UN BUEN LIBRO PARA LEER: POR LA PARTE DE SWANN (1913) 

Por la parte de Swann      PRIMER VOLUMEN DE  EN BUSCA DEL TIEMPO PERDIDO

      Marcel Proust. Francia

     Editorial Valdemar  (Mayo 2000)

 

      De la edición, traducción, prólogo y notas de Mauro Armiño

 

     Aportación de María Luisa García Galguera. Madrid (España)

    

 Comienzo:

Primera parte

COMBRAY

Me he acostado temprano, hace mucho. A veces, nada más apagar la bujía, mis ojos se cerraban tan deprisa que no tenía tiempo de decirme: «Estoy durmiéndome». Y media hora después me despertaba la idea de que ya era hora de ir a buscar el sueño; quería dejar el libro, que entre creía tener entre las manos y matar mi luz; no había dejado de reflexionar sobre lo que acababa de leer mientras dormía, pero estas reflexiones habían tomado un giro algo peculiar: me parecía ser yo mismo aquello de que hablaba la obra: una iglesia, un cuarteto, la rivalidad de Francisco I y Carlos V. Esa creencia sobrevivía unos segundos a mi despertar: no chocaba a mi razón, pero pesaba como escamas sobre mis ojos y les impedía darse cuenta de que la vela ya no estaba encendida. Empezaba luego a volvérseme ininteligible, como los pensamientos de una existencia anterior después de la metempsícosis; el asunto del libro se desprendía de mí, y yo era libre de aplicarme o no a él; enseguida recuperaba la visión y quedaba atónito al encontrar en torno mío una oscuridad dulce y sosegada para mis ojos, aunque más todavía quizá para mi mente, a la que se presentaba como algo sin causa, incomprensible, como algo verdaderamente oscuro. Me preguntaba qué hora podía ser; oía el pitido de los trenes que, más o menos lejano, como el canto de un pájaro en un bosque, determinando las distancias, me describía la extensión del campo desierto donde el viajero se apresura hacia la estación cercana; y el sendero que sigue ha de quedar grabado en su recuerdo por la excitación que debe a unos lugares nuevos, a unos hechos insólitos, a la reciente charla y la despedida bajo la lámpara extraña que todavía le siguen en el silencio de la noche, a la dulzura próxima del regreso.

            Apoyaba delicadamente mis mejillas contra las hermosas mejillas de la almohada que, llenas y frescas, son como las mejillas de nuestra infancia. Rascaba una cerilla para mirar el reloj. Pronto sería medianoche. Ése es el instante en que enfermo que se ha visto obligado a salir de viaje y ha debido acostarse en un hotel desconocido, despertado por una crisis, se alegra al vislumbrar bajo la puerta una raya de luz. ¡Qué gozo, ya es de día! Dentro de un momento los criados se habrán levantado, podrá llamar, vendrán a traerle ayuda. La esperanza de ser socorrido le da valor para sufrir. Precisamente ha creído oír pasos; los pasos se acercan, luego se alejan. Y la raya de luz que había debajo de su puerta ha desaparecido. Es medianoche: acaban de apagar el gas; el último criado se ha ido y habrá que permanecer toda la noche sufriendo sin remedio.´

            Volvía a dormirme, y a veces solo me despertaba un breve instante, el tiempo de oír los crujidos orgánicos de las tablas, de abrir los ojos para mirar el caleidoscopio de la oscuridad, de saborear gracias a un vislumbre momentáneo de conciencia el sueño en que estaban sumidos los muebles, el cuarto, el todo aquel del que yo solo era una pequeña parte y a cuya insensibilidad volvía a unirme de inmediato. O bien mientras dormía había alcanzado sin esfuerzo una época por siempre pasada de mi vida primitiva, habían encontrado alguno de mis terrores infantiles, como el que mi tío abuelo me tirase de los rizos, y que me los cortaron. Durante el sueño había olvidado ese acontecimiento, cuyo recuerdo recobraba nada más despertarme para escapar de las manos de mi tñio abuelo, pero, como medida de precaución, envolvía por entero la cabeza con la almohada antes de regresar al mundo de los sueños.

