UN BUEN LIBRO PARA LEER:  La gaznápira     (1984) 

La Gaznapira

 

  Andrés Berlanga  (España)

  Editorial: NOGUER       Galería literaria

 

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PRIMERA RELATORIA

 

Adios al Herrero

(Domingo del Rosario, 1949)

“De cólico de espinacas no ha muerto ningún Papa, como decía aquel; pero yo no quiero probar ninguna de esas pamplinas que me traen: ni acelgas, ni tronchos, ni judías verdes, ni cristo que lo fundó. Ya que esto se acaba sin remisión, ¡rediós!, lo que me apetece es una buena tajada de lomo. ¡Forrajes a mis años!: cuando la liebre se ha ido, ¿a qué vienen los palos a la cama? Y yo me muero, no hay que darle más vueltas. ¡Ya sé, ya sé que tanto se les da que hinque el pico!, porque todos están a lo que están (tú eres una mocosa aún para entenderlo) pero ¡van aviaos si se piensan que llamaré al señor cura!”.

O quizás el Elías no dice “señor cura” sino “cura” a secas, o más bien “el Dimas”; o puede que, para no variar, “el cuervo”. Elías el Herrero cumplirá los sesenta y dos el mes que viene, aunque no los aparenta; nunca ha guardado cama más de lo cabal, tieso y firme como una carrasca, un hombrón. Pero, con hoy domingo, ya son cinco días sin levantarse ni para hacer de cuerpo, que no ha hecho. Barrunta que de aquí solamente va a salir para el hoyo; y tú, a tus nueve años embebidos y flacos, te quedas ida pensando que la muerte debiera tener cara, como el judas de Semana Santa, para escupirla, abofetearla, tiznarla, alancearla, quemarla y aventarla. Nada tuyo es el Herrero, a lo mejor algún bisbisbisabuelo suyo fue primo de algún tatatarabuelo suyo, pero –como recordarás bien 32 años después, bajo la sofoquina del agosto de 1981- entonces el Herrero, sin ser nada tuyo, era para ti algo más que todo: lo visible y lo invisible, lo que cae más allá de las Siete Revueltas y lo que uno lleva dentro, las relatorias más fantasiosas y los sucedidos que solamente podía haber vivido él. Tan embobada lo escuchabas siempre que empezó a llamarte “la Gaznápira”, apenas levantabas un palmo, cuando ya tu padre decía a la Abuela que te estaba arregostando en demasía en pasarte las horas muertas en la fragua, ya que no había día sin que bajaras “a dar la morreá”.

El Elías empieza a ser una pavesa y quizás sea verdad que todos esperan su muerte en cuestión de horas, un par de días a lo sumo. Y también que pocos apostarían un céntimo a que le llegará el arrepentimiento. Si acaso, don Dimas reza porque no le deje en mal lugar; para bien de todos y ejemplo de algunos, confía en que cuanto antes alguien llegue a su casa a todo correr para darle el aviso de que vaya a escape, porque el Herrero ha pedido un señor cura. Don Dimas está dispuesto a olvidar tantos sofocones pasados, tantas humillaciones desde aquella primera, ¡que Dios tenga en su olvido!, cuando le echó unas cuantas moscas cojoneras a su burra y la pobre brincaba y coceaba como una posesa hasta que el guiñapo de don Dimas, sujetándose ya a la cincha por la barriga del jumento, gritó: “¡sooo, hostia!”. Ahora está dispuesto a agarrar los santos óleos bajo el manteo y cruzar el portegado, la fraga, el portal de la casa del Herrero haciendo el silencio a su paso, entrar en la alcoba y confesarle a solas: cabecear comprensivamente, darle el crucifijo para que lo sujete con las dos manos prietas, absolverle, bendecidle, rezarle, canturrearle, ungirle, darle a besar la estola, mirar al cielo con las manos entrelazadas para informar en voz baja a las Alturas del arrepentimiento arrebatado del Elías.

LabrosCapiteles Capiteles de la iglesa de Labros (Guadalajara), cuna del autor.

