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Los Comienzos. Calle Bailén, Madrid. Taberna El anciano Rey de los Vinos (100 años en 2009) y la desaparecida librería "Ser cultos para ser libres-"

SalamandraTurquesa 

 

Artículo del mes: Septiembre

DedoIndice

 

FRAGMENTOS DE LIBROS.  ROJO Y NEGRO  (1830)   

Rojo-y-negro

             (Le Rouge et le Noir)

      

        Stendhal     (Francia)  

  

            Editorial      :   BIBLIOTECA EDAF   http://www.edaf.net/inicio.html

        Traducción  :  Carlos Rivas 

     

 Comienzos de libros. 

 

LIBRO PRIMERO

 

I   

UNA CIUDAD PEQUEÑA.

 

Put thousands together
          Less bad,
But the cage less gay.
                 HOBBES

 

LA pequeña ciudad de Verriéres puede pasar por una de las más lindas del Franco Condado. Sus casas blancas, con sus puntiagudos tejados de tejas rojas, se extienden por la ladera de una colina cubierta con vigorosos castaños cuyas verdes frondas señalan las más leves sinuosidades del terreno. El Doubs corre a algunos centenares de pies por debajo de sus fortificaciones, edificadas en otros tiempos por los españoles y hoy en ruinas. Una elevada montaña defiende a Verrières por su lado Norte. Los picachos de la tal montaña, llamada Verra, y que es una de las ramifcaciones del Jura, se visten de nieve en los primeros días de octubre. Un torrente, que desciende precipitado de la montaña, atraviesa a Verrières y mueve una porción de sierras mecánicas, antes de verter en el Doubs su violento caudal. La mayor parte de los habitantes de la ciudad, más campesinos que ciudadanos, disfrutan de un bienestar relativo, merced a la industria de aserrar maderas, aunque, a decir verdad, no son las sierras las que han enriquecido a nuestra pequeña ciudad, sino la fábrica de telas pintadas llamadas del Mulhouse, cuyos rendimientos han remozado casi todas las fachadas de las casas, después de la caída de Napoleón.

Aturde al viajero que entra en la ciudad el estrépito en­sordecedor de una máquina de terrible apariencia. Una rueda movida por el torrente, levanta veinte mazos pesadísimos, que, al caer, producen un estruendo que hace retemblar el pavimento de las calles. Cada uno de esos mazos fabrica dia­riamente una infinidad de millares Verrieres-de-joux-Rio-de-doubsde clavos. Muchachas deli­ciosas, frescas y bonitas, ofrecen al rudo beso de los mazos barras de hierro, que éstos transforman en clavos en un abrir y cerrar de ojos. Esta labor, que a primera vista parece ruda, es una de las que en mayor grado sorprenden y maravillan al viajero que penetra por vez primera en las montañas que for­man la divisoria entre Francia y Helvecia. Si el viajero, al en­trar en Verrières, siente a la vista de la fábrica de clavos el aguijón de la curiosidad, y pregunta quién es el dueño de aquella manifestación del genio humano, que ensordece y aturde a las personas que suben por la calle Mayor, le contes­tarán: 

-¡Oh! ¡Esa fábrica es del señor alcalde! 

A poco que el viajero se detenga en su ascensión por la calle Mayor de Verrières, que arranca de la margen misma del Doubs y termina en la cumbre de la colina, es seguro que ha de tropezar con un hombre de gran prosopopeya, con un personaje de muchas campanillas. Viste traje gris, y grises son sus cabellos; es caballero de varias órdenes, tiene frente des­pejada, nariz aguileña y facciones regulares. Su expresión, su conjunto, a primera vista, es agradable y hasta simpático, dentro de lo que cabe a los cuarenta y ocho o cincuenta años; pero si el viajero hace un examen detenido de su persona, hallará, a la par que ese aire típico de dignidad de los alcaldes de pueblo y esa expresión de endiosamiento y de suficiencia, un no sé qué indefinido que es síntoma de pobreza de talento y de estrechez de mentalidad, y terminará por pensar que las pruebas únicas de inteligencia que ha dado, o es capaz de dar el alcalde, consisten en hacerse pagar con puntualidad y exac­titud lo que le deben, y en no pagar, o en retardar todo lo posible el pago de lo que él debe a los demás. 