            Algunas veces, lo mismo que Eva nació de una costilla de Adán, una mujer nacía durante mi sueño de una falsa postura de mi muslo. Nacida del placer que yo estaba a punto de gozar, imaginaba que era ella quien me lo ofrecía. Mi cuerpo, que sentía en el suyo mi propio calor, quería unirse a él, y me despertaba. El resto de humanos me parecía muy lejano comparado con aquellas mujer a la que hacía apenas unos instantes había abandonado: todavía guardaba mi mejilla el calor de su beso, mi cuerpo seguía derrengado por el peso de su talle. Sí, como a veces ocurría, tenía los rasgos de una mujer que yo había conocido en la vida, iba a entregarme por completo a un único fin: encontrarla, como esos que parten de viaje para ver en sus propios ojos una ciudad deseada y se figuran que pueden disfrutar en una realidad el hechizo de lo soñado. Poco a poco iba desvaneciéndose su recuero, y yo olvidaba a la muchacha de mi sueño.

            Un hombre que duerme tiene en círculo a su alrededor el hilo de las horas, el orden de los años y de los mundo. Al despertar los consulta por instinto y en un segundo lee en ellos el punto de la tierra que ocupa, el tiempo que ha transcurrido hasta su despertar; pero sus rangos pueden confundirse, romperse. Si hacia el amanecer, tras un insomnio, el sueño lo coge mientras lee en una postura demasiado distinta de aquella en que duerme habitualmente, basta su brazo levantado para detener y hacer retroceder el sol, y en el primer minuto de su despertar no sabrá siquiera la hora, pensará que acaba de acostarse apenas. Y si se adormila en una postura todavía mas irregular y divergente, sentado, por ejemplo, después de la cena en un sillón, será completa entonces la conmoción en los mundos salidos de sus órbitas, el sillón mágico le hará viajar a toda velocidad en el tiempo y el espacio, y en el instante de abrir los párpados creerña haberse acostado varios meses antes en otra región. Pero bastaba que, en mi cama misma, mi sueño fuese profundo y sosegase por completo mi espíritu; entonces éste abandonaba el plano del lugar en el que me había dormido, y cuando despertaba en mitad de la noche, por ignorar dónde me encontraba, en un primer momento no sabía siquiera ni quién era; solo tenía, en su simplicidad primaria, la sensación de la existencia como puede temblar en el fondo de un animal; me encontraba más desnudo que el hombre de las cavernas; pero entonces el recuerdo –aún no del lugar en que me hallaba, sino de algunos sitios donde había vivido y donde habría podido estar –venía como una ayuda a mí desde lo alto para sacarme de la nada de la que nunca hubiera podido salir solo; en un segundo pasaba por encima de siglos de civilización, y las imágenes confusamente vislumbradas de lámparas de petróleo, luego de camisas de cuello vuelto, iban recomponiendo poco a poco los rasgos originales de mi yo.

            Acaso la inmovilidad de las cosas que nos rodean venga impuesta por nuestra certeza de que son ellas y no otras, por la inmovilidad de nuestro pensamiento frente a ellas. Lo cierto es que, cuando despertaba así, con mi espíritu agitándose para intentar saber, sin conseguirlo, dónde estaba, todo daba vueltas a mi alrededor en la oscuridad, las cosas, los países y los años. Demasiado embotado para moverme, mi cuerpo trataba de determinar, con arreglo a la forma de su fatiga, la posición de sus miembros para deducir de ella la dirección de la pared y la ubicación de los muebles, para reconstruir y dar nombre a la morada en que se encontraba. Su memoria, la memoria de sus costillas, de sus rodillas, de sus hombros, le ofrecía una tras otra varias alcobas donde había dormido, mientras a su alrededor las invisibles paredes, cambiando de sitio según la forma de la habitación imaginada, se arremolinaban en las tinieblas. Y antes incluso de que mi pensamiento, que vacilaba en el umbral de los tiempos y las formas, hubiese identificado la casa cotejando sus circunstancias, él –mi cuerpo- iba recordando para cada una el tipo de cama, el sitio de las puertas, la orientación de las ventanas, la existencia de un pasillo, junto con la idea que de ellos me hacía al dormirme y que encontraba de nuevo al despertar. Intentando adivinar su orientación, mi costado anquilosado se imaginaba, por ejemplo, tumbado de cara a la pared en un gran lecho con baldaquino, y al punto me decía: «Vaya, he terminado durmiéndome aunque no haya venido mamá a darme las buenas noches», y es que estaba en el campo, en casa de mi abuelo, muerto hacía años; y mi cuerpo y el costado sobre el que descansaba, fieles guardianes de un pasado que mi espíritu nunca habría debido olvidar, me recordaban la llama de la lamparilla de cristal de Bohemia en forma de urna, suspendida del techo por unas cadenetas, la chimenea de mármol de Siena en mi dormitorio de Combray de casa de mis abuelos, en días lejanos que en ese momento se me antojaban actuales sin imaginármelos exactamente y que habría de ver mucho mejor luego, cuando despertara del todo.

 
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