UN BUEN LIBRO PARA LEER: LEÓN EL AFRICANO  (1986)

LeonElAfricano      Léon l'Africain

    Amin Maalouf. (Líbano)

    Editorial:   Salvat.     
   

     Traducción: María Teresa Gallego Urrutia y María Isabel Reverte Cejudo.    

                              

    

   

Comienzos de libros:

                                                               No dudes, empero, de que León el Africano,

                                León el viajero, también era yo.

                                                         W.B. YEATS 

 

RetratoLeonElAfricanoA mí, Hasan, hijo de Mohamed el alamín, a mí, Juan León de Médicis, circuncidado por la mano de un barbero y bautizado por la mano de un papa, mellaman hoy el Africano, pero ni de África, ni de Europa, ni de Arabia soy. Me llaman también el Granadino, el Fesí, el Zayyati, pero no procedo de ningún país, de ninguna ciudad, de ninguna tribu. Soy hijo del camino, caravana es mi patria y mi vida la mas inesperada travesía. Mis muñecas han sabido a veces de las caricias de seda y a veces de las injurias de la lana, del oro de los príncipes y de las cadenas de los esclavos. Mis dedos han levantado mil velos, mis labios han sonrojado a mil vírgenes, mis ojos han visto agonizar ciudades y caer imperios. Por boca mía oirás el árabe, el turco, el castellano, el beréber, el hebreo, el latín y el italiano vulgar, pues todas las lenguas, todas las plegarias me pertenecen. Más yo no pertenezco a ninguna. No soy sino de Dios y de la tierra, y a ellos retornaré un día no lejano. Y tú permanecerás después de mí, hijo mío. Y guardarás mi recuerdo. Y leerás mis libros. Y entonces volverás a ver esta escena: tu padre, ataviado a la napolitana, en esta galera que lo devuelve a la costa africana, garrapateando como mercader que hace balance al final de un largo periplo. ¿Pero no es esto, en cierto modo, lo que estoy haciendo: qué he ganado, qué he perdido, qué he de decirle al supremo Acreedor? Me ha prestado cuarenta años que he ido dispersando a merced de los viajes: mi sabiduría ha vivido en Roma, mi pasión en El Cairo, mi angustia en Fez, y en Granada vive aún mi inocencia.

 

1. El libro de Granada

 

El año de Salma la Horra

                                                                                                          894 de la hégira

                                             (5 de diciembre de 1488-24 de noviembre de 1489)

 

albaicin granada

 El Albaicín.    Fuente: http://www.spainisculture.com/

 

Aquel año, el santo mes de ramadán caía en pleno verano y mi padre no solía salir de casa antes del atardecer, pues la gente de Granada estaba nerviosa por el día, tenía frecuentes altercados y su humor sombrío era signo de piedad, puesto que sólo un hombre que no observase el ayuno podía conservar la sonrisa bajo un sol de fuego y sólo un hombre indiferente a la suene de los musulmanes podía seguir siendo jovial y afable en una dudad minada por la guerra civil y amenazada por los infieles.

Yo acababa de nacer, por la ineludible gracia del Altísimo, en los últimos días de shabán, algo antes del comienzo del mes santo, y Salma, mi madre, estaba dispensada de ayunar hasta que se repusiera, y Mohamed, mi padre, estaba dispensado de refunfuñar, incluso en las horas de hambre y de calor, pues el nacimiento de un hijo que lleva su nombre y que llevará un día sus armas es para cualquier hombre motivo de legítimo regocijo. Para colmo, yo era el primer hijo y, al oirse llamar «Abu-l-Hasan», mi padre sacaba imperceptiblemente el pecho, se atusaba el bigote y dejaba que se le deslizaran lentamente ambos pulgares a lo largo de la barba mientras los ojos se le iban hacia la alcoba del piso superior donde me hallaba yo envuelto en pañales. Su alegría exuberante no poseía, sin embargo, ni la hondura ni la intensidad de la de Salma que, a pesar de sus dolores persistentes y su extrema debilidad, se sentía nacer por segunda vez con mi venida al mundo, pues mi nacimiento la convertía en la primera mujer de la casa y le aseguraba los favores de mi padre por muchos años. Fue mucho después cuando me confió sus temores que yo había apaciguado, si no disipado, sin saberlo. Mi padre y ella, primos, prometidos desde la infancia, casados durante cuatro años sin que ella quedara encinta, habían oído alzarse, a partir del segundo año, el zumbido de un rumor infamante. Tanto que Mohamed había regresado un día con una hermosa cristiana de negras trenzas, comprada a un soldado que la había capturado durante una razzia en las cercanías de Murcia. Le había dado el nombre de Warda, la había instalado en un reducido aposento que daba al patio y llegó a hablar de mandarla a casa de Ismael el Egipcio para que le enseñara laúd, danza y escritura como a las favoritas de los sultanes.

