UN BUEN LIBRO PARA LEER: MEMORIAS DE ADRIANO (1951)

MemoriasdeAdriano      

    Marguerite Yourcenar. Bélgica-Francia-EEUU

    Editorial:   Salvat.     
   

     Traducción: Julio Cortázar.    

                              

    

   

Fragmentos de libros:

 

... la palabra escrita me enseñó a escuchar la voz humana, un poco como las grandes actitudes inmóviles de las estatuas me enseñaron a apreciar los gestos. En cambio, y posteriormente, la vida me aclaró lo libros.

Pero los escritores mienten, aun los más sinceros. Los menos hábiles, carentes de palabras y frases capaces de encerrarla, retienen una imagen pobre y chata de la vida; algunos, como Lucano, la cargan y abruman con una dignidad que no posee. Otros como Petronio, la aligeran, la convierten en una pelota hueca que rebota, fácil de recibir y lanzar en un universo sin peso. Los poetas nos transportan a un mundo más vasto o más hermoso, más ardiente o más dulce que el que nos ha sido dado, diferente de él y casi inhabitable en la práctica. Para estudiarla en toda su pureza, los filósofos hacen sufrir a la realidad casi las mismas transformaciones que el fuego o el mortero hacen sufrir a los cuerpos; en esos cristales o en esas cenizas nada parece subsistir de un ser o de un hecho tales como los conocimos. Los historiadores nos proponen sistemas demasiado completos del pasado, series de causas y efectos harto exactas y claras como materia muerta, y sé que aun a Plutarco se le escapará siempre Alejandro. Los narradores, los autores de fábulas milesias, hacen como los carniceros, exponen en su tabanco pedacitos de carne que las moscas aprecian. Mucho me costaría vivir en un mundo son libros, pero la realidad no está en ellos, puesto que no cabe entera.

 

VARIUS MULIPLEX MULTIFORMIS      

La ficción oficial quiere que un emperador romano nazca en Roma, pero nací en Itálica; más tarde habría de superpone muchas otras regiones del mundo a aquel pequeño país pedregoso. La ficción tiene su lado bueno, prueba que las decisiones del espíritu y la voluntad priman sobre las circunstancias. El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros. Y, en menor grado, las escuelas.

A pesar de las leyendas que me rodean, he amado muy poco la juventud, y la mía menos que ninguna otra. Consideraba en sí misma, esa juventud tan alabada se me presenta la mayoría de las veces como una época mal desbastada de la existencia, un periodo opaco e informe, huyente y frágil. De más está decir que en esta regla he hallado cierto número de excepciones deliciosas, y dos o tres admirables entre las cuales tú, Marco, has sido la más pura. Por lo que a mí se refiere, a los veinte años era poco más o menos lo que soy ahora, pero sin consistencia. No todo en mi era malo, pero podía llegar a serlo: lo bueno o lo excelente apuntalaban lo peor…

No desprecio a los hombres. Si así fuera no tendría ningún derecho, ninguna razón para tratar de gobernarlos. Los sé vanos, ignorantes, ávidos, inquietos, capaces de cualquier cosa para triunfar, para hacerse valer, incluso ante sus propios ojos o simplemente para evitar sufrir. Lo sé: soy como ellos, al menos por momento o hubiera podido serlo. Entre el prójimo y yo las diferencias que percibo son demasiado desdeñables como para que cuenten en la suma final. Me esfuerzo para que mi actitud esté tan lejos de la fría superioridad del filósofo como de la arrogancia del César. Los hombres más opacos emiten algún resplandor: este asesino toca bien la flauta, ese contramaestre que desgarra a latigazos la espalda de los esclavos es quizá un buen hijo, ese idiota compartiría conmigo su último mendrugo. Y pocos hay que no puedan enseñarnos alguna cosa.

Aquellos ensueños extraños, que hoy llegan a aterrarme, no diferían tanto de las teorías de Heráclito sobre la identidad del arco y del blanco. En aquel entonces me ayudaban a tolerar la vida. La victoria y la derrota se mezclaban, confundidas, rayos diferentes de la misma luz solar. Aqullos infantes dacios que pisoteaban los cascos de mi caballo, aquellos jinetes sármatas abatidos más tarde en encuentros cuerpo a cuerpo donde nuestras cabalgaduras encabritadas se mordía en pleno pecho, a todos podía yo herirlos más fácilmente por cuanto me identificaba con ellos. Abandonado en un campo de batalla, mi cuerpo despojado de sus ropas no hubiera sido tan distinto de los suyos. El choque de la última estocada hubiera sido el mismo. Te confieso así pensamientos extraordinarios, que se cuentan entre los más secretos de mi vida, y una extraña embriaguez que jamás he vuelto a encontrar exactamente bajo esa forma.

