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Los Comienzos. Calle Bailén, Madrid. Taberna El anciano Rey de los Vinos (100 años en 2009) y la desaparecida librería "Ser cultos para ser libres-"

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Artículo del mes: Septiembre

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FRAGMENTOS DE LIBROS.  EL GRAN GATSBY         (1925)

                                              The Great Gatsby

 ElGranGatsby

     F. Scott Fitzgerald      (EEUU)  

      Editorial     :   Unidad Editorial, S.A    Colección MILLENIUM (El Mundo) 

      Traducción :    E. Piñas

 

 

 Comienzos de libros

 

Capítulo I

En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas por la cabeza.

«Cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien – me dijo – ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas…»

No añadió más, pero ambos no hemos sido nunca muy comunicativos dentro de nuestra habitual reserva, por lo cual comprendí que, con sus palabras, quería decir mucho más. Queda dicho que tengo una gran tendencia a reservarme toda opinión, hábito que me ha facilitado el conocimiento de las más extraordinarias naturalezas y también me he hecho víctima de no pocos latosos sempiternos. Cuando esta cualidad aparece en una persona normal, es captada en el acto por la mente anormal, que inmediatamente se adhiere a ella; así fue como, en la universidad, se me acusaba, con toda injusticia, de ser un político porque conocía los secretos agravios de desenfrenados y desconocidos seres. La mayor parte de las veces, no iba a la caza de confidencias; en muchos casos, al advertir, por alguna inequívoca señal, que en el horizonte rondaba una revelación íntima he fingido sueño, preocupación o una hostil indiferencia; las revelaciones íntimas de la GG Bookjuventud, o al menos sus términos de expresión, suelen ser plagios y estar desfigurados por supresiones más que evidentes. Reservarse opiniones es asunto de infinito alcance. Aún hoy me parecería un grave descuido olvidarme de lo que mi padre jactanciosamente sugirió y yo jactanciosamente repito, referente a que el sentido de las cualidades fundamentales es desigualmente repartido al nacer. Y tras vanagloriarme, en esta forma, de mi amplia tolerancia, acabo por admitir que tiene también este principio su límite. La conducta puede fundarse en dura roca o en húmedos pantanos, pero hasta cierto punto, no importa en qué se funda. El último otoño, al regresar del Este, creía que lo que anhelaba era que el mundo estuviera siempre de uniforme y bajo una especia de marcial apostura; no quería seguir escudriñando las profundidades del corazón humano. Solo Gatsby, el hombre que da título a este libro, estuvo exento de mi reacción. Gatsby, que plasmaba todo aquello hacia lo que siento un tan irrefrenable desprecio. Si la personalidad está constituida por una serie ininterrumpida de actos afortunados, en tal caso puede decirse que había algo brillante en torno a él, una exquisita sensibilidad para captar las promesas de la vida, como si estuviera vinculado a una de esas complicadas máquinas que registran los terremotos a mil millas de distancia. Esta reacción tenía que ver con la blandengue impresionabilidad que ha sido dignificada bajo el nombre de «temperamento creador»; tenía un don extraordinario para saber esperar, una romántica presteza que jamás he hallado en otra persona, y que no es probable que vuelva a encontrar. No; en resumen, Gatsby resultó ser un hombre de una pieza; lo que le devoraba era el turbio polvo flotando en la estela de sus sueños, lo mismo que encerró temporalmente mi interés en las abortivas tristezas y cortas alegrías del género humano.

En esta ciudad del Medio Oeste, mi familia ha sido, durante tres generaciones, gente acomodada, de destacada posición social. Los Carraway formamos una Duke of Buccleuch armsespecie de «clan», y corre el rumor de que descendemos de los duques de Buccleuch, pero el verdadero fundador de mi familia fue un hermano de mi abuelo que llegó aquí el año 1851, envió un sustituto a la Guerra Civil e inició el negocio de ferretería la por mayor que mi padre dirige actualmente.

No conocí a este tío-abuelo, aunque se supone que me parezco a él, especialmente en el cuadro, más bien inexpresivo, que cuelga en el despacho de mi padre. Me gradué en New Haven en 1915, exactamente un cuarto de siglo después que mi padre, y, un poco más tarde, participé en esa aplazada emigración teutónica, conocida como la Gran Guerra. Disfruté tanto durante el contraataque, que regresé saturado de inquietud. En lugar del cálido centro del universo, el Medio Oeste me parecía ahora el andrajoso extremo del mundo, de modo que decidí marcharme al Este, con el afán de iniciarme en las actividades bolsísticas. Todos mis conocidos estaban metidos en la Bolsa, así es que supuse que los valores y las acciones serían capaces de mantener a un soltero más. Mis tíos discutieron sobre esto como si se tratara de elegirme un colegio preparatorio, y finalmente murmuraron: «Bueno… sí…», con rostro grave y titubeando ostensiblemente. Mi padre accedió a subvencionarme durante un año, y tras una serie de retrasos, en la primavera de 1921 me vine al Este, en la creencia de que mi estancia sería definitiva.

Lo práctico hubiera sido buscar alojamiento en la ciudad, pero la estación era muy calurosa y yo acababa de abandonar una tierra de grandes céspedes y amistosos árboles, así que, cuando un chico de la oficina me sugirió que alquilásemos una casita en una ciudad suburbana, la idea me pareció estupenda. Encontró la casa, un bungalow de cartón en el que se evidenciaban las huellas del viento y el sol y cuyo alquiler ascendía a ochenta dólares al mes, pero a última hora la Dirección trasladó a mi amigo a Washington, y me fui solo al campo.  Tenía un perro –por lo menos lo tuve durante unos pocos días antes de que se me escapara-, un viejo coche Dodge, y una mujer finesa que me hacía la cama, preparaba el desayuno y murmuraba máxima en finés, encima del fogón eléctrico.

