UN BUEN LIBRO PARA LEER:  LA CONCIENCIA DE ZENO (1923)

LaConcienciaDeZeno

      (La coscienza di Zeno)

     Italo Svevo (Aron Hector Schmitz)    (Trieste - Italia)  

    

     Editorial        : CÁTEDRA - Letras Universales

                         Edición de Ánna Dolfi.  

  

       Traducción       : Carlos Manzano                                        

 

Comienzos de libros 

                                                                        Y pensando que cuando moriré morirá conmigo mi duda, mi

                                                                        lucha conmigo mismo y con los demás, toda mi curiosidad y

                                                                        y toda mi pasión, yo, de verdad, pienso que le mundo obtendrá

                                                                        con mi muerte una gran simplificación.

                                                                                                                                           ITALO SVEVO

 

1 - PREFACIO

 

Soy el doctor de quien se habla en esta novela y a veces con palabras poco lisonjeras. Quien conozca el psicoanálisis sabrá juzgar la antipatía que el paciente siente por mí.

No voy a hablar del psicoanálisis, porque en este libro ya se habla de él bastante. Debo excusarme por haber inducido a mi paciente a escribir su autobiografía; los estudiosos del psicoanálisis fruncirán el ceño ante tamaña novedad. Pero él era viejo, y yo confiaba en que con esa evocación se refrescaran los recuerdos del pasado y la autobiografía fuese un buen preludio para el psicoanálisis. Aún hoy mi idea me parece buena, porque me ha dado resultados inesperados, que habrían sido mayores, si el enfermo, en el momento culminante, no se hubiera substraído a la cura, con lo que me privó del fruto de mi largo y paciente análisis de estas memorias.

Las publiqué para vengarme y espero que le disguste. Sepa, sin embargo, que estoy dispuesto a repartir con él los elevados ingresos que obtendré con esta publicación, con tal de que reanude la cura. ¡Parecía sentir tanta curiosidad por sí mismo! ¡Si supiera cuántas sorpresas le reservaría el comentario sobre las numerosas verdades y mentiras que ha acumulado aquí!

 
StekelYFreud

DOCTOR S.

 

2 - PREÁMBULO

¿Ver mi infancia? más de diez lustros me separan de ella y mi vista cansada tal vez podría alcanzarla, si la luz que aún refleja no se viera interceptada por obstáculos de todas clases, auténticas montañas altas: mi años y algunas horas de mi vida.

El doctor me recomendó que no me obstinara en mirar tan lejos. Hasta las cosas recientes son preciosas para los médicos y sobre todo las imaginaciones y los sueños de la noche anterior. Pero, aún así, debería haber un poco de orden, y para poder comenzar ab ovo, nada más separarme del doctor, que estos días se va a Trieste por una temporada larga, solo para facilitarle la tarea, compré y leí un tratado de psicoanálisis. No es difícil de entender, pero sí muy aburrido.

Después de comer, repantigado en una tumbona, cojo el lápiz y una hoja de papel. No hay arrugas en mi frente, porque he eliminado todo esfuerzo mental. Mi pensamiento se me presenta disociado de mí. Lo veo. Sube, baja…, pero ésa es su única actividad. Para recordarle que es el pensamiento y que su deber sería manifestarse, cojo el lápiz. Y entonces se me arruga la frente, porque cada palabra está compuesta de muchas letras y el imperioso presente resurge y desdibuja el pasado.

Ayer había intentado el máximo abandono. El experimento acabó en el sueño más profundo y no conseguí otro resultado que un gran descanso y la curiosa sensación de haber visto durante ese sueño algo importante. Pero está olvidado, perdido para siempre.

LocomotoraGracias al lápiz que tengo en la mano, hoy permanezco despierto. Veo, vislumbro imágenes extrañas que no pueden tener relación alguna con mi pasado: una locomotora que pita por una cuesta arrastrando innumerables vagones: ¡quién sabe de donde vendrá y adonde irá y por qué ha acertado a aparecer aquí!

En el duermevela recuerdo que mi tratado asegura que con este sistema se puede llegar a recordar la primera infancia, la de los pañales. Al instante veo un niño en pañales, pero ¿por qué habría de ser yo ése? No se me parece en nada y creo que es, en realidad, el que dio a luz mi cuñada hace pocas semanas y que nos enseñaron como un milagro porque tiene manos tan pequeñas y ojos tan grandes. ¡Pobre niño! ¡Sí, sí, recordar mi infancia! Ni siquiera encuentro el modo de avisarte a ti, que ahora vives la tuya, sobre la importancia de recordarla para tu inteligencia y para tu salud. ¿Cuándo llegarás a saber que te convendría recordar tu vida, aun esa gran parte de ella que te repugnará? Y, entretanto, inconsciente, vas investigando tu pequeño organismo en busca de placer y tus deliciosos descubrimientos te encaminarán hacia el dolor y la enfermedad, a la que te empujarán quienes bien te quieran. ¿Qué hacer? Es imposible proteger tu cuna. En tu interior -¡chiquitín!- se está produciendo una combinación misteriosa. Cada minuto que pasa arroja un reactivo. Demasiadas probabilidades de enfermedad te están reservadas, porque no todos tus minutos pueden ser puros. Y, además, eres consanguíneo de personas que yo conozco. Los minutos que pasan ahora pueden ser puros, pero, desde luego, no lo fueron todos los siglos que te prepararon.

Aquí me tenéis muy alejado de las imágenes que preceden al sueño. Mañana volveré a probar.

 

3 – EL TABACO

El doctor a quién hablé de mi propensión a fumar me dijo que iniciara mi trabajo con un análisis de ella.

-¡Escriba! ¡Escriba! Verá como llega a verse entero.

En realidad, creo que del tabaco pudo escribir aquí, en mi mesa, sin ir a soñar a la tumbona. No sé como empezar y pido ayuda a los cigarrillos, todos tan parecidos al que tengo en la mano.

Hoy descubro algo que ya no recordaba. Los primeros cigarrillos que fumé ya no están a la venta. Hacia 1870 teníamos en Austria esos que se vendían en cajetillas con el sello del águila imperial. Ya está: en torno a esas cajetillas se agrupan al punto varias personas con rasgos suficiente para sugerirme su nombre, pero no para conmoverme por el inesperado encuentro. Intento obtener más y me voy a la tumbota: las personas se desdibujan y en su lugar aparecen bufones que se ríen de mí. Vuelvo a la mesa desalentado.

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Una de las figuras, de voz algo ronca, era Giuseppe, un joven de mi edad, y otra, mi hermano, un año más joven que yo y muerto hace mucho tiempo. Al parecer, Giuseppe recibía mucho dinero de su padre y nos regalaba aquellos cigarrillos. Pues esoty seguro de que daba más a mi hermano que a mí. Por lo que me vi en la necesidad de conseguirme otros por mi cuenta. Así llegué a robar. En varano mi padre dejaba sobre un silla su chaleco, en cuyo bolsillo había siempre algunas monedas: cogía los cincuenta céntimos necesarios para comprar la preciosa cajetilla y me fumaba uno tras otro los diez cigarrillos que contenía, para no guardar por mucho tiempo el comprometedor fruto del hurto… 

 

 

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