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UN BUEN LIBRO PARA LEER:  UN MUNDO FELIZ (1932)

UnMundoFeliz     Brave new word

 

     Aldous Huxley   (EEUU) 

    Editorial:    Planeta DeAgostini.  Biblioteca de Ciencia Ficción

     Traducción:  Ramón Hernández

                         

             

 

Finales de libros. Advertencia, este capítulo final es un "spoiler" 

CAPÍTULO 18

La puerta estaba entreabierta, entraron.

¡John!

Del cuarto de baño llegó un ruido desagradable y característico.

-¿Ocurre algo? -preguntó Helmholtz.

No hubo respuesta. El desagradable sonido se repitió, dos veces; siguió un silencio. Después, con un chasquido, la puerta del cuarto de baño se abrió y apareció, muy pálido, el salvaje.

-¡Oye! -exclamó Helmholtz, solícito-. Tú no te estás bien.

-¿Te sentó mal algo que comiste? -preguntó Bernard.

El salvaje asintió.

-Sí, comí civilización.

-¿Cómo?

-Y me sentó mal; me enfermó. Y después -agregó en un tono de voz más bajo-, comí mi propia maldad.

-Pero, ¿qué es lo que te ocurre... ? Ahora mismo estabas...

-Ya estoy purificado -dijo el salvaje-. Tomé un poco de mostaza con agua caliente.

Los otros dos le miraron, asombrados.

-¿Quieres decir que... que lo has hecho a propósito? -preguntó Bernard.

-Así es como se purifican los indios. -John se sentó, y, suspirando, se pasó una mano por la frente-. Descansaré unos minutos -dijo-. Estoy muy cansado.

-Claro, no me extraña -dijo Helmholtz. Tras una pausa, agregó en otro tono-: Hemos venido a despedirnos. Nos marchamos mañana por la mañana.

-Sí, salimos mañana -dijo Bemard, en cuyo rostro el salvaje observó una nueva expresión de resignación decidida-. Y, a propósito, John -prosiguió, inclinándose hacia delante y apoyando una mano en la rodilla del salvaje-, quería decirte cuánto siento lo que ocurrió ayer. -Se sonrojó-. Estoy avergonzado -siguió a pesar de la inseguridad de su voz-, realmente avergonzado...

El salvaje le obligó a callar y, cogiéndole la mano, se la estrechó con afecto.

-Helmholtz se ha portado maravillosamente conmigo -siguió Bernard, después de un silencio-. De no haber sido por él, yo no hubiese podido...

-Vamos, vamos -protestó Helmholtz. -Esta mañana he ido a ver al Interventor -dijo el salvaje al fin.

-¿Para qué?

-Para pedirle que me enviara a las islas con vosotros.

-¿Y cuál fue su respuesta? -preguntó Hehnholtz.

El salvaje movió la cabeza.

-No me concede el permiso.

-¿Por qué no?

-Dijo que quería proseguir el experimento. Pero me niego a seguir siendo objeto de experimentación. No quiero, ni por todos los Interventores del mundo entero. Yo también me marcharé mañana –agregó con súbito furor.

-Pero ¿adónde? -preguntaron a coro sus dos amigos.

El salvaje se encogió de hombros.

-A cualquier sitio, no me importa. Con tal de poder estar solo.

***

UnMundoFeliz

Desde Guildford, la línea descendente seguía el valle de Wey hasta Godalming y después, pasando por encima de Mildford y Witley, continuaba hacia Haslemere y Portsmouth a través de Petersfield. Casi paralela a la misma, la línea ascendente pasaba por encima de Worplesdon, Tongham, Puttenham, Elstead y Grayshott. Entre Hog's Back y Hindhead había puntos en que la distancia entre ambas líneas no era superior a los cinco o seis kilómetros, lo que podía resultar peligroso si los pilotos eran poco expertos, sobre todo de noche y en el caso de que hubieses consumido una dosis de soma mayor de la habitual. Se habían producido accidentes, y graves. En consecuencia, se había decidido desplazar la línea ascendente unos pocos kilómetros hacia el oeste. Entre Grayshott y Tongham, cuatro faros de aviación abandonados señalaban el curso de la antigua ruta Portsmouth-Londres.

