimenea. Míster Tate se levantó, pero ella rehusó su asistencia. Por una vez en su vida, la cortesía instintiva de Atticus falló: mi padre continuó sentado donde estaba.

Sea por lo que fuere, yo no pude pensar en otra cosa más que en míster Ewell diciendo que se vengarla de Atticus aunque tuviera que invertir en ello el resto de su vida. Míster Ewell estuvo a punto de cumplir su amenaza, y era lo ultimo que había hecho.

– ¿Está seguro? –preguntó Atticus con acento frío.

– Está muerto, sin duda alguna –respondió mister Tate–. Muerto, y bien muerto. Ya no volverá a hacer ningún daño a esos niños.

– No quería decir eso. –Atticus parecía hablar dormido.

Empezaba a notársele la edad, signo seguro en él de que sufría una tormenta interior: la enérgica línea de su mandíbula se desdibujaba un poco, uno advertía que debajo de las orejas se le formaban unas arrugas delatoras y no se fijaba en su cabello de azabache más que en los trechos grises que aparecían en las sienes.

– ¿No sería mejor que nos fuésemos a la sala de estar? –dijo por fin tía Alexandra.

– Si no le importa –objetó míster Tate–, preferiría que nos quedásemos aquí, salvo que haya de perjudicar a Jem. Quiero echar un vistazo a sus heridas mientras Scout... nos cuenta todo lo que ha pasado.

– ¿Hay inconveniente en que salga? –preguntó la tía–. Aquí estoy de más. Si me necesitas, estaré en mi cuarto, Atticus. –Tía Alexandra fue hacia la puerta, pero se detuvo y se volvió–. Atticus, esta noche he tenido el presentimiento de que sucedería una cosa así... Yo... esto es culpa mía –empezó–. Debí...

Míster Tate levantó la mano.

– Siga su camino, miss Alexandra; ya sé que esto la ha impresionado terriblemente. Y no se atormente por nada... ¡Caramba! Si siempre hiciéramos caso de los presentimientos seriamos lo mismo que gatos que quieren cazarse la cola. Miss Scout, ve si puedes contarnos lo que ha ocurrido, mientras lo tienes fresco en la memoria. ¿Crees que podrás? ¿Viste al hombre que os seguía? Yo me acerqué a mi padre, sentí que sus brazos me rodeaban y hundí la cabeza en su regazo.

ScoutYPajaros– Hemos emprendido el regreso a casa. Yo he dicho: «Jem, he olvidado los zapatos». Apenas empezábamos a retroceder para ir a buscarlos se han apagado las luces. Jem ha dicho que mañana podría ir por ellos...

– Levántate, Scout, que mister Tate pueda oírte –dijo Atticus.

 Yo me acomodé en su regazo.

– Luego, Jem me ha dicho que me callase un minuto. Yo he creído que estaba pensando (siempre me hace callar para poder pensar mejor); luego ha dicho que había oído algo. Hemos supuesto que sería Cecil. 

– ¿Cecil?

Cecil Jacobs. Esta noche nos ha dado un susto, una vez, y hemos pensado que podía ser él de nuevo. Llevaba una sábana. Daban un cuarto de dólar al mejor disfraz; no sé quién lo habrá ganado.

– ¿Dónde estábais cuando habéis pensado que era Cecil?

– A poca distancia de la escuela. Yo le he chillado algo...

– ¿Qué has chillado?

– «Cecil Jacob es una gallina gorda y mojada», creo. No hemos oído nada... y entonces Jem ha gritado «Hola», o cosa parecida, con voz bastante fuerte para despertar a los muertos...

– Un momento nada más, Scout –dijo míster Tate–. ¿Los ha oído usted, míster Finch?

Atticus respondió que no. Tenía la radio puesta. Tía Alexandra tenía puesta la suya en su dormitorio. Lo recordaba porque tiíta le había pedido que bajase un poco la potencia del aparato, con el fin de que ella pudiera oír el suyo. Atticus, sonrió, diciendo:

– Siempre pongo la radio demasiado fuerte. 

– Me gustaría saber si los vecinos han oído algo... –dijo míster Tate.

– Lo dudo, Heck. La mayoría escucha la radio o se va a la cama con las gallinas. Maudie Atkinson es posible que estuviera levantada, pero lo dudo.

– Continúa, Scout –indicó míster Tate.

– Bien, después de haber gritado Jem hemos seguido andando. Míster Tate, yo estaba encerrada dentro del traje, pero entonces las he oído por mí misma. Las pisadas, quiero decir. Caminaban cuando nosotros caminábamos, y se paraban cuando nos parábamos. Jem ha dicho que me veía porque mistress Crenshaw pintó unas rayas en mi traje con una pintura brillante. Yo era un jamón.

