Title FinalesdeLibros

 

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

DedoIndice

 

FRAGMENTOS DE LIBROS.  ROJO Y NEGRO  (1830)   

Rojo-y-negro

             (Le Rouge et le Noir)

      

        Stendhal     (Francia)  

  

            Editorial      :   BIBLIOTECA EDAF   http://www.edaf.net/inicio.html

          Traducción  :  Carlos Rivas 

     

 
   Finales de libros

 

 

Capítulo LXXI.   LA VISTA

En el país dejó recuerdo imperecedero aquel proceso célebre.
El interés que despertó el acusado llegó a producir agitación,
y es que su crimen fue asombroso y a la par atroz.
¡Era tan guapo aquel joven! Su encumbramiento, truncado
tan pronto, aumentaba la conmiseración general. ¿Le condenarán?
- preguntaban las mujeres a sus conocidos-.
Y esperaban anhelantes la respuesta. 

           
                                                                  SAINTE-BEUVE. 

 

LLEGÓ el día tan temido por la señora de Rênal y por Matilde. El aspecto extraño que ofrecía la ciudad acrecentaba su terror e impresionaba vivamente a Fouqué, no obstante el temple de su alma. La provincia en peso había acudido a Be­sançon para asistir a la vista de aquella causa romántica. 

Fondas y posadas estaban llenas de forasteros. El presi­dente de la Sala no podía satisfacer la enorme demanda de invitaciones, pues todas las damas de la ciudad querían asistir a la vista. Por las calles se vendía a grito herido el retrato de Julián

Guardaba Matilde, para utilizarla en aquel momento su­premo, una carta autógrafa del señor obispo de... Aquel pre­lado, que dirigía la Iglesia de Francia, se dignaba solicitar la absolución de Julián.

La víspera de la vista, Matilde había llevado la carta en cuestión al omnipotente vicario general.

 Al final de la entrevista, cuando Matilde se dispuso a reti­rarse, hecha un mar de lágrimas, el señor Frilair, abandonando su reserva diplomática y casi conmovido, dijo: 

 - Respondo del veredicto favorable del jurado. Entre las doce personas encargadas de examinar si su protegido es cul­pable del crimen que se le imputa, y sobre todo, si obró con premeditación, cuento con seis amigos que me lo deben todo, a los cuales he hecho entender que de ellos depende mi eleva­ción a la dignidad episcopal. El barón de Valenod, a quien hice alcalde de Verrières, dispone en absoluto de dos de sus administrados, los señores Moirod y Cholin. A decir verdad, la suerte nos ha favorecido con dos jurados de cuidado, pero aunque pertenecen al campo ultra-liberal, obedecen mis órde­nes en las grandes ocasiones, y yo les he mandado que voten con Valenod. He sabido que otro jurado, industrial muy rico y liberal furioso, aspira secretamente a que le sea adjudicada una contrata por el Ministerio de la Guerra, y abrigo la segu­ridad de que no se atreverá a desagradarme. Le he hecho saber que Valenod tiene mis instrucciones. 

Le-rouge-et-le-noir-Manga-¿Y quién es Valenod?- preguntó Matilde con inquietud. 

- Si le conociese usted, no dudaría de nuestro triunfo. Es un charlatán audaz, impudente, grosero, nacido para engañar a los necios. En el año 1814 estaba en la miseria y hoy está en vísperas de ser prefecto, gracias a mí. Capaz es de dar de palos al jurado que se resista a votar con él. 

Estas palabras tranquilizaron un tanto a Matilde

Otra lucha desagradable hubo de reñir aquella noche. Ju­lián a fin de no prolongar la vista, de cuyo resultado desfavo­rable no dudaba, estaba decidido a no hablar palabra. 

- Hablará mi defensor- dijo Matilde. Bastante tiempo esta­ré expuesto a las miradas de mis enemigos. A estos provincia­nos les ha chocado la rapidez de mi fortuna, que te debo a ti, y ten por seguro que todos, sin excepción, desean con todas las veras de su alma un fallo condenatorio, creyendo que me verán llorar como una idiota cuando me lleven al patíbulo. 

- Desean verte humillado, eso es demasiado cierto, pero nada más; no puedo creer que sean tan crueles -respondió Matilde-. Mi presencia en Besançon y el espectáculo de mi dolor han interesado a todas las mujeres: el resto lo hará tu rostro agraciado. Si pronuncias una palabra, todo el público será tuyo.

A las nueve de la mañana siguiente, fue Julián conducido a la Sala del Palacio de Justicia. Patios y pasillos estaban llenos de gente. Julián había dormido bien, su rostro reflejaba calma, y su alma no experimentaba otro sentimiento que el de piedad filosófica hacia aquella turba de envidiosos que, crueles, acu­dían para recibir con aplausos su sentencia de muerte.

Sor­prendióle extraordinariamente ver que su presencia inspiró al público hondo sentimiento de piedad. Ni una palabra desa­gradable hirió sus oídos. 

- Estos provincianos no son tan malos como yo creía- se dijo.

Entró en la sala. Lo primero que llamó su atención fue la elegancia de su arquitectura, mas pronto la absorbieron por completo las mujeres que llenaban el anfiteatro. Todas ellas le parecieron jóvenes, bonitas y saturadas de tierno interés. En el resto de la sala, la aglomeración era enorme. En las puertas se reñían verdaderas batallas y los, ujieres no conseguían impo­ner silencio.

Murmullos de asombro y de interés se alzaron por todas partes cuando Julián ocupó el banquillo reservado a los acu­sados. Parecía que no tenía más de veinte años; vestía con sencillez, pero con elegancia irreprochable. Su palidez era extrema. 

- Acusado -le dijo a media voz el gendarme colocado a su derecha-, ¿ve usted aquellas seis damas que ocupan la tribu­na? La primera es la señora del prefecto, la segunda, la mar­quesa de M..., que se interesa mucho por usted, la tercera es la señora Derville... 

 - ¡La señora Derville! -exclamó Julián poniéndose encar­nado-. En cuanto salga de aquí, escribirá a la señora de Rênal

 No sabía el reo que la señora de Rênal estaba en Be­sançon

La prueba testifical fue breve. Vino la acusación fiscal, cuyas primeras palabras arrancaron lágrimas a dos de las da-mas que ocupaban la tribuna. 

- La señora Derville no se enternece- pensó Julián.

RyN EdOriginalEl fiscal pintó con vivos colores la brutalidad del crimen cometido. Julián observó que las vecinas de la señora Derville desaprobaban la acusación fiscal. Varios jurados, amigos sin duda de aquellas damas, hablaban a éstas como para tranqui­lizarlas. 

- No es mal síntoma- pensó el reo. 