El salvaje había elegido como ermita el viejo faro situado en la cima de la colina entre Puttenham y Elstead. El edificio era de hormigón armado y se hallaba en excelentes condiciones. Demasiado cómodo, había pensado el salvaje cuando había explorado el lugar por primera vez, demasiado lujoso y civilizado. Tranquilizó su conciencia prometiéndose compensar tales inconvenientes con una autodisciplina más férrea, con purificaciones más duras. Pasó su primera noche sin conciliar el sueño, a propósito. Permaneció horas enteras rezando, al cielo al que el culpable Claudio había pedido perdón, o a Awonawilona, en zuñí, a Jesús y Poukong, a su propio animal guardián, el águila. De vez en cuando abría los brazos en cruz, y los mantenía así largo rato, soportando un dolor que aumentaba gradualmente hasta convertirse en una agonía trémula y atormentadora; los mantenía así, en crucifixión voluntaria, mientras con los dientes apretados, y el rostro empapado en sudor, repetía: ¡Oh, perdóname! ¡Hazme puro! ¡Ayúdame a ser bueno!, una y otra vez, hasta que estaba a punto de desmayarse de dolor.

Cuando llegó la mañana, el salvaje sintió que se había ganado el derecho a habitar el faro; sí, a pesar de que todavía había cristales en la mayoria de las ventanas, y a pesar de que la vista, desde la plataforma, era preciosa. Porque la misma razón por la cual había elegido el faro se había trocado casi inmediatamente en una razón para marcharse a otra parte. John había decidido vivir allí porque la vista era muy hermosa, porque, desde su punto de observación tan ventajoso, le parecía contemplar la encarnación de un ser divino. Pero ¿quién era él para recrearse con la visión cotidiana y constante, de la belleza? ¿Quién era él para vivir en la visible presencia de Dios? Él merecía vivir en una sucia pocilga, en un sombrío agujero bajo tierra. Con los miembros rígidos y doloridos todavía por la pasada noche de sufrimiento que había pasado y, fortalecido interiormente por esta misma razón, subió a la plataforma de su torre y contempló el brillante mundo del amanecer en el que volvía a habitar por derecho propio, recién reconquistado.

En el valle que separaba Hog's Back de la colina arenosa en la cima de la cual se levantaba el faro, se hallaba Puttenham, un modesto edificio de nueve pisos, con silos, una granja avícola, y una pequeña fábrica de Vitamina D. Al otro lado del faro, al sur, el terreno descendía en largas pendientes cubiertas de brezales en dirección a un rosario de lagunas.

TowersMás allá de estas lagunas, por encima de los bosques, se levantaba la torre de catorce pisos de Elstead. Borrosas, en el brumoso aire inglés, Hindhead y Selborne atraían las miradas hacia la azulada y romántica distancia. Pero el salvaje no se había sentido atraído solo por las vistas que le podía proporcionar el faro, sino también por sus alrededores más inmediatos, igualmente seductores. Los bosques, las extensiones abiertas de brezos y amarilla aliaga, los grupos de pinos silvestres, las lagunas y albercas relucientes, con sus abedules y sauces llorones, sus lirios de agua y sus alfombras de juntos, poseían una intensa belleza y, para unos ojos acostumbrados a la aridez del desierto americano, resultaban asombrosos. Y, además, ¡la soledad! El salvaje pasaba días enteros sin ver a un solo hombre. El faro se hallaba sólo a un cuarto de hora de vuelo de la Torre de Charing-T; pero las colinas de Malpaís apenas eran más deshabitadas que aquel brezal de Surrey. Las multitudes que diariamente salían de Londres, lo hacían sólo para jugar al golf Electromagnético o al tenis.

