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Fragmentos de libros. EL TERCER HOMBRE de Graham Green   Final II:

 

 

Editorial:   UnidadEditorial        Acceso/Volver a Final I de El tercer hombre: PasoCebraRatas177

 (Se muestra alguna información de las imágenes al sobreponer el ratón sobre ellas)
 La mayoría de las imágenes que complementan estos textos son fotogramas o afiches de la película  de 1949 The Third Man  de Carol Reed. 
 
Continúa Final, cap. 16 

...

... Cooler dijo:

«Ah, esa vieja historia. Me temo que está usted enfadado conmigo, señor Martins. Piénselo así: a usted, como ciudadano, su lealtad le obliga.»

«La policía ha desenterrado el cadáver. Están detrás de usted y de Winkler. Quiero que avise a Harry...»

«No entiendo.»

«Oh, sí, sí lo entiende.»

Y era evidente que era así. Martins se fue abruptamente. No quería seguir viendo aquel rostro bondadoso y humanitario.

DesentierroLo único que faltaba era poner cebo en la trampa. Después de estudiar el mapa del sistema de alcantarillado llegué a la conclusión que un café próximo a la entrada del canal principal, que como las demás estaba dentro de un quiosco de anuncios, era el lugar que resultaría más tentador para Lime. Lo único que tenía que hacer era subir una vez hasta la superficie, caminar cincuenta yardas, llevarse consigo a Martins y hundirse de nuevo en la oscuridad de las alcantarillas. No tenía ni idea de que conocíamos ese sistema de evasión: probablemente sabía que una patrulla de la policía de las alcantarillas terminaba antes de medianoche y la siguiente no comenzaba hasta las dos, así que a las doce Martins estaba sentado en un pequeño y frío local, a la vista del quiosco, bebiendo un café tras otro. Le había dejado un revólver; había apostado a varios hombres lo más cerca posible del quiosco y la policía de las alcantarillas estaba preparada para cerrar las bocas de acceso al llegar la hora cero y para comenzar a barrer la zona desde los límites de la ciudad. Pero lo que quería, si resultaba posible, era atraparle antes de que volviera a bajar. Eso significaría menos problemas y peligros para Martins. De manera que, como decía, allí estaba Martins sentado en el café.

FotogramaEltercerhombreVolvió a levantarse el viento, pero no traía nieve; venía helado desde el Danubio y, en la placita de hierba que había junto al café, levantaba la nieve como espuma en la cresta de una ola. No había calefacción en el café y Martins estaba sentado calentándose primero una mano, luego la otra, sobre la taza de sucedáneo de café; tomó innumerables tazas. Casi siempre uno de mis hombres estaba en el café con él, pero les relevaba cada veinte minutos o así, irregularmente. Pasó más de una hora. Martins había renunciado hacía rato a toda esperanza y yo también, allí donde esperaba junto a un teléfono, a varias calles de distancia, con un grupo de policías de las alcantarillas preparados para bajar si era necesario. Teníamos más suerte que Martins porque estábamos calientes con nuestras botas que nos llegaban hasta los muslos y nuestros chaquetones gruesos. Un hombre llevaba una lámpara, de un tamaño que era como la mitad de un faro de coche, atada con correas al pecho, y otro, un par de bengalas. Sonó el teléfono. Era Martins. Dijo:

«Estoy muerto de frío. Es la una y cuarto. ¿Para qué vamos a seguir?»

«No debería llamar. Debe seguir a la vista.»

«He tomado siete tazas de ese café espantoso. Mi estómago no aguantará mucho más.»

T3H Franc1«Si viene, no tardará mucho. No querrá encontrarse con la patrulla de las dos. Aguante otro cuarto de hora, pero no telefonee.»

La voz de Martins dijo repentinamente:

«¡Dios, está aquí! Está...»

Y luego se cortó el teléfono. Le dije a mi ayudante: «Dé orden de vigilar todas las bocas de acceso», y a mi policía de las alcantarillas: «Vamos a bajar.»