Hasta entonces, sólo desprecio y animadversión tenía Ju­lián para todas las personas que acudieran a la vista, pero su aridez de alma concluyó por desaparecer ante las pruebas palpables de interés de que era objeto. 
Agradóle la expresión tranquila y firme de su defensor. 

- Sobre todo, nada de frases de relumbrón -le dijo a media voz, cuando se disponía a tomar la palabra. 

- Han robado ya todo el énfasis de Bossuet y lo han dispa­rado con usted -contestó el defensor. 

No había hablado éste cinco minutos, cuando todas las mujeres tenían los pañuelos en las manos. Alentado el defen­sor, dirigió a los jurados frase de intensidad dramática enor­me. Hasta Julián se sintió tan conmovido, que las lágrimas asomaron a sus ojos. 

Es posible que hubiese sucumbido al enternecimiento que le ganaba, si no hubiera sorprendido una mirada inso­lente de Valenod

- ¡Cómo brillan sus ojos! -se dijo Julián-. ¡Con qué placer saborea el triunfo de su alma ruin! ¡Le maldigo con todas mis fuerzas!... ¡Sabe Dios las atrocidades que sobre mí habrá dicho a la señora de Rênal!.. 

Esta idea borró todas las demás. Poco después, Julián sa­lió de su ensimismamiento al oír en el público murmullos de asentimiento. El defensor había terminado su discurso. Julián se acordó de que debía estrecharle la mano. 

Trajeron un refrigerio al abogado y al reo.

 - ¡Vive Dios que tengo un hambre de mil diablos ¿y usted?- preguntó el defensor. 

- No es menor la mía -contestó Julián

- También la señora prefecta hace honores a la comida... ¡Valor, amigo mío! ¡Esto va bien! 

Daban las doce de la noche cuando el presidente de la Sala terminaba el resumen. Las doce campanadas produjeron un movimiento de ansiedad en el público. 

- Principia el postrero de mis días -pensó Julián.

 Súbitamente le inflamó la idea del deber. Había dominado su emoción y mantenía la resolución de no hablar, pero cuando el presidente de la Sala le preguntó si tenía algo que decir, se levantó maquinalmente, y habló de esta suerte: 

“Señores jurados: 

“El horror al desprecio, que creía que habría de desafiar en el momento de la muerte, me obliga a tomar la palabra. No me cabe la honra, señores, de pertenecer a vuestra clase, por­que en mí estáis viendo a un rústico que se rebela contra la bajeza de su fortuna. 

“No os pido merced ni lástima -continuó Julián, con in­concebible entereza de voz y de tono- Fuera necedad en mí hacerme ilusiones: la muerte me espera, y reconozco que la tengo merecida. He atentado contra la vida de la mujer más digna de todos los respetos, de todos los homenajes, contra la vida de la señora de Rênal, LEeLN-Livre1que para mí había sido una madre. Mi crimen es atroz, y fue premeditado; luego merezco la muerte, señores jurados. Sin embargo, aun cuando mi culpabilidad fuese menor, estoy viendo hombres que, sin detenerse a con­siderar que acaso mi juventud pudiera ser acreedora a un poquito de piedad, querrán castigar en mi persona a esa clase de jóvenes que, nacidos en una clase inferior, y viéndose oprimi­dos por la pobreza, tienen la dicha de procurarse una buena educación, y la audacia de entrometerse en lo que el orgullo de los ricos llama sociedad. 

“Ese es mi crimen, señores, crimen que será castigado con tanta mayor severidad, cuanto que no son mis iguales los en­cargados de juzgarme. Yo no veo entre los señores jurados a ningún pobre enriquecido, sino a señores indignados...”

Veinte minutos largos duró el discurso de Julián. Dijo todo lo que le dictó el corazón, y aunque dio a su arenga un giro un poquito abstracto, todas las mujeres vertieron copio­sas lágrimas. La misma señora Derville hubo de secarse los ojos repetidas veces. Antes de terminar, Julián volvió a hablar de su premeditación, de su arrepentimiento, del respeto, de la adoración filial que en tiempos más felices rindió a la señora de Rênal... 

La señora Derville exhaló un grito ahogado y se desvane­ció. 

Daba la una cuando los jurados se retiraban para delibe­rar. El público quedó todo en la sala. Lloraban las mujeres y no pocos hombres. Entabláronse varias discusiones vivas y acaloradas, cuya intensidad fue decreciendo a medida que pasaba el tiempo sin que reapareciera el jurado y se apoderaba de la asamblea la fatiga. Eran aquellos momentos de intensi­dad dramática: hasta las luces brillaban menos. Julián, rendido y presa de viva emoción, escuchaba los comentarios que so­bre la tardanza del jurado hacían los concurrentes al acto, tardanza que era generalmente interpretada como de augurio feliz

Dieron las dos. Abrióse la puertecita por la que antes de­saparecieron los jurados, y salió por ella el flamante barón de Valenod, grave y teatral, seguido de todos los individuos que componían el jurado. En medio de, un silencio sepulcral, de­claró que la decisión del jurado era que Julián Sorel era culpa­ble de delito de asesinato, con la agravante de premeditación. El veredicto llevaba aparejada la sentencia de muerte, que fue pronunciada en el acto. Julián consultó su reloj y se acordó del señor de Lavalette: eran las dos y cuarto. 

- ¡Hoy es viernes!- pensó-. ¡Gran día para Valenod, que me condena!... Como me vigilan con tan celosa solicitud, Matilde no ha de poder salvarme como salvó a su marido la se­ñora de Lavalette...; de consiguiente, dentro de tres días, a esta misma hora, sabré a qué atenerme sobre el grande y misterio­so quizás.

Un grito desgarrador que resonó en aquel momento le obligó a pensar de nuevo en las cosas de este mundo. Las mujeres sollozaban, y los hombres volvieron las cabezas hacia una tribuna. Más tarde supo que Matilde había asistido a la vista, oculta en aquella tribuna. Como el grito no se repitió, todas las miradas volvieron a concentrarse en Julián

- Evitemos hacer reír al canalla de Valenod -pensó el con­denado-. ¡Con qué placer ha pronunciado el veredicto que me envía al patíbulo, al paso que el pobre presidente del tri­bunal, con toda su entereza de juez, no pudo evitar que tem­blase una lágrima en sus pestañas mientras pronunciaba mi sentencia! ¡Bien se venga Valenod de nuestra antigua rivalidad ocasionada por la señora de Rênal; ¡Ya no la veré más! ¡Se acabó...! ¡Y yo hubiese querido hacerle presente el horror que mi crimen brutal me produce!... ¿Por qué no me será dado caer a sus plantas y decirle estas palabras: el castigo que me imponen es merecido? 

 

 

Capítulo LXXII.