La mayor parte del dinero que, a su llegada, John había recibido para sus gastos personales había sido empleado en la adquisición del equipo necesario. Antes de salir de Londres el Salvaje se había comprado cuatro mantas de lana de viscosa, cuerdas, alambres, clavos, cola, unas pocas herramientas, cerillas (aunque pensaba construirse en su día algo para hacer fuego), algo de batería de cocina, dos docenas de paquetes de semilla y diez kilos de harina de trigo.

- No, no quiero almidón sintético ni sucedáneo de harina de desperdicios de algodón -había insistido-. Por muy nutritivos que sean.

En cuanto a las galletas panglandulares y el sucedáneo vitaminizado de buey, no había podido resistir a las dotes persuasivas del dependiente. En aquel momento mirando las latas que tenía en su poder, se reprochaba amargamente su debilidad. ¡Odiosos productos de la civilización! Decidió que jamás los comería, aunque se muriera de hambre. «Les daré una lección», pensó vengativamente. Y de paso se la daría a sí mismo.

John contó su dinero. Esperaba que lo poco que le quedaba le bastaría para pasar el invierno. Cuando llegara la primavera, su huerto produciría lo suficiente para permitirle vivir con independencia del mundo exterior. Entretanto, siempre quedaba el recurso de la caza. Había visto muchos conejos, y en las lagunas había aves acuáticas. Inmediatamente se puso a construir un arco con sus correspondientes flechas.

Cerca del faro crecían fresnos, y para las varas de las flechas no faltaban avellanos llenos de serpollos rectos y hermosos. Empezó por batir un fresno joven, cortó un trozo de tronco liso, sin ramas, de casi dos metros de longitud, lo despojó de la corteza, y, capa por capa, fue quitándole la madera blanca, tal como le había enseñado a hacer el viejo Mitsima, hasta que obtuvo una vara de su misma altura, rígida y gruesa en el centro, ágil y flexible en los ahusados extremos. Aquel trabajo le produjo un placer muy intenso. Tras aquellas semanas de ocio en Londres, durante las cuales, cuando deseaba algo, le bastaba pulsar un botón o girar una manija, fue para él una delicia hacer algo que exigía habilidad y paciencia.

Casi había terminado de dar forma al arco cuando se dio cuenta, con un sobresalto, de que estaba cantando. ¡Cantando! Fue como si se hubiese descubierto de pronto en flagrante delito. Se sonrojó, abochornado. Al fin y al cabo, no había ido allá para cantar y divertirse, sino para escapar al contagio de la vida civilizada, para purificarse y mejorarse, para enmendarse de una manera activa. Comprendió, decepcionado, que, absorto en la confección de su arco, había olvidado lo que se había jurado a sí mismo recordar siempre: la pobre Linda, su propia asesina violencia para con ella, los odiosos mellizos que pululaban como gusanos alrededor de su lecho de muerte, profanando con su sola presencia no sólo el dolor y el remordimiento del propio John, síno a los mismos dioses. Había jurado recordar, había jurado reparar incesantemente. Y allá estaba, trabajando en su arco, y cantando, así, tal como suena, cantando... Entró en el faro, abrió el bote de mostaza y puso a hervir agua en el fuego.

Media hora después, tres campesinos Delta-Menos de uno de los grupos de Bakonovsky de Puttenham se dirigían en camión hacia Elstead, y,. desde lo alto de la colina, se sorprendieron al ver a un joven de pie en el exterior del faro abandonado, desnudo hasta la cintura y azotándose a sí mismo con un látigo de cuerdas de nudos. La espalda del joven estaba cruzada horizontalmente por rayas oscuras, y entre surco y surco discurrían hilillos de sangre. El conductor del camión detuvo el vehículo a un lado de la carretera, y, junto con sus dos compañeros, se quedó mirando boquiabierto aquel espectáculo extraordinario. Uno, dos, tres... Contaron los azotes. Después del octavo latigazo, el joven interrumpió su castigo, corrió hacia el bosque y allá vomitó violentamente. Luego volvió a coger el látigo y siguió azotándose: nueve, diez, once, doce...

Ford! -murmuró el conductor.

Y los mellizos fueron de la misma opinión.