Y ya tenemos hecho el retrato del alcalde de Verrières, se­ñor de Rênal. El viajero no tarda en perderle de vista, porque entra aquel invariablemente en la alcaldía, después de recorrer con paso majestuoso la calle; pero si, dejando al alcalde en su despacho, continúa su ascensión, encontrará, unos cien pasos más arriba, una casa de lujoso aspecto, y verá las verjas que la circundan, jardines hermosísimos, que tienen por fondo las distantes colinas de Borgoña, y ofrecen un panorama que parece de propósito hecho para recreo de la vista. El viajero comienza allí a olvidar la atmósfera saturada de emanaciones de sórdido interés que venía respirando y que principiaban a asfixiarle.

Pregunta, y le dicen que aquel inmueble lujoso es propie­dad del señor de Rênal. La fabricación de clavos produce al alcalde de Verrières enormes rendimientos, merced a los cua­les ha podido erigir el hermoso edificio de sólida sillería. Afirman que su familia es española y de rancia estirpe, esta­blecida en el país mucho antes de la conquista del mismo por Luis XIV.

Desde el año de 1815, se avergüenza de ser industrial: fue el año que le sentó en la poltrona de la alcaldía de Verrières. Los muros que sostienen las diversas parcelas de aquel magní­fico jardín, que desciende, formando a manera de pisos de regularidad perfecta, hasta la orilla del Doubs, son también premio alcanzado por la ciencia del señor Rênal en el negocio del hierro. 

Bandera Franche-ComtéDiremos, en honor a la verdad, que todas las personas inteligentes del país criticaron el trato. En una ocasión, hace de eso cuatro años, el señor Rênal, al salir de la iglesia un do­mingo, luciendo los distintivos de su cargo de alcalde, vio desde lejos a Sorel, rodeado de sus tres hijos, que le miraba con la sonrisa en los labios. Aquella sonrisa fue feroz pu­ñalada asestada en medio del corazón del alcalde, porque le hizo comprender que le habría sido fácil obtener los terrenos mucho más baratos.

Quien quiera conquistarse la consideración pública en Verrières, debe huir como de la peste, en la construcción de los muros, de cualquiera de los planos que importan de Italia los maestros de obras y albañiles que, llegada la primavera, atraviesan las gargantas del Jura para llegar a París. La innova­ción atraería sobre la cabeza del imprudente constructor la eterna reputación de mala cabeza, y le perdería para siempre en el concepto y estimación de las personas prudentes y modera­das, que son las encargadas de otorgar entrambas cosas en el Franco Condado
    En realidad de verdad, las tales personas prudentes y mo­deradas ejercen el más fastidioso de los despotismos y son causa de que la permanencia en las ciudades pequeñas se haga inso­portable a los que han vivido en la inmensa república llamada París. La tiranía de la opinión... ¡y qué opinión, santo Dios! es tan estúpida en las pequeñas ciudades de Francia como en los Estados Unidos de América
 

 

 

II

UN ALCALDE.

 

¡La importancia! ¿Es nada, por ventura?
La importancia es el respeto de los necios, el
pasmo de los niños, la envidia de los ricos y
el desprecio del sabio. 
                                            BARNAVE

 

AFORTUNADAMENTE para la reputación del señor Rênal co­mo administrador, fue preciso construir un inmenso muro de contención, a lo largo del paseo público que rodea la colina a un centenar de pies sobre el nivel de las aguas del Doubs. A la posición admirable del paseo es deudora la ciudad de la vista que posee, una de las más pintorescas de Francia; pero era el caso que todos los años, en cuanto llegaba la primavera, las lluvias agrietaban el firme y abrían en él surcos y barrancos que lo hacían impracticable. Este inconveniente, por todos sentidos, puso al señor Rênal en la feliz necesidad de inmor­talizar su administración construyendo un muro de veinte pies de altura y de treinta o cuarenta toesas de longitud. 

El parapeto del muro en cuestión, que obligó al señor Rênal a hacer tres viajes a París, porque el penúltimo ministro del Interior se había declarado enemigo mortal del paseo pú­blico de Verrières, se alza en la actualidad cuatro pies sobre el suelo, y, como para desafiar la oposición de todos los minis­tros pasados, presentes y futuros, le ponen un coronamiento de hermosos sillares. 