– ¿Cómo es eso? –preguntó mister Tate, atónito

Atticus le describió mi papel, así como la construcción de mi disfraz.

–Debería haberla visto cuando ha entrado –dijo–. Lo llevaba aplastado y hecho pedazos.

Míster Tate se frotó el mentón.

– Yo me preguntaba cómo tenía aquellas señales el muerto. Sus mangas aparecían perforadas por pequeños agujeros. En los brazos había un par de pinchazos que concordaban con los agujeros. Déjeme ver ese objeto, si quiere, señor.

Atticus fue a buscar los restos de mi traje. Míster Tate lo miró por todos lados y lo dobló para hacerse idea de su forma primitiva.

– Este objeto le ha salvado probablemente la vida –afirmó–. Miré. –Y señalaba con su largo índice. En el color apagado del alambre destacaba una línea brillante–. Bob Ewell se proponía hacer un trabajo completo –musitó míster Tate.

– Había perdido la cabeza –dijo Atticus.

– No me gusta contradecirle, míster Finch..., pero no, no estaba loco, sino que era ruin como el demonio. Una alimaña rastrera, con bastante licor en el cuerpo para reunir la bravura suficiente para matar niños. Nunca se habría enfrentado con usted cara a cara.

Atticus movió la cabeza.

– Jamás habría concebido que un hombre fuese capaz de...

Míster Finch, hay una especie de hombres a los cuales es preciso pegarles un tiro antes de que uno pueda darles los buenos días. Y aun entonces, no valen el precio de la bala que se gasta matándolos. Ewell era uno de ellos.

– Yo pensaba que había satisfecho su rabia el día que me amenazó –dijo Atticus–. Y en el caso de que no la hubiera satisfecho, pensaba que vendría por mí.

– Tuvo reaños para molestar a una pobre negra, los tuvo para fastidiar al juez Taylor cuando creía que la casa estaba desierta, ¿y usted se figuraba que los tendría para presentarse cara a cara a la luz del día? –Míster Tate suspiró–. Será mejor que continuemos, Scout, tú le oíste detrás de vosotros...

– Sí, señor. Cuando llegamos debajo del árbol...

– ¿Cómo sabíais que estábais debajo del árbol? Allá no podíais ver nada en absoluto.

– Yo iba descalza, y Jem dice que debajo de un árbol el suelo siempre está más fresco.

– Tendremos que nombrarle delegado del sheriff; sigue adelante.

– Entonces, de repente, alguien me ha cogido y ha aplastado mi traje... Creo que me he caído al suelo... He oído un revoloteo debajo del árbol, como si... lucharan alrededor del tronco, que hacía de parapeto, según parecía por los ruidos. Entonces Jem me ha encontrado y hemos echado a andar hacia el camino. Alguien... Mister Ewell, me figuro, ha tumbado a Jem al suelo. Han forcejeado un poco más y entonces se ha oído aquel ruido extraño... Jem ha dado un alarido... –Y me interrumpí. El ruido lo había producido el brazo de Jem–. Sea como fuere, Jem ha dado un alarido, y no le he oído más, y un segundo después... míster Ewell trataba de matarme apretándome contra si, calculo... Entonces alguien ha tumbado al suelo a mister Ewell. Jem ha debido levantarse, supongo. Esto es todo lo que se...

– ¿Y luego?

Míster Tate me miraba con viva atención. –Alguien se tambaleaba por allí, jadeaba y... tosía como si fuera a morirse. Al principio he creído que era Jem, pero él no tose de aquel modo, por lo cual me he puesto a buscar a Jem por el suelo. He pensado que Atticus había venido a ayudarnos y se había fatigado en extremo...

JemEnBrazosdeArthur– ¿Quién era?

– Ea, allí está, míster Tate, él puede decirle cómo se llama.

Al mismo tiempo que pronunciaba estas palabras, levanté un poco la mano para señalar al hombre del rincón, pero bajé el brazo rápidamente temerosa de que Atticus me reprendiera por señalar. Señalar era un detalle de mala educación.

El hombre seguía recostado contra la pared. Estaba ya recostado contra la pared cuando entré en el cuarto, y con los brazos cruzados sobre el pecho. Al señalarle yo, bajó los brazos y apretó las palmas de las manos contra la pared. Eran unas manos blancas, de un blanco enfermizo, que no habían visto nunca el sol; tan blancas que a la escasa luz del cuarto de Jem destacaban vivamente sobre el crema mate de la pared

De las manos pasé a los pantalones caqui manchados de arena; mis ojos subieron por su delgado cuerpo hasta la camisa azul da tela de algodón. La cara tan blanca como las manos, excepto por una sombra en su saliente barbilla. Tenía las mejillas delgadas, chupadas; la boca grande; en las sienes aparecían unas mellas poco profundas, casi delicadas, y los ojos eran de un color gris tan claro que pensé que era ciego. Tenía el cabello muerto y fino, y en la cima de la cabeza casi plumoso.