 -¡Reford! -dijeron.

OjoMultiple

Tres días más tarde, como los búhos a la vista de una carroña, llegaron los periodistas.

Secado y endurecido al fuego lento de leña verde, el arco ya estaba listo. El salvaje trabajaba afanosamente en sus flechas. Había cortado y secado treinta varas de avellano, y las había guarnecido en la punta con aguzados clavos firmemente sujetos. Una noche había efectuado una incursión a la granja avícola de Puttenham y ahora tenía plumas suficientes para equipar a todo un ejército. Estaba empeñado en la tarea de acoplar las plumas a las flechas cuando el primer periodista fue a su encuentro. Silenciosamente, calzado con sus zapatos neumáticos, el hombre se le acercó por detrás.

-Buenos días, míster Salvaje -dijo-. Soy el enviado de El Radio Horario.

Como mordido por una serpiente, el salvaje saltó sobre sus pies, desparramando en todas direcciones las plumas, el bote de cola y el pincel.

-Perdón -dijo el periodista, sinceramente compungido-. No tenía intención... -se tocó el sombrero, el sombrero de copa de aluminio en el que llevaba el receptor y el transmisor telegráfico-. Perdone que no me descubra -dijo-. Este sombrero es un poco pesado. Bien, como le decía, me envía El Radio...

-¿Qué quiere? -preguntó el salvaje, ceñudo.

-Bueno, como es natural, a nuestros lectores les interesaría muchísimo... -Ladeó la cabeza y su sonrisa adquirió un matiz, casi, de coquetería-. Sólo unas pocas palabras de usted, míster Salvaje.

Rápidamente, con una serie de ademanes rituales, desenrolló dos cables conectados a la batería que llevaba en torno de la cintura; los enchufó simultáneamente a ambos lados de su sombrero de aluminio; tocó un resorte y una antena se disparó en el aire; tocó otro resorte del borde del ala, y, como un muñeco de muelles, saltó un pequeño micrófono que se quedó colgando estremeciéndose, a unos quince centímetros de su nariz; se bajó hasta las orejas un par de auriculares, pulsó un botón situado en el lado izquierdo del sombrero, que produjo un débil zumbido, hizo girar otro botón de la derecha, y el zumbido fue interrumpido por una serie de silbidos y chasquidos estetoscópicos.

-Al habla -dijo, por el micrófono-, al habla, al habla...

Súbitamente sonó un timbre en el interior de su sombrero.

-¿Eres tú, Edzel? Primo Mellon al habla. Sí, lo he pescado. Ahora míster Salvaje cogerá el micrófono y pronunciará unas palabras. Por favor, míster Salvaje. -Miró a John y le dirigió otra de sus melifluas sonrisas-. Diga solamente a nuestros lectores por qué ha venido aquí. Qué le indujo a marcharse de Londres (¡al habla, Edzel!) tan precipitadamente. Y dígales también algo, naturalmente, del látigo. -El salvaje se sobresaltó. ¿Cómo se habían enterado de lo del látigo? -Todos estamos deseosos de saber algo de ese látigo. Díganos también algo acerca de la civilización. Ya sabe. «Ló que yo opino de la muchacha civilizada». Sólo unas palabras...

El salvaje obedeció con desconcertante exactitud. Sólo pronunció cinco palabras, ni una sola más; cinco palabras, las mismas que habían dicho a Bernard a propósito del archichantre comunal de Canterbury.

-Hánil, sons éso tse-ná!

Y agarrando al periodista por los hombros, le hizo dar media vuelta (el joven se reveló apetitosamente provisto de materia carnosa en el trasero), y, con toda la fuerza y la precisión de un campeón de fútbol, soltó un puntapié prodigioso.

Ocho minutos más tarde, una nueva edición de El Radio Horario aparecía en las calles de Londres. «Un periodista de El Radio Horario recibe de míster Salvaje un puntapié en el coxis», decía el titular de la primera página. «Sensación en Surrey.»

