UN BUEN LIBRO QUE LEER:  Los Cantos de Maldoror (1869)

            

LosCantosDeMaldoror 

Conde de Lautréamont (Isidore Ducasse). Uruguay.

 Editorial Cátedra (2005)                                                   

 Traducción de Manuel Serrat Crespo.     IconoFraLib ... algo decimos de este libro.

 

 

 Comienzo:  

  CANTO PRIMERO

 

RUEGO al cielo que el lector, animado y momentá­neamente tan feroz como lo que lee, encuentre, sin de­sorientarse, su camino abrupto y salvaje, a través de las desoladas ciénagas de estas páginas sombrías y lle­nas de veneno, pues, a no ser que aporte a su lectura una lógica rigurosa y una tensión espiritual semejante al menos a su desconfianza, las emanaciones mortales de este libro impregnarán su alma lo mismo que hace el agua con el azúcar.

 CabezaCucas  No es bueno que todo el mundo lea las páginas que van a seguir; sólo algunos podrán saborear este fruto amargo sin peligro.

             En consecuen­cia, alma tímida, antes de que penetres más en seme­jantes landas inexploradas, dirige tus pasos hacia atrás y no hacia adelante, de igual manera que los ojos de un hijo se apartan respetuosamente de la augusta con­templación del rostro materno; o, mejor, como durante el invierno, en la lejanía, un ángulo de grullas friolen­tas y meditabundas vuela velozmente a través del si­lencio, con todas las velas desplegadas, hacia un pun­to determinado del horizonte, de donde, súbitamente, parte un viento extraño y poderoso, precursor de la tempestad.

                                    La grulla más vieja, formando ella sola la vanguardia, al ver esto mueve la cabeza, y, consecuen­temente, hace restallar también el pico, como una per­sona razonable, que no está contenta (yo tampoco lo estaría en su lugar), mientras su viejo cuello despro­visto de plumas, contemporáneo de tres generaciones de grullas, se agita en ondulaciones coléricas que pre­sagian la tormenta, cada vez más próxima. Después de haber mirado numerosas veces, con sangre fría, a to­dos los lados, con ojos que encierran la experiencia, prudentemente, la primera (pues ella tiene el privile­gio de mostrar las plumas de su cola a las otras gru­llas, inferiores en inteligencia), con su grito vigilante de melancólico centinela que hace retroceder al enemigo común, gira con flexibilidad la punta de la figura geo­métrica (es tal vez un triángulo, aunque no se vea el tercer lado, lo que forman en el espacio esas curiosas aves de paso), sea a babor, sea a estribor, como un há­bil capitán, y, maniobrando con alas que no parecen mayores que las de un gorrión, porque no es necia, em­prende así otro camino más seguro y filosófico.

CuatroPescad

Lector, quizás desees que invoque al odio en el co­mienzo de esta obra.

   ¿Quién te dice que no has de ol­fatear, sumergido en innumerables voluptuosidades, tanto como quieras, con tus orgullosas narices, anchas y afiladas, volviéndote de vientre, semejante a un ti­burón, en el aire hermoso y negro, como si compren­dieras la importancia de ese acto y la importancia no menos de tu legitimo apetito, lenta y majestuosamen­te, las rojas emanaciones?

                      Te aseguro que los dos de­formes agujeros de tu horroroso hocico, oh monstruo, se regocijarán, si te dispones de antemano a respirar tres mil veces seguidas la conciencia maldita de lo Eter­no.

                           Tus narices, desmesuradamente dilatadas por la ine­fable satisfacción, por el éxtasis inmóvil, no pedirán otra cosa al espacio, embalsamado de perfumes e in­cienso, pues se colmarán de una dicha completa, co­mo los ángeles que habitan en la magnificencia y la paz de los gratos cielos.

 

En solo unas líneas estableceré que 

    Maldoror

      fue bueno durante los  primeros años de su vida y vivió dichoso; dicho está. Luego se apercibió de que había nacido perverso: ¡Fatalidad extraordinaria! Ocultó su carácter como pudo, durante un gran número de años, pero al final, a causa de esa reconcentración que no le era natural, cada día la sangre le subía a la cabeza, hasta que no pudiendo soportar más semejante vida, se arrojó resueltamente por la senda del mal... ¡Atmósfera dulce!

         ¿Quién lo hubiera dicho?

        Cuando besaba a un niño de rostro rosado hubiera querido rebañarle las mejillas como con una navaja, y muy a menudo lo hu­biera hecho, si la Justicia, con su largo cortejo de cas­tigos, no lo hubiera impedido cada vez. No era menti­roso, confesaba la verdad, y se decía cruel.

          Humanos, ¿habéis oído? ¡Se atreve a repetirlo con esta pluma que tiembla! Así, pues, existe un poder más fuerte que la voluntad... ¡Maldición!

              ¿Querría la piedra sustraerse a las leyes de la gravedad?

Imposible. Imposible, si el mal quisiera conjugarse con el bien. Es lo que yo decía más arriba.

 


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