 

DESDE la sala del tribunal, llevaron a Julián a la celda des­tinada a los condenados a muerte. Él, que de ordinario repa­raba en las circunstancias y detalles más nimios, no se había fijado en que no subía al torreón. Pensaba en lo que diría a la señora de Rênal, si tenía la dicha de verla antes de morir, y por si llegaba ese caso, como estaba seguro de que ella le inte­rrumpiría, buscaba una palabra que expresase todo su arre­pentimiento. 

- ¿Cómo convencerla de que la amo y de que no amo a nadie más que a ella, después del acto cobarde que cometí? -se preguntó el infeliz-. La empresa es ardua, porque, en realidad, por ambición o por amor a Matilde quise matarla. 

Al meterse en cama, notó que las sábanas eran de tela grosera.

¡Ah!- exclamó-. Estoy en la celda de los condenados a muerte!... ¡Es natural!... Me refería en una ocasión el conde de Altamira que Dantón, la víspera de su muerte, decía: “El ver­bo guillotinar es defectivo; carece de algunos tiempos o per­sonas: se puede decir: yo seré guillotinado, tú serás guillotina­do... pero no yo he sido guillotinado”, a no ser que haya otra vi­da... ¿La habrá? Si la hay, y en ella me encuentro al Dios que pintan algunos cristianos, un Dios vengativo, estoy perdido... Pero si François Fénelonencontrase al Dios de Fenelón... ¡quién sabe si me di­ría “te será perdonado mucho porque has amado mucho... “! ¿Pero es que he amado mucho? A nadie he amado tanto co­mo a la señora de Rênal, y he querido asesinarla... En esa circunstancia de mi vida, como en todas, desdeñé el mérito sencillo y modesto para correr tras lo que brillaba... 

“¡Verdad es que la perspectiva era tentadora! Coronel de húsares durante la guerra, secretario de legación en tiempo de paz; embajador muy pronto... porque muy pronto me hubiese impuesto en la ciencia diplomática, y aun suponiendo que toda mi vida hubiera sido un majadero, al yerno del marqués de la Mole no habrían podido negarle nada. Mi mérito habría brillado por doquier, hubiese vivido yo fastuosamente en Berlín, en Londres... y seré guillotinado dentro de tres días -terminó, soltando una carcajada-. ¡Sí, amigo Julián! ¡Dentro de tres días, la cuchilla de la guillotina cercenará tu cabeza! Cholin alquilará una ventana a medias con el cura Maslon... ¿Cuál de estos dos personajes robará al otro, cuando hayan de pagar el importe del alquiler de la ventana? 

Vino a su memoria el siguiente pasaje del Venceslao de Rotrou

LADISLAO
...Pronta está mi alma. 
EL REY (padre de Ladislao)
Y el cadalso también: lleva allí tu cabeza. 

- Linda contestación- pensó Julián.

Poco después se dormía.

Al día siguiente le despertaron con un abrazo muy apre­tado. 

- ¿Ya?- gritó Julián, abriendo los ojos. 

Creyó que le había despertado el verdugo. 

Era Matilde, triste, pálida, desencajada, cual si saliese del lecho después de seis meses de enfermedad. 

- ¡El infame Frilair me ha engañado!- exclamó retorcién­dose las manos. 
Su furor le impedía llorar. 

- ¿Verdad que estuve ayer arrogante y bello cuando tomé la palabra?- preguntó Julián-. Improvisé... por primera vez en mi vida... Es muy de temer que fuese también la última... Ca­rezco de las ventajas de un nacimiento ilustre es cierto, pero el alma grande de Matilde elevó hasta ella a su amante... ¿Crees que Bonifacio de la Mole estuviese mejor que yo ante sus jueces? 

Matilde dio aquel día pruebas de ternura sin afectación, pero no consiguió que Julián entrase en el terreno de la senci­llez: parecía deseoso de devolver a su amante las torturas que ésta le hizo sufrir con tanta frecuencia. 

- Nadie ha logrado ver las fuentes del Nilo- se decía Ju­lián-. No ha sido concedido a ojos humanos ver al rey de los ríos en su condición de humilde arroyuelo; de la misma ma­nera, no habrá ser humano que vea a Julián débil, sencilla­mente porque no lo es. Pero tengo un corazón que se con­mueve fácilmente; la frase más sencilla, si es pronunciada con acentos de sinceridad, es bastante para emocionarme y hasta para hacerme derramar lágrimas. ¡Cuántas veces se han reído de mí, por tener este defecto, los corazones de piedra! ¡Creían que mi emoción significaba ansias de obtener piedad!... ¡Esto no lo he podido sufrir nunca! 

”Dicen que el recuerdo de su mujer conmovió intensa­mente a Dantón cuando se encontraba al pie del patíbulo, pero Dantón había hecho fuerte y enérgica una nación de pulchinelas e impedido que el enemigo llegase a las puertas de París... al paso que yo, si bien sé lo que sería capaz de hacer, nada he hecho: para todo el mundo soy, a lo sumo, un quizá. 

”Si se encontrase aquí, a mi lado, en este calabozo, la se­ñora de Rênal en vez de Matilde, ¿me atrevería yo a responder de mí? Para Valenod y los patricios del país, el exceso de mi desesperación y el arrepentimiento habría sido miedo innoble a la muerte, ¡están tan persuadidas esas almas de alfeñique de que su posición pecuniaria les coloca fuera del alcance de las tentaciones! ¡Es natural!- dirían los Valenod, Moirod y Cho­lin-. ¿Qué puede esperarse del hijo de un aserrador? Conse­guirá a lo más hacerse sabio, diestro... ¡pero corazón...! Hasta la pobre Matilde, que está llorando... mejor dicho, que ya no puede llorar -murmuró reparando en sus ojos encendidos y abrazándola-. Probablemente habrá llorado toda la noche­ prosiguió, sin terminar de explanar su idea anterior-. ¡Hoy llora, y llegará pronto el día en que se avergonzará de haberme amado... en que dirá que su amor fue un extravío, una debili­dad propia de sus pocos años... 

Matilde le repetía con voz apagada: 

-Está allá, en la habitación contigua. 

- ¿Quién está allá? -preguntó al fin Julián

- El abogado defensor, que viene para que firmes el es­crito de apelación. 

DeLaVisite- No apelaré. 

- ¡Cómo! ¿qué no apelarás?- interrogó Matilde, poniéndo­se en pie, llameantes los ojos-. ¿Y por qué no?

- Porque en este momento me sobra valor para morir sin dar mucho que reír a nadie. ¿Quién me asegura que el valor que hoy tengo resistirá dos meses de permanencia en un cala­bozo húmedo y malsano? Preveo entrevistas con sacerdotes, con mi padre... ¡No! ¡Muramos cuanto antes! 