«Y sensación en Londres, también», pensó el periodista a su vuelta, cuando leyó estas palabras. Y, lo que era peor, una sensación muy dolorosa. Tuvo que tomar asiento con mucha cautela, a la hora de almorzar.

Sin dejarse amedrentar por la contusión preventiva en el coxis de su colega, otros cuatro periodistas, enviados por el Times de Nueva York, El Continuo de Cuatro dimensiones de FrancfortEl Monitor Científico Fordiano y El Espejo Delta visitaron aquella tarde el faro y fueron recibidos con progresiva violencia.

Desde una distancia prudencial, y frotándose todavía las doloridas nalgas, el periodista de El Monitor Científico Fordiano gritó:

-¡Pedazo de tonto! ¿Por qué no toma un poco de soma?

-¡Fuera de aquí! -contestó el salvaje.

El otro se alejó unos pasos, y se volvió.

-El mal se convierte en algo irreal con un solo par de gramos.

-Kohakwa iyathtokyai !

-El dolor es una ilusión.

-¿Ah, sí? -dijo el salvaje.

Y agarrando una gruesa vara avanzó un paso.

El enviado de El Monitor Científico Fordiano echó a correr hacia su helicóptero. 

A partir de aquel momento el salvaje gozó de paz por un tiempo. Llegaron unos cuantos helicópteros que volaron por encima de la torre, inquisitivamente. John disparó una flecha contra el que más se había acercado. La flecha traspasó el suelo de aluminio de la cabina; se oyó un agudo gemido, y el aparato ascendió como un cohete con toda la rapidez que el motor logró imprimirle. Los demás, desde aquel momento, mantuvieron respetuosamente las distancias. Sin hacer caso de su molesto zumbido, el salvaje, que se veía a sí mismo como uno de los pretendientes de la doncella de Mátsaki, tenaz y resistente entre los alados insectos, trabajaba en su futuro huerto. Al cabo de un tiempo los insectos, por lo visto, se cansaron, y se alejaron volando; durante unas horas, el cielo, sobre su cabeza, permaneció desierto, y, excepto por las alondras, silencioso.

Aquel día hacía un calor asfixiante, y había aires de tormenta. John se había pasado la mañana cavando y ahora descansaba tendido en el suelo. De pronto, el recuerdo de Lenina se transformó en una presencia real, desnuda y tangible, que le decía: ¡Cariño! y ¡Abrázame!, con sólo las medias y los zapatos puestos, perfumada... ¡Impúdica zorra! Pero... iOh, oh ... ! Sus brazos en torno de su cuello, los senos erguidos, sus labios... «La eternidad estaba en nuestros labios y en nuestros ojos. » Lenina... ¡No, no, no, no! El salvaje saltó sobre sus pies, y, desnudo como iba, salió corriendo de la casa. Junto al límite donde empezaban los brezales crecían unas matas de enebro espinoso. John se arrojó a las matas, y estrechó, en lugar del sedoso cuerpo de sus deseos, una brazada de espinas verdes. Agudas, con un millar de agujas, lo pincharon cruelmente. John se esforzó por pensar en la pobre Linda, sin palabra ni aliento, estrujándose las manos, y en el terror indecible que aparecía en sus ojos. La pobre Linda, a la que había jurado no olvidar. Pero la presencia de Lenina seguía acosándole, aun en medio de las heridas y los pinchazos de las espinas de los enebros. «Cariño, cariño... si también tú me deseabas, ¿por qué no lo decías?»

El látigo estaba colgado de un clavo, detrás de la puerta, siempre a mano ante la posible llegada de periodistas. En un acceso de furor, el salvaje volvió corriendo a la casa, lo cogió y lo levantó en el aire. Las cuerdas de nudos mordieron su carne.

