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... Una rama de glicinas florecía por segunda vez en ese estío, y trepaba por un enrejado que se divisaba frente a la ventana: los gorriones llegaban y partían en bandadas, sin orden ni concierto, produciendo un rumor seco y polvoriento al levantar el vuelo. Frente a Quentin se hallaba la señorita Coldfield con su sempiterno glicinatraje de luto, que llevaba desde hacía cuarenta y tres años, aunque nadie sabía si era por su padre, hermana o no-marido; erecta y rígida, ocupaba una silla de duro asiento, tan alta para ella que sus piernas, sin llegar al suelo, pendían rectas y verticales como si los huesos de sus tobillos y pantorrillas estuvieses fundidos en hierro, lo que les daba el aire de rabia impotente que tienen los pies infantiles. Hablaba con voz áspera, huraña, asombrada, y al final toda atención cesaba, el poder auditivo se confundía a sí mismo y el objeto de su impotente pero indomable frustración –aunque había muerto años atrás- aparecía, como evocado por esa indignada recapitulación, sereno, distraído e inofensivo, brotando del polvo paciente, soñador y victorioso.

  Su voz no cesaba: se esfumaba. Allí estaba la penumbra suave, con un leve aroma mortuorio, dulzona por la presencia de las glicinas dos veces florecidas al contacto ardoroso y sereno del sol de septiembre sobre las paredes exteriores, destilado e hiperdestilado, y el sonoro y melancólico revolotear de los gorriones entre sus ramas, semejante al ruido de un palo flexible agitado sin tregua por algún chicuelo ocioso, y el aroma rancio de aquella avejentada carne AbsalonReveladode mujer, endurecida a través de una larga virginidad, mientras el huraño rostro desvaído lo contemplaba por encima del borroso triángulo de encajes que adornaban su garganta y sus muñecas, desde aquella silla demasiado alta que parecía un niño crucificado; y la voz no callaba, sino que se esfumaba, yendo y viniendo a largos intervalos como un hilo de agua que corriera de un bando de arena seca a otro, y el fantasma meditaba con incorpórea docilidad, como si fuera esa voz que él embrujaba donde otro más afortunado hubiera encontrado un hogar. Salía de un trueno silencioso y bruscamente (hombre-corcel-demonio), invadía la escena tranquila y convencional como una de esas acuarelas que premian en las exposiciones escolares; sus ropas, su cabello y barba olían ligeramente a azufre, y tra él se agrupaba su tropel de negros salvajes, fiera a medio domesticar a quienes se les enseño a caminar erectas como hombres, en actitudes salvajes y reposadas; en medio de ellos, maniatado, aquel arquitecto francés con su aire severo, huraño y andrajoso. El jinete permanecía inmóvil, barbado, mostrando las palmas de sus manos; detrás los negros salvajes y el arquitecto cautivo se apretujaban en silencio llevando en una paradoja incruenta las palas, picas y azadas de la conquista pacífica. Luego, en su largo no-asombro, Quentin vio como dominaban silenciosamente las cien millas cuadradas de tierra tranquila y atónita, cómo extraían de la Nada silenciosa, con violento esfuerzo, una casa y un parque, y loa arrojaban como cartas de una baraja sobre la mesa bajo la mirada del personaje pontifical de las palmas elevadas, para crear El Ciento de Sutpen, el «¡Hágase el Ciento de SutpenFamilySutpen!», como antiguamente se dijo «¡Hágase la luz!». Y su oído se reconciliaba, y le parecía escuchar a dos Quentins diferentes: el Quentin Compson que se preparaba para ir a Harvard, al Sur, a se inmenso sur, muerto desde 1865, poblado de fantasmas quejumbrosos, ofendidos, desconcertados; oyendo, obligado a oír, a uno de esos espectros que había tardado más que todos los otros en buscar su reposo y que le hablaba de rancios tiempos espectrales; y el Quentin Compson que era todavía demasiado joven para merecer convertirse en fantasma, pero forzado a serlo, ya que había nacido y se había educado en ese Sur inmenso, lo mismo que ella; los dos Quentins diferentes se hablaban en un largo silencio de no-gente, en un no-lenguaje semejante a éste: «Al parecer, este demonio se llamaba Sutpen (el coronel Sutpen). El coronel Sutpen. Que vino no se sabe de dónde y sin anunciarse, con una banda de negros vagabundos, e inició una plantación. (Se apoderó violentamente de una plantación según dice la señorita Rosa Coldfiel.) se apoderó violentamente de ella. Y se casó con su hermana Ellen y engendró una hija y un hijo ((Los engendró sin cariño, dice la señorita Rosa Coldfield.) Sin cariño. Ellos, que deberían haber sido su orgullo, el escudo y consuelo de su vejez, pero. (Pero ellos lo aniquilaron, o algo así; o fue él quien los destruyó a ellos, o algo así. Y murieron.) Murieron. Sin ser llorados por nadie, dice la señorita Rosa Coldfield, (Salvo por ella.) Sí, salvo por ella. (Y por Quentin Compson.) sí. Y por Quentin Compson

