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Fragmentos de libros. EL ARCÁNGEL de Cristobal Ruiz Comienzo II:

 

Continúa                                                 Arriba Dedo   Acceso a Comienzo I de El Arcángel...

  

... Y sonrío.

- Ya estaba vieja, Samuel, no llores.

A Luciano le vive su madre, con lo cual no viene de enterrarla.

Tap, tap, tap.

Tus Hijos no te Olvidan.

Los hijos de puta de tus hijos, Samuel y Gabriel.

Una margarita y final.

La vieja, la dulce vieja. A los ochenta y cuatro años.

Ochenta y cuatro as al pie del cañón.

Ochenta y cuatro años al pie de sus queridas braguetas, fundas de cañón.

Este trago va por ti, madre. No bebas, hijo. Aunque no hubiera aprendido a beber, hoy me hago catedrático. No bebas, hijo. Una copa y otra copa y otra copa. Como un paisaje. No bebas, hijo. Cambio pinos del Canadá por copitas españolas. Mil copas de chichón sembradas en esta mesa y diciendo “o” al cielo como mil fantasmas pegajosos. Ahí viene el oso entre los pino. Va por ti este paisaje de cráneos abiertos. Van por ti estas copas y esta sonrisa de imbécil, a trineo parado.

- Vamos, Samuel

Brindo por tu cuerpecito muerto, madre, y es una patria desaparecida, una curiosidad geográfica descartada de las preguntas de los concursos. Un hueso ínfimo. Un músculo recóndito. De donde vengo. De donde venía. Brindo por ti.

- Eh, Samuel

MathauDicen que me parezco a Walter Matthau, el hombre que tenía la cara como una cama sin hacer.

Aunque mi cara es algo distinta.

La mía es una cuna sin hacer.

Una cuna sin hacer puede pasar por un trineo parado lleno de niños epilépticos muertos.

Soy retrasado mental.

Hijo de una zorra y un delfín, pero, básicamente, retrasado mental.

Dicho por todo el mundo.

Mis tics y mi forma de ser.

Básicamente, con el pelo blanco.

Y la cara, la foto policial de una cuna sin hacer.

Ochenta y cuatro años desenfundando cañones y dos hijos como dos soles en un planeta extraño.

Va por ti, madre.

- Qué mal perder tienes, Samuel

Me gustan las aceitunas con el anís. Aceitunas machacadas. Aceitunas aliñadas. Aceitunas con el cerebro reventado como cabezas de ciclista en la cuneta. Medio pelotón en el platito velódromo blanco.

Caen del olivo y se abre la cabeza contra el borde de un lebrillo lleno de agua.

Baurelio1Chof.

Anís y aceitunas.

Salud amarga, madre.

Y tu, plop.

Luego, tap, tap, tap.

Y sonrío.

Sonrío con el carrillo derecho hinchado por las aceitunas. Busco sus huesos con la lengua como quien busca desparecidos bajo una avalancha de blancura amarga y verde. Un filete de hígado mutante para buscar cuerpos sepultados. Vamos, mi lengua. Anda a por ellos, lengüita. ¿Dónde están? Busca, busca… Muertos ya duros. Gente de una pieza. La lengua mascota los devuelve a la luz uno por uno a través de uno de los agujeros practicados en mi cara, los huesos. Exposición de cadáveres en fila sobre la mesa. Meticuloso orden de los carozos.

Desenfúndame seis cañones, que vamos a hacer una salva de homenaje, madre.

Mastico toda esa amargura, la trago y sonrío.

Pumba.

ChinchonAceitunaBuchito de chinchón.

Llevo el anís al carrillo macerado y me lo refesca entre picores. Un cubito de hielo vuelve a hinchármelo.

Samuel, me estas poniendo enfermo, macho…

Pese a toda la competencia que llegó al Barrio de Santa Antonia, madre siguió haciendo las felaciones más baratas de la profesión hasta que dejó de ver lo que se metía en la boca.

La miopía te quitó de puta, madre.

Lo saben tus hijos y los sabes tú, Luciano.

Hace cuatro meses que el oculista del pueblo apenas vecino la retiró del oficio. Lo arisco de este pueblo le hace tener solo pueblos apenas vecinos, pero algo es algo, Zardueñas. Un pueblo apenas vecino en la punta de la nariz del último kilómetro que hace cincuenta, y, entre otras cosas de la civilización, un oculista, Wenceslao, bata blanca y vieja a punto de jubilarse, y feliz de reencontrarse con su primera puta en la vida. Entonces no tenía la bata todavía, Samuel. Lo que se ahorraba estudiando en la ciudad se lo gastaba aquí abajo como un desesperado, hijo. Tampoco es necesario que se señale usted la empresa, madre. No sé yo si esa hambre de mujer se la daban lo estudios o es que el Wenceslao siempre ha sido feo de dar vergüenza, Samuel, y no las encontraba sin media dinero. Un poco más feo y habría teneido que meterse a farero o guardabosques, y ahí ya se habría apañado con jibias o con piñas, no con nosotras. Para mi que esa afición suya a andar entre cegatos le viene de lo mismo. Los culos de vaso no distinguen que tiene una oreja más alta que la otra, y las aletas de la nariz con el mimo peralte. Fíjate bien, que ti, miope como eres, tienes mejor la vista que yo. A Wenceslao, la afición a las putas le viene de no querer molestar. Más bien de pagar por las molestias, creo yo. Por ser feo y por ser soso. Le ponías un cucurucho de nochevieja en la cabeza y enseguida lo veías en blanco y negro, de sosísimo que era este hombre.