-¡Zorra! ¡Zorra! -gritaba, a cada latigazo, como si fuese a Lenina (¡y con qué frecuencia, aun sin saberlo, deseaba que lo fuera!), blanca, cálida, perfumada, infame, a quien así azotaba-. ¡Zorra! -Y después: ¡Oh, Linda, perdóname! ¡Perdóname, Dios mío! Soy malo. Soy pérfido. Soy... ¡No, no, zorra, zorra!

sensorama2Desde su escondrijo cuidadosamente construido en el bosque, a trescientos metros de distancia, Darwin Bonaparte, el fotógrafo de caza mayor más experto de la Sociedad Productora de Filmes para los sensoramas, había observado todos los movimientos del salvaje. La paciencia y la habilidad habían obtenido su recompensa. Darwin Bonaparte se había pasado tres días sentado en el interior del tronco de un roble artificial, tres noches reptando sobre el vientre a través de los brezos, ocultando micrófonos en las matas de aliaga, enterrando cables en la blanda arena gris. Setenta y dos horas de suprema incomodidad. Pero ahora había llegado el gran momento, el más grande desde que había tomado las espeluznantes vistas estereoscópicas de la boda de unos gorilas. «Espléndido -se dijo, cuando el salvaje empezó su número-. ¡Espléndido!»

Mantuvo sus cámaras telescópicas cuidadosamente enfocadas, como pegadas con cola a su móvil objetivo; le aplicó un telescopio más potente para captar un primer plano del rostro frenético y contorsionado (¡admirable!); filmó unos instantes a cámara lenta (un efecto cómico exquisito, se prometió a sí mismo)-, y, entretanto, escuchó con deleite los golpes, los gruñidos y las palabras furiosas que iban grabándose en la cinta sonora del film; probó el efecto de una ligera amplificación (así, decididamente, resultaba mejor); le encantó oír, en un breve momento de pausa, el agudo canto de una alondra; deseó que el salvaje se volviera para poder tomar un buen primer plano de la sangre en su espalda... y casi inmediatamente (¡vaya suerte!) el complaciente muchacho se volvió, y el fotógrafo pudo tomar a la perfección la vista que deseaba.

«¡Bueno, ha sido estupendo! -se dijo, cuando todo hubo acabado-. ¡De primera calidad!» Se secó el rostro empapado en sudor. Cuando en los estudios le hubiesen añadido los efectos táctiles, resultaría una película perfecta. Casi tan buena, pensó Darwin Bonaparte, como La vida amorosa del cachalote. ¡Lo que, por Ford, no era poco decir!

Doce días más tarde, El Salvaje de Surrey se había estrenado ya y podía verse, oírse y palparse en todos los palacios de sensorama de primera categoría de la Europa occidental.

El efecto del film de Darwin Bonaparte fue inmediato y sorprendente. La tarde que siguió a la noche del estreno, la rústica soledad de John fue interrumpida bruscamente por la llegada de un vasto enjambre de helicópteros.

John estaba cavando en su huerto; y cavando también en su propia mente, revolviendo la sustancia de sus pensamientos. La muerte... E hincaba su azada una y otra vez... «Y todos nuestros días pasados han iluminado a los necios el camino hacia la polvorienta muerte». Un trueno convincente rugía a través de estas palabras. John levantó una palada de tierra. ¿Por qué había muerto Linda? ¿Por qué le había dejado perder progresivamente su condición humana, y al fin ... ? El salvaje sintió un escalofrío... Y al fin se había convertido en... «una buena carroña para besar... ». Apoyó el pie en el borde de la pala y la hincó profundamente en el suelo. «Somos para los dioses como moscas en manos de chiquillos caprichosos; nos matan como en un juego». Otro trueno; palabras que por sí mismas se proclamaban verdaderas; más verdaderas, en cierto modo, que la misma verdad. Y, sin embargo, el mismo Gloucester los había llamado «dioses eternamente amables». Además, «el mejor de los descansos es el sueño; y tú a menudo lo buscas; sin embargo, temes torpemente la muerte, que es la misma cosa».