Grande terrasse¡Cuántas veces, apoyado de pechos contra aquellos blo­ques de piedra, de hermoso tono gris azulado, mis ojos se han hundido en el fondo del valle del Doubs, mientras mi pen­samiento recordaba los bailes de París, abandonados la víspe­ra! Más allá del caudal del río, sobre la margen izquierda de éste, serpentean cinco o seis valles, por cuyo fondo se distin­gue a simple vista el curso de otros tantos arroyuelos que, después de precipitarse de cascada en cascada, vienen a ser engullidos por el Doubs. Los rayos del sol queman en aque­llas montañas, pero cuando se dejan caer a plomo sobre la ca­beza del viajero, puede éste continuar sus sueños a la delicio­sa sombra de los magníficos plátanos que allí crecen. El desa­rrollo rápido y el hermoso verdor de tono azulado de los plátanos débense a la tierra que el alcalde hizo transportar y colocar detrás del inmenso muro de contención, para au­mentar en más de seis pies el ancho del paseo, no obstante la oposición sistemática del Consejo Municipal en pleno. Aun­que el alcalde sea ultra y yo liberal, faltaría a la imparcialidad, y a la justicia si no ponderara como se merece una mejora que, a juicio del señor Rênal y del señor Valenod, afortunado di­rector del Asilo de Mendicidad de Verrières, ha dado a la ciu­dad una terraza capaz de competir, acaso con ventaja, con la célebre de Saint-Germain-en-Laye.

En el Paseo de la Fidelidad, nombre que se lee en quince o veinte lápidas de mármol colocadas en otros tantos sitios, y que han valido al señor Rênal una condecoración más, sólo hallo un detalle digno de censura, y es el sistema bárbaro de poda de los plátanos empleado por la autoridad. Es induda­ble que estos árboles, los más vulgares de los de cultivo, en vez de copas espesas, redondas y aplanadas, preferirían tener esas formas magníficas que estamos acostumbrados a ver en sus congéneres de Inglaterra; pero la voluntad del señor alcal­de es despótica, y ésta ordena que todos los árboles propiedad del municipio sean amputados y mutilados bárbaramente dos veces al año. Los liberales de la circunscripción pretenden, seguramente con notable exageración, que la mano del jardi­nero municipal es más severa desde que el señor vicario Maslon se acostumbró a apoderarse de los productos de la poda.

 El joven eclesiástico que acabo de nombrar fue enviado hace algunos años desde Besançon, con el encargo de espiar al párroco Chélan y a otros curas de los alrededores. Un mé­dico mayor del ejército de Italia, retirado en Verrières, jacobi­no y bonapartista en vida, según el señor Rênal, se atrevió un día a quejarse de la mutilación periódica de los árboles.

- Me gusta la sombra- replicó el señor alcalde, con ese tono de altanería que tan bien sienta a las autoridades cuando se dirigen a un humilde caballero de la Legión de Honor-. Me gusta la sombra, mando podar mis árboles para que den som­bra, y no concibo que los árboles sirvan para otra cosa que para dar sombra, de no tratarse de los que, como el nogal, producen utilidades.

 Verrieres-chateau-chalonY acabó de estampar la razón que lo decide todo en Ve­rrières: utilidad, rendimiento. Las tres cuartas partes de sus habitantes sólo para las rentas tienen pensamiento. 

En una ciudad que tan poética parece, todo se mueve, todo obedece a la más prosaica de las razones: a la renta, al interés. El extranjero, el forastero que llega a ella, seducido por la frescura y profundidad de los valles que la rodean, imagina al principio que sus habitantes han de ser necesaria­mente sensibles a lo bello. No saben hablar más que de la be­lleza de su país, la ponderan con entusiasmo, y en realidad la estiman en mucho; pero la ponderan y estiman porque atrae gran contingente de extranjeros, cuyos bolsillos se encargan de aligerar los fondistas y posaderos. 

Era un delicioso día de otoño. El señor Rênal paseaba por el Paseo de la Fidelidad dando el brazo a su señora Esta, sin dejar de escuchar a su marido, que hablaba con voz grave, no separaba sus inquietos ojos de tres niños, uno de los cuales, el mayor, que tendría once años, se acercaba al parapeto con demasiada frecuencia y con ganas evidentes de subirse sobre él. Una voz dulce pronunciaba entonces el nombre de Adol­fo, y el niño renunciaba a su proyecto ambicioso. La señora del alcalde tendría unos treinta años y se mantenía muy bella.

- Pudiera ocurrir que ese arrogante caballero de París hu­biese de arrepentirse- decía el señor Rênal con voz concentra­da y rostro más pálido que de ordinario-. ¿Cree el zángano que me faltan buenos amigos...? 