- Y no me gustan nada esos temblores, Carmencita –apuntó.

Salimos de allí con unas ganas tremendas de no haber estado y con la receta para unas gafas de “cerca”, felaciones, y otra para gafas de “lejos”, posibles clientes.

Madre, unos raros movimientos de cabeza; yo, mi tics de siempre.

- ¿Quién era ese?

- Wenceslao, el oculista, madre.

- ¿Qué nos ha dicho?

- Que a partir de ahora, solo hombres grandes. Vamos a comernos unos pasteles, ¿quieres? Y compramos huevos de chocolate.

- Lo que tú digas, Gabriel.

- Gabriel está en Madrid, madre.

- Veo perfectamente.

La foto que nos hicimos días después pare renovar el carnet de putal limpia con las de Friné salió tan movida que parece hecha desde una moto.

En una calle con muchos baches, madre.

No lo pensé más y la llevé al Sagrado Corazón.

En el Comarcal le habrían dado un peine y un número para la rifa de la bombona de oxígeno con sabor a fresa. Estás estupenda, Carmen. A tu edad y esos reflejos. Qué agilidad temblando.

En el Sagrado Corazón fue distinto.

Y peor.

Parkinson. Alzheimer, tumor cerebral y adenocarcinoma, mientras ella sonreía porque estaba conociendo gente nueva y borrosa.

- ¿Es usted el hijo?

- Soy el hijo.

- ¿Ningún otro familiar?

- O pariente.

- Eso, cualquier familiar o pariente…

- Mi hermano Gabriel.

- Bien… ¿Es…?

- No, Él es normal… Bueno, tampoco normal… Pero no es como yo.

- Es suficiente con que no… En fin. ¿Podemos hablar con su hermano?

- Llevamos dos años sin saber de él. Está en Madrid.

- Vaya… ¿Se hace usted cargo de su madre, entonces?

- Es mi madre.

Los médicos se miraban. Ninguno se atrevía a estampar su firma de mierda en aquella carpeta. Estaban deante de una vieja prostituta deshaciada y de su ijo retrasado, peluquero de hospital, según él mismo, y en perfecto esta mental de retrasado con habilidades. Vaya usted a saber.

De haberla ingresado en el Comarcal también me la habría devuelto a casa, irreparable, pero al menos nos ahorramos esas miradas, madre.

Luciano vigila mis manos sobre el servilletero.

Una madre muerta me da licencia para sacar más sevilletas del papel de las que suele consentirme. Una, dos, tres…

Esperanza, tres meses de vida. Desesperanza, el mismo tiempo.

ElRedactorDeGuardia
Imagen procedente del blog del autor, Cristobal Ruiz:   http://lowon.blogspot.com/

Con dibujos animados más, me dije yo, pero sospeché que no cumplirías los noventa con una polla en la boca, como era tu sueño de puta jovial, madre.

- La vara de los gemidos. Los hombres son solo eso cuando se abandonan. Un cañoncito que te apunta siempre a los mismos sitios. Prefiera tenerlo yo dentro de la boca a que le haga daño a cualquier niña por esos mundo. Ojalá me muriera así,.

- ¿Y si te da un espasmo en la mandíbula?

- Pues lo entierran conmigo… O se la deja, como se dejan el rabo las lagartijas.

Puta jovial.

Los ojos preocupados de Luciano y las miradas de los médicos en nosotros, madre.

- ¿Qué nos han dicho, Samuel?

- Que nos vayamos a casa.

- Claro, claro.

Una ambulancia con reojos de camillero, y para el pueblo.

 Weissmuller       Ilya glazunov Raskolnikov

 Los últimos cuatro meses los pasó en casa, conmigo, aunque lo mismo le habría dado estar con Johnny Weissmuller o con Raskolnikov, porque ya no reconocía. Salvo unos analgésico fortísimo que le ampliaba la sonrisa, no necesitaba otro medicamento que sopas de pollo que yo le preparaba y una llave inglesa por las mañanas. No para ella. Para la camota. Su camota roja. Con todo lo que había aguantado esa cama… Yo apretaba las tuercas de las patas cada mañana y la miraba temblar contenta, feliz, loca sin saberlo y sin sentirse los meos ni apreciar los dibujos animados con que la estuve queriendo día tras día en aquel traqueteo de huesos que desenroscaba la bombilla de noche, aquel flamear de los abandonados pellejos que un día nos envolvieron a Gabriel y a mí, mientras los colores y las formas sucedían en la pantalla de la tele no para sus ojos sino para su sonrisa sin márgenes…

Llave inglesa todas las mañanas, y ni una sola palabra.