 

TELLUS STABILITA                              

… El Senado, ese vasto cuerpo débil, pero que se volvía poderoso apenas se sentía perseguido, no olvidaría nunca que cuatro hombres salidos de sus filas habían sido ejecutados sumariamente por orden mía; tres intrigantes y una bestia feroz pasarían por mártires. Ordené a Atiano que se me reuniera en Bríndisi, para darme cuenta de sus actos.  Me esperaba a dos pasos del puerto, en una de las habitaciones del albergue que miraba hacia el oriente, y donde antaño había muerto Virgilio. Se asomó cojeando al umbral para recibirme; sufría de una crisis de gota. Tan pronto quedamos solos, estallé en reproches. Un reino que deseaba moderado, ejemplar, comenzaba por cuatro ejecuciones, de las cuales sólo una era indispensable; con peligrosa negligencia, se las había cumplido sin rodearías de formas legales. Aquel abuso de fuerza me sería tanto más reprochado cuanto que traería en el futuro de ser clemente, escrupuloso o justo; solo emplearía para probar que mis supuestas virtudes no pasaban de una serie de máscaras y para fabricarme una leyenda de tirano que quizá habría de seguirme hasta el fin de la historia. Confesé mis temores: no me sentía más exento de crueldad que de cualquier otra tara humana; aceptaba el lugar común según el cual el crimen llama al crimen y la imagen del animal que ha conocido el sabor de la sangre. Un antiguo amigo cuya lealtad me había parecido segura, se emancipaba aprovechándose de las debilidades que había creído notar en mi; so pretexto de servirme, se las había arreglado para liquidar una cuestión personal con Nigrino y Palma. Comprometía mi obra de pacificación; me preparaba el más negro de los retornos a Roma.  El anciano pidió permiso para sentarse, y apoyó en un taburete su pierna vendada. Mientras le hablaba, cubrí con una manta su pie enfermo. Me escuchaba con la sonrisa de un gramático que observa cómo su alumno sale del paso en un recitado difícil. Al terminal, me preguntó tranquilamente qué había pensado hacer con los enemigos del régimen. Si era necesario, se probaría que los cuatro hombres habían tramado mi muerte; en todo caso tenían interés en ella. Todo paso de un reino a otro entraña esas operaciones de limpieza; él se había encargado de ésta para dejarme las manos libres. Si la opinión pública reclamaba una víctima, nada más sencillo que quitarle su cargo de prefecto del pretorio. Había previsto esa medida y me aconsejaba tomarla. Y si se necesitaba todavía más para tranquilizar al Senado, estaría de acuerdo en que yo llegara hasta el confinamiento o el exilio.

Humanitas, Felicitas, Libertas: no he inventado estas bellas palabras que aparecen en las monedas de mi reinado. Cualquier filósofo griego, casi todos los romanos cultivados, se proponen la misma imagen del mundo. Frente a una ley injusta por demasiado rigurosa, he oído gritar a Trajano que su ejecución ya no respondía al espíritu de la época. Pero tal vez sería yo el primero que subordinara conscientemente mis actos a ese espíritu de la época, haciendo de él otra cosa que el sueño nebuloso de un filósofo o la vaga aspiración de un buen príncipe. Y daba gracias a los dioses por haberme dejado vivir en una época en la que mi tarea consistía en reorganizar prudentemente un mundo, y no en extraer del caos una materia aún informe, o en tenderme sobre un cadáver para tratar de resucitarlo. Me congratulaba de que nuestro pasado fuese lo bastante amplio para proporcionarnos ejemplos, sin aplastarnos con un exceso de peso; de que el desarrollo de nuestras técnicas hubiera llegado al punto de facilitar la higiene de las ciudades y la prosperidad de los pueblos, sin exceder de la medida y abrumar a los hombres con adquisiciones inútiles; y de que nuestras artes, árboles fatigados ya por la abundancia de sus dones, fueran todavía capaces de dar algunos frutos deliciosos. Me alegraba de que nuestras vagas y venerables religiones, decantadas de toda intransigencia o de todo rito salvaje, nos asociaran misteriosamente a los más antiguos sueños del hombre y de la tierra, pero sin vedamos una explicación laica de los hechos, una visión racional de la conducta humana. Me placía, por fin, que aquellas palabras de Humanidad, Libertad y Felicidad no hubieran sido todavía devaluadas por un exceso de aplicaciones ridículas. 