«Yo era libre y ella era esclava, me dijo mi madre, y el combate entre nosotras era desigual. Ella podía usar a su antojo todas las armas de la seducción, salir sin velo, cantar, bailar, escanciar vino, guiñar los ojos y andar ligera de ropa, mientras que yo estaba obligada, por mi posición, a no abandonar jamás mi reserva y aún menos a mostrar interés alguno por los placeres de tu padre. Este me llamaba "prima". Cuando hablaba de mí, decía respetuosamente la "Horra", la libre, o la "Arabiya", la árabe, y la propia Warda me mostraba toda la deferencia que debe una sirvienta a su ama. Pero, por la noche, el ama era ella.

»Una mañana, proseguía mi madre con un nudo en la garganta a pesar de los años transcurridos, Sara la Vistosa vino a llamar a mi puerta. Los labios pintados con raíz de nogal, los ojos maquillados con kohol, las uñas esmaltadas con alheña, emperifollada, de los escarpines a la cabeza, con sedas viejas y ajadas, de todos los colores, impregnadas de polvos de olor. Solía pasar a verme —¡Dios tenga misericordia de ella, esté donde esté!— para vender amuletos, brazaletes, perfumes a base de limón, de ámbar gris, de jazmín o de nenúfar y para decir la buenaventura. Se dio cuenta enseguida de que tenía los ojos enrojecidos y, sin necesidad de contarle la causa de mi desdicha, empezó a leer en mi mano como en la arrugada página de un libro abierto.

»Sin levantar la vista, pronunció lentamente estas palabras, que aún recuerdo: "Para vosotras, las mujeres de Granada, la libertad es una solapada esclavitud, la esclavitud una sutil libertad”. Luego, sin añadir nada, sacó de un capacho de mimbre un minúsculo frasco verdoso: "Esta noche, verterás tres gotas de este elixir en un vaso de horchata y se lo darás tú misma a tu primo. Acudirá a ti como una mariposa que se acerca a una lámpara. Repetirás el gesto dentro de tres noches y, después, dentro de siete”.

DirhamCuadrado»Cuando Sara volvió a pasar a verme unas semanas después, ya estaba yo con náuseas. Aquel día le di todo el dinero que llevaba encima, un buen puñado de dirhems cuadrados y de maravedises y, riendo, la vi bailar, contonearse y golpear con fuerza con el pie en el suelo de mi cuarto, haciendo saltar entre las manos las monedas cuyo tintineo se confundía con el del aljaraz, la campanilla impuesta a los judíos».

Era apremiante que Salma quedara encinta pues la Providencia había querido que Warda lo estuviera ya, aunque ésta lo hubiera ocultado cuidadosamente para evitarse engorros. Cuando, dos meses después, la cosa se supo, se entabló la rivalidad por saber quién tendría un varón y, si ambas estuvieran encintas de uno, cuál de las dos daría a luz primero. Sólo Salma estaba tan angustiada que había perdido el sueño, pues Warda se habría conformado con tener un segundón, o incluso una hija, ya que el solo hecho de parir equivalía para ella, según nuestra ley, a adquirir la condición de mujer libre, sin perder por ello la valiosa frivolidad autorizada por su origen de sierva.