Cuando le señalé, las palmas de sus manos se deslizaron ligeramente, dejando grasientas huellas de sudor en la pared, y hundió los pulgares en el cinturón. Un ligero y extraño espasmo lo agitó como si oyera unas uñas arañando pizarra, pero cuando vio que yo le miraba con admiración la tensión desapareció lentamente de su rostro. Sus labios se entreabrieron en una tímida sonrisa; pero mis repentinas lágrimas difuminaron la imagen de nuestro vecino.

–Hola, Boo –le dije.

 

 Capítulo 30

 

to kill a mockingbird 1Mister Arthur, cariño –dijo Atticus, corrigiéndome con dulzura–. Jean Louise, te presento a míster Arthur Radley. Creo que él ya te conoce.

Si Atticus era capaz de presentarme afablemente a Boo Radley en un momento como aquél, ea... es que Atticus era asi. Boo me vio correr instintivamente hacia la cama en que dormía Jem, porque la misma sonrisa tímida de antes cruzó lentamente por su rostro. Sonrojada de turbación, traté de esconderme cubriendo a Jem.

– Eh, eh, no le toques –dijo Atticus.

Míster Heck Tate estaba mirando fijamente a Boo a través de sus gafas de concha. Iba a tomar la palabra cuando el doctor Reynolds apareció en el vestíbulo 

– Fuera todo el mundo –ordenó al llegar a la puerta–. Buenas noches, Arthur; la primera vez que he venido no me he fijado en usted.

La voz del doctor Reynolds tenía la misma desenvoltura que su andar, lo mismo que si hubiese dicho aquello todas las noches de su vida; una declaración que me dejó más atónita que el hecho de encontrarme en un mismo cuarto con Boo Radley. Por supuesto... hasta Boo Radley se pone enfermo alguna vez, pensé. Aunque, por otra parte, no estaba segura.

El doctor Reynolds traía un voluminoso paquete envuelto en papel periódico. Lo dejó sobre la mesa de Jem y se quitó la chaqueta.

– ¿Estás convencida de que vive, ahora? Te diré cómo lo he conocido. Cuando trataba de examinarle me ha dado una patada. He tenido que hacerle perder el conocimiento por completo para tocarle. Así pues, despeja –me dijo.

– Bien... –dijo Atticus, dirigiendo una mirada a Boo–. Heck, salgamos al porche de la fachada. Allí hay sillas suficientes, y todavía hace bastante calor.

A mí me sorprendió que Atticus nos invitara al porche de la fachada y no a la sala de estar; luego lo comprendí. Las lámparas de la sala despedían una luz excesivamente viva. Todos desfilamos; míster Tate en cabeza... Atticus esperaba en la puerta con el propósito de que Boo pasara delante. Después cambió de idea y siguió a míster Tate.

En las cosas cotidianas, la gente sigue adicta a sus hábitos aun bajo las condiciones más peculiares. Yo no era una excepción

Venga, míster Arthur –me sorprendí diciendo–, usted no conoce bien la casa. Yo le acompañaré al porche, señor.

Él bajó la vista para mirarme y asintió con la cabeza.

Yo le conduje a través de la sala y cruzando el comedor.

– ¿No quiere sentarse, míster Arthur? Esta mecedora es bonita y cómoda.

Mi pequeña fantasía había entrado otra vez en actividad: El estaría sentado en el porche... «Nos hace un tiempo hermoso de veras, ¿no es cierto, míster Arthur? » Sí, un tiempo hermoso de veras. Sintiéndome un poco fuera de la realidad, le acompañé hasta el asiento más apartado de Atticus y de míster Tate. Un asiento situado en la sombra más profunda. Boo se sentiría más a gusto a oscuras.

Atticus se había sentado en una mecedora; míster Tate ocupaba una silla próxima. La luz de las ventanas del comedor los iluminaba de pleno. Yo me senté al lado de Boo.

– Bien, Heck –iba diciendo Atticus–, yo creo que lo que se debe hacer... Buen Dios, estoy perdiendo la memoria... –Atticus se subió las gafas y se oprimió los ojos con los dedos–. Jem no ha cumplido trece todavía..., no, sí que los ha cumplido... No sé recordarlo. De todos modos, la cosa se verá en el tribunal del condado.

– ¿Qué cosa, míster Finch? –Míster Tate descruzó las piernas y se inclinó adelante.

– Naturalmente, fue un caso inconfundible de defensa propia; pero tendré que irme a la oficina y rebuscar...