En España, cerca de Tarragona, un día que visitaba solo una mina semiabandonada, un esclavo cuya larga vida había transcurrido casi por completo en los corredores subterráneos, se lanzó sobre mí armado de un cuchillo. Muy lógicamente, se vengaba en el emperador de sus cuarenta y tres años de servidumbre. Lo desarmé fácilmente, y lo entregué a mi médico; su furor se calmó, y acabó convirtiéndose en lo que verdaderamente era: un ser no menos sensato que los demás, y más fiel que muchos. Aquel culpable, que la ley salvajemente aplicada hubiera mandado ejecutar de inmediato, se convirtió para mí en un servidor útil. Casi todos los hombres se parecen a ese esclavo, viven demasiado sometidos, y sus largos períodos de embotamiento se ven interrumpidos por sublevaciones tan brutales como inútiles. Quería yo ver si una libertad bien entendida no sacaría mejor partido de ellos, y me asombra que una experiencia semejante no haya tentado a más príncipes. Aquel bárbaro condenado a trabajar en las minas se convirtió para mí en el emblema de todos nuestros esclavos, de todos nuestros bárbaros. No me parecía imposible tratarlos como había tratado a ese hombre, devolverlos inofensivos a fuerza de bondad, siempre y cuando comprendieran previamente que la mano que los desarmaba era firme. Los pueblos han perecido hasta ahora por falta de generosidad: Esparta hubiera sobrevivido más tiempo de haber interesado a los ilotas en su supervivencia; un buen día Atlas deja de sostener el peso del cielo y su rebelión conmueve la tierra.

Trahit suaquemque voluptas. A cada uno su senda; y también su meta, su ambición si se quiere, su gusto más secreto y su más claro ideal. El mío estaba encerrado en la palabra belleza, tan difícil de definir a pesar de todas las evidencias de los sentidos y los ojos. Me sentía responsable de la belleza del mundo. Quería que las ciudades fueran espléndidas, ventiladas, regadas por aguas límpidas, pobladas por seres humanos cuyo cuerpo no se viera estropeado por las marcas de la miseria o la servidumbre, ni por la hinchazón de una riqueza grosera; quería que los colegiales recitaran con voz justa las lecciones de un buen saber; que las mujeres, en sus hogares, se movieran con dignidad maternal, con una calma llena de fuerza; que los jóvenes asistentes a los gimnasios no ignoraran los juegos ni las artes; que los huertos dieran los más hermosos frutos y los campos las cosechas más ricas. Quería que a todos llegara la inmensa majestad de la paz romana, insensible y presente como la música del cielo en marcha; que el viajero más humilde pudiera errar en un país, de un continente al otro, sin formalidades vejatorias, sin peligros, por doquiera seguro de un mínimo de legalidad y de cultura; que nuestros soldados continuaran su eterna danza pírrica en las fronteras; que todo funcionara sin inconvenientes, los talleres y los templos; que en el mar se trazara la estela de hermosos navíos y que frecuentaran las rutas numerosos vehículos; quería que, en un mundo bien ordenado, los filósofos tuvieran su lugar y también lo tuvieran los bailarines. Este ideal, modesto al fin y al cabo, podría llegan a cumplirse silos hombres pusieran a su servicio parte de la energía que gastan en trabajos estúpidos o feroces; una feliz oportunidad me ha permitido realizarlo parcialmente en este último cuarto de siglo.

 

SAECVLUM AVREVM                          

… A partir de entonces me acompañó en todos mis viajes, y comenzaron algunos años fabulosos. 

Antínoo era griego; remonté en los recuerdos de aquella familia antigua y oscura, hasta la época de los primeros colonos arcadios a orillas de la Propóntida. Pero en aquella sangre algo acre el Asia había producido el efecto de la gota de miel que altera y perfuma un vino puro.