En cuanto a mi padre, estaba tan satisfecho de haber dado esa doble prueba de virilidad que no sospechó ni por un instante la peculiar competencia que se estaba desarrollando bajo su techo. Cuando las dos mujeres estuvieron bien abultadas, llegó a ordenarles una tarde que lo acompañaran, poco antes de la puesta de sol, hasta las inmediaciones de las Banderas. Cogidas de la mano, lo siguieron a unos pasos de distancia, avergonzadas, sobre todo mi madre, por la mirada escrutadora de los hombres y las risas socarronas de las viejas comadres de nuestro barrio, las charlatanas y desocupadas de todo el arrabal del Albaicin, que las observaban de los miradores de las casas, ocultas tras los cortinajes que se apartaban a su paso. Tras haberlas exhibido, en el sentido propio de la palabra y haber sentido él también duda, el peso de las miradas, mi padre hizo como si hubiera olvidado algo y volvió a su casa por el mismo camino mientras la oscuridad empezaba a ocultar los innumerables peligros de las callejuelas del Albaicin, embarradas y resbaladizas unas, aquella primavera lluviosa, empedradas otras pero tanto más peligrosas cuanto cada piedra que faltara podía representar una trampa fatal para las futuras madres.

Agotadas, confusas, con los nervios de punta, Salma y Warda, solidarias por una vez, se derrumbaron en la misma cama, la de la sirvienta, al ser incapaz la Horra de subir las escaleras hasta su alcoba, mientras que mi padre volvía a marcharse camino de la cantina, ignorando que había estado a punto de perder a sus dos futuros hijos a la vez, presuroso, sin duda, decía mi madre, por recibir los admirativos para bien de sus amigos, con motivo del nacimiento de dos robustos y hermosos hijos, y desafiar al ajedrez a nuestro vecino Hamza, el barbero.

En cuanto oyeron que la puerta se cerraba con llave, ambas mujeres prorrumpieron en una prolongada risa compartida que tardaron mucho en poder contener. Recordándola quince años después, mi madre aún se sonrojaba de aquellas chiquilladas, haciéndome notar, nada ufana, que si Warda apenas tenía entonces dieciséis años, ella iba ya camino de los veintiuno. Gracias a los acontecimientos, se había urgido entre ambas cierta complicidad que atenuaba su rivalidad y, cuando al día siguiente, Sara la Vistosa hizo a Salma su visita de todos los meses, ésta invitó a la sirvienta a que acudiera para que le palpara el vientre la vendedora y vidente judía que también hacía las veces, cuando era menester, de comadrona, masajista, peinadora, depiladora y que además sabia transmitir a sus innumerables clientes, enclaustrados en el harén, noticias y rumores sobre los mil y un escándalos de la ciudad y del reino. Sara le juró a mi madre que la encontraba muy estropeada, lo que fue muy de agrado, pues era señal inequívoca de que estaba encinta de un varón; en cambio licitó compasivamente a Warda por la exquisita lozanía de su rostro.

Salma se fiaba tanto del acierto del diagnóstico que no pudo por menos que decírselo esa misma noche a Mohamed. De esta manera, creía poder traer a colación más fácilmente otra observación muy embarazosa de Sara, a saber, que el hombre no debía volver a acercarse a ninguna de sus dos mujeres por miedo a perjudicar a los fetos o a provocar partos prematuros. Aunque envuelto en precauciones y entrecortado por largas vacilaciones, el mensaje era lo suficientemente desvergonzado como para que mi padre se inflamara en el acto como un tronco demasiado seco, prorrumpiera en invectivas apenas inteligibles entre las que volvían, como golpes. El almirez en el mortero, «bobadas», «brujas», «Ibis el Maligno», así como palabras poco elogiosas acerca de la medicina, los judíos y el sexo de las mujeres. Salma pensó que la hubiera golpeado de no haber estado encinta, pero también se dijo que, en tal caso, no habría habido riña. Para consolarse, llegó a la sabia conclusión de que con las ventajas de la maternidad superaban a sus pasajeros inconvenientes.

A modo de castigo, Mohamed le prohibió formalmente volver a recibir en su propia casa «a esa envenenadora de Sira» —silbaba aquel nombre con el acento característico de Granada, que había de conservar toda su vida y que le hacía llamar a mi madre Silma, a su concubina Wirda, a la puerta «bib», en vez de «bab», a su ciudad «Ghirnata» y al palacio del sultán «Alhimra»—. Durante unos cuantos días, estuvo de un humor de perros pero, tanto por prudencia como por despecho, no volvió a las habitaciones de las mujeres hasta después de los partos.