Lo que había ocurrido fue lo siguiente: Martins estaba todavía hablando por teléfono conmigo cuando Harry Lime entró en el café. No sé lo que oyó, si es que oyó algo. La simple visión de un hombre buscado por la policía y sin amigos en Viena hablando por teléfono fue suficiente para ponerle sobre aviso. Antes de que Martins colgara había vuelto a salir del café. Fue en uno de esos raros momentos en que ninguno de mis hombres estaba en el café. Uno acababa de marcharse y otro estaba en la acera a punto de entrar. Harry Lime le pasó rozando y se fue hacia el quiosco. Martins salió del café y vio a mi hombre. Si le hubiera avisado en aquel momento podía haber sido fácil alcanzarle con un disparo, pero supongo que no era Lime, el traficante de penicilina, el que escapaba calle abajo; era Harry. Martins vaciló el tiempo suficiente como para que Lime llegara hasta el quiosco; luego gritó: «Es él», pero Lime ya se había metido dentro.

QuartermainQué mundo tan extraño y desconocido para la mayoría de nosotros yace bajo nuestros pies: vivimos sobre una tierra cavernosa llena de cascadas y corrientes fluviales, donde las mareas suben y bajan como en el mundo de arriba. Si han leído las aventuras de Allan Quatermain y su descripción del viaje por el río subterráneo hasta la ciudad de Milosis, se pueden imaginar la escena de la última lucha de Lime. El canal principal, que es aproximadamente como la mitad del Támesis, corre bajo una enorme arcada, alimentado por corrientes tributarias: esas corrientes caen en cascada desde niveles más altos y son purificadas en su caída, así que sólo en los canales laterales el aire hiede. La corriente principal huele dulce y fresca con un ligero aroma a ozono y por todas partes, en la oscuridad, hay el sonido del agua que cae y fluye. Fue justamente después de la marea alta cuando Martins y el policía llegaron al río: primero la escalera metálica de caracol, luego un pequeño pasillo, tan bajo que tuvieron que ir agachados, y luego el borde poco profundo de las aguas que rozaban sus pies. Mi hombre iluminó con su linterna la orilla de la corriente y dijo: «Se ha ido por ahí», TTM Aficheporque al igual que una corriente profunda al descender deja en el borde una acumulación de desechos, así la alcantarilla deja en el agua quieta contra el muro los restos de cáscaras de naranja, viejos cartones de cigarrillos y cosas por el estilo, y en esos restos Lime había dejado su huella tan inequívocamente como si hubiera pasado por el barro. Mi policía dirigía la luz de su linterna hacia delante con la mano izquierda y con la derecha empuñaba una pistola. Le dijo a Martins: «Vaya detrás de mí, el hijo de puta puede disparar.»

«¿Entonces por qué diablos va usted delante?»

«Es mi trabajo, señor.»

El agua les llegó hasta la mitad de la pierna al caminar; el policía seguía iluminando con su linterna hacia abajo y hacia delante enfocando la pista de restos revueltos en el borde de la alcantarilla. Dijo:

«Lo estúpido es que el hijo de puta no tiene salida. Todas las bocas de acceso están vigiladas y hemos acordonado la entrada en la zona rusa. Todo lo que tienen que hacer ahora nuestros hombres es barrer hacia adentro los canales laterales desde las bocas de acceso.»

Sacó un silbato de su bolsillo y sopló, y desde muy lejos, de un lado y de otro, llegaron las notas de respuesta. Dijo:

TottenhamCourtRoad1950«Ahora están todos abajo. Me refiero a la policía de las alcantarillas. Conocen este sitio tan bien como yo Tottenham Court Road. Me gustaría que me viera ahora mi vieja», dijo, levantando la linterna un momento para iluminar el camino, y entonces llegó el disparo. La linterna saltó de su mano y cayó a la corriente. Dijo:

«¡Maldito hijo de puta!»

«¿Está usted herido?»

«Un rasguño en la mano, nada más. Una semana de permiso. Tenga, tome esta otra linterna, señor, mientras yo me vendo la mano. No la encienda. Está en uno de los pasillos laterales.»

Durante un largo rato siguió reverberando el sonido: cuando se extinguió el último eco sonó un silbato delante de ellos y el compañero de Martins silbó una respuesta.

Martins dijo:

«Es curioso, ni siquiera sé su nombre.»

