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UN BUEN LIBRO PARA LEER: Otra vuelta de tuerca. (1898) 

OtraVueltaTuerca  

  Henry James.  EEUU.         IconoFraLib ... algo decimos de este libro

 

  Editorial Anaya

 

 

  

 

Final:

 Como consecuencia de algo que sólo puedo describir como una feroz interrupción de la sensibilidad -un golpe que en un primer momento, al ponerme en pie de un salto, me redujo al ciego impulso de agarrarlo, atrayéndolo contra mí y manteniéndolo instintivamente de espaldas a la ventana, mientras buscaba apoyo en el mueble más cercano-, no pude advertir durante unos instantes el efecto que lo dicho tuvo sobre Miles. Teníamos ante nosotros la misma aparición a la que yo había tenido ya que enfrentarme en aquel sitio: Peter Quint había surgido ante mi vista como un centinela en la puerta de una prisión. Lo siguiente que vi fue que se acercaba a la ventana por fuera y luego que, cerca del cristal y brillando al través, ofrecía una vez más a la sala su lívido rostro de condenado. Decir que en un segundo tomé una decisión es un resumen muy burdo de lo acaecido en mi interior; no obstante, no creo que ninguna mujer hasta tal punto sobrecogida hubiera recuperado antes su capacidad de respuesta. En medio del horror de aquella inmediata presencia, se me ocurrió que la respuesta debía consistir en, viendo y encarando lo que yo veía y encaraba, conseguir que el muchacho no se diera cuenta. La inspiración -no encuentro otra forma de decirlo- consistió en comprender que tenía voluntad y fuerzas para hacerlo. Era como luchar contra un demonio por un alma humana; y cuando lo hube sopesado bien vi que aquella alma humana -en mis brazos y entre el temblor de mis manos- tenía un perfecto rocío de sudor sobre su adorable frente infantil. El rostro que tan cerca estaba del mío era tan blanco como el rostro pegado al cristal, y de él surgió en seguida un sonido, no bajo ni débil, sino como si procediera de mucho más lejos, que yo sorbí como una fragante ráfaga. 

-Sí, yo la cogí.

Ante esto, con un gemido de placer, lo abracé y lo acerqué contra mí, y mientras lo apretaba contra mi pecho, donde sentía el tremendo pulso de su corazón mezclado con la repentina fiebre de su cuerpecito, mantuve los ojos sobre lo que había en la ventana y lo vi moverse y variar de postura. Lo he comparado con un centinela, pero su momentánea y lenta rotación fue por un instante muy similar al acecho de una fiera. Mi valor era tal que lo sentí surgir de mí como una llama. En tanto, de nuevo surgió en la ventana el rostro vidrioso, el canalla, que miraba fijamente como si vigilara y esperase. La misma seguridad de que ahora estaba en condiciones de desafiarlo, así como la positiva certeza, hasta entonces, de que el niño no se había dado cuenta, me hicieron proseguir:

-¿Por qué la cogiste? 

-Para ver lo que usted decía de mí.

-¿Has abierto la carta? 

-Sí la he abierto. 

OjoColumnaAhora mis ojos estaban sobre la cara de Miles, mientras lo alejaba un poco, y la desaparición de la mueca burlona me demostró cuán total era su inquietud. Lo asombroso era que, por fin, gracias a mi triunfo, sus sentidos estaban sellados y la extraña comunicación había cesado: sabía que estaba en presencia de algo, pero no sabía de qué, y aún menos sospechaba que yo lo sabía. ¡Y cómo me emocionó este esfuerzo cuando al devolver la mirada a la ventana sólo vi que el aire estaba limpio de nuevo y que, gracias a mi triunfo personal, la presencia se había desvanecido. Allí no había nada. Sentí que yo era la causa de la desaparición y que era evidente que lo conseguiría todo. 

-¡Y no encontraste nada! -exclamé jubilosa.

Miles sacudió tristemente la cabeza. 

-Nada.  -¡Nada de nada! -casi grité de alegría. 