– Míster Finch, ¿cree usted que Jem ha matado a Bob Ewell? ¿Lo cree de veras?

– Ha oído ya lo que dijo Scout; no cabe la menor duda. Ha dicho que Jem se ha levantado y ha apartado a Ewell de un tirón... Probablemente se habrá apoderado, en la oscuridad, del cuchillo de Ewell... Mañana lo sabremos.

– Párese, míster Finch –dijo míster Tate–. Jem no ha acuchillado a Bob EweIl.

Atticus estuvo callado un momento. Miró a mister Tate como si agradeciese lo que decía. Pero movió la cabeza negativamente.

Heck, se porta usted de un modo muy generoso, y sé que lo hace impulsado por su buen corazón; pero no me salga con esas cosas.

Míster Tate se levantó y fue hasta la orilla del porche. Escupió hacia los arbustos; luego se puso las manos en los bolsillos y se enfrentó con Atticus, preguntando:

– ¿Qué cosas?

– Lamento haber hablado con demasiada viveza, Heck –dijo Atticus llanamente–, pero nadie pondrá sordina a lo ocurrido. Yo no vivo de este modo

– Nadie pondrá sordina a nada, míster Finch.

Míster Tate hablaba con voz calmosa, pero sus botas estaban plantadas tan sólidamente en los tablones del porche que parecía que crecían allí. Entre mi padre y el sheriff tenía lugar una curiosa contienda, cuya naturaleza escapaba a mi penetración.

Ahora le tocó a Atticus el turno de levantarse e irse hasta el extremo del porche. Exclamó:

– ¡Hum! –y escupió, sin saliva, al patio. Se puso las manos en los bolsillos y se enfrentó con míster Tate–. Heck, usted no lo ha dicho, pero yo sé lo que está pensando. Gracias por ello, Jean Louise... –Mi padre se volvió hacia mi–. ¿Has dicho que Jem ha cogido a míster Ewell y lo ha apartado de ti?

– Sí, señor, esto es lo que he pensado... Yo...

– ¿Lo ve, Heck? Gracias desde lo más profundo de mi corazón, pero no quiero que mi hijo emprenda su carrera con una cosa parecida sobre su cabeza. El mejor modo de limpiar la atmósfera consiste en examinar el caso a la vista de todo el mundo. Dejemos que el condado intervenga y traiga sandwiches. No quiero que mi hijo crezca envuelto en una murmuración, no quiero que nadie diga: «¿Jem Finch?... Ah, sí, su padre pagó un puñado de dinero para sacarle del apuro». Cuanto más pronto hayamos resuelto el caso, mejor.

EnElPorche– Míster Finch –replicó, imperturbable, míster Tate–, Bob Ewell ha caído sobre su cuchillo. Se ha matado él mismo.

Atticus anduvo hasta la esquina del porche y fijó la vista en la enredadera. Yo pensé que, a su manera, cada uno de ambos era tan terco como el otro. Y me pregunté quién cedería primero. Atticus tenía una terquedad callada, que pocas veces se ponía en, evidencia, pero en ciertos aspectos era tan obstinado como los Cunningham. Míster Tate carecía de instrucción y se ponía más en evidencia, pero hacía un digno contrincante de mi padre. 

– Heck –insistió Atticus, que estaba de espaldas–. Si silenciamos este caso, con ello destruiremos todo lo que he hecho para educar a Jem a mi manera. A veces pienso que como padre he fracasado en absoluto, pero soy el único que tienen. Antes de mirar a nadie más, Jem me mira a mí, y yo he procurado vivir de forma que siempre pueda devolverle la mirada sin desviar los ojos... Si consintiéramos en una cosa como ésta, francamente, no podría sostener su mirada, y sé que el día que no pudiera sostenerla le habría perdido. Y no quiero perder ni a Jem ni a Scout: son todo lo que poseo.

Míster Tate continuaba plantado en los maderos del suelo.

– Bob Ewell ha caído sobre su cuchillo. Puedo demostrarlo.

Atticus giró sobre sus talones. Sus manos hurgaron los bolsillos.

Heck, ¿no puede hacer que al menos lo vea con mis ojos? Usted también tiene hijos, pero yo le aventajo en edad. Cuando los míos sean mayores yo seré ya un viejo, si es que sigo en este mundo, pero ahora soy... En fin, si no se fían de mí no podrán fiarse de nadie. Jem y Scout saben lo que ha pasado. Si me oyen decir por la ciudad que ha pasado una cosa distinta... Heck, ya no podré contar con ellos nunca más. No puedo vivir de un modo en público y de un modo diferente en casa.

