FRAGMENTOS DE LIBROS: Las nubes por dentro (1995) 

LasNubesPorDentro     Cuarto tomo del Salón de los pasos perdidos.

 

 

    Andrés Trapiello. España

    Editorial:   Edicciones Destino (2000).   
    https://www.planetadelibros.com/editorial/ediciones-destino/7

 

    

 Comienzo: 

   

 

  Qué raro se hace escribir sobre un papel el nuevo año. Hoy no hay periódicos. Lo hago sobre uno de los márgenes blancos del de ayer. 1990, 1990, 1990, 1990. Varias veces. No parece una cifra real. Recuerda uno de esos relatos que no acabamos de creernos. No tanto porque sea un guarismo aún vacío, sino por saberlo lleno de lugares comunes. 

   De todos los árboles, despojados e invernizos, se eleva un silencio sobrecogedor, un testamento, cuando en ellos se posa el mirlo negro y levanta su pico al cielo y quiere cantar, pero no puede, no sabe, no siente, entre ramas sin hojas.

   (Por la tarde) Uno, antes, no hace mucho, al empezar el año, tenía el propósito de terminar una de esas novelas que nunca pasan de las primeras diez páginas. Se encontraba uno con empuje y curiosidad, cualidades fundamentales para ser novelista. Pero se conoce que eso se va gastando también.

   ¿De dónde provendrá ese empeño?

  ¡Ah, si hubieses escrito ya una novela como entiende uno que han de ser las novelas!... Una novela con ordalías de todo tipo… Tendría que ser buena, un muerto, dos misterios, tres sospechosos y cuatro culpables. ¿Pero cómo va uno a escribir una buena novela si ahí afuera hay un cuclillo que está pidiendo una tregua con el mundo, y tampoco lo veo? Desde luego que no es ésta la mejor manera de empezar nada, ni el año ni este cuaderno.

   Por lo menos en Viena empiezan todos los años con los valses de Strauss, tres por cuatro, un dos tres, un dos tres, y la Marcha Radetzky, y ellos vestidos de frac y ellas con unos escotes profundos donde reposan, como en estanque, las verdes esmeraldas. Uno aquí lo tiene más difícil, sin número ni orden ni esmeraldas ni nada.

   Según una leyenda popular sajona las Rauhe Näcjte, o Noches rigurosas, es decir, las seis últimas noches del año viejo y las seis primeras del nuevo, resultan especialmente propicias para «comunicar» con los muertos. Hoy, por tanto, nos encontraríamos en mitad de ese puente entre los difuntos y nosotros, puesto que es Año Nuevo. ¿Por qué seis y seis, y no ocho y ocho, o diez y CalenZaragozanodiez? Todo son círculos que tienen a cerrarse, como en las cabañuelas del Calendario Zaragozano de don José Castillo y Ocsiero. Conforme a tal método predictor, el tiempo hecho en los trece primeros días de agosto explicaría el tiempo que hará en los quince primeros días de cada mes del año venidero, y los doce días siguientes, los quince últimos. El uno de agosto es un resumen, una antología diríamos, del tiempo que hará todo el año, y supongo que para interpretación será el más problemático.

   Seguramente tal leyenda tiene un fundamento cristiano, o al menos latino y no bárbaro, puesto que se guía por el calendario gregoriano.

   Recuerdo las clases de don Ulpiano en las escuelas de El Cid, frente al viejo cuartel de caballería, vecino de la Audiencia y San Isidoro. Una infancia viendo jueces, curas y militares al ir a la escuela es inolvidable. Las clases las impartía siempre don Ulpiano con un guardapolvo de color gris, como el que gastaban los tipógrafos o los ferreteros. Le brillaba mucho la calva, como a las tallas de Berruguete. Era muy severo y tenía a mano siempre dos o tres varas con las que mantenía a raya la jauría. A veces eran más, una verdadera colección, puestas junto a la mesa, panoplia dickensiana para torturar a la infancia, aunque siempre había una que era su predilecta, pulida por el uso, manejable, desprovista de la corteza, blanca, pulcrísima dirían los poetas, vara cuyos extremos él redondeaba con una pequeña navaja que se guardaba en los bolsillos del chaleco. Se desabotonaba el guardapolvo y buscaba en el bolsillo del chaleco aquella navaja con cachas rojas y una cruz blanca de la pedagógica y blanca Helvetia. 

   Eran unos años en los que todo el mundo tenía una navaja en el bolsillo. Los hombres podían no tener reloj, pero sí tenían navaja.

   Don Ulpiano se paseaba arriba y abajo entre las mesas repartiendo simpáticos y agudos varetazos aquí y allá, un poco al azar, como quien sazona una paella con caprichosos y salteados pellizcos de sal. Era un verdadero virtuoso de esa clase de esgrima de pueblo y a veces se sonreía cuando el golpe que tiraba a un chico indefenso le quedaba florido.

