UN BUEN LIBRO PARA LEER :   La séptima cruz (1942)


LaSéptimaCruz

 

  Anna Seghers                     IconoFraLib ... algo decimos de este libro

  Editorial Alfaguara, 1983

  Traducción de Manuel Olasagasti 

 

   

 

Comienzo:

Capítulo Primero    

 

         Quizá nunca se hayan talado en Alemania unos árboles tan extraños como los siete plátanos de la cara estrecha de la barraca III. Ya antes habían podado sus copas a raíz de un incidente que se relatará más adelante. Tenían clavadas unas tablas transversales contra los troncos, a la altura del hombro aproximadamente, y los plátanos parecían de lejos siete cruces. 

       El nuevo comandante del campo de concentración, apellidado Sommerfeld, los hizo talar, reduciéndolos a astillas. Este comandante era un tipo distinto de su antecesor Fahrenberg, el antiguo «conquistador de Seeligenstadt, donde su padre posee todavía una tienda de fontanería. El nuevo comandante estuvo en África como ofical antes de la guerra y, una vez concluida ésta, acompañó a su mayor Lettow-Vorbeck en la marcha sobre la roja Hamburgo. De todo esto nos enteramos mucho después. Si el primer comandante fue un loco, con accesos terribles, imprevisibles, de crueldad, el nuevo era un hombre tímido que permitía prever todas sus reacciones. Fahrenberg era capaz de hacernos fusilar a todos en un instante, y Sommerfeld era capaz de ponernos en fila india y liquidar a uno de cada cuatro. Esto no lo sabíamos aún. Pero daba igual. Nada hubiera quebrantado el sentimiento que nos embargaba cuando talaron los seis árboles y luego el séptimo. Un minúsculo triunfo, sin duda, en medio de nuestra impotencia de prisioneros uniformados. Pero un triunfo al fin, que nos hizo tomar conciencia de nuestra propia fuerza, esa fuerza que nosotros mismo habíamos considerado como una de tantas fuerzas de la tierra, siendo en realidad la única que puede agigantarse de pronto hasta lo inconmensurable.

CruzArdiendoPi

Aquella noche encendieron la calefacción en nuestra barraca. El tiempo había dado un cambio brusco. Hoy no estoy tan seguro de que la escasa leña que alimentó nuestra estufita de hierro colado procediera de aquella tala. Así lo creímos entonces. 

     Nos apretamos alrededor de la estufa para secar nuestra ropa y porque la vista insólita del fuego reanimaba nuestros corazones. El SA nos dio la espalda y se asomó automáticamente a la ventana enrejada. La fina llovizna, pura niebla, se había trocado en un fuerte aguacero que las ráfagas de viento lanzaban contra la barraca. Al fin y al cabo un SA sólo oye y ve una vez al año la entrada del otoño.

 

     Las astillas crepitaban al fuego. Dos llamitas azules nos hicieron adivinar los carbones encendidos. Nos concedieron cinco paletadas de carbón, que sólo pudieron calentar durante algunos minutos la aireada  barraca, sin llegar a secar nuestra ropa. Pero entonces no pensamos en eso. Pensamos sólo en la leña que ardía a nuestra vista. Hans dijo en voz baja, mirando de reojo al guardia y sin mover los labios:

       -  Cómo cruje.

     Edwin comentó:

       -  El séptimo.

        Todos los rostros florecieron en extraña sonrisa, mezcla de cosas incongruentes, de esperanzas y burla, de impotencia y valor. Contuvimos la respiración. La lluvia azotaba unas veces las tablas y otras el tejado de hojalata de la barraca. EL más joven, Erich, dijo mirando con el rabillo del ojo, que concentraba en aquel momento todo su interior y también el nuestro:

      - ¿Dónde estará ahora?

  


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