Míster Tate se meció sobre los talones y dijo con mucha paciencia:

– El difunto ha echado al suelo a Jem, ha tropezado con una raíz de aquel árbol y... mire, se lo puedo enseñar. –Míster Tate se metió la mano en el bolsillo y sacó una larga navaja. En aquel momento llegó el doctor Reynolds. Míster Tate le dijo–: El hijo de... el difunto está debajo de aquel árbol, doctor, apenas entrar en el patio de la escuela. ¿Tiene una pila eléctrica? Será mejor que coja ésta.

– Puedo dar la vuelta con el coche y dejar los faros encendidos –dijo el doctor Reynolds, pero al mismo tiempo aceptó la pila de míster Tate–. Jem está bien. Confío en que esta noche no se despertará, por lo tanto no se inquieten. ¿Ese es el cuchillo causante de la muerte, Heck. 

– No, señor, continúa hundido en el cadáver. Por el mango se diría que es un cuchillo de cocina. Ken debería estar ya allí con el coche fúnebre, doctor. Buenas noches.

A continuación míster Tate abrió la hoja del cuchillo.

BooRadley by werewolveskickass– Ha sido de este modo –dijo. Con el cuchillo en la mano, fingió que tropezaba; al inclinarse adelante el brazo izquierdo descendió delante del cuerpo–. ¿Lo ve? Se ha clavado el cuchillo en los tejidos blandos de debajo de las costillas. El peso entero del cuerpo ha sido causa de que la hoja se hundiese.

Míster Tate cerró la navaja y se la metió en el bolsillo.

– Scout tiene ocho años –añadió un instante después–. Estaba demasiado asustada para enterarse bien de lo que ocurría.

– Le sorprendería... –dijo Atticus tristemente.

– No digo que lo haya inventado; digo que estaba demasiado amedrentada para saber exactamente lo que ha pasado. Allí la oscuridad era absoluta; las tinieblas eran negras como la tinta. Se precisaría una persona muy habituada a la oscuridad para considerarla un testigo de crédito...

– No lo admito –replicó Atticus suavemente.

– !!Maldita sea, si no estoy pensando en Jem!!

La hoja de míster Tate hirió los maderos con tal furia que las luces del dormitorio de miss Maudie se encendieron. También se encendieron las de miss Stephanie Crawford. Atticus y mister Tate volvieron la vista hacia el otro lado de la calle, luego se miraron uno a otro. Y aguardaron.

Cuando míster Tate tomó la palabra de nuevo, su voz apenas se oía.

Míster Finch, me molesta discutir con usted cuando se pone en esa actitud. Esta noche usted ha pasado por una prueba que ningún hombre debería sufrir nunca. No sé cómo no ha enfermado de las resultas y ahora no está en la cama, pero sé que por una vez en la vida no ha sido capaz de atar cabos, y es preciso que dejemos esto resuelto esta misma noche porque mañana sería demasiado tarde. Bob Ewell tiene en el buche la hoja de un cuchillo de cocina.

Míster Tate añadió en seguida que Atticus no sería capaz de plantarse allí y sostener que un muchacho de la poca corpulencia de Jem, y con un brazo roto, tendría energías bastante en el cuerpo para luchar con un hombre adulto y matarle, en medio de las tinieblas más densas.

– Heck –dijo Atticus bruscamente–, eso que manejaba ahora era una navaja. ¿De dónde la ha sacado?

– Se la he quitado a un borracho –contestó tranquilamente mister Tate.

Yo procuraba recordar. Mister Ewell me tenía cogida... Luego se cayó... Jem debía de haberse levantado. Al menos yo pensé...

– ¡Heck!

– He dicho que se la he quitado esta noche a un borracho. El cuchillo de cocina lo encontró Ewell, probablemente, en algún punto del vaciadero. Lo afiló y esperó el momento oportuno... Esperó el momento oportuno, ni más ni menos.

Atticus fue hasta la mecedora y se sentó. Las manos le colgaban como muertas entre las rodillas. Tenía la vista fija en el suelo. Se había movido con la misma lentitud que la noche aquella, delante de la cárcel, cuando pensé que le costaría una eternidad el doblar el periódico, y arrojarlo sobre la silla. Míster Tate deambulaba con paso pesado, pero silencioso por el porche.

– No es usted quien ha de tomar una decisión, míster Finch; soy yo, solamente yo. Es una decisión y una responsabilidad que pesa únicamente sobre mí. Por una vez, si usted no comparte mi punto de vista, poca cosa podrá hacer para imponer el suyo. Si quiere intentarlo, yo le llamaré embustero en sus propias barbas. Su hijo no ha dado ninguna cuchillada a Bob Ewell –añadió muy despacio–; estuvo a mil leguas de ello, y ahora usted lo sabe. Su hijo no pretendía otra cosa que llegar, él y su hermana, sanos y salvos a casa –mister Tate dejó de andar. Paróse delante de Atticus, dándonos la espalda a Boo y a mí–. Yo no valgo mucho, señor, pero soy el sheriff del Condado de Maycomb. He vivido en esta ciudad toda mi vida y voy a cumplir cuarenta y tres años. Sé todo lo que ha pasado aquí desde que nací. Un muchacho negro ha muerto sin motivo alguno, y el responsable de ello ha fallecido también. Deje que los muertos entierren a los muertos esta vez, míster Finch. Deje que los muertos entierren a los muertos. 