Contrariedad tan imprevista despertó el fondo altanero del natural de Matilde. El furor que encendió en su pecho la circunstancia de no haber podido visitar al señor Frilair con anterioridad a la hora señalada para ver a los condenados vino a caer sobre Julián. Le adoraba, lo que no impidió que, durante un cuarto de hora maldijese de su carácter, del de Julián, y lamentase la debilidad de haberle amado. 

- Si el Cielo hubiese sido justo con tu raza te habría hecho nacer hombre- contestó Julián

Calló el condenado; pero, continuando sus discursos mentales, pensaba: 

- No seré yo quien viva dos meses en esta mazmorra, su­friendo las humillaciones de la facción patricia y teniendo por consuelo único las imprecaciones de esta loca... ¡Estoy re­suelto! Pasado mañana me bato en duelo con un enemigo, cuya sangre fría y destreza son maravillosas... ¡adversario no­table, cuyo golpe nunca marra! ¡No!... ¡No apelaré! Pasado mañana, a las seis en punto, llevarán el periódico a la casa de los señores de Rênal... como de ordinario... A las ocho, des­pués de leído por el señor, lo tomará Elisa, y, caminando so­bre las puntas de los pies entrará en la alcoba de su señora y lo dejará sobre la cama. Despertará más tarde la señora de Rê­nal, leerá el periódico, y cuando sus ojos hermosos lleguen a estas palabras: «A las diez y cinco minutos habrá dejado de existir...“ se llenarán aquellos de lágrimas, llorará, sí, llorará con amargu­ra... ¡Oh! ¡La conozco bien! ¡Aunque intenté asesinarla, lo olvidará todo, y la persona cuya vida quise arrancar será la única que llorará sinceramente mi muerte! 

Durante largo rato no pensó más que en la señora de Rênal. Aunque tenía junto a sí a Matilde, aunque de vez en cuando contestaba a ésta, su alma estaba en la casa de los se­ñores de Rênal.

Veía el dormitorio de la señora, veía y sentía la presión de una mano, blanca como el alabastro, que le aca­riciaba con movimientos convulsivos; veía llorar a su antigua amante, seguían sus ojos el camino que cada una de las lá­grimas dejaba señalado en aquel rostro encantador...

Matilde, convencida de que nada conseguiría, hizo entrar al abogado, el cual, por fórmula, combatió la resolución del condenado. Julián explicó los motivos fundamentales de su resolución.

 - No le discutiré el derecho que le asiste para pensar como piensa- dijo, al fin, Félix Vaneau, que así se llamaba el aboga­do-. Tampoco afirmaré que anda descaminado; pero, de todas suertes, dispone usted de tres días de plazo para decidirse, y mi deber es venir aquí con frecuencia. Si de aquí a dos meses volase esta cárcel lanzada a los aires por la erupción de un volcán, se libraría usted de subir al patíbulo... También cabe en lo posible que de aquí a entonces le mate una enfermedad ­terminó, mirando significativamente a Julián

- Gracias- contestó el reo dándole un apretón de manos-. Estudiaré esto último. 

Cuando salieron Matilde y el abogado, Julián halló que quería más al segundo que a la primera. 

 

 

Capítulo LXXIII.

LReLN-Livre3LÁGRIMAS abundantes, que caían sobre sus manos, le des­pertaron una hora después de haberse dormido profundamente. 

- ¡Otra vez Matilde!- pensó con disgusto-. Fiel a la consigna, vuelve armada de sentimientos de ternura para atacar mi resolución.

Temiendo la perspectiva de nuevas escenas del género patético, no quiso abrir los ojos. Su memoria le recordó los versos de Belphegor huyendo de su mujer... 

Pero oyó un suspiro especial, y abrió los ojos: la que le regaba con sus lágrimas era la señora de Rênal

- ¡Ah!- gritó, levantándose y cayendo de rodillas-. ¿Eres tú o una visión de mis sentidos? ¿Te vuelvo a ver antes de morir?...¡Pero perdón, señora! ¡Soy un asesino!

- Vengo a suplicar a usted que apele... me han dicho que se niega... -contestó la señora de Rênal con voz entrecortada.

Los sollozos la ahogaban.

- ¡Dígnese usted a perdonarme...! 

- Si quieres que te perdone- respondió la señora, arroján­dose en sus brazos-, apela inmediatamente de tu sentencia de muerte.

Julián la cubrió de besos.

- ¿Vendrás a verme todos los días durante los dos meses? 

- Te lo juro: vendré todos los días, mientras mi marido no me lo prohíba. 

-¡Firmo! -gritó Julián-. ¡Me perdonas!... ¿Pero es posible? 

Julián, loco de placer, la estrechaba entre sus brazos. La señora de Rênal exhaló un grito. 

- No es nada- dijo al momento-. Me has hecho un poquito de daño. 

- En el hombro, ¿verdad? -preguntó Julián, llorando-. ¿Quién me lo había de decir la vez última que te vi en Ve­rrières

- ¡Y quién me habría de decir a mí que escribiría la infame carta que dirigí al marqués de la Mole

- Quiero que sepas que te he amado siempre, que no he amado a nadie más que a ti. 

- ¡Es posible! 

Largo rato permanecieron abrazados, llorando en silen­cio. 

LReLN-Livre2- ¡Pero esa señora Michelet, o más bien señorita de la Mole... porque comienzo a dar crédito a las habladurías pú­blicas...! -dijo la señora de Rênal, cuando la emoción le per­mitió hablar.

- Las habladurías son verdad en parte... Esa señora es mi mujer, no mi amante. 

Interrumpiéndose mil veces uno a otro, concluyeron por contarse mutuamente todo lo que ignoraban. La carta escrita por la señora de Rênal fue copia de la que le presentó su di­rector espiritual.

- ¡Qué horror me hizo cometer la religión!- exclamó-. ¡Y cuenta que suavicé los párrafos más duros del borrador! 

Los transportes y la dicha que respiraba Julián eran de­mostración terminante de que la perdonaba de todo corazón. 

- Creo sinceramente que soy piadosa -decía la señora de Renal-. Creo firmemente en Dios, creo asimismo que el delito que cometo es horrendo, y, sin embargo, desde que te he visto, desde que me encuentro a tu lado sin querer ni poder acordarme de que me descerrajarte dos pistoletazos...

Julián la besó con transporte.

- Déjame... quiero razonar contigo... En cuanto te veo, ni me acuerdo de la religión, ni de Dios, ni de mis deberes, no vivo mas que para el amor que te profeso... ¡No! amor no dice bastante, es una palabra poco expresiva, pues lo que tú me inspiras es lo que únicamente Dios debiera inspirarme... es una mezcla de respeto, de adoración, de obediencia... no sé... no sé cómo explicarlo. Si en este momento me mandases que hundiera un puñal en el pecho del carcelero, cometería el crimen antes de darme cuenta de lo que hacía. Explícame tú esto con claridad, antes de despedirnos, porque quiero leer en mi corazón... y hazlo pronto, pues dentro de dos meses hemos de separarnos... ¡Pero a propósito! ¿Nos separaremos? -terminó sonriendo.