-Nada de nada -repitió él entristecido. 

Le besé en la frente; la tenía húmeda.

 -¿Qué has hecho luego con la carta? 

-La he quemado.

 -¿La has quemado? -Ahora o nunca-. ¿Es eso lo que hiciste en el colegio? 

¡Ay, lo que había provocado! 

-¿En el colegio? 

-¿Cogías cartas u otras cosas? 

-¿Otras cosas? 

-Ahora parecía pensar en algo lejano y que sólo recordaba gracias a la opresión del nerviosismo. Pero lo logró.

-¿Si robaba? 

Sentí enrojecer hasta las mismas raíces del cabello mientras me preguntaba si lo más extraño era hacer semejante pregunta a un caballero o si lo más extraño era ver aceptarla con una naturalidad que indicaba la profundidad en que había caído.

-¿Por eso no podías volver? 

Sólo manifestó una pequeña y sombría sorpresa. 

-¿Usted sabía que no puedo volver? 

-Lo sé todo.  Me echó una larga y extraña mirada. 

-¿Todo? 

-Todo. De modo que, ¿has...? 

-Pero no tuve fuerzas para repetirlo.

Miles sí, con gran sencillez.

-No, no he robado.

Mi cara debió demostrarle que lo creía a pies juntillas; no obstante, mis manos lo bambolearon -pero fue de pura ternura- como preguntándole por qué, si no era nada, me había condenado a aquellos meses de tormento. 

-¿Qué hiciste, pues? 

Con una vaga expresión dolorida, miró en torno a la parte alta del salón y respiró dos o tres veces, como si tuviera cierta dificultad. Podía haber estado en el fondo del mar y haber levantado los ojos hacia la leve luz verde del anochecer.

-Bueno, dije cosas. 

-¿Sólo eso?

-¡Les pareció suficiente!

-¿Te echaron por eso?

Verdaderamente, nunca un «expulsado» se había molestado tan poco para justificarse como aquella personilla. Parecía sopesar mi pregunta, pero de una forma distante y casi desmañada.

-Bueno, supongo que no debí hacerlo.

-Pero ¿a quién se lo dijiste?

Era evidente que intentaba recordar, pero se perdía; lo había olvidado.

 -No lo sé.

Casi me sonreía en medio de la desolación de su derrota, que a estas alturas era prácticamente tan completa que yo hubiera debido dejar así las cosas. Pero estaba envalentonada, me cegaba el sentimiento victorioso, aunque para entonces el efecto que tanto lo había acercado iba produciendo ya una creciente separación.

-¿Lo dijiste a todo el mundo? -le pregunté. 

-No, sólo a... 

-Pero volvió a sacudir tristemente la cabeza-. No me acuerdo de los nombres.

-¿Eran muchos? 

-No, unos cuantos. Los que me gustaban. 

-¿Los que le gustaban? Me pareció estar flotando en algo más oscuro que la oscuridad y al cabo de un instante mi propia piedad me había despertado al espantoso temor de que quizás fuera inocente. Aquella idea me confundió y turbó, pues si él era inocente, ¿qué era yo entonces? Paralizada, mientras se prolongó, por el mero roce de la pregunta, dejé que se alejara un poco, de modo que, con un hondo suspiro, de nuevo me volvió la cara; y cuando le vi mirar la ventana con amargura, sufrí al pensar que ahora no había forma de apartarlo de allí.

-¿Y ellos repitieron lo que tú les dijiste? -proseguí al cabo de un momento.

En seguida estaba a cierta distancia de mí, respirando hondo y de nuevo con el aspecto, aunque sin rabia, de estar confinado contra su voluntad. Una vez más, lo mismo que había hecho antes, levantó los ojos hacia el día gris, como si de lo que le había sostenido hasta entonces no quedara más que una indecible ansiedad. 

-Oh, sí -replicó sin embargo-, debieron repetirlo. A quienes les gustaban.

De cualquier modo, era mucho menos de lo que yo me esperaba; pero insistí:

-¿Y esas cosas llegaron a oídos de...? 