Míster Tate se acercó a la mecedora y recogió el sombrero, que estaba en el suelo, al lado mismo de Atticus. Luego, empujó su silla hacia atrás y se cubrió

– Nunca me han dicho que exista una ley que prohiba a un ciudadano hacer cuanto pueda por evitar que se cometa un crimen, que es precisamente lo que él ha hecho; pero quizá usted considere que tengo el deber de comunicarlo a toda la ciudad en lugar de silenciarlo. ¿Sabe lo que pasaría entonces? Que todas las señoras de Maycomb, incluida mi esposa, correrían a llamar a la puerta de ese hombre llevándole pasteles exquisitos. A mi manera de ver, el coger al hombre que les ha hecho a usted y a la ciudad un favor tan grande y ponerle, con su natural tímido, bajo una luz cegadora..., para mí, esto es un pecado. Es un pecado y no estoy dispuesto a tenerlo en la conciencia. Si se tratase de otro hombre sería distinto. Pero con ese hombre no puede ser, mister Finch.

Míster Tate estaba tratando de abrir un hoyo en el suelo con la punta de la bota. Luego se tiró de la nariz y se frotó el brazo izquierdo.

– Es posible que yo no valga nada, míster Finch, pero sigo siendo el sheriff de Maycom, y Bob Ewell se ha caído sobre su propio cuchillo. Buenas noches, señor.

Míster Tate se alejó del porche con pisada recia y cruzó el patio de la fachada. La portezuela de su coche se cerró de golpe, y el vehículo partió. Atticus permaneció sentado largo rato, con la mirada fija en el suelo. Finalmente, levantó la cabeza.

– Scout –dijo–, míster Ewell se ha caído sobre su propio cuchillo. ¿Eres capaz de comprenderlo?

Caratula1Por su aspecto, yo habría dicho que Atticus necesitaba que le animasen. Corrí hacia él y le abracé y le besé con todas mis fuerzas.

– Sí, señor, lo comprendo –aseguré para tranquilizarle–. Mister Tate tenía razón.

Atticus se libró del nudo de mis brazos y me miró.

– ¿Qué quieres decir?

– Mira, hubiera sido una cosa así como matar un ruiseñor.

Atticus apoyó la cara en mi cabello y me lo acarició con las mejillas. Cuando se levantó y cruzó el porche, hundiéndose en las tinieblas, había recobrado su paso juvenil. Antes de entrar en la casa, se detuvo delante de Boo Radley.

– Gracias por mis hijos, Arthur –le dijo.

 

 

Capítulo 31

 

Cuando Boo Radley se puso de pie con gesto vacilante, la luz de las ventanas de la sala de estar arrancó reflejos de su frente. Todos sus movimientos eran inciertos, como si no estuviera seguro de si sus manos establecerían el contacto adecuado con las cosas que tocaba. Tosió con aquella tos estertorosa que tenía, sufriendo tales sacudidas que tuvo que sentarse de nuevo. Su mano fue en busca del bolsillo trasero de los pantalones y sacó un pañuelo. Despúés de cubrirse la boca con él para toser, se secó la frente.

Como estaba tan acostumbrada a no verle, me parecía increíble que hubiese estado sentado a mi lado todo aquel rato, presente y visible. Boo no había producido el menor sonido.

De nuevo se puso de pie. Se volvió hacia mí, y, con un movimiento de cabeza, me indicó la puerta de la fachada. 

– Le gustaría decir buenas noches a Jem, ¿verdad que sí, mister Arthur? Entre. 

Y le acompañé por el vestíbulo. Tía Alexandra estaba sentada al lado de la cama de Jem.

– Entre, Arthur –dijo–. Todavía duerme. El doctor Reynolds le ha administrado un sedante enérgico. Jean Louise, ¿está tu padre en la sala?

– Si, señora, creo que sí. 

–Voy a hablar un minuto con él. El doctor Reynolds ha dejado unas... –su voz se perdió por otro aposento.

Boo se había refugiado en un ángulo de la habitación y estaba de pie, con la barbilla levantada, mirando tan lejos a Jem. Yo le cogí de la mano; una mano sorprendentemente cálida a pesar de su palidez. Tiré levemente de él, y me permitió que le condujese hasta la cama de Jem.