- Retiro mi palabra -contestó Julián, levantándose-; no apelo de mi sentencia si intentas poner fin a tu vida recu­rriendo al veneno, al hierro, a las armas de fuego, al carbón, a cualquier medio directo o indirecto. 

- ¿Por qué no nos matamos los dos ahora mismo? 

-¿Sabemos acaso qué encontraríamos en la otra vida? Quizá tormentos, quizá nada. ¿Para qué privarnos de dos meses de delicias? Dos meses son sesenta días que, pasados a tu lado, serán los más felices de mi vida.

- ¡Los más felices de tu vida! 

- ¡Indudablemente! Digo lo que siento... Líbreme Dios de exagerar. 

- Lo que significa que también yo debo decir lo que sien­to. 

- Sí; necesito que me jures que no atentarás contra tu vi­da... reflexiona que debes vivir para cuidar de mi hijo, a quien Matilde entregará a los lacayos el día que sea marquesa de Croisenois

-Juro que no atentaré contra mi vida; pero quiero llevar­me el escrito de apelación, firmado por ti. Lo presentaré per­sonalmente al Procurador general.

- ¡Cuidado, que te comprometes! 

- Comprometida estoy ya desde que entré en esta celda. Besançon y la provincia entera me convertirán en heroína de... He rebasado los linderos del pudor austero... he perdido mi honra... pero es por ti, y no me importa.

Tan triste era su acento, que Julián, hondamente conmo­vido, la abrazó. No era ya sólo amor lo que sentía, sino grati­tud infinita. Hasta aquel instante no había aquilatado la exten­sión del sacrificio hecho en su obsequio.

Algún alma caritativa, sin duda, debió dar cuenta al señor Rênal de las constantes visitas que su mujer hacía a la celda de Julián, pues al cabo de tres días le envió su coche con orden terminante de regresar al punto a Verrières

Aciago fue para Julián el día inaugurado con una separa­ción verdaderamente cruel. A poco de haberse despedido la señora de Rênal, dijéronle que un sacerdote esperaba en la calle, junto a la puerta de la cárcel, permiso para entrar a visi­tarle. Julián se negó a recibirle. El sacerdote replicó que ni de día ni de noche se separaría de la puerta de la cárcel, sin antes reconciliar con Dios a aquella oveja descarriada que en breve habría de dar cuenta de sus actos sobre la tierra. Los tran­seúntes fueron formando círculo en rededor del sacerdote.

PopulationSXIX-¡Sí, hermanos míos!- decía éste-. Aquí pasaré el día, y la noche, y aquí continuaré mañana, y pasado hasta que consiga limpiar el alma del desventurado Sorel. ¡Unid vuestras ora­ciones a las mías, hermanos míos! 
Nada espantaba tanto a
Julián como el escándalo, como lo que tendiera a llamar la atención sobre él. La puerta de la cárcel daba a una de las calles frecuentadas. Hasta sus oídos llegaban las voces, torturándole horriblemente.

Dos o, tres veces llamó al carcelero para preguntarle si el sacerdote continuaba frente a la puerta. 

- Está de rodillas en medio del arroyo- le contestó siempre el carcelero-. Reza en alta voz pidiendo a Dios su conversión

- ¡Impertinente!- murmuró Julián

En aquel momento penetró hasta la celda un murmullo sordo: eran los curiosos que hacían coro a las oraciones del sacerdote. Para que la desesperación de Julián fuese completa, observó que también el carcelero rezaba.

- Principian a decir todos que tiene usted un corazón du­ro como el diamante, cuando rehúsalos auxilios espirituales de un ministro del Señor- observó el carcelero.

-¡Malditos provincianos! -gritó fuera de sí Julián-. ¡En París no me molestarían tanto!... ¡Que entre ese santo varón!

El carcelero se persignó y salió radiante de alegría. 

Un cuarto de hora después de la entrada del sacerdote en la celda, Julián era el más cobarde de los hombres. Por primera vez le pareció horrible la muerte: hasta pensaba en el estado de putrefacción que se encontraría su cuerpo dos días después de su ejecución.

Al mediodía le dejó en paz el sacerdote. 

 

Capítulo LXXIV.

AL encontrarse solo, Julián lloró mucho, y lloró por mie­do a la muerte. El mismo se confesó que, si la señora de Rênal se hubiese encontrado en Besançon, la habría llamado para desahogar su pena confiándole su debilidad. 

Cuando más vivamente lamentaba la ausencia de aquella mujer adorada, oyó los pasos de Matilde.

- La desgracia mayor del prisionero- pensó- consiste en no ser dueño de cerrar la puerta. 

Todo cuanto le dijo Matilde le irritó. Fuera de sí el pri­sionero, no pudiendo desahogar su furia impotente, ni ocul­tar la contrariedad que Matilde le producía, suplicó a ésta que le dejase en paz un momento. Matilde, cuyos celos habían despertado las visitas de la señora de Rênal, y que acababa de saber la marcha de ésta, compendió la causa del mal humor de Julián y rompió a llorar. 

Su dolor era sincero; de ello estaba seguro Julián, mas no por esto cedió su irritación. Sentía la necesidad imperiosa de estar solo y quería conseguirlo a toda costa. Matilde, tras va­rias tentativas inútiles, encaminadas a despertar su sensibili­dad, le dejó solo. Casi inmediatamente entró Fouqué

LReLN-Livre4- Necesito estar solo- dijo bruscamente el condenado a aquel amigo, espejo de fidelidad-. Escribo un memorial soli­citando mi indulto... además, no quiero oír hablar de la muerte... si el día que la sufro necesito algo de ti, ya te lo diré. 

Más destrozado, más cobarde que nunca se encontró Ju­lián cuando, al fin, consiguió quedarse solo. Las pocas fuerzas que conservaba su alma castigada las agotó al pretender ocul­tar su verdadero estado a Matilde y a Fouqué.

Una idea le consoló al atardecer.

- Si esta mañana, cuando la muerte me parecía tan horri­ble, me hubiesen llevado al patíbulo, el ojo del público habría sido un aguijón de gloria, y tal vez mi actitud se hubiera parecido a la del rústico tímido que por primera vez entra en un salón. Algunas miradas penetrantes, suponiendo que las haya entre los provincianos, habrían adivinado acaso mi debilidad, pero nadie lo hubiese visto. Cobarde soy en este instante, tengo mie­do, pero nadie lo sabrá. 