El arrogante caballero de París, que tan odioso se había hecho al alcalde de Verrières, era un tal señor Appert, que dos días antes había conseguido introducirse, no sólo en la cárcel y en el Asilo de Mendicidad de Verrières, sino también en el hospital, administrado gratuitamente por el alcalde y propieta­rios principales de la población.

- ¿Pero qué importa- replicaba con timidez la alcaldesa­ que ese caballero de París haya hecho una visita de inspección a esos establecimientos, que tú administras con probidad la más escrupulosa? 

- Ha venido con el propósito de fisgonear, y luego publi­cará artículos en la prensa liberal. 

- Qué tú no lees nunca, amigo mío.

- Pero no falta quien comente los artículos jacobinos, lo que es obstáculo que nos dificulta el ejercicio de la caridad. Te juro que nunca podré perdonar al cura. 

 

 

III

 

EL CAUDAL DEL POBRE. 

 

Un cura virtuoso y no intrigante es la
        providencia del pueblo. 
                                          FLEURY.

 

Conviene saber que el párroco de Verrières, anciano de ochenta años, pero que era deudor al puro ambiente de las montañas de una salud y un carácter de hierro, tenía derecho de visitar, cuantas veces lo tuviera a bien, la cárcel, el hospital y el Asilo de Mendicidad.

Y hecha esta observación, diré que el señor Appert, que traía de París eficaces recomendaciones para el buen cura, tuvo el feliz pensamiento de presentarse a las seis en punto de la mañana en nuestra poética ciudad que, como todas las pe­queñas, pecaba de curiosa. Apenas llegado, se personó en la morada del párroco.

La lectura de la carta firmada por el señor marqués de La Mole, par de Francia, y el propietario más rico de la provincia, dejó pensativo al cura Chélan.

- ¡No se atreverán!- murmuró a media voz- Soy viejo y me quieren... 

Volviéndose a continuación hacia el caballero de París, y poniendo en él una mirada en la cual, a pesar de los años, brillaba ese fuego sagrado que pone de manifiesto el placer de realizar una buena acción, bien que un poquito peligrosa, re­puso: 

- Venga usted conmigo, caballero, y, le ruego que, termi­nada la visita de inspección, tenga la bondad de no manifestar en presencia del carcelero, y sobre todo, en la de los encarga­dos del Asilo de Mendicidad, la opinión que informe.

El señor Appert comprendió que el cura era un hombre de corazón. Visitó la cárcel, el hospicio y el Asilo de Mendici­dad, hizo muchas preguntas, pero aunque las respuestas que le dieron fueron en su mayor parte extrañas, no se permitió hacer la menor observación que tuviese visos de censura. 

MdmeRenaldLa visita duró muchas horas. El cura invitó a comer al señor Appert, quien, no queriendo comprometer más a su generoso acompañante, se excusó, pretextando que debía escribir una porción de cartas. A eso de las tres, el cura y el caballero de París volvieron al Asilo de Mendicidad, cuya visita dejaran incompleta por la mañana, y desde este es­tablecimiento se dirigieron por segunda vez a la cárcel. En la puerta encontraron al carcelero, especie de gigante de seis pies de estatura y de piernas arqueadas, cuya cara innoble reflejaba el más abyecto de los terrores.

- ¡Oh, señor!- exclamó, dirigiéndose al cura-. Este caballe­ro que usted acompaña es el señor Appert, ¿verdad? 

- ¿Qué importa?- inquirió el cura. 

- ¡Mucho, por desgracia! Desde ayer tengo órdenes termi­nantes del señor prefecto, que las envió por conducto de un gendarme, que indudablemente galopó toda la noche, de no permitir al señor Appert la entrada en la cárcel.

- Declaro ante todo, Noiroud- contestó el cura-, que el viajero que me acompaña es el señor Appert, ¿Me reconoce usted el derecho de entrar en la cárcel, a cualquier hora del día o de la noche, solo o acompañado por las personas que tenga a bien? 

- Sí, señor cura- dijo el carcelero bajando la voz y humi­llando la cabeza, semejante al perro alano a quien se obliga a obedecer a palos-. Pero es el caso, señor cura, que si me de­nuncian, seré destituido; tengo mujer e hijos y no cuento con más medios de vida que mi destino.

- También yo sentiría de veras perder el mío- replicó el cura con voz conmovida. 

- ¡Qué diferencia entre los dos, señor cura! Todos sabe­mos que usted es dueño de tierras que le producen una renta de ochocientas libras... 