«Bates, señor.»

Lanzó una risa sorda en la oscuridad.

«Ésta no es mi ronda habitual. ¿Conoce usted el Horsehoe, señor?»

«Sí.»

«¿Y el Duque de Grafton? »

«Sí.» 

«El mundo es un pañuelo.»

Martins dijo:

Fotog5«Déjeme ir delante. No creo que dispare sobre mí y quiero hablar con él.»

«Tengo órdenes de protegerle, señor. Cuidado.»

«No se preocupe.»

Pasó con cuidado a Bates, hundiéndose un pie más en la corriente. Cuando estuvo delante gritó, «Harry», y el nombre desencadenó un eco, «¡Harry, Harry, Harry!», que corrió sobre las aguas y provocó un amplio coro de silbidos en la oscuridad. Volvió a gritar:

«Harry. Sal de ahí. No tienes nada que hacer.»

Una voz asombrosamente cercana les hizo pegarse a la pared:

«Hombre, ¿eres tú? ¿Qué quieres que haga?»

«Sal. Y pon las manos sobre la cabeza.»

«No llevo linterna. No veo nada.»

«Tenga cuidado, señor», dijo Bates.

«Péguese a la pared. No me va a disparar», dijo Martins. Llamó:

«Harry, voy a encender la linterna. Juega limpio y sal de ahí. No te queda más remedio.»

Encendió la linterna, y a veinte pies de distancia, en el borde de la luz y el agua, se vio a Harry.

«Las manos sobre la cabeza, Harry

Harry levantó la mano y disparó. El disparo rebotó en la pared a un pie de la cabeza de Martins y se oyó gritar a Bates. Al mismo tiempo un reflector, a cincuenta yardas, iluminó todo el canal, atrapando a Harry con sus rayos, luego a Martins y después los ojos fijos de Bates, que estaba recostado al borde del agua con las lavazas de la alcantarilla por la cintura. Un cartón de cigarrillos vacío se le había metido en el sobaco y allí se quedó. Mi grupo llegó al escenario.

Fotograma4Martins estaba allí sobre el cuerpo de Bates, desconcertado, con Harry Lime entre él y nosotros. No nos atrevíamos a disparar por miedo de alcanzar a Martins y la luz del reflector deslumbraba a Lime. Seguimos avanzando con lentitud, con nuestros revólveres preparados, y Lime comenzó a removerse hacia un lado y otro como un conejo deslumbrado por los faros de un coche; luego, de repente, se lanzó corriendo por la profunda corriente central. Cuando le buscamos con el reflector ya se había sumergido y la corriente de la alcantarilla le arrastró rápidamente, más allá del cuerpo de Bates, fuera del alcance del reflector y hacia la oscuridad. ¿Qué hace que un hombre sin esperanzas se agarre a unos cuantos minutos más de existencia? ¿Es una cualidad buena o mala? No tengo ni idea.

Martins permaneció junto al rayo del reflector, mirando corriente abajo. Tenía el revólver en la mano y era el único de nosotros que podía disparar sin riesgo. Creí ver un movimiento y le grité:

«Ahí, ahí, dispare.»

TTM Afiche3Levantó el revólver y disparó, de la misma manera que lo había hecho en Brickworth Common hacía años al oír la misma orden, y también esta vez mal. Un grito de dolor, como una tela rasgándose, recorrió la caverna: un reproche, una súplica.

«Bien hecho», grité, y me detuve junto al cuerpo de Bates.

Estaba muerto. Sus ojos continuaron sin expresión cuando le enfocamos con el reflector; alguien se inclinó, sacó el cartón y lo tiró al río que se lo llevó entre sus remolinos... un trozo de Gol Flamee amarillo; ciertamente estaba muy lejos de Tottenham Court Road.

Levanté la vista y no vi a Martins en la oscuridad. Grité su nombre, que se perdió en una confusión de ecos, dentro del fluir y rugir del río subterráneo. Luego oí un tercer disparo. 

