UN BUEN LIBRO PARA LEER:  LA SOLEDAD DE LOS NÚMEROS PRIMOS (2008)

LaSoledadDeLosNumerosPrimos

      (La Solitudine dei Numeri Primi)         

 

   Paolo Giordano    (ITALIA)  

   Editorial: Salamandra  (narrativa)  

   Traducción: Juan Manuel Salmerón Arjona

                                                   IconoFraLib ... algo decimos de este libro

                     

 Comienzos de libros 

 

      «El vestido ricamente guarnecido de la vieja tía se amoldó

        perfectamente al cuerpo esbelto de Sylvie, quién me pidió

        que se lo atara. “Tiene mangas lisas ¡qué ridículo!”, dijo»

                                                          GERARD DE NERVAL, Sylvie, 1853

 

El ángel de la nieve

(1983)

 

1

Alice della Roca odiaba la escuela esquí. Odiaba tener que despertarse a las siete y media de la mañana incluso en Navidad, y que mientras desayunaba su padre la mirase meciendo nerviosamente la pierna por debajo de la mesa, como diciéndole que se diera prisa. Odiaba ponerse los leotardos de lana, que le picaban en los muslos, y las manoplas, que le impedían mover loas dedos y el casco, que le estrujaba la cara y tenía un hierro que se le clavaba en la mandíbula, y aquellas botas, que siempre le iban pequeñas y la hacían andar como un gorila.

-   Bueno, ¿qué? ¿Te bebes la leche o no? –volvió a apremiarla su padre.

Alice tragó tres dedos de leche hirivendo que le quemó sucesivamente la lengua, el esófago y el estómago.

-      Bien. Y hoy demuestra quién eres, ¿vale?

Bolos¿Y quién soy yo?, pensó ella.

Acto seguido salieron a la calle, la niña enfundada en su traje de esquí verde lleno de banderitas y fosforescentes letreros de patrocinadores. A aquella hora había diez grados bajo cero y el sol era un disco algo más gris que la niebla que todo lo envolvía. Alice sentía la leche revolvérsele en el estómago y se hundía en la nieve con los esquís a hombros, porque has de cargarlos tú mismo hasta que logres ser tan bueno que otro los cargue por ti.

-   Con la puntas hacia delante, y no mates a nadie –le recordó su padre.

Acababa la temporada, el club de esquí obsequiaba a los alumnos cn un broche de estrellitas en relieve, uno cada año, desde que tenían cuatro y eran lo bastante altos para meterse entre las piernas el telearrastre, hasta los nueve, en que podían agarrarlo solos; tres estrellas de plata y después tres de oro; cada año un broche, que significaba que uno era un poco mejor y estaba más próximo a competir, cosa que ya espantaba a Alice, que solo tenía tres estrellas.

Habían quedado en el telesilla a las ocho y media, hora en que abrían las pistas. Allí estaban ya sus compañeros, en corro, como soldaditos de plomo embozados en sus trajes de esquí, entumecidos de frío y soñolientos; habían hincado los bastones en la nieve para apoyar las axilas. Con los brazos colgando parecían espantapájaros. Nadie tenía ganas de hablar, y menos que nadie Alice.

Su padre le dio dos fuertes golpes en el casco, ¡ni que quisiera clavarla en la nieve!, y le dijo:

-   A por ellos, y recuerda: echa el peso hacia delante, ¿entendido? Ha-cia de-lan-te.

El peso hacia delante, le resonó a Alice en el cabeza.

Y soplándose las manos, su padre echó a andar; pronto estaría leyendo el periódico al calorcito de la casa. Fue dar dos pasos y desaparecer en la niebla.

A salvo de la mirada de su padre, que de haberla visto le habría armado una buena delante de todo el mundo, Alice arrojó lo esquís al suelo con rabia. Quitó primero la nieve de las botas golpeándolas con el bastón y luego las encajó en las fijaciones.

Ya se le escapaba un poco. Sentía la vejiga tan llena que le daba como punzadas. Pero seguro que tampoco podía ese día.