Al día siguiente le esperaba un suceso mucho más desa­gradable todavía. Su padre, que desde días antes venía anun­ciando su visita, se presentó en la celda del condenado cuando éste dormía aún.

Julián se encontraba débil, temía oír de labios del autor de sus días reconvenciones altamente desagradables, y por si su situación no era de suyo bastante angustiosa, el desamor que hacia su padre sentía inspirábale aquel día punzantes re­mordimientos. 

Tal como temía, Julián, los reproches severos del viejo comenzaron tan pronto como el carcelero los dejó solos. El reo no pudo contener las lágrimas. 

-¡Qué indignidad! -se dijo con rabia-. ¡Mi falta de valor se hará pública... de ello se encargará mi padre!...  ¡Soberbio triunfo para Valenod y para la caterva de hipócritas que reinan en Verrières!... Hasta aquí, he podido decir: ¡Sois ricos, poseéis honores, pero yo tengo algo que vale más, yo poseo la verdadera nobleza, la que radica en el corazón!... Pero se pre­senta un testigo a quien creerán todos, un testigo que publica­rá por todo Verrières mi debilidad, ¡exagerará el miedo que me produce la muerte! 

Julián estaba desesperado; no sabía cómo despedir a su padre. Al fin, se le ocurrió decir: 

- Tengo algunas economías

Estas tres palabras determinaron un cambio brusco en la fisonomía del viejo y en la posición de Julián

- He estado pensando en la distribución más equitativa­ -repuso Julián, más tranquilo.

20Francos1818El viejo aserrador ardía en deseos de no dejar escapar el dinero, parte del cual temía que Julián legase a sus hermanos. Con verdadera elocuencia procuró combatir ese peligro. 

- El Señor me ha inspirado la idea. de otorgar testamento -­continuó el reo- Legar mil francos a cada uno de mis herma­nos y usted heredará el resto. 

-Está muy bien -contestó el viejo-. Ese resto se me debe de justicia; pero, puesto que Dios te ha hecho la gracia de tocarte el corazón y quieres abandonar este mundo como un buen cristiano, tiene el deber sagrado de pagar todas tus deudas. Sin duda has olvidado que tu alimentación y educación me cos­taron desembolsos que no me has pagado todavía.

Poco después de haberse ido el padre, dejando a Julián presa de la desesperación más violenta, se presentó en la celda el carcelero. 

Después de la visita de los padres- dijo-, suelo traer siempre a mis huéspedes una botella de champagne. Cuesta un poquito caro, seis francos botella, pero alegra el corazón. 

- Traiga usted tres vasos -contestó Julián- y haga entrar a dos de los prisioneros cuyos pasos oigo en el corredor.

Entró el carcelero a dos presidiarios reincidentes, que muy en breve debían ir a cumplir su condena. Eran dos malhechores empedernidos, notables por su astucia, su valor y su sangre fría. 

- Si me da usted veinte francos, amigo mío, le cuento la historia de mi vida, que es de primera -dijo uno de ellos a Ju­lián

- ¿Historia inventada?- preguntó. Julián.

- Nada de eso. Mi amigo, aquí presente, que la conoce, y envidia los veinte francos, me denunciará si falto a la verdad. 

La historia de aquel criminal era sencillamente abomina­ble. Su protagonista no conocía más que una pasión: la del dinero.

Julián no era el mismo cuando le dejaron aquellos desal­mados: la cólera que contra sí sentía se había extinguido. El dolor lacerante envenenado por su pusilanimidad, que le do­minaba desde la partida de la señora de Rênal, se trocó en melancolía.

Besançon Doubs- Si yo no me hubiese pagado tanto de las apariencias -se decía-, habría advertido que las gentes que llenan los salones de París son tan honradas como mi padre o tan hábiles como los presidiarios de quienes acabo de separarme... ¡Y no saben hablar más que de su probidad!... ¡Y si forman parte de un jurado, condenan implacables al infeliz que robó un pan por­que perecía de hambre! ¡En cambio, si se trata de perder o de ganar una dignidad cualquiera, esos modelos de honradez cometen crímenes semejantes a los que la necesidad de comer inspira a los presidiarios!... 

“El derecho natural no existe; es una ficción, una antigualla digna del fiscal que me acosó hace pocos días en la vista y a cuyo abuelo enriqueció una confiscación decretada por Luis XIV. No existe, no puede existir el derecho, si no lo apoya una ley y lo sanciona un castigo. Ante la ley, lo único natural es la fuerza del león, o la necesidad del ser que siente hambre, que tiene frío... el necesitado, en una palabra. No: las gentes que pasan por honradas son malvados a quienes no han sorpren­dido en flagrante delito. Una infamia enriqueció al fiscal que la ley lanzó contra mí... Reo soy yo de asesinato, y no me quejo; me condenaron justamente, pero, poco más o menos el Valenod que me condenó es mil veces más perjudicial que yo a la sociedad.

“¡Pues bien! -prosiguió Julián con tristeza infinita, pero sin cólera- Más que todos esos hombres vale mi padre, no obs­tante su sórdida avaricia. Jamás me ha querido, y hoy vengo a colmar la medida, deshonrando sus canas con mi muerte in­famante. El temor a la miseria, el concepto exagerado, de la dureza humana, que se llama avaricia, hacen que vea un ma­nantial prodigioso de consuelos en los trescientos o cua­trocientos luises que puedo legarle. Cualquier domingo, des­pués de comer, enseñará su tesoro a todos los envidiosos de Verrières, y su mirada les dirá: ¿Quién de vosotros no vería guillotinar con gusto a un hijo a este precio? 

Aun suponiendo que la filosofía de Julián hubiese sido verdadera, habría bastado para que, quien por tal la tuviera, desease con todas las veras de su alma la muerte. Cinco días horribles, cinco días eternos pasó dominado por pensamien­tos desconsoladores. Trataba con urbanidad a Matilde, a la que veía exasperada por los celos. Un día, el condenado pen­só muy seriamente en la conveniencia de suicidarse. Su alma estaba muerta desde que no la vivificaba la presencia de la señora de Rênal. Ni en la vida real, ni en su imaginación, tan fecunda en otro tiempo, hallaba nada que le distrajese. La falta de ejercicio comenzaba a alterar su salud y a darle el carácter exaltado y débil del estudiante alemán. Hasta le había aban­donado esa altanería viril que rechaza con un juramento enér­gico ciertas ideas poco convenientes que asaltan a las almas de los desgraciados.

IslaDeStaElena- ¡Amo la verdad! -se repetía- ¿Pero dónde encontrarla? Yo no veo más que hipocresía, charlatanismo, hasta en los que llevan fama de virtuosos... ¡Oh! ¡El hombre no puede fiarse del hombre!.. Me decía la señora de... encargada de recoger limosnas para los huérfanos, que el príncipe de... le había dado diez luises... ¡Comedia! Pero hay más: Napoleón en Santa Elena... ¡comedia, comedia pura también! 

