UN BUEN LIBRO PARA LEER: La Odisea    (siglo VIII a. C.)

LaOdisea

  

    

 Homero

 

 

 

 

Comienzo:

 

        Espero que me relates, ¡oh Musa!, las aventuras de aquel esforzado varón de ingenioso espíritu que después de destruir la sagrada Troya, anduvo errante muchos años por diversos países, en los que pudo estudiar las costumbres de quienes en ellos vivía; y que tantos trabajos sufrió navegando por toda la anchura del mar, en lucha constante para salvar la vida de sus compañeros y regresar felizmente a la patria. Mas todo cuanto hizo fue inútil. Todos cometieron muchas locuras y perecieron a consecuencia de su insensatez. Hiperión, el dios, padre del Sol, irritado porque los aventureros cometieron la impiedad de comerse las vacas de su hijo, los castigó no consintiendo que amanecieses para ellos el día de regresar. ¡Oh diosa, hija de Júpiter! Cuéntanos tan prodigiosas aventuras, o bien, aunque no sea más que una parte de ellas.

 

        Cuantos habían salvado la vida de la terrible guerra de Troya, se hallaban ya, por aquella época, en sus hogares libres de los riesgos del mar y de las batallas. Únicamente Ulises fue privado de esta dicha; mucha era la impaciencia que mostraba por volver a su patria y ver a su mujer, pero hallábase detenido en las profundas grutas de la diosa Calipso, la mejor