BNW3Lo que había sido un zumbido por encima de su cabeza se transformó en un rugido; y, de pronto, John advirtió que algo se había interpuesto entre el sol y él. Sobresaltado, levantó la mirada como deslumbrado, con la mente vagando todavía por aquel otro mundo de palabras más verdaderas que la misma verdad, concentrada todavía en las inmensidades de la muerte y la divinidad; entonces vio, encima de él, muy cerca, el enjambre de aparatos voladores. Llegaron como una plaga de langostas, permanecieron suspendidos en el aire y, al fin, se posaron sobre los brezales, a su alrededor. De los vientres de aquellas langostas gigantescas surgían hombres con pantalones blancos de franela de viscosa, y mujeres en uniformes de acetato, o pantalones cortos y blusas sin mangas, muy escotadas... Una pareja de cada aparato. En pocos minutos había docenas de ellos, de pie, formando un espacioso círculo alrededor del faro mirando, riendo, disparando sus cámaras fotográficas, arrojándole como a un mono, cacahuetes, paquetes de goma de mascar de hormona sexual, galletitas panglandulares. Y constantemente, porque la corriente de tráfico fluía incesante por encima de Hog's Back, su número iba en aumento. Como en una pesadilla, las docenas se convirtieron en veintenas, y las veintenas en centenares.

El salvaje se había retirado buscando cobijo, y, en la actitud de un animal acorralado, permanecía de pie, de espaldas al muro del faro, mirando aquellas caras con expresión de mudo horror como un hombre que hubiese perdido el juicio.

El impacto en su mejilla de un paquete de chiclé bien dirigido lo sacó de su estupor para devolverle a la realidad. Un dolor agudo, y despertó del todo, en una explosión de ira.

-¡Fuera! -gritó.

El mono había hablado; estallaron risas. -¡Viva el buen salvaje! ¡Viva! ¡Viva!

Y entre aquella babel de gritos, John oyó:

- ¡El látigo, el látigo, el látigo!

Obedeciendo a la sugestión de la palabra, John descolgó el atajo de cuerdas de nudos de su clavo, detrás de la puerta, y lo agitó, como amenazando a sus verdugos.

De entre la multitud brotó un clamor de irónico entusiasmo.

John avanzó amenazadoramente hacia ellos. Una mujer chilló asustada. La línea de mirones osciló unos segundos, pero recobró la rigidez y aguantó firme. El hecho de saber que contaban con la superioridad numérica prestaba a aquellos mirones un valor que el salvaje no se había supuesto.

-¿Por qué no me dejáis en paz?

En su ira había un leve matiz quejumbroso.

-¿Quieres unas almendras saladas al magnesio? -dijo el hombre que, caso de que el salvaje siguiera avanzando, había de ser el primero en ser atacado. Y agitó una bolsita-. Son estupendas, ¿sabes? -agregó, con una sonrisa propiciatoria y algo nerviosa-. Y las sales de magnesio te mantendrán joven.

-¿Qué queréis de mí? -preguntó, volviéndose de un rostro sonriente a otro-. ¿Qué queréis de mí?

-¡El látigo! -contestó un centenar de voces, confusamente-. Haz el número del látigo. Queremos ver el número del látigo.

Entonces un grupo situado a un extremo de la línea empezó a gritar al unísono y rítmicamente:

-¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go!

-¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go!

Gritaban todos a la vez; y, embriagados por el ruido, por la sensación de comunión rítmica, daban la impresión de que hubiesen podido seguir gritando así durante horas enteras, casi indefinidamente. Pero a la vigésimo quinta repetición se produjo una súbita interrupción. Otro helicóptero procedente de la dirección de Hog's Back, permaneció unos segundos inmóvil sobre la multitud y luego aterrizó a pocos metros de donde se encontraba de pie el salvaje, en el espacio abierto entre la hilera de mirones y el faro. El rugido de las hélices ahogó momentáneamente el griterío; después, cuando el aparato tocó tierra y los motores enmudecieron, los gritos de: ¡El látigo! ¡El látigo! se reanudaron, fuertes, insistentes, monótonos.

La puerta del helicóptero se abrió, y de él se apearon un joven rubio, de rostro bronceado, y después una muchacha que llevaba pantalones cortos de pana verde, blusa blanca y gorrito de jockey.