“¡Santo Dios! Si este hombre, en circunstancias en que la desgracia debió excitarle más severamente que nunca al cum­plimiento del deber, se rebajó hasta el punto de ser un co­mediante, ¿qué puede esperarse del resto de la especie? 

“-Qué tormento vivir solo, aislado, sin creencias! ¡Me vuelvo loco... y soy injusto, porque si es cierto que hoy vivo aislado en este calabozo, no lo es menos que no viví aislado en la tierra: me acompañaba la idea del deber... del deber que me había impuesto con razón o sin ella... del deber, que era el árbol sólido contra cuyo robusto tronco me apoyaba cuando rugía el huracán... ¿Pero por qué maldigo la hipocresía de los demás si yo soy también hipócrita? Atribuyo a la humedad del calabozo, al aislamiento, a la proximidad de la muerte, la me­lancolía que me abruma, y sé que la causa la ausencia de la señora de Rênal. ¿Me quejaría si hubiese de pasar semanas enteras encerrado en los sótanos de su casa de Verrières para verla? Me contagia el ambiente de hipocresía que respiro... Me encuentro a dos pasos de la muerte y soy hipócrita... ¡Oh siglo diecinueve! 

“Dispara un cazador su escopeta en un bosque, cae la pieza, y el cazador corre a cobrarla. Su planta hunde un hor­miguero, infinidad de hormigas se-adhieren a la suela de su zapato. Las más filósofas no llegarán nunca a saber qué fue aquel cuerpo negro, inmenso, espantoso -la bota del cazador- ­que penetró en su habitación con rapidez increíble, a raíz de sonar un ruido espantoso, acompañado de humo y de len­guas de fuego… ¡Así son la muerte, la vida, la eternidad! ¡Co­sas muy sencillas para quien tenga órganos bastante vastos para concebirlas!...

“Nace una mosca efímera a las nueve de la mañana y muere a las cinco de la tarde: ¿cómo puede comprender la palabra noche? Concededle cinco horas más de vida, y en­tonces verá la noche y sabrá qué es. 

JeMorrai23ans“¿Yo moriré a los veintitrés años?... ¿por qué no me con­ceden cinco más para vivirlos con la señora de Rênal

Soltando una carcajada prosiguió: 

-¡Verdaderamente necesito estar loco para discutir estos grandes problemas! En primer lugar, hablo como un hipócri­ta, cual si alguien me estuviera escuchando. En segundo, pienso en vivir y en amar, cuando me restan contados días de vida... ¡Ay de mí! La señora de Rênal está ausente... tal vez su marido la dejará volver a Besançon para que continúe deshonrándole... ¡Esto es lo que me deja aislado, y no la au­sencia de un Dios justo, bueno, todopoderoso y misericor­dioso... ¿Existirá? ¿Por qué no creeré? Si creyera caería de rodillas, diciendo: ¡Señor... he merecido la muerte!... ¡Per­dón!... ¡Haz que olvide a la que amo!

La noche estaba bastante avanzada llegó Fouqué. 

Julián había recobrado parte de su tranquilidad. 

 

Capítulo LXXV.

NO quiero molestar al pobre Chas-Bernard, llamándole para que me confiese -dijo Julián a Fouqué-; pero procura buscarme a cualquier otro confesor, que sea amigo del señor Pirard.

Fouqué se apresuró a cumplir el encargo. Confesó Julián, destruyendo la mala impresión producida en Besançon con su anterior impenitencia, pero sin conseguir recobrar la solidez de su razón, más y más debilitada, a medida que pasaban los días por efecto de su aislamiento y la proximidad de su ejecución. 
Aún pudo saborear la dicha de abrazar de nuevo a la
se­ñora de Rênal

- Vengo a tu lado- dijo ésta-. Me he escapado de Verrières

La señora de Rênal, a fuerza de derramar oro, y usando y abusando de la influencia de su tía, dama rica, célebre y de­vota, recabó autorización para visitar al reo dos veces cada día. 

Esta circunstancia exacerbó hasta lo indecible los celos de Matilde, la cual, con todo su poder, y no obstante haber desa­fiado todas las conveniencias, solamente había logrado obte­ner permiso para entrar en la celda del condenado una vez al día. 

Deseaba Julián portarse bien hasta el fin con la desgracia­da hija de los marqueses de la Mole, cuya reputación tan gra­vemente había comprometido, pero el amor desenfrenado que sentía por la señora de Rênal daba con frecuencia al traste con sus buenas intenciones. De aquí que, casi todas sus en­trevistas con la primera, terminaban en escenas horribles. 

DueloMatilde tuvo noticia de la muerte en duelo del marqués de Croisenois. Parece que el señor de Thaler, el joven inmen­samente rico que hemos conocido, se permitió comentar en forma bastante molesta la desaparición de Matilde. Croisenois le suplicó que se retractase; pero Thaler le dio a leer algunos anónimos que le habían sido dirigidos, en los cuales se hacía mención de detalles que dejaban ver demasiado claramente la verdad. Thaler, no contento con esto, dirigió al marqués de Croisenois algunas bromas reñidas en absoluto con la decen­cia, y el último, loco de furor exigió reparaciones tan difíciles de dar, que el millonario prefirió aceptar un desafío. Triunfó en el terreno del honor la necedad y la injusticia, y de los dos adversarios, el más digno halló la muerte cuando apenas si tenía veinticuatro años. 

El triste suceso impresionó vivamente a Julián

- El pobre Croisenois- decía a Matilde- se ha portado con nosotros con mucha nobleza. Si su alma hubiese sido menos elevada, me habría aborrecido y provocado a raíz de las im­prudencias cometidas por los dos en el palacio de tus padres, pues el odio que nace del desprecio es de ordinario furioso. 

La muerte del marqués de Croisenois varió esencialmente todas las ideas de Julián con respecto al porvenir de Matilde

- Debes casarte con el señor de Luz -repetía aquel un día y otro día-. Es un joven tímido, de más ambición que Croise­nois, sin ducado en su familia, y seguramente aceptará con gusto la mano de la viuda de Julián Sorel

- La mano de la viuda de Julián Sorel -replicó con frialdad Matilde-, que se ríe y desprecia las grandes pasiones, porque, por su desgracia, ha vivido lo bastante para ver que su apasio­nado amante la pospone a otra mujer que fue la causa de todas sus desgracias.

- Eres injusta, Matilde. Las visitas de la señora de Rênal darán a mi abogado de París, encargado de defender mi recurso, ocasión de pronunciar frases de elocuencia arrebatadora: pintará al asesino cuidado con solicitud por la víctima. ¡Quién sabe si andando el tiempo, me verás convertido en héroe de melodrama!