Al principio me sentí muy solo, pero una buena mañana, un hombre, aún más recién llegado que yo, me paró en la carretera:

- Por favor, señor, ¿por dónde se va a la aldea de West Egg?- me preguntó con aire desvalido.

Se lo indiqué; y al verle seguir su camino, ya no me sentí solo: era un guía, un explorador, unos de los primeros colonos. Aquel hombre me había conferido, fortuitamente, la tranquilidad de pertenecer a la comunidad.

ReyMidasY así fue como, contemplando el sol y los grandes brotes de hojas que crecían en los árboles con la misma rapidez con que crecen todas las cosas en las películas, experimenté la familiar convicción de que, con el verano, la vida empezaba de nuevo.

Por otra parte, tenía mucho que leer y una inquebrantable salud que requería vigorizantes influencias de las expansiones naturales de la juventud. Me compré una docena de volúmenes sobre Banca, crédito e inversiones, que se alinearon en mi biblioteca en rojo y oro, semejantes a dinero recién fabricado por la Casa de la Moneda, prometiéndome revelarme los radiantes secretos conocidos por Midas, Morgan y Mecenas. Además, tenía la elevada intención de leer otros muchos libros; en la Universidad me incliné hacia lo intelectual; un año escribí una serie de solemnísimos y expresivos editoriales para el Yale News. Y ahora llevaría de nuevo a mi vida todas aquellas cosas, convirtiéndome, otra vez, en le más limitados de todos los especialistas «el hombre muy cultivado». Esto no pretende ser un epigrama; al fin y al cabo, desde una sola ventana se contempla la vida.

Por casualidad alquilé una casita en una de las más extrañas comunidades de Norteamérica. Fue en aquella esbelta y bulliciosa isla que se extiende exactamente al este de Nueva York, donde, entre otras curiosidades naturales, existen dos extrañas elevaciones de terreno. A veinte millas de la ciudad, un par de enormes huevos, idénticos en contorno, y solamente separados por una curvada bahía, sobresalen de la más domesticada masa de agua salada del hemisferio occidental: la enorme balsa de Long Island Sound. No es que sean perfectamente ovalados, sino que, como en el caso del huevo de Colón, ambos se hallan aplastados por la cumbre; sin embargo, su similitud material debe ser una fuente de perpetuo asombro para las gaviotas que vuelan por encima de ellos. Para los que carecen de alas, resulta más interesante el fenómeno de su total disparidad, forma y tamaño aparte.

West Egg estaba situado en el…, bueno, en el menos elegante de los dos, aunque ésta es una expresión demasiado superficial para describir el bizarro y no poco siniestro contraste entre ambos. Mi casa se hallaba en la misma punta del huevo, solo a cincuenta yardas de Sound, y encogida entre dos enormes mansiones que Long Island Eggsse alquilaban a doce o quince mil dólares por temporada. La de mi derecha era un colosal armatoste, cualquiera que fuese el punto de vista bajo el que se le considerase; una auténtica imitación de un Ayuntamiento de Normandía, con una torre a un lado, que brillaba, nuevecita, festoneada con una ligera barba de hiedra joven, complementado todo por una piscina de mármol y más de cuarenta acres de prado y piscina. Era el palacete de Gatsby, o, mejor dicho, como no conocía aún a Mr. Gatsby, era un palacete habitado por un caballero de ese nombre. Mi casa afeaba la perspectiva, pero tratándose de una pequeña birria, había sido pasada por alto, de manera que gozaba de vista al mar, vista parcial del prado de mi vecino, y la de la consoladora proximidad de millonarios, todo por ochenta dólares mensuales. los blancos palacetes del elegante East Egg brillaban a través de la bahía, alienados a lo largo de la orilla. La crónica de aquel verano se inicia la tarde en que fue a cenar con los Buchanan. Daisy era prima mía en segundo grado; a Tom le conocí en la Universidad; luego, al acabar la guerra, pasé un par de días con ellos en Chicago.

El marido de Daisy, entre diversas proezas físi­cas, había llegado a ser uno de los más vigorosos extremos que jugaran a fútbol en New Haven, una figura nacional en cierto modo, uno de esos hombres que a los veintiún años alcanzan una preponderancia tan ilimitada, que, a fin de cuentas, para ellos todo tiene un sabor de vacío. Su familia era enormemente rica; incluso en la Universidad, su prodigalidad con el dinero era algo que llamaba la atención, pero se marchó de Chicago y se dirigió al Este en un abrir y cerrar de ojos; de Lake Forest se trajo una serie de ponies para jugar al polo, y se me hacía difícil como un hombre de mi propia generación fuera lo suficientemente rico para hacer semejante exhibición.

Ignoro por qué vinieron al Este, Sin ninguna razón particular, estuvieron un año en Francia, luego flotaron de aquí para allá, desasosegadamente, por donde se jugaba al polo y todos eran ricos. Daisy me dijo telefónicamente que ahora se trataba de una estancia permanente, pero no lo creí; no lo podía leer en el corazón de Daisy; sin embargo, sabía que Tom iría siempre flotando, buscando, con algo de triste anhelo, la dramática turbulencia de un irrecuperable partido de fútbol.

Así fue como, una cálida y ventosa tarde, me dirigí a East Egg, a visitar a dos viejos amigos a quienes apenas conocía…

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