Después de tantos amantes y de tantas camas, de tantas pensiones en los pueblos apenas vecinos acostándose con finales de mes, con vacas recién vendidas, con tractores nuevos, con peonadas, con huertos al peso, madre, a ni saberte enferma y ninguneada, con su triste coñito envuelto en pañales y salpicaduras de baba sobre una almohada desierta, tu cabeza callada el matorral enano.

La vieja.

A los dos años de largarte tú a Madrid, Gabriel, se nos desputó madre, mira. Esa alegría te perdiste, por caprichoso, hijo de puta. No conseguimos quitarla nosotros y lo hacen unos tumores y unos virus, que ni son hijos de puta ni nada, fijo, aunque peores hijos de puta que tú y que yo juntos, también seguro.

Porque tú y yo, sí somos hijos de puta, lo somos por precedencia y de natural, no por alegoría ni por maldad. Hijos de puta a mucha honra y no como los mentados así, los arrebatados de continuo por la mala leche.

Hijo de puta cabales.

ServilletaBailarina- ¿Quieres dejarme las servilletas, Samuel, jodido?

- La eternidad a la mierda.

- Exactamente. ¿Te crees que las regalan?

Vejez fulminante, como un fusilamiento de los años apretándose todos para partirla por la mitad en un santiamén. Se ve que el oficio le tenía el alma y el cerebro hechos papilla… Cuánto daño por descuidar los dentros, puede hacer el maquillaje, Gabriel.

- ¡Mira cómo me estás poniendo el suelo! ¿Hay elecciones otra vez? ¿Verdad que no? Pues deja las putas servilletas, hostia…

Vivió cuatro meses, gracias a los dibujos animados.

Si hubiera tenido más películas, quizá estaría viva todavía. Puede que con algo más de Walt Disney, el fascista de bombón helado.

El cubito de hielo se parte en granizo bajo la presión de mis muelas. Es como masticar el cráneo de Amundsen. Jíbaros en los polos.

Ayer supe que estaba muerta bajo las sábanas, enroscada como un perrilla, porque las tuercas de la cama estaban todavía prietas, y era que es noche había temblado poco o nada, la pobre.

- No tienes remedio, Samuel… O a lo mejor es que nos llevas vacilando a todos en el pueblo desde que naciste. ¿Me estás oyendo?

Llamé a don Tobías sin atreverme a comprobarlo por mí mismo. El viejo tonto llegó a las dos horas y apestando a vino, porque sabía.

Traía una botella de chinchón para mí y el certificado de defunción de madre listo para la firma. Ventajas de tener un médico de toda la vida en la familia. La de veces que nos la raspó. La de litros de penicilina que hizo llover en ese montecillo de Venus de la vieja, Gabriel. Y luego, con el sida, la de condones regalados que que insistía e insistía, el sabio de los cojones.

Buena gente.

Levantó la sábana, le toco el cuello con sus dedazos de nicotina y carraspeó. Luego me miró.

- Se acabó, Samuel.

- Traigo vasos.

Don Tobías se quedó allí, plantado, seco. Nuestro médico cascarrabias por primera vez sin consejos. El hombre que tiene una enfermería de plaza de toros en la cabeza.

El hombre que te mira los toros de los alrededores cuando ya te ha cogido uno.

El médico profiláctico.

Más libros de Baroja que manuales de primeros auxilios.

Hasta que no nos bajamos media botella no me enteré de que me había quedado solo de verdad, Gabriel.

Y me abracé a don Tobías llorando chorros.

Él también lloraba. Imagínate el espectáculo.

- ¿Qué vas a hacer ahora, Samuel? –me preguntó, sorbiendose los mocos, más borracho de pena que de anís.

- Enterrarla.

- A ver su es que te has hecho un hombre, a la vejez.

- Ya para qué.

Luciano me quita el servilletero de un manotazo, ahorradas las palabras.

Ahorradas las dos, tres servilletas que quedan. Ya para qué, Luciano.

La he enterrado esta mañana con el seguro de vida que nos hicimos en la Asociación Friné, Gabriel.

En tierra santa y a más de dos metros, como ella siempre decía, para que los niños no le jugaran a la pelota encima.

CarmenVelay

Doña Fuencisla no deja que nadie juegue a la pelota en el cementerio, madre, aunque tratándose de ti, y con lo que te odia, es capaz de organizar un partido de casados contra puteros, Por eso los dos metros de profundidad.

En la lápida no pude explayarme, Gabriel. Con las prisas había que limitarse a la inscripción básica que cubría el seguro. Inscripción básica: pan, madre, tierra.

Carmen Velay Ramos, 1920-2004”.

“Tus hijos no te olvidan”.

Los hijos de puta de tus hijos, Samuel y Gabriel

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