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El Buscón de Francisco de Quevedo.  Comienzo

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Pies de barro. Fragmentos.  de Terry Pratchett

Final de Imperiofobia y leyenda negra.
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Final de mperiofobia y leyenda negra. María Elvira Roca Barea

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Final de María Antonieta. Stefan Zweig

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Fragmentos de de La septima cruz. Anna Seghers.

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Cuento:La rosa de Paracelso de Jorge Luis Borges. Final.

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El extranjero. Albert Camus. Comienzo

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La sinagoga de los iconoclastas de J.Rodolfo Wilcook Clarín. Fragmentos.

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La conciencia de Zeno de Italo Svevo. Cuento.

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Fragmentos de libros. CIEN AÑOS DE SOLEDAD de Gabriel García Márquez Comienzo (I):

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CienAños800
Mural onírico (fragmento). Sabadell (Barcelona). img.: Luis Caamaño Jiménez

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondoera entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. «Las cosas tienen vida propia -pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima»...

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