Todas las mañanas lo mismo. Al terminar de desayunar se encerraba en el baño y trataba con todas sus fuerzas de evacuar el pipí; contraía los abdominales tanto que del esfuerzo sentía un pinchazo en la cabeza y le parecía que los ojos se le salían de las órbitas, como la pulpa de una uva al aplastarla. Quería expulsar hasta la última gota y apretaba los puños. Y así permanecía allí sentada, hasta que su padre aporreaba la puerta gritando: «Señorita, a ver si terminamos que llegamos tarde otra vez.»

Pero nada. Ya al alcanzar el primer remonte tenía tantas ganas de orinar que debía apartarse del grupo, desengancharse los esquís, sentarse en la nieva fesca y, fingiendo que se ajustaba las botas, hacer pipí; se lo hacía encima, amontonando un poco de nieve en torno a las piernas juntas, con el traje y los leotardos puestos, y entretanto todos los compañeros la miraban y Eric, el profesor, decía: «Como siempre, esperamos a Alice

Pero ¡qué diablo!, pensaba al notar el tibio líquido bañarle las piernas heladas. Y más grande sería el alivio si no estuvieran todos mirándola, pensaba también.

Porque acabarían dándose cuenta.

Porque al final dejaría una mancha amarilla en la nieve.

Y todo el mundo se reiría de ella.

Uno de los padres se acercó a Eric y le preguntó si esa mañana no había demasiada niebla para subir a la cima. Alice atendió esperanzada, pero Eric contestó esbozando una perfecta sonrisa:

-     Niebla solo hay aquí, en lo alto luce un sol que ciega. Hala, todos arriba.

En el telesilla a Alice le tocó de pareja con Giuliana, hija de un colega de su padre. No se hablaron en todo el trayecto. No se caían ni bien ni mal. Nada tenían en común, salvo el no querer estar allí ese día.

No se oían más ruidos que el viento que azotaba la cumbre del Fraiteve y el que hacía el deslizarse el cable de acero del que las dos pendían, embozadas en el cuello de la chaqueta y calentándose con el aliento.

Es solo frío, no el pipí, se repetía Alice.

Pero cuanto más se acercaban a la cumbre, más punzadas sentía en la barriga; n, no era solamente pipí. Quizás esta vez era algo más serio.

De repente tuvo un vómito de leche rancia que le llegó a la epiglotis y con asco volvió a tragárselo. Se lo hacía encima, se lo hacía allí mismo.

Para el refugio quedan aun dos remontes, pensó; tanto no me aguanto.

Giuliana levantó la barra de seguridad y las dos se dispusieron a apearse adelantando un poco el trasero. Cuando tocó el suelo con los esquís, Alice se empujó con la mano y saltó de la silla.

No se veía a más de dos metros, ¡anda que el sol cegaba! Tdo estaba blanco, por arriba, por abajo y por los lados. Le parecía estar envuelta en una sábana. Aquello era exactamente lo contrario de la oscuridad, pero infundía el mismo miedo.

numeros-primosEsquió hasta el borde de la pista en busca de un montón de nieve fresca donde hacer sus necesidades. Las tripas le tronaron con un ruido de lavaplatos. Miró atrás; no vio a Giuliana, luego tampoco Giuliana podía verla a ella. Subió unos metros por la pendiente con los esquís oblicuos, como le había enseñado su padre cuando se empeñó en que aprendiera a esquiar y la obligaba a subir y bajar por la pista infantil treinta o cuarenta veces al día: subir con los esquíes en ángulo abierto, bajar con los esquíes en ángulo cerrado, porque comprar el pase para usar una sola pista era tirar el dinero, aparte de que así fortalecía las piernas.

Alice se quitó lo esquíes y anduvo otro poco, hundiéndose en la nieve hasta la mitad de la pantorrilla. Por fin se sentó, respiró hondo y relajó los músculos. Un agradable estremecimiento le recorrió el cuerpo y acabó alojándose en la punta de los pies.

Seguro que fue por la leche; seguro que fue porque el trasero se le medio congeló de estar sentada en la nieve a más de dos mil metros de altura. Nunca le había pasado, al menos que ella recrdara, nunca, pero el hecho es que se lo hizo encima.

Se lo hizo encima. Y no solo pipí, también se cagó, a las nueve en punto de aquella mañana de enero; se lo hizo en las bragas y ni siquiera se dio cuenta, no hasta que oyó a Eric llamarla desde algún punto impreciso en medio de la niebla.