El primer día del mes de Atir, el segundo año de la CCXXVI Olimpíada... era el aniversario de la muerte de Osiris, dios de las agonías; a lo largo del río, agudas lamentaciones resonaban desde hacia tres días en todas las aldeas. Mis huéspedes romanos, menos habituados que yo a los misterios de Oriente, mostraban cierta curiosidad por esas ceremonias de una raza diferente. A mi me fatigaban. Había hecho amarrar mi barca a cierta distancia de las otras, lejos de todo lugar habitado. Pero un templo faraónico semi abandonado alzábase cerca de la ribera, y como conservaba aún su colegio de sacerdotes, no pude escapar del todo al resonar de las lamentaciones.  La noche anterior Lucio me había invitado a cenar en su barca. Me hice trasladar a ella a la caída del sol. Antínoo se negó a seguirme. Lo dejé en mi cabina de popa, tendido sobre su piel de león, ocupado en jugar a los dados con Chabrias. Media hora más tarde, ya cerraba la noche, cambió de parecer y mandó llamar una canoa. Ayudado por un solo remero, recorrió contra la corriente la distancia bastante considerable que nos separaba de las otras barcas. Su entrada en la tienda donde tenía lugar la cena interrumpió los aplausos provocados por las contorsiones de una bailarina. Llevaba una larga vestidura siria, tenue como la gasa, sembrada de flores y de quimeras. Para remar con más soltura había dejado caer la manga derecha; el sudor temblaba en aquel pecho liso. Lucio le lanzó una guirnalda que él atrapó al vuelo; su alegría casi estridente no cesó un solo instante, sostenida apenas por una copa de vino griego. Regresamos juntos con mi canoa de seis remeros, acompañados desde lo alto por la despedida mordaz de Lucio. La salvaje alegría continuó. Pero de mañana toqué por casualidad un rostro empapado en lágrimas. Le pregunté con impaciencia por qué lloraba; contestó humildemente, excusándose por la fatiga. Acepté aquella mentira y volví a dormirme. Su verdadera agonía se cumplió en ese lecho, junto a mí.

 

DISCIPLINA AUGUSTA                                 

Ya lo he dicho: nada de todo eso era irreparable, pero si lo eran el odio, el desprecio reciproco, el rencor. En principio el judaísmo ocupa su lugar entre las religiones del imperio; de hecho, Israel se niega desde hace siglos a no ser sino un pueblo entre los pueblos, poseedor de un dios entre los dioses. Los más salvajes dacios no ignoran que su Zalmoxis se llama Júpiter en Roma; el Baal púnico del monte Casio ha sido identificado sin trabajo con el Padre que sostiene en su mano a la Victoria, y del cual ha nacido la Sabiduría; los egipcios, tan orgullosos sin embargo de sus fábulas diez veces seculares, consienten ver en Osiris a un Baco cargado de atributos fúnebres; el áspero Mitra se sabe hermano de Apolo. Ningún pueblo, salvo Israel, tiene la arrogancia de encerrar toda la verdad en los estrechos límites de una sola concepción divina, insultando así la multiplicidad del Dios que todo lo contiene; ningún otro dios ha inspirado a sus adoradores el desprecio y el odio hacia los que ruegan en altares diferentes. Por eso, más que nunca, quena hacer de Jerusalén una ciudad como las demás, donde diversas razas y diversos cultos pudieran existir pacíficamente; olvidaba que en todo combate entre el fanatismo y el sentido común, pocas veces logra este último imponerse. La apertura de las escuelas donde se enseñaban las letras griegas escandalizó al clero de la antigua ciudad.

Un aventurero surgido de la hez del pueblo, un tal Simeón, que se hacía llamar Bar-Koshba, Hijo de la Estrella, desempeñó en la revuelta el papel de tea inflamada o de espejo incendiario. Sólo puedo juzgar a dicho Simeón por lo que de él se decía; sólo lo vi una vez cara a cara, el día en que un centurión me trajo su cabeza cortada. Pero estoy pronto a reconocerle esa chispa genial que siempre se requiere para ascender tan pronto y tan alto en los destinos públicos; nadie se impone en esa forma si no posee por lo menos cierta habilidad. Los judíos moderados fueron los primeros en acusar al pretendido Hijo de la Estrella de trapacería e impostura; por mi parte creo que aquel espíritu inculto era de los que se dejan atrapar por sus propias mentiras, y que el fanatismo corría en él parejo con la astucia. Simeón se hizo pasar por el héroe que el pueblo judío espera desde hace siglos para saciar sus ambiciones y sus odios; aquel demagogo se proclamó Mesías y el rey de Israel. El viejo Akiba, que había perdido la cabeza, paseó al aventurero por las calles de Jerusalén, llevando a su caballo de la rienda.