— Puesto que va usted a estudiar a la Universidad de Harvard, según me han dicho —dijo la señorita Coldfield—, me imagino que nunca volverá por aquí para instalarse en una ciudad insignificante como Jefferson, ya que los del Norte se han arreglado para que no quede aquí nada para los jóvenes. Quizá siga usted la carrera literaria, como lo hacen hoy en día tantas damas y caballeros del Sur, y puede ser que algún día recuerde usted esto y escriba algo acerca de ello. Supongo que ya estará casado para entonces, y cuando su mujer necesite un vestido nuevo o una silla, escriba usted algo de cuanto le he dicho y envíelo a las revistas. Quizá recuerde entonces con afecto a esta anciana que le obligó a pasarse toda una tarde encerrado y entre cuatro paredes, y a oírle hablar de personas y acontecimientos que usted tuvo la suerte de no conocer, cuando probablemente quería estar al aire libre, entre amigos de su edad.

—Sí, señora —repuso Quintín—. Pero no es eso lo que quiere decir, pensó. Lo que desea es que se sepa. 

Todavía era temprano en aquel momento. Aún tenía en el bolsillo la misiva que le había entregado poco antes del mediodía un negrito, con la invitación de visitarle: ruego ceremonioso, raro, que parecía más bien una orden, casi una llamada del otro mundo; aquella hoja extraña, arcaica de papel de esquila, cubierta por una escritura esmerada, marchita, trabajosa, en la cual —asombrado ante semejante ruego de una mujer que triplicaba su edad y a la que había conocido desde su infancia sin haber cambiado más de cien palabras con ella, o quizá por el hecho de no contar sino veinte años no había adivinado el temperamento frío, implacable y hasta cruel. Obedeció la orden inmediatamente después del almuerzo, y recorrió la media milla que separaba su casa de la de la señorita Coldfield a través del calor seco y polvoriento de comienzos de septiembre. Entró en la casa. También ella —despintada, turbia y de dos plantas— parecía más pequeña de lo que era; pero con un aire, un empaque de austera resistencia, como si ella, lo mismo que su ama, hubiese sido creada para un mundo más reducido del que actualmente la rodeaba. Allí, en la semioscuridad del cerrado vestíbulo, cuyo ambiente era más sofocante aún que el de la calle, como si hubieran quedado aprisionados en él como en un sepulcro todos los suspiros del lento tiempo tórrido transcurrido en esos cuarenta y cinco años, le esperaba, para invitarle a pasar adentro, la pequeña silueta vestida de negro que ni siquiera hacía crujir la seda de su traje, el desvaído triángulo de blonda en la garganta y alrededor de las muñecas, la borrosa cara que lo miraba con expresión reflexiva, atenta y suplicante.

Lo que ella quiere, pensó, es que se sepa, para que gentes que ella no verá jamás, cuyos nombres nunca llegarán a su oído, gentes que ni han oído su nombre ni han visto su rostro, lo lean y sepan por fin por qué permitió Dios que perdiésemos la guerra, sólo mediante la sangre de nuestros hombres y las lágrimas de nuestras mujeres pudo Él contener a ese demonio y borrar su recuerdo y su estirpe de la faz de la tierra...

...

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