Martins me contó más tarde:

- Caminé corriente abajo para encontrar a Harry, pero con la oscuridad debí perderle. Tenía miedo de levantar la linterna; no quería tentarle a que volviera a disparar. Mi bala debió de alcanzarle justo en la entrada de un pasillo lateral. Luego, Fotograma2supongo que se fue arrastrando por el pasillo hasta el pie de la escalera metálica. Treinta pies por encima de su cabeza estaba la boca de acceso, pero no hubiera tenido fuerzas para subirla, y aunque lo hubiera conseguido la policía le estaba esperando arriba. Él debía de saber todo eso, pero sufría muchos dolores e igual que un animal que se arrastra a la oscuridad para morir, me imagino que un hombre va hacia la luz. Quiere morir en casa y la oscuridad nunca es nuestra casa. Comenzó a arrastrarse escaleras arriba, pero el dolor se apoderó de él y no pudo seguir. ¿Por qué silbó aquel absurdo fragmento de melodía que fui lo bastante tonto como para creer que había escrito él? ¿Quería llamar la atención, quería que estuviera un amigo con él, aunque fuera el amigo que le había atrapado, o deliraba y lo hacía sin ningún propósito? En cualquier caso, le oí silbar y volví por el borde de la corriente tanteando la pared hasta el final y pude subir por el corredor donde yacía. Dije «Harry», y el silbido se detuvo justo sobre mi cabeza. Puse mi mano en la barandilla de T3H Alemanhierro y subí. Aún tenía miedo de que me disparara. Luego, después de subir solo tres escalones, mi pie pisó su mano y allí estaba. Le iluminé con mi linterna: no llevaba pistola; se le debió de caer cuando le alcanzó mi bala. Por un momento creí que estaba muerto, pero luego gimió de dolor. Dije, «Harry», y con gran esfuerzo volvió sus ojos hacia mi rostro. «Maldito tonto», dijo, y eso fue todo. No sé si se refería a sí mismo, una especie de acto de contrición, por muy inadecuado que fuera (era católico), o me lo decía a mí, con mis mil libras anuales antes de pagar los impuestos y con mis imaginarios cuatreros, incapaz de matar limpiamente a un conejo. Luego comenzó a gemir de nuevo. No pude resistir más y le pequé un tiro.

-         Vamos a olvidar esa parte –le dije.

Martins respondió:

-         Nunca podré.

 fanart TV

17

Aquella noche comenzó el deshielo, y por toda Viena la nieve empezó a derretirse y volvieron a aparecer las feas ruinas; barras de hierro colgando como estalactitas y vigas oxidadas que asomaban como huesos a través del fango. Los entierros eran mucho más sencillos que una semana antes, cuando se necesitaban taladradoras eléctricas para romper el suelo helado. Era un día templado, como de primavera, cuando Harry Lime tuvo su segundo funeral. Me alegré de meterlo de nuevo bajo Viena1949tierra, pero aquello había costado la muerte de dos hombres. El grupo que había junto a la fosa era más reducido: faltaban Kurtz y Winkle y solo estábamos la muchacha, Rollo Martins y yo. Y no hubo lágrimas.

Cuando se terminó, la muchacha se marchó sin decirnos ni una palabra por la larga avenida flanqueada por árboles que conducía a la entrada principal y la parada del tranvía, chapoteando por la nieve fundida. Le dije a Martins:

-Tengo un vehículo. ¿Quiere que le lleve?

-No -.dijo-, cogeré el tranvía de vuelta.

-Usted ha ganado- Ha demostrado que soy un maldito tonto.

T3H 1-No he ganado –dijo-. He perdido.

Le vi alejarse a zancadas detrás de ella con su piernas demasiado largas. La alcanzó y caminaron junto. No creo que le dijera una palabra: fue como el final de una historia, salvo que antes de que giraran y se perdieran de vista la mano de ella cogió el brazo de él… que es como suelen comenzar las historias. Disparaba muy mal y conocía muy mal a la gente, pero se le daban bien las novelas del Oeste (el truco de la tensión) y las chicas (no sé que tendría). ¿Y Crabbin? Crabbin sigue discutiendo con el British Council sobre los gastos de Dexter. Dicen que no pueden presentar gastos simultáneos de Estocolmo y de Viena. Pobre Crabbin. Si lo piensa uno bien, pobres todos nosotros.

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