Tales son los hechos que, comentados, exagerados, expli­cados de veinte maneras distintas, agitaban, desde dos días antes, todos los sedimentos de odio, todas las pasiones de la pequeña ciudad de Verrières. Constituyen el tema de la con­versación que el señor Rênal sostiene con su mujer durante el paseo. Aquella mañana, el alcalde, acompañado por el señor Valenod, director del Asilo de Mendicidad, había hecho una visita al cura con objeto de testimoniarle el descontento más vivo. El cura, que no contaba con protectores, comprendió todo el alcance de las ásperas censuras del alcalde. 

- No hay más que hablar, señores- contestó el párroco-. Seré el tercer pastor de esta parroquia que es destituido a los ochenta años de edad. Cincuenta y seis años hace que ejerzo en ella mi sagrado ministerio; he bautizado a casi todos los habitantes de la ciudad, que no era más que un pueblo insig­nificante cuando vine. A diario formalizo y bendigo la unión indisoluble de jóvenes cuyos abuelos casé años atrás. Ve­rrières es mi familia y como a tal la quiero; pero me dije cuan­do recibí la visita del forastero: Es posible que este hombre, venido de París, sea un liberal... que por desgracia abundan más de lo que fuera de desear: ¿pero qué daño puede hacer su visita a nuestros pobres y a nuestros prisioneros?

Como las censuras del alcalde, y sobre todo las del di­rector del Asilo, fueran cada vez más acres, exclamó el cura con voz temblorosa: 

- ¡Pues bien, señores! ¡Háganme destituir! ¡Quítenme el cargo, que no por ello tendré que abandonar el país! Público es que, hace cuarenta y ocho años, heredé unas tierras que me producen ochocientas libras anuales; para vivir me basta con esta renta. Jamás hice economías... he vivido hasta aquí de las rentas de mis tierras y de la renta de mi curato... viviré en lo sucesivo de las primeras... Tal vez por lo mismo que no ateso­ro, ni deseo atesorar, me asusta muy poco oír hablar de la pérdida de mi cargo.

Jamás se turbó la hermosa armonía conyugal entre el se­ñor Rênal y su mujer, pero cuando ésta replicó con timidez a su marido: «¿Qué daño puede hacer a los prisioneros la visita de ese caballero de París?», el alcalde, no sabiendo cómo contestar, estuvo a punto de incomodarse de veras, y se ha­bría incomodado de seguro, de no haber brotado un grito de angustia de la garganta de su mujer. El segundo de sus hijos acababa de escalar el parapeto del muro del paseo, y corría sobre aquel, sin miedo de caer despeñado a la viña de la parte opuesta, cuya profundidad no bajaba de veinte pies. El temor de asustar a su hijo y de hacerle caer, selló los labios de la alcaldesa; pero el niño, que corría riéndose de su propio atre­vimiento, miró a su madre, vio su palidez, y saltó al paseo. La madre le llamó entonces y le riñó con energía.

Bandera Franche-ComtéEl incidente no tuvo más consecuencias, pero varió el curso de la conversación. 

- Estoy resuelto a traer a nuestra casa al hijo del aserrador Sorel- dijo el alcalde-. Tomará a su cargo la vigilancia de nuestros hijos, que comienzan a hacerse demasiado diablillos. Es un medio cura, excelente latinista, que cuidará de su instrucción y les obligará a aprender, pues si no me ha engañado el párroco, tiene un carácter firme. Le daré trescientos francos y mesa. Su moralidad me inspiraba algunos recelos, porque fue el benjamín de aquel médico militar viejo, caballero de la Legión de Honor, que, so pretexto de que eran primos, fue a hospedarse en la casa de los Sorel. Siempre sospeché que era un agente secreto, un espía de los liberales. Pretendía él que el aire puro de las montañas le convenía para el asma; pero es lo cierto que nunca probó la verdad de ese extremo. Tomó parte en todas las campañas de Bonaparte en Italia, y hasta se atre­vió, según aseguran, a votar en contra de la restauración del Imperio. Este liberal fue el profesor de latín del hijo de Sorel, y quien, a su muerte, le legó todos sus libros. Por estas razo­nes, jamás se me habría ocurrido nombrar al hijo del aserra­dor preceptor de nuestros hijos; pero el cura, la víspera precisamente del incidente que ha abierto entre los dos una sima infranqueable, me dijo que el hijo de Sorel estudia teolo­gía hace tres años y que su intención es entrar en el seminario, lo que demuestra que no es liberal, sino latinista. Y no es este el único motivo que me mueve a obrar como lo hago- conti­nuó el señor Rênal, mirando a su señora con expresión di­plomática-. Valenod no cabe de orgullo en el pellejo desde que compró el hermoso tronco de normandos para su ca­rruaje. Tiene caballos, sí... pero no preceptor para sus hijos. 