Natura deficit, fortuna mutatur, deus omnia cernit. La naturaleza nos traiciona, la fortuna cambia, un dios mira las cosas desde lo alto. Atormentaba con los dedos el engarce de un anillo en el cual, cierto día de amargura, había hecho grabar aquellas tristes palabras. Iba aún más allá en el desencanto y quizás en la blasfemia, y terminaba por encontrar natural, si no justo, que tuviéramos que perecer.

 

PATIENTIA                                                         

Dejo caer sobre mis rodillas el voluminoso informe del gobernador de la Armenia Menor y jefe de la escuadra. Como siempre, Arriano ha trabajado bien. Pero esta vez ha hecho más: me ofrece un don necesario para morir en paz, me devuelve la imagen de mi vida tal como yo hubiera querido que fuese. Arriano sabe que lo que verdaderamente cuenta es lo que no figurará en las biografías oficiales, lo que no se inscribe en las tumbas; sabe también que el transcurso del tiempo no hace sino agregar un vértigo más a la desdicha. Vista por él, la aventura de mi existencia asume un sentido, se organiza como en un poema; el afecto incomparable se desprende del remordimiento, de la impaciencia, de las tristes manías, como de otras tantas cenizas: el dolor se decanta, la desesperación se purifica. Arriano me abre el profundo empíreo de los héroes y los amigos, y no me cree demasiado indigno de él. Mi aposento secreto en el centro de un estanque de la Villa no es un refugio bastante interior; arrastro hasta él mi cuerpo envejecido y sufro.

Hace años, di mi permiso al filósofo Eufrates para que se suicidara. Nada parecía más simple; un hombre tiene el derecho de decidir en qué momento su vida cesa de ser útil. Yo no sabía entonces que la muerte puede convertirse en el objeto de un ciego ardor, de una avidez semejante al amor.

Estaba de acuerdo en morir; pero no en asfixiarme; la enfermedad nos hace sentir repugnancia de la muerte, y queremos sanar, lo que es una manera de querer vivir. Pero la debilidad, el sufrimiento, mil miserias corporales, no tardan en privar al enfermo del ánimo para remontar la pendiente; pronto rechazamos esos respiros que son otras tantas trampas, esas fuerzas flaqueantes, esos ardores quebrados, esa perpetua espera de la próxima crisis. Me espiaba a mí mismo: ese sordo dolor en el pecho, ¿sería un malestar pasajero, el efecto de una comida apresurada, o bien el enemigo se preparaba a un asalto que esta vez no sería rechazado? Jamás entraba al Senado sin decirme que quizá la puerta se cerraba a mi espalda tan definitivamente como si, al igual que César, cincuenta conjurados me esperaran armados de puñales. Durante los banquetes en Tíbur, temía inferir a mis huéspedes la descortesía de una súbita partida; me aterraba la idea de morir en el baño, o en brazos de un cuerpo joven. Funciones que antaño resultaban fáciles y hasta agradables, llegan a ser humillantes cuando se las cumple con dificultad; nos cansamos del vaso de plata cuyo contenido examina el médico todas las mañanas. El mal principal va acompañado de un cortejo de afecciones secundarias. Mi oído no es tan agudo como antes; ayer, sin ir más lejos, me vi obligado a rogar a Flegón que repitiera una frase, y me sentí más avergonzado de eso que de un crimen.

Como en tiempos de mi felicidad, siguen creyéndome un dios, y persisten en darme ese título aun en momento en que ofrecen sacrificios al cielo para el restablecimiento de la Salud Augusta. Te he dicho ya por qué esa creencia tan beneficiosa no me parece descabellada. Una vieja ciega ha llegado a pie desde Panonia; emprendió tan inmenso viaje para pedirme que tocara con el dedo sus pupilas apagadas; al contacto de mis manos recobró la vista, tal como su fervor lo había previsto; su fe en el emperador-dios explica el milagro. Se han producido otros prodigios; hay enfermos que dicen haberme visto en sueños, como los peregrinos de Epidauro ven a Esculapio, y pretenden haber despertado sanos, o por lo menos aliviados. No me río del contraste entre mis poderes de taumaturgo y mi enfermedad; acepto gravemente estos nuevos privilegios. La anciana ciega que camina hacia el emperador desde el fondo de una provincia bárbara se ha convertido para mí en lo que fuera antaño el esclavo de Tarragona: el emblema de las poblaciones del imperio que he regido y servido. Su inmensa confianza es la recompensa de veinte años de trabajos que no me fueron desagradables.

 

Cuadernos de notas a las Memorias de Adriano 241

Nota                                                                              261

 

  
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