Fue entonces, al levantarse bruscamente, cuando notó que la entrepierna del pantalón le pesaba. Instintivamente se llevó la mano al trasero, aunque con el guante no sintió nada. Tampoco hacía falta, bien sabía lo que era.

¿Y ahora qué?, se preguntó.

Eric la llamó de nuevo. Ella no contestó. Mientras siguiera allí arriba, quedaría oculta por la niebla. Podía bajarse los pantalones y limpiarse con nieve como buenamente pudiera, o decirle a Eric lo que pasaba, o que le dolía la rodilla y debía regresar al pueblo. O también podía esquiar así, cuidando siempre de ir la última.

Pero no hizo nada de eso; se quedó allí quiera, invisible en medio de la niebla.

Eric la llamó por tercera vez, en voz más alta.

-   Estará ya en el remonte, la muy despistada –contestó un compañero.

Se oyeron voces. Uno dijo «Vámonos» y otro «Aquí parado me congelo». Podían estar allí mismo, a pocos metros de distancia, o ya al pie del remonte. El eco engaña, rebota en las montañas, se ahoga en la nieve.

- ¡Vaya, hombre! Vamos a ver –dijo Eric.

Conteniendo las náuseas que le producía notar aquella masa viscosas resbalarle por los muslos, Alice contó despacio hasta diez, primero una vez, luego otra, y luego hasta veinte. Para entonces ya no se oía nada.

Tomó en brazos los esquíes y fue a la pista. Tardó un rato en averiguar cómo situarlos para que quedaran perpendiculares a la línea de máxima pendiente. Con aquella niebla no sabías hacia dónde estaba orientada.

Metió las botas en las fijaciones y las apretó. Se quitó las gafas enpañadas y las limpió con saliva.

Podía descender sola. Poco le importaba que Eric la buscara en la cima del Fraiteve; quería quitarse cuando antes aquellos leotardos llenos de cada. Pensó en la bajada; nunca la había hecho sola, pero estaba en el primer remonte y aquel trecho de pista lo había recorrido muchas veces.

Empezó a descender con la punta de los esquíes en cuña; así era más prudente. Además, como llevaba las piernas abierta, se notaba la entrepierna menos emplastada. Recordó que el día anterior Eric le había dicho: «Si te veo tomar otra curva con los esquíes en cuña, te juro que te ato los tobillos.»

SNumPrimA Eric no le gustaba, lo sabía. Seguro que pensaba que era una cagona. Y por cierto los hechos le daban la razón. Tampoco su padre le gustaba, porque todos los días, al acabar la clase, lo acosaba a preguntas: «Qué, cómo va nuestra Alice? ¿A que va mejorando, a que está hecha una campeona? ¿Y cuándo empiezan las competiciones?...» Eric lo miraba como si no lo viera y contestaba «Sí», «No», o con prolongados «Pues…»

Alice se representaba la escena como si la contemplara sobreimpresa en el empañado cristal de las gafas. No veía más allá de la punta de los esquíes y avanzaba muy despacio; comprendía que debía girar solo cuando topaba con nieve fresca.

Para sentirse menos ola se puso a canturrear; a ratos se llevaba la mano a la nariz y se limpiaba los mocos con el guante.

Echa el pesa hacia atrás, hinca el bastón y gira. Haz fuerza en las botas. Luego échate hacia delante, ¿entiendes? Ha-cia de-lan-te, le sugerían a la vez. Eric y su padre.

Por cierto, este último se pondría como una fiera, y ella tendría que inventar una excusa, contarle una mentira sin puntos flacos ni contradicciones. Porque confesarle la verdad era impensable. Le diría que fue culpa de la niebla, que estaba bajando la pista grande con los demás cuando se le voló el pase que llevaba prendido en la chaqueta… bueno, eso no, eso no le ocurre a nadie, tonto hay que ser para perder el pase. Mejor la bufanda; que se le voló la bufanda, que se detuvo a recogerla y que los demás no la esperaron. Que los llamó cien veces, pero nada, habían desaparecido en la niebla. Y por eso había bajado ella sola, a buscarlos.

¿Y por qué no había subido otra vez?, le preguntaría su padre.