- Podría quitarnos el que tú propones- observó la alcaldesa.

- ¿Luego apruebas mi proyecto?- preguntó el alcalde, son­riente-. ¡Es cosa hecha! ¡No hay más que hablar! 

- ¡Dios mío! ¡Amigo mío, qué pronto te resuelves! 

- Porque tengo carácter, como ha tenido ocasión de com­probar el cura. ¿Por qué hemos de disimular? Estamos ro­deados de liberales; todos los mercachifles y comerciantes de la ciudad nos tienen envidia; no me cabe la menor duda. En­tre ellos, hay dos o tres que se han enriquecido; pues bien: quiero que vean que los hijos del señor Rênal salen al paseo acompañados por su preceptor. Esto viste mucho, impone a las gentes. Mi abuelo nos repetía con frecuencia que, de niño, tuvo preceptor. Podrá costarnos sobre cien luises anuales, pero es un desembolso que merece figurar entre los gastos de primera necesidad para el sostenimiento de nuestro rango. 

La súbita resolución de su marido dejó pensativa a la se­ñora Rênal. Era una mujer alta, hermosa, que fue en sus tiem­pos la perla del país, como suelen decir en las montañas. Poseía esa expresión candorosa, rica en inocencia y vivacidad, que llega a inspirar a los hombres ideas de dulce voluptuosi­dad. Verdad es que si la buena alcaldesa se hubiese percatado de este mérito, el fuego de la vergüenza habría encendido sus frescas mejillas. Ni la coquetería ni la afectación encontraron nunca acceso en su corazón. Decían que Valenod, el rico di­rector del Asilo, le había hecho la corte, pero sin éxito, cir­cunstancia que acrecentó el brillo de su virtud, porque es de saber que Valenod, joven, alto, atlético, de cara colorada adornada con grandes patillas negras como el ébano, era uno de esos tipos groseros, desvergonzados y atrevidos que en provincias gozan fama de guapos. 

La señora de Rênal, muy tímida y de carácter desigual en apariencia, cobró aversión al movimiento continuo y a las risotadas de Valenod. Su aislamiento sistemático de todo lo que en Verrières llaman alegría y diversiones, le había valido la reputación de estar excesivamente engreída de su nacimiento. En honor a la verdad, diré que vio con alegría que los vecinos de la ciudad escaseaban de día en día sus visitas a su casa. Tampoco quiero ocultar que pasaba por necia a los ojos de las señoras, porque jamás procuró que su marido le trajese de París o de Besançon las creaciones de las modistas de sombre­ros. Con que la dejasen pasear sin tasa por las avenidas de su hermoso jardín, estaba contenta.

Era un alma tan sencilla, que jamás se atrevió a juzgar a su marido ni a confesarse que aquel la fastidiaba. Sin decírselo a sí misma, suponía que entre marido y mujer no pueden existir relaciones más dulces que las que entre ella y el señor Rênal mediaban. Le respetaba y hasta le apreciaba, sobre todo cuando aquel hablaba de sus proyectos respecto de sus hijos, de los cuales destinaba el primero a las armas, el segundo a la magistratura y el tercero a la Iglesia. En una palabra, la señora de Rênal encontraba a su marido mucho menos fastidioso que a cualquiera de los demás hombres a quienes conocía.

No dejaba de ser fundado este juicio conyugal. El alcalde de Verrières gozaba fama de hombre de talento y, sobre todo, de buen tono, gracias a media docena de frases agradables que había heredado de un tío suyo, capitán, antes de la Revolución, de un regimiento de infantería mandado por el du­que de Orleáns, y que era admitido, cuando hacía algún viaje a París, en los salones del príncipe. En ellos conoció a la señora de Montesson, a la célebre señora de Genlis y al famoso Du­cret, personajes que representaban papel preponderante y obligado en todas las anécdotas del señor Rênal. A medida que pasaban días, se le hacía pesado narrar anécdotas de sabor delicado, y ya apenas si muy de tarde en tarde aludía a las rela­cionadas con la Casa de Orleáns. Como, por otra parte, era muy fino y atento siempre que no trataba de dinero, pasaba, con razón, por el personaje más aristocrático de Verrières.