-¿Los profesores? ¡Sí! -respondió con suma sencillez-. Pero yo no sabía que ellos lo contaban.

-¿Los profesores? No, nunca han dicho nada. Por eso mismo te estoy preguntando. 

Volvió hacia mí su hermosa carita enfebrecida.  -Sí, eran cosas demasiado malas. 

-¿Demasiado malas?

-Las cosas que me imagino que dije algunas veces. ¡Para escribir a casa! 

No sé cómo concretar el exquisito y contradictorio patetismo que semejante orador aportaba a semejante discurso; sólo sé que al instante siguiente me oí gritando:

-¡Niñerías y necedades!- Pero al otro debí resultar más austera-.   ¿Qué cosas eran ésas?

ReflejoStratado 

Toda mi dureza iba dirigida a su juez, a su verdugo; no obstante, le hizo apartarse de nuevo, y ese movimiento me hizo saltar tras él con un único brinco y un grito incontenible. Pues allí estaba de nuevo, contra el cristal, como si pretendiera emponzoñar la confesión y evitar su respuesta, allí estaba el pavoroso autor de nuestra aflicción, el lívido rostro de la condenación. Sentí un mareo al ver derrumbarse mi victoria y todo el provecho de mi batalla, de tal modo que la furia de mi auténtico salto sólo fue una especie de gran traición. En medio de mi acción, vi a Miles tratando de adivinar, y al darme cuenta de que, incluso ahora, sólo sospechaba y de que tenía la ventana delante de sus ojos, pero vacía, dejé que mi impulso creciera hasta convertir la crisis de su derrota en la misma prueba de su liberación.

-¡Basta, basta, basta! -grité al visitante, a la vez que estrujaba a Miles contra mí.

-¿Está ella aquí? -jadeó Miles al captar con sus ojos sellados el sentido de mis palabras. Luego, dado que su extraño «ella» me había desconcertado y yo repetía sus palabras, me respondió con repentina furia-: ¡La señorita Jessel, la señorita Jessel!

Estupefacta, comprendí su suposición, una especie de secuela de lo ocurrido con Flora, pero eso me dio ganas de demostrarle que era algo más.

-¡No es la señorita Jessel! Pero está en la ventana, exactamente frente a nosotros. ¡Ese desalmado está ahí por última vez!  Ante esto, al cabo de un segundo en el que su cabeza hizo los mismos movimientos que un perro rastreando una pista, seguidos de un frenético aspaviento en busca de aire y de luz, se colocó delante de mí, lívido de rabia, enfurecido, con la mirada perdida y en blanco, aunque ahora yo sentía que la enorme y sobrecogedora presencia llenaba el lugar como el aroma de un veneno. 

-¿Es él? 

Estaba tan decidida a llevar mi prueba hasta el final que me volví de hielo para desafiarlo.

-¿A quién te refieres? 

-¡A Peter Quint, malvada! 

-De nuevo recorrió con la vista toda la sala y pronunció una convulsiva súplica: -¿Dónde

Todavía sigo oyendo su tributo a mi dedicación, su suprema rendición al pronunciar el nombre. 

-¿Qué importa eso ahora, mi amor? ¿Qué va a importar nunca? Te tengo a ti -le espeté a la bestia-, pero él te ha perdido para siempre. -Luego, para coronar mi obra, le dije a Miles-. ¡Allí, allí

Pero él se había dado la vuelta de golpe y miraba fijamente, congestionado de nuevo, sin ver otra cosa que el día apacible. Con la sorpresa de aquella ausencia, de la que tan orgullosa estaba yo, Miles dio un grito de criatura arrojada al abismo, y el manotazo con que lo recuperé bien pudo ser la forma de atraparlo a mitad de su caída. Lo cogí, sí, lo sujeté, es fácil imaginar con cuánta pasión; pero al cabo de un minuto empecé a percatarme de lo que realmente tenía entre mis brazos. Estábamos solos, el día era apacible y su pequeño corazón, desposeído, había dejado de latir.

 

 

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