   En ocasiones se excedía en su celo y la vara saltaba hecha pedazos de la cabeza de alguno, y eso le ponía muy furioso. Corría entonces a donde guardaba el resto de la colección, elegía una adecuada, la cimbreaba antes en el aire como el tirador hace con el florete, y el causante de la desgracia se llevaba, con la vara sustituta, media docenas de golpes extra.

   Don Ulpiano no tenía predilectos y todos más o menos cobramos alguna vez con o sin razón. Los alumnos, no obstante, le querían, y muchos le llevaban, convenientemente peladas, varas rectas, del grosor idóneo, como a él le gustaban, con la ilusión de que la eligiese como fusta favorita. ¡Qué vejación tan impropia! Seguramente tenía sus buenas razones para pegar de la manera que lo hacía, pero jamás debió consentir que las víctimas propiciaran aquella humillación. Cuando a alguien la vida le ha puesto en el papel de verdugo ha de hacer lo posible por que la víctima descubra lo heroico de su posición. Pervertir esas relaciones elementales es, sencillamente, una canallada. 

   Él fue quien primero nos habló del calendario, los solsticios, la división en meses, los años bisiestos. Eran nociones elementales, como las que venían justamente en el dorso de las hojas de los almanaques de entonces, salteadas con chistes píos y anécdotas de países remotos. En cierto modo aquellos «tacos» que la gente solía clavar en la pared junto al aparato de radio, eran las enciclopedias del pobre y también la confirmación de que el mundo que llegaba por las ondas no era del todo fantasía.

   Sin venir a cuento, el otro día les hablé a los niños de aquel maestro, y que tenía en su clase, detrás del todo, un banco de encuadernador, y que aceptaba trabajos y nos ponía a nosotros a sacar cajos y a coser pliegos en un bastidor. Como no le estaba permitido tener en clase un guillotina, cada vez que precisaba de cizalla, nos enviaba a uno de nosotros a la imprenta del Cid, que aún existe en el mismo lugar, junto al patio de las escuelas. 

   So pretexto de enseñarnos el oficio, él obtenía un pequeño sobresueldo. Mientras en un infiernillo eléctrico se ponía a calentar la cola de conejo, por la ventana que daba a la calle veíamos cómo llegaban dos o tres carros tirados por rojos y solemnes percherones que estacionaban enfrente del cuartel. Éste había dejado de ser de caballería y lo habían convertido en intendencia, y en él amasaban paran para toda la región militar. Los reclutas cargaban los carros de chuscos con grandes palas, medio desnudos, incluso en invierno, en medio de una nube de vapor que salía de la tahona y del mismo pan. Aunque los grandes ventanales del aula, muy decimonónica, estuviesen cerrados, nos alcanzaban siempre a la misma hora los efluvios de pan recién horneado, que se colaban por cualquier sitio, porque eran ventanales viejos, grandes, de maderas torcidas y desencajadas por el tiempo. A veces, aprovechando que don Ulpiano estaba de espaldas, algún chico pedía con gestos al recluta que le lanzara alguno de aquellos zoquetes. En la clase había dos o tres que vivían en regiones para nosotros remotas, adornadas por una leyenda de misterio y peligro, el barrio de Corea o el de las Ventas, chicos cuyos padres, sin ser gitanos, se dedicaban mayormente al hambre y al alambre, chatarreros y oficios así. Eran los que pedían el pan. Si tenían esa suerte y el chorchi les lanzaba los chiscos, los agraciados los guardaban en la cartera y se lo llevaban a casa. Don Ulpiano estaba de espaldas, pero ahora pienso que lo sabía, porque no era tan idiota y les dejaba abastecerse. Al mismo tiempo que esos efluvios paneros, nos llegaban también vapores de la leche en polvo del plan Marshall que desleía en un perol grande una vieja, salida delas pinturas de la Quinta del Sordo. De modo que aquellos olores, a engrudo y cola, a pan recién hecho y al plan Marshall sazonaron también, el otro día, mis recuerdos extemporáneos.

   Será porque son también mis noches rigurosas, pero lo cierto es que ninguno de aquellos recuerdos está muerto. Ni siquiera el niño que fui ha muerto todavía.

   En España yo no he oído nunca nada parecido a eso que celebran en el Norte, pero es también en esos días en los que la gente piensa con más frecuencia e intensidad en sus muertos, o en que los muertos de cada uno cobran vida. Más que en el día oficial de los difuntos o cualquier otro del año. Resulta muy extraño: cada uno de nosotros recuerda esos días el niño que fue. Algunos incluso los tienen como los únicos días felices de su infancia. De la misma manera que respetamos el secreto de los Reyes Magos, respetamos la alegría de los más chicos. Nos pegaríamos con quien rompiese ese secreto, como saldríamos en defensa de la muchacha a la que tratan de violar en un descampado. Queremos que los recuerden felices, de ahí que la ausencia de las personas que se esforzaron para que se lograsen, resulte más dolorosa. La tristeza reúne, pero la alegría congrega.