 

IV

UN PADRE Y UN HIJO.

E sarà mia colpa,
Se cosi é? 
                                          MAQUIAVELO.

Monedas2013
                                         

- ¡Qué talento el de mi mujer!- decía el alcalde de Verrières un día más tarde, a las seis de la mañana, mientras se encami­naba a la serrería del señor Sorel-. Aunque otra cosa haya yo dicho para mantener incólume la superioridad que de derecho me corresponde, maldito si se me había ocurrido que, si no tomo a ese curita que, según dicen, sabe tanto latín como los ángeles, el director del Asilo, alma inquieta y envidiosa, podría tener mi misma idea y arrebatármelo... ¡Con qué orgullo ha­blaría del preceptor de sus hijos! ¡Se llenaría la boca...! Una vez en mi casa el preceptor, ¿le obligaré a vestir sotana...? 

Tal era la duda que embargaba al señor Rênal, cuando vio a lo lejos a un rústico, cuya estatura no bajaría de seis pies, ocupado, desde el amanecer, en medir vigas apiladas en el camino, a la orilla del Doubs. El rústico puso muy mala cara al ver que se acercaba el alcalde, sin duda porque las vigas obstruían el camino con menosprecio de las ordenanzas mu­nicipales.

Sorel, que él era el rústico en cuestión, quedó maravillado y contento al escuchar de labios del señor Rênal una proposi­ción que estaba muy lejos de esperar. Oyóla, empero, con esa expresión de tristeza descontenta y de desinterés con que sa-ben encubrir sus pensamientos los astutos habitantes de la montaña que, esclavos durante el tiempo de la dominación española, conservan hoy este rasgo típico del campesino egip­cio.

Contestó Sorel con una retahíla de fórmulas de respeto que se sabía de memoria, y a la par que ensartaba palabras sobre palabras, todas ellas vanas, con esa sonrisa de idiota que acrecentaba la expresión de falsedad y de picardía que cons­tituía la característica más saliente de su fisonomía, su astucia innata de viejo rústico trataba de descubrir la razón que pu­diera mover a un personaje de tantas campanillas a desear llevar a su casa al belitre de su hijo. Teníale muy descontento Julián, y era precisamente a éste a quien el señor Rênal ofrecía el inesperado salario de trescientos francos anuales, amén de mesa y ropa. De esta última, nada había dicho el alcalde; pero Sorel tuvo la feliz inspiración de exigirla bruscamente, preten­sión a la que accedió el señor Rênal no bien formulada.

La exigencia dejó estupefacto al alcalde. Sorel no se mos­traba encantado de su proposición, antes bien la acogía con frialdad; luego era evidente, pensó, que alguien le había hecho proposiciones análogas. Ese alguien, ¿quién podía ser? Valenod y nadie más que Valenod. El descubrimiento fue acicate que movió al señor Rênal a cerrar sin dilación el trato, pero en vano instó, en vano suplicó: el ladino rústico opuso a todas las instancias del alcalde rotundas negativas. Quería, dijo, con­sultar a su hijo, como si en provincias hubiese padre que con­sultara a sus hijos ni por fórmula.

 Las serrerías se componen, en Verrières, de un cobertizo y un caudal de agua. Apóyase el techo sobre una armadura de madera emplazada sobre cuatro gruesos pies derechos, tam­bién de madera. En el centro del cobertizo, a unos ocho o diez pies de elevación, se ve una sierra que sube y baja, mien­tras un mecanismo sumamente sencillo arrastra la viga, que ha de ser convertida en tablas, contra la sierra. Una rueda, actua­da por el agua, mueve el doble mecanismo: el de la sierra, que sube y baja, y el que arrastra poco a poco la viga hacia la sie­rra, que la transforma en tablas.

Llegado que fue a su serrería Sorel llamó a gritos a su hijo Julián. Nadie contestó. No vio más que a sus dos hijos mayores, gigantes que, armados de enormes hachas, encua­draban los troncos de abeto que debían pasar a la sierra. Atentos a seguir con exactitud la línea negra trazada en los troncos, no oyeron la voz de su padre. Éste entró en el co­bertizo, y buscó con la vista a Julián en el sitio que debía ocu­par, es decir junto a la sierra. No estaba allí, sino cinco o seis pies más alto, montado sobre uno de los travesaños del techo. En vez de vigilar con atención la marcha del mecanismo in­dustrial, Julián leía. No podía haberse ocupado en cosa que tanto sacase de sus casillas a su padre. Éste le habría perdona­do tal vez lo desmedrado de su cuerpo, poco a propósito para los trabajos de fuerza; pero su manía literaria le era senci­llamente odiosa: él no sabía leer. 