El Herrero se resiste, por más que insistan su mujer, su cuñada y las pocas que pasan a darle ánimos, siempre con el remate de “¿no te parece Elías que llamemos al señor cura?” Bufa, espumea, espamplonea a todos. Después se arrebuja entre los dos almohadones, fija en el ventanuco sus dos ojillos azules de puntitos verdosos y se amansa, todavía con una pizca de ansiedad en la mirada, a la espera de la muerte como quien aguarda una carta o la nevisca: con curiosidad por conocer cuándo y en qué cuajará; a sabiendas de que, aun acudiendo de lejos, conoce sin pérdida el camino por dónde venir a morir en nosotros. Si tenía que estrenara el corralillo (pared por medio del camposanto), que se amolaran: ¡alguno tenía que ser el primero!; y si le daba un soponcio a don Dimas y acudía hasta el señor obispo: “con otra vez ya serían dos, ¿no te parece?”. Y tú, a tus nueve años espigados y algo desmañados, el culo helado y plano de llevar tanto rato sentada en la losa del rincón frente a la cabecera del Herrero, te encoges de hombros y dice con la cabeza. Elías no habla con nadie más que contigo desde hace tres días, desde que supo lo de la novena tramada por ese mollino del mosén para rogar “ahora y en la hora de su muerte por el perdón de sus pecados”.

¿De qué se tendrá que arrepentir el Herrero si no ha hecho mal a nadie?, vuelves a preguntarte pizcándote la ceja una y otra vez, sin dejar de darle vueltas en tu cabecita rubia. El Elías no  te toca nada, por más que la Abuela asegure que aquí en Monchel todos sois primos o lo habéis sido; tampoco debe nada a tu padre, ni es el señor maestro, y, a pesar de todo, nadie te ha enseñado tanto como él ni nadie te hace tanto caso. Todavía 32 años después de aquel domingo del Rosario de 1949, alguna noche triste y llena de negrura, creerás que en ese momento cruzará frente a tu casa el mismísimo sol, a escondidas y a la carrera camino de Hinojosa, como te había explicado mil veces el Herrero cuando tú le preguntabas que cómo era posible ver salir al sol cada mañana precisamente por Hinojosa si durante todo el día recorría el cielo y se iba a meter cada tarde por Las Lomas, justo al lado contrario.

La noche la ha pasado algo gruñón, sin consentir en probar el caldo de cardillo, con un pescuezo de gallina, que le había preparado por fin su mujer (la segunda, a la que saca dieciocho años). El Manquillo, que fue el jueves hasta Molina de los Condes, a 25 kilómetros, en busca de don Buenaventura, vuelve a repetir que si el señor médico le arreglaban la Guzzi subiría en cuanto pudiera; que le había preguntado por los años del Herrero y que había torcido el morro al decirle que iba para los setenta, sobre poco más o menos. Así que cuando empieza la misa del domingo, de don Buenaventura ni rastro. Salvo los cuatro que faltan siempre y algún ausente del pueblo, en la iglesia están todos los naturales y vecinos de Monchel, unos 240, no es cuestión de recontarlos. A don Dimas se le ha visto de buena mañana subir hasta la iglesia; se nota que la Liboria le cuida pistonudamente y que le pintan esas siestas que se da un día sí y otro también, porque todavía a sus años –nación con el siglo- le responden las garras para coronar el repecho final de la cuesta. Los hombres, al coro; las mujeres, cada una al reclinatorio de su sepultura. Ellas sacan la palmatoria, empinan la torcida, se la encienden unos a otras, suspiran, bisbisean un rezo, escudriñan a las que entran, esperan que aparezca don Dimas por la sacristía y que hoy, es natural, no hable a media misa desde delante del altar sino subido en el púlpito.

- Celebramos, hermanos, el domingo del Rosario, en recuerdo de aquellos santos rosarios que rezaron nuestros abuelos para vencer al moro infiel en Lepanto.

Pero todos saben que para don Dimas no hay más moro infiel que el Herrero. La iglesia, que nunca ha pisado el Elías desde que tiene uso de razón, está hoy llena de él más que nunca, sin nombrarlo aletea en todo y en todos. Don Dimas repite que no hay paz para los impíos y mete el resuello en el cuerpo tronando, porque de un instante, de arrepentirte cuando la muerte nos llama depende una eternidad de gloria o de tormento…

 

 

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