Al ver a la muchacha, el salvaje se sobresaltó, retrocedió, y su rostro se cubrió de súbita palidez.

La muchacha se quedó mirándole, sonriéndole con una sonrisa incierta, implorante. Pasaron unos segundos. Los labios de la muchacha se movieron; debía de decir algo; pero el sonido de su voz era ahogado por los gritos rítmicos de los curiosos, que seguían vociferando su estribillo.

-¡El lá-ti-go! ¡El lá-ti-go!

DIbujoLa muchacha se llevó ambas manos al costado izquierdo, y en su rostro de muñeca, aterciopelado como un melocotón, apareció una extraña expresión de dolor y ansiedad. Sus ojos azules parecieron aumentar de tamaño y brillar más intensamente; y, de pronto, dos lágrimas rodaron por sus mejillas. Volvió a hablar, inaudiblemente; después, con un gesto rápido y apasionado, tendió los brazos hacia el salvaje y avanzó un paso.

-¡El lá-ti-go! ¡El Látigo!

Y, de pronto, los curiosos consiguieron lo que tanto deseaban.

-¡Ramera!

El salvaje había corrido al encuentro de la muchacha como un loco. ¡Zorra!, había gritado, como un loco, y empezó a azotarla con su látigo de cuerdas de nudos.

Aterrorizada, la joven se había vuelto, disponiéndose a huir, pero había tropezado y caído al suelo.

Henry, Henry! -gritó.

Pero su atezado compañero se había ocultado detrás del helicóptero, poniéndose a salvo.

Con un rugido de excitación y delicia, la línea se quebró y se produjo una carrera convergente hacia el centro magnético de atracción. El dolor es un horror que fascina.

-¡Quema, lujuria, quema!

-¡Oh, la carne!

El salvaje rechinó los dientes. Esta vez el látigo cayó sobre sus propios hombros.

-¡Muera! ¡ Muera!

Arrastrados por la fascinación del horror que produce el espectáculo del dolor, e impelidos íntimamente por el hábito de cooperación, por el deseo de unanimidad y comunión que su condicionamiento había hecho arraigar en ellos, los curiosos empezaron a imitar el frenesí de los gestos del salvaje, golpeándose unos a otros cada vez que éste azotaba su propia carne rebelde o aquella regordeta encarnación de la torpeza carnal que se retorcía sobre la maleza, a sus pies.

-¡ Muera, muera, muera! -seguía gritando el salvaje.

Después, de pronto, alguien empezó a cantar: «Orgía-Porfía», y al cabo de un instante todos repetían el estribillo y bailaban. «Orgía-Porfía», vueltas y más vueltas, pegándose unos a otros al compás de seis por ocho. «Orgía-Porfía...»

Era más de medianoche cuando el último helicóptero despegó. Obnubilado por elsoma,y agotado por el prolongado frenesí de sensualidad, el salvaje yacía durmiendo sobre los brezos. El sol estaba muy alto cuando despertó. Permaneció echado un momento, parpadeando a la luz, como un mochuelo, sin comprender; después, de pronto, lo recordó todo.

Se cubrió los ojos con una mano.

Brave-New-World

Aquella tarde el enjambre de helicópteros que llegó zumbando a través de Hog's Back formaba una densa nube de diez kilómetros de longitud.

-¡Salvaje! -llamaron los primeros en llegar-. ¡Míster Salvajel

No hubo respuesta.

La puerta del faro estaba abierta. La empujaron y penetraron en el interior. A través de un arco que se abría en el otro extremo de la estancia podían ver el arranque de la escalera que conducía a las plantas superiores. Exactamente bajo la clave del arco , vieron unos pies que se balanceaban.

Míster Salvaje!

Lentamente, muy lentamente, como dos agujas de brújula, los pies giraban hacia la derecha: norte, nordeste, este, sudeste, sur, sudsudoeste; después se detuvieron, y, al cabo de pocos segundos, giraron, con idéntica calma, hacia la izquierda: sudsudoeste, sur, sudeste, este...

 

 


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