Estos sobrevinieron con dos días de intervalo. Warda fue la primera en sentir las contracciones que, espaciadas durante la tarde, no empezaron a ser más seguidas hasta el alba. Sólo entonces empezó a gemir lo bastante alto para que se la oyera. Mi padre corrió a casa de nuestro vecino Hamza, repiqueteó en su puerta y le rogó que avisara a su madre, una anciana digna, piadosa y de gran habilidad, de la inminencia del parto. Acudió minutos después, totalmente envuelta en telas blancas, con una jofaina de boca ancha, una toalla y una pastilla de jabón. Decíase que tenía buena mano y que había traído al mundo más varones que hembras.

Mi hermana Mariam nació a eso de las doce del día. Mi padre apenas la miró. Ya no tenía ojos más que para Salma, quien se atrevió a asegurarle: «¡Yo no te defraudaré! » Pero no las tenía todas consigo, a pesar de las infalibles recetas de Sara y de sus reiteradas promesas. Ante todo, hubo de pasar todavía dos interminables días de angustia y sufrimientos antes de ver cumplido por fin su mayor deseo: oir a su primo llamarla Um-el-Hasan, la madre de el-Hasan.

El séptimo día después de mi nacimiento, mi padre mandó llamar a Hamza el barbero para circuncidarme e invitó a todos sus amigos a un banquete. En razón del estado en que se hallaban mi madre y Warda, fueron mis dos abuelas y sus sirvientas quienes se encargaron de preparar la comida. Mi madre no asistió a la fiesta pero me confesó que se había escabullido a escondidas de su habitación para ver a los invitados y escuchar la conversación. Era tal su emoción aquel día que se le había quedado grabado en la memoria hasta el menor detalle.

Reunidos en el patio, en tomo a la fuente de mármol blanco cincelado, cuya agua refrescaba el ambiente tanto por el rumor como por los miles de minúsculas gotas que esparcía, los invitados comían con tanto mayor apetito cuanto que ya estábamos en los primeros días de ramadán y estaban rompiendo el ayuno al tiempo que celebraban mi ingreso en la comunidad de los Creyentes. Según mi madre, que había de regalarse con las sobras al día siguiente, la comida era un auténtico festín de reyes. El plato principal era la maruziyya: carne de cordero preparada con algo de miel, cilantro, almidón, almendras, peras, así como con nueces tiernas cuya temporada acababa de empezar. Había también tafaya verde, carne de cabrito mezclada con un ramillete de cilantro fresco, y tafaya blanca preparada con cilantro seco. ¿Mencionaré los pollos, los pichones, las alondras, con su salsa de ajo y queso, la liebre asada en salsa de azafrán y vinagre, las otras decenas de platos que tan a menudo me ha desgranado mi madre, recuerdo de la última gran fiesta que tuviera lugar en su casa antes de que la cólera del Cielo cayera sobre ella y los suyos? Cuando la escuchaba, niño aún, esperaba, en cada ocasión, con impaciencia que llegara a las muyabandt, esas tortas calientes de queso fresco espolvoreadas de canela y empapadas de miel, a los pasteles de pasta de almendra o de dátiles, a las tortas rellenas de piñones y nueces perfumadas con agua de rosas.

En aquel banquete, los invitados no bebieron más que horchata, me juraba piadosamente mi madre. Bien se guardaba de añadir que, si no se sirvió ni una gota de vino, fue únicamente por respetar el mes santo. La circuncisión siempre ha dado pie, en la región de Al-Andalus, a fiestas en las que se olvidaba por completo el acto religioso que se estaba celebrando. ¿Acaso no se sigue citando en nuestros días la ceremonia más suntuosa de todas, la que antaño organizó el emir Ibn Dhul-Nun en Toledo con ocasión de la circuncisión de su nieto y que, desde entonces, todo el mundo trata de imitar sin conseguirlo? ¿Acaso no se habían servido en ella vinos y licores a raudales, en tanto que cientos de hermosas esclavas bailaban al ritmo de la orquesta de Dany el Judío?

En mi circuncisión, insistía mi madre, también había músicos y poetas. Hasta recordaba versos que le habían recitado a mi padre:

 

                               Por esta circuncisión es tu hijo mucho más radiante

                               Pues la luz del cirio crece cuando se corta la mecha.

                               

Recitados y cantados en todos los tonos por el propio barbero, estos versos de un antiguo poeta de Zaragoza pusieron fin a la comida y principio a la ceremonia propiamente dicha. Mi padre subió al piso superior para tomarme en sus brazos mientras que los invitados se agolpaban en silencio en torno al barbero y a su ayudante, un muchacho imberbe...

 

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