El doctor Reynolds había armado una especie de pequeña tienda sobre el brazo de mi hermano, con el fin de que no le tocase la manta, supongo, y Boo se inclinó adelante para mirar por encima de ella. En su cara había una expresión de curiosidad tímida, como si hasta entonces nunca hubiese visto a un muchacho. Con la boca ligeramente abierta, miró a Jem de la cabeza a los pies. Su mano se levantó, pero en seguida volvió a caer sobre el costado.

– Puede acariciarle, mister Arthur. Está dormido. Si estuviera despierto no podría; el no se lo consentiría... –me sorprendí explicando–. Vamos, anímese.

La mano de Boo se quedó inmóvil más arriba de la cabeza de Jem.

– Siga, señor; duerme.

La mano bajó a posarse levemente sobre el cabello de Jem.

Yo empezaba a comprender su inglés mudo. Su mano oprimió la mía con más fuerza, indicando que quería marcharse. Le acompañé hasta el porche de la fachada, donde sus penosos pasos se detuvieron. Seguía teniendo cogida mi mano, y no daba muestras de querer soltarla.

– ¿Quieres acompañarme a casa?

Lo dijo casi en un susurro, con la voz de un niño asustado de la oscuridad.

Yo puse el pie en el peldaño superior y me paré. Por nuestra casa le conduciría tirándole de la mano, pero jamás le acompañaría a la suya de aquel modo

– Míster Arthur, doble el brazo así. Así está bien, señor.

ScoutYBooY deslicé mi mano dentro del hueco de su brazo. Él tenía que inclinarse un poco para acomodarse a mí; pero si miss Stephanie Crawford estaba espiando desde la ventana de la cima de las escaleras, vería a Arthur Radley dándome escolta por la acera, como lo hace un caballero.

Llegamos al farol de la esquina de la calle, y me pregunté cuántas veces había estado allí Dill, abrazado al grueso poste, espiando, esperando, confiando. Pensé en la multitud de veces que Jem y yo habíamos recorrido el mismo trayecto... Pero ahora entraba en la finca de los Radley por la puerta del patio de la fachada por segunda vez en mi vida. Boo y yo subimos los peldaños del porche. Sus dedos buscaron la empuñadura. Me soltó la mano dulcemente, abrió la puerta, entró, y cerró tras de si. Ya nunca más volví a verle.

Los vecinos traen alimentos, cuando hay difuntos, flores cuando hay enfermos, y pequeñas cosas entre tiempo. Boo era nuestro vecino. Nos había regalado dos muñecos de jabón, un reloj descompuesto, con su cadena, un par de monedas de las que traen buena suerte, y la vida de Jem y la mía. Pero los vecinos correspondían a su vez con regalos. Nosotros nunca habíamos devuelto al tronco del árbol lo sacado de allí; nosotros no le regalamos nunca nada, y esto me entristecía.

Me volví para irme a casa. Los faroles de la calle parpadeaban calle abajo en dirección a la ciudad. Jamás vi a nuestros vecinos desde este ángulo. Existían miss Maudie y miss Stephanie.., también nuestra casa (veía la mecedora del porche), la casa de miss Rachel estaba más allá, perfectamente visible. Hasta podía ver la de mistress Dubose.

Volvía la vista atrás. A la izquierda de la parda puerta de Boo había una larga ventana con persiana. Fui hasta ella, me paré delante y di una vuelta completa. A la luz del día, pensé, se vería la esquina de la oficina de Correos.

A la luz del día... En mi mente la noche se desvaneció. Era de día y los vecinos iban y venían atareados. Miss Stephanie Crawford cruzaba la calle para comunicar las últimas habladurías a miss Rachel. Miss Maudie se inclinaba sobre sus azaleas. Estábamos en verano, y dos niños se precipitaban acera abajo yendo al encuentro de un hombre que se acercaba en la distancia. El hombre agitaba la mano, y los niños echaban a correr disputando quién le alcanzaría primero.

Continuábamos estando en verano, y los niños se acercaban más. Un muchacho andaba por la acera arrastrando tras de si una caña de pescar. Un hombre estaba de pie esperando, con las manos en las caderas. Verano; los dos niños jugaban en el porche con un amigo, representando un extraño y corto drama de su propia invención.

Llegaba el otoño, y sus niños se peleaban en la acera delante de la morada de mistress Dubose. El muchacho ayudó a su hermana a ponerse de pie, y ambos se encaminaron hacia su casa. Otoño, y sus niños trotaban de un lado a otro de la esquina, pintados en el rostro los pesares y los triunfos del día. Se paraban junto a un roble, embelesados, asombrados, aprensivos.