Besanzon

En vano llamó a Julián dos o tres veces. La atención con que el joven leía, más que el ruido de la sierra, impidióle oír la terrible voz de su padre. Éste, perdida la paciencia, saltó, con ligereza inconcebible a sus años, sobre el tronco sometido a la acción de la sierra, y desde aquel, a la viga transversal que sostenía la techumbre. De una manotada violenta hizo volar por los aires el libro que Julián leía, el cual fue a caer al agua. Otra manotada, no menos violenta que la primera, descargada sobre la cabeza del joven, hizo perder a éste el equilibrio. Gracias a que su padre le agarró por un hombro con la mano izquierda, en el momento de caer, no fue a dar con su cuerpo sobre la rueda que ponía en movimiento todo el mecanismo de la serrería, situada unos quince pies más abajo, y que a no dudar, le habría destrozado. 

- ¿Qué haces aquí, holgazán?- bramó Sorel-. ¿Vas a pa­sarte la vida leyendo esos condenados libracos, en vez de cuidar de la sierra? ¡Pase que leas por la noche, cuando vas a perder el tiempo en la casa del cura, pero no ahora...! ¡Baja, pedazo de animal, baja; que te estoy hablando! 

Julián, aturdido por la violencia del golpe, ocupó su puesto oficial junto a la sierra. Por sus mejillas resbalaban gruesas lágrimas, arrancadas, más que por el dolor físico, por la pérdida de su libro.

- ¡Ven acá, bestia!- repuso su padre. 

El ruido de la sierra impidió a Julián obedecer la orden, y el autor de sus días, no queriendo tomarse el trabajo de volver a subir sobre el mecanismo, tomó de un rincón una percha larga que solían emplear para sacudir las nueces, y descargó un par de golpes sobre las costillas de su hijo. Julián se acercó a su padre quien a empellones le llevó a la casa. 

Era el joven estudiante un muchacho de dieciocho a die­cinueve años, de constitución débil, líneas irregulares, rasgos delicados y nariz aguileña. Sus grandes ojos negros que, en momentos de tranquilidad, reflejaban inteligencia y fuego, aparecían animados en aquel momento por un odio feroz. Sus cabellos, color castaño obscuro, invadían parte de su frente, reduciendo considerablemente su anchura, circunstan­cia que daba a su fisonomía cierta expresión siniestra, sobre todo en sus momentos de cólera. Su cuerpo esbelto y bien formado era indicación de ligereza más que de vigor. Desde su niñez, su expresión extremadamente pensativa y su mucha palidez hicieron creer a su padre que no viviría, o bien que, si vivía, sería una carga para la familia. Objeto del desprecio general en la casa, aborrecía a sus hermanos y a su padre. Si jugaba con los muchachos de su edad en la plaza, todos le pegaban.

Desde un año antes, su cara agraciada le conquistaba al­gunos votos amigos entre las niñas. Despreciado por todo el mundo, objeto de la animadversión general, Julián había ren­dido culto de adoración al viejo médico mayor que un día se atrevió a hablar al alcalde de la poda salvaje de los plátanos. 

LegionDeHonorEl galeno de referencia pagaba alguna vez a Sorel padre el jornal que no ganaba su hijo, y enseñaba a éste latín e historia, es decir, lo que aquel sabía de historia, cuyos conocimientos se circunscribían a la campaña de 1796 en Italia. A su muerte, le legó su cruz de la Legión de Honor, los atrasos de su media paga y treinta o cuarenta libros, el más precioso de los cuales acababa de dar un salto desde las manos del aplicado lector hasta el riachuelo público, desviado de su curso merced a la in­fluencia del señor alcalde.

Apenas entrado en su casa, Julián sintió sobre su hombro la pesada manaza de su padre. Temblaba el muchacho ante la perspectiva de la paliza que esperaba recibir. 

- ¡Contéstame sin mentir, holgazán!- díjole Sorel con acento duro. 
Los ojos negros y llenos de lágrimas de Julián se encon­traron con los pequeños y grises del viejo aserrador, que le miraban como si quisieran leer hasta en el fondo de su alma. 

  

  

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