   Otra vez estos recuerdos ¿No es posible desecharlos de una vez por todas? ¿Son tal vez mis Noches rigurosas, y no lo sé?

   Mi niñez estuvo presidida por al menos tres de estas ausencias. A dos ni siquiera les llegué a conocer.

   Una era una hermana de mi madre y otro de mi padre, ambas habían muerto muy jóvenes, las dos de tuberculosis y las dos en un convento de estricta observancia, en la posguerra, en tierras en las que el Invierno sembraba de cristales de hielo las ramas desnudas de los árboles y la tierra se helaba durante nueve meses. Una en León y otra en Plasencia, órdenes medievales, oscuras y descalzas alrededor de claustros de negras piedras, con clausuras impenetrables.

   La tercera de estas presencias, o mejor ausencias, fue un hermano de mi padre. Había desaparecido en un accidente de moto. Fue una tragedia terrible porque dejaba una viuda joven y seis niños, el mayor de los cuales no tenían aún los ocho años y el menor no había nacido.

   En aquellas navidades y en muchas otras que les siguieron, siempre había un momento en el que alguien recordaba el nombre de los ausentes, y los mayores se quedaban pensativos, abismados en su tristeza y silenciosos. Apenas se había insinuado aquella brecha abismal bajo nuestros pies, trataban de disipar a manotazos la tristeza insinuada y cegar aquel profundo abismo de melancolía, aquella comunicación, diríamos, y forzaban unas risas y fingían un buen humor que estaban lejos de sentir.

   Conozco de sobra estas historias, y sin embargo ignoro aún la manera de evitarlas.

   Durante todo el día estuvo lloviendo. Yo quería salir, disipar también la apelmazada atmósfera que tienen los días de Año nuevo. 

   La tierra olía a romero y a setas, un olor litúrgico y pagano, el olor de lo que se eleva y lo que crece entre las hojas muertas. Por la tarde nos pusimos las catiuscas y salí con los niños a dar un paseo por las callejas, en cuanto dejó de llover. Y como ayer, el cielo, que había estado bajo y de color lombarda, empezó a desmadejarse y a dejar paso a los poderosos rayos de sol.

   En invierno el sol, al caer la tarde, es como el oro de los incas, casi blanco. 

   El paisaje resulta inagotable: El monte de Santa Cruz, nuestra Sainte Victoire, estaba de un color violeta, casi nego, y cruzado a media falda por la niebla, azul, pero de otra manera. Estaba todo más azul que ayer, los olivos, los matorrales de jara, las lejanas encinas, el cielo, la hierba verde era también azul y azules las lentas fumatas que suben aquí y allá de los lagares, y se duermen en el aire, arropándose en su propio azul. 

   En un momento, de pronto, en una cabriola del sol, una parte del paisaje, dos lagares en ruinas y un trozo de un huerto abandonado, se incendiaron la una llama viva. Era como en los milagros. Si en ese momento se hubiesen oído unos violines y hubiera brotado de dos peñas un regato, Lourdes.

   Durante todo el paseo vino a nuestro lado Blanco, un mastín ensimismado. Fue un paseo largo, de dos horas. Cuando nos recogimos era ya de noche y nos esperaba la chimenea encendida y una taza de té. 

   Éste es el mejor primero de año que podrían regalarnos. 

   Ah, qué gusto ser inactual, con mi ramita de romero y esta agradable sensación en las plantas de los pies, que he acercado descalzos a la lumbre. Es tanto lo que tenemos, siendo tan poco, que da un poco de miedo perderlo, porque en ese caso sería mucho, todo. Poned a alguien en invierno junto a un buen fuego y en media hora le habréis hecho un poco reaccionario.

   En cuanto abro un nuevo libro de versos y leo «cayendo» en sus dos modalidades, a saber: 

   c 

   a 

   y 

   e 

   n 

   d 

   o, 

   o la más conservadora, 

   c 

      a 

          y 

              e 

                  n 

                      d 

                          o, 

me pongo muy contento al ver que el espíritu vanguardista sigue vivo y que esa bandera la llevan otros con tantísima gallardía de manera que cierro el libro como si fuera unas castañuelas, diciendo olé, olé...

 

 


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Qué raro se hace escribir sobre un papel el nuevo año. Hoy no hay periódicos. Lo hago sobre uno de los márgenes blancos del de ayer. 1990, 1990, 1990, 1990. Varias veces. No parece una cifra real. Recuerda uno de esos relatos que no acabamos de creernos. No tanto porque sea un guarismo aún vacío, sino por saberlo lleno de lugares comunes.