Eso ¿por qué? Mejor haber perdido el pase; no había subido otra vez porque sin el pase el del telesilla no le había permitido montarse.

Satisfecha con la excusa. Alice sonrió, no tenía pega. Incluso dejó de sentirse tan sucia. Aquello ya no resbalaba.

Se habrá congelado, pensó.

Pasaría el resto del día viendo la tele; se daría una ducha, se pondría ropa limpia, se calzaría sus mullidas pantuflas y se quedaría en casa bien calentita. Todo eso habría hecho si hubiera apartado los ojos de los esquíes y vista la cinta naranja que ponía «Pista cerrada» ¡La de veces que se lo decía su padre: mira por dónde vas! Si hubiera recordado que cuando hay nieve fresca no hay que echar el peso hacia delante; si Eric, días antes, le hubiera ajustado bien las fijaciones y su padre hubiese insistido más en que ella pesaba veintiocho kilos y quizá estaban demasiado apretadas.

Pero el saldo tampoco fue tan grande; apenas notó que volaba y cierto vacío en el estómago, cuando ya se halló tendida boca abajo en la nieva, con las piernas al aire y los esquíes clavados bien derechos, a costa del peroné.

No sintió dolor, ni ninguna otra cosa, la verdad. Solo noto la nieve que se le coló por la bufanda y el casco y que parecía arder al contacto con su piel.

Empezó a mover los brazos. Recordó que de pequeña, cuando amanecía nevado, su padre la llevaba bien abrigada al medio del patio, y allí, cogidos de la mano, contaban hasta tres y se dejaban caer de espaldas. Ahora haz el ángel, le decía su padres, ella movía los brazos arriba y abajo, y cuando se levantaba, la silueta impresa en el mano blanco parecía la de un ángel con las alas desplegadas.

Lo mismo hico Alice en aquel momento, porque sí, porque quería demostrarse que seguía viva. Volvió la cabeza de lado y empezó a respirar hondo, aunque con la sensación de que el aire que inspiraba no llegaba todo lo profundo que debía. Tenía la extraña impresión de no saber en qué posición le habían quedado las piernas, la extrañísima impresión de no tener piernas.

Intentó levantarlas, pero no pudo.

Fraiteve

Si no hubiera niebla quizá alguien podría verla desde arriba: una mancha verde en el fondo de un barrando por donde volvería a correr un arroyuelo en primavera y con los primeros calores crecerían fresas silvestres, esas fresas que se ponen dulces como caramelo y abundan tanto que en un día llenas una cesta.

Alice pidió auxilio, pero su débil vocecita se perdió en la niebla. Intentó de nuevo levantarse, o al menos girarse, pero tampoco pudo.

Su padre le había dicho un día que los que mueren congelados, instantes antes de fallecer sienten mucho calor y tratan de quitarse la ropa, y que por eso casi siempre los encuentran en paños menores. Y ella se lo había hecho en las bragas, para mayor escarnio.

También los dedos empezaron a quedársele insensibles. Se quitó un guante, echó dentro el aliento y volvió a ponérselo; y lo hizo también con el de la otra mano. Repitió varias veces la ridícula operación buscando calentarse.

Son las extremidades las que fallan, le decía siempre su padre; dedos de pies y manos, nariz, orejas… El corazón procura guardarse para sí toda la sangre y deja que lo demás se congele.

Alice se imaginó cómo sus dedos, y luego, gradualmente, también su brazos y piernas, se ponían azules; y cómo su corazón latía cada vez más fuerte tratando de conservar el calor. Se quedaría tan tiesa que si un lobo que pasara por allí le pisaba un brazo, se lo quebraría.

Seguro que están buscándome.

¿De verdad habrá lobos?

Ya no siento los dedos.

¡Si no me hubiera tomado esa leche!

Echa el peso hacia delante.

No, los lobos hibernan.

¡Qué enfadado estará Eric!

Yo no quiero competir.

¡Que tontería, bien sabes que los lobos no hibernan!

Sus pensamientos fueron volviéndose más y más ilógicos y repetitivos. Poco a poco el sol traspuso el monte Chaberton, la sombra de las montañas cubrió su cuerpo y la niebla se oscureció.

 


VOLVER A Comienzos de Libros por:   Volver por Títulos          Volver a comienzos de libros por autores