Los celos furiosos que devoraban a Matilde, la imposibi­lidad en que se encontraba de vengarse de su rival, la persis­tencia de su desgracia, la vergüenza, el dolor de amar cada día más a un amante infiel, habían sumido a aquella en el abismo de una desesperación sombría, que no conseguían suavizar ni las muestras de solicitud obsequiosa del señor de Frilair ni las frases de ruda franqueza de Fouqué

Julián, excepción hecha de los momentos que le robaba la presencia de Matilde, vivía la vida del amor sin acordarse ape­nas del porvenir.

- En tiempos que por desgracia no volverán -decía a la se­ñora de Rênal-, cuando hubiera podido ser dichoso, cuando paseábamos juntos por los bosques de Vergy, me dominaba una ambición fogosa que arrastraba mi alma a regiones imagi­narias. En vez de estrechar contra mi pecho este brazo en­cantador que tan cerca de mis labios tenía, pensaba en mi porvenir, en los combates que habría de reñir para amasarme una fortuna inmensa, colosal... ¡Oh! ¡Habría muerto sin saber qué es dicha si tú no hubieses venido a acompañarme en este calabozo! 

Carlos xUn incidente, muy penoso para Julián, vino a turbar la placidez de aquella vida. Alguna amiga oficiosa de la señora de Rênal persuadió a ésta de que debía ir a Saint-Cloud y soli­citar del rey Carlos X el indulto de Julián

- Me presentaré al rey- dijo al condenado-; le confesaré que eres mi amante, diré que fueron los celos los que te im­pulsaron a atentar contra mi vida... No será la primera vez que el rey concede... 

- No volverás a verme, haré que te cierren la puerta de la cárcel, me suicidaré mañana mismo -interrumpió Julián- si en el acto no me juras que te abstendrás de dar un solo paso que tienda a ponernos en ridículo. La idea de ir a París no es tuya dime el nombre del intrigante que te la ha sugerido... ¡Pero no! ¡No lo digas! Seamos dichosos durante los breves días que me restan de vida. ¿Qué conseguirías con ir a París? La señorita de la Mole tiene infinitamente más influencias que tú, y cree que habrá hecho todo lo humanamente posible para salvarme. Mis enemigos aquí, en provincias, son muchos y poderosos... No les demos ocasión de reír. 

El aire infecto del calabozo alteraba profundamente la salud y la razón de Julián. Tuvo éste la suerte, suerte triste, de que el día que le anunciaron que debía disponerse a morir brillaba un sol hermoso, que influyó no poco en el valor del infeliz reo. Respirar el aire libre, contemplar el sol le produjo una impresión de delicia inefable. 

- Estoy contento- pensaba-. No me abandonará el valor. 

Nunca pareció tan poética su cabeza como en el mo­mento en que iba a rodar. En el trance supremo dio pruebas de valor sin sombra de afectación. 

Dos días antes había dicho a Fouqué

- De mi emoción no me atrevo a responder: este calabozo es tan tétrico, tan húmedo, que me produce momentos de fiebre durante los cuales no me conozco; pero te juro que no tendré miedo, que nadie me verá palidecer. 

Había tomado sus disposiciones para que Fouqué se lle­vase a Matilde y a la señora de Rênal la mañana del día postre­ro de su vida.

- Haz que monten en el mismo coche- le dijo-. Procura que los caballos de la silla de posta no dejen el galope, y una de dos: o concluirán por abrazarse o por declararse un odio mortal. En uno y otro caso, las pobres dejarán de pensar en su horrible dolor. 

Julián había arrancado a la señora de Rênal el juramento de que viviría para cuidar del hijo de Matilde

QuieroVerle- ¡Quién sabe!- decía un día a Fouqué-. Es posible que nuestras sensaciones no terminen con la vida. Me agradará descansar, porque descansar es la palabra, en aquella gruta que hay en la montaña que domina a Verrières. Muchas veces, re­cogido durante la noche en la gruta mencionada, he abarcado con mi vista las inmensas llanuras de las provincias más ricas de Francia, y sentido que la ambición inflamaba mi corazón... Era aquella entonces mi pasión única... Pues bien: me es sim­pática aquella gruta, me parece que es el lugar más apropiado para que repose en ella el cuerpo de un filósofo: quisiera que reclamases mis restos mortales y les dieras sepultura en ella. 

Fouqué había reclamado y obtenido el cadáver de su amigo. Lo velaba aquella noche en su habitación, cuando, con gran sorpresa suya, vio entrar a Matilde. Pocas horas antes la había dejado a diez leguas de Besançon

- Quiero verle- dijo la infeliz, con mirada extraviada. 

Fouqué, sin valor para hablar ni para levantarse, extendió el brazo hacia una capa azul que había extendida en el centro de la estancia: debajo de la capa estaban los restos de Julián

Matilde cayó de rodillas. El recuerdo de Bonifacio de la Mole y de Margarita de Navarra infundió en su alma un valor sobrehumano. Sus manos temblorosas alzaron la capa. 

Fouqué que no se atrevía a mirar, oyó pasos precipitados. Matilde encendía muchas bujías. Cuando Fouqué encontró en su corazón fuerzas para mirar, Matilde había colocado la cabeza de Julián sobre una mesita de mármol, y la besaba en la frente... 

Matilde siguió a su amante hasta la tumba que éste mismo escogiera. Una porción de sacerdotes escoltaban el féretro, pero nadie sabía que en el coche enlutado que cerraba la mar­cha del fúnebre cortejo, iba Matilde sola. llevando sobre sus rodillas a cabeza del hombre que amó con tanta pasión. 

Rougeetnoir-Final3Llegada la comitiva a la cumbre de uno de los picachos más elevados del Jura, veinte sacerdotes entonaron el oficio de difuntos, en medio de la noche, en la gruta iluminada por centenares de blandones. Todos los habitantes de los pueblos circunvecinos se habían unido a la comitiva, atraídos por la majestad sublime de aquella extraña ceremonia. 

Terminado el oficio de difuntos, se presentó Matilde, vestida de negro de pies a cabeza y repartió entre los concu­rrentes miles de monedas de cinco francos.

Cuando quedó sola con Fouqué quiso enterrar con sus propias manos la cabeza de su amante. Fouqué temió volver­se loco de dolor.

 Poco tiempo después, Matilde hacía revestir la gruta con mármoles y esculturas traídas de Italia.

 La señora de Rênal fue fiel a su promesa: ni directa ni indirectamente atentó contra su vida; pero tres días después de la ejecución de Julián, moría abrazando a sus hijos.

                            FIN DE “ROJO Y NEGRO”

 

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