Invierno, y sus niños se estremecían de frío en la puerta de la fachada del patio, recortada su silueta sobre el fondo de una casa en llamas. Invierno, y un hombre salió a la calle, dejó caer las gafas y disparó contra un perro.

EdicionAlemanaVerano, y vio cómo a sus niños se les partía el corazón. Otoño de nuevo, y los niños de Boo le necesitaban.

Atticus tenía razón. Una vez nos dijo que uno no conoce de veras a un hombre hasta que se pone dentro de su pellejo y se mueve como si fuera él. El estar de pie, simplemente, en el porche de los Radley, fue bastante.

Las lámparas de la calle aparecían vellosas a causa de la lluvia fina que caía. Mientras regresaba a mi casa, me sentía muy mayor, y al mirarme la punta de la nariz veía unas cuentas finas de humedad; mas el mirar cruzando los ojos me mareaba, y lo dejé. Camino de casa iba pensando en la gran noticia que daría a Jem al día siguiente. Se pondría tan furioso por haberse perdido todo aquello que pasarían días y días sin hablarme. Mientras regresaba a casa pensé que Jem y yo llegaríamos a mayores, pero que ya no podíamos aprender muchas cosas más, excepto, posiblemente álgebra.

 

Subí las escaleras corriendo y entré en casa del mismo modo. Tía Alexandra se había ido a la cama, y el cuarto de Atticus estaba a oscuras. Vería si Jem revivía. Atticus estaba en el cuarto de mi hermano, sentado junto a la cama. Leía un libro.

– ¿No se ha despertado Jem todavía?

– Duerme pacíficamente. No se despertará hasta la mañana.

–Oh. ¿Estás aquí haciéndole compañía?

–Hace una hora, aproximadamente. Vete a la cama, Scout. Has tenido un día largo y agitado.

 

– Mira, creo que me quedaré un rato contigo.

– Como quieras –respondió Atticus.

Debía de ser más de medianoche y su afable aquiescencia me asombró. De todos modos, él era más listo que yo; en el mismo momento que me senté empecé a tener sueño.

– ¿Que estás leyendo? –pregunté. 

– Una cosa de Jem. Se titula El Fantasma Gris.

De pronto me sentí bien despierta.

– ¿Por qué has escogido ése?

– No lo sé, cariño. Lo he cogido al azar. Es una de las pocas cosas que no he leído –dijo con intención

–Léelo en voz alta, por favor, Atticus. Da miedo de veras.

– No –dijo él–. Hoy has tenido miedo sobrado para una temporada. Esto es demasiado...

Atticus, yo no he tenido miedo –mi padre enarcó las cejas, y yo protesté–: Por lo menos no lo he tenido hasta que he empezado a contar a míster Tate cómo había ocurrido. Jem tampoco tenía miedo. Se lo he preguntado y me ha dicho que no. Por otra parte, no hay nada que dé miedo de verdad, excepto en los libros.

Atticus abrió los labios para decir algo, pero los volvió a cerrar. Quitó el pulgar de las hojas, hacia la mitad del libro, y retrocedió a la primera página. Yo me acerqué y apoyé la cabeza sobre su rodilla.

TheGrayGhost– Hummm –dijo Atticus–. El Fantasma Gris, por Seckatary Hawkins. Capítulo primero...

Yo esforcé la voluntad para continuar despierta, pero la lluvia era tan suave, el cuarto estaba tan templado, la voz de mi padre era tan profunda y su rodilla tan cómoda, que me dormí. Unos segundos después, por lo que parecía, su zapato me rozaba blandamente las costillas. Atticus me puso de pie y me llevó a mi cuarto.

– He oído todas las palabras que me has dicho – murmuré–. No he dormido nada en absoluto habla de un barco y de Fred «Tres-Dedos» y de Kid «Pedradas»

Atticus me desató el mono, me apoyó contra sí y me lo quito. Luego me sostuvo con una mano, mientras con la otra, cogía el pijama.

–Sí, y todos creían que Kid «Pedrada» desordenaba el local de su club y derramaba tinta por todas partes y...

Atticus me guió hasta la cama y me hizo sentar en ella. Me levantó las piernas y las colocó debajo de la sábana. 

– Y le persiguieron, pero no podían cogerle porque no sabían que figura tenía, y, Atticus, cuando por fin le vieron, resultaba que no había hecho nada de todo aquello... Atticus, era un chico bueno de veras...

Las manos de mi padre estaban debajo de mi barbilla, subiendo la manta y arropándome bien.

– La mayoría de personas lo son, Scout, cuando por fin las ves.

Atticus apagó la luz y se volvió al cuarto de Jem. Allí estaría toda la noche; allí estaría cuando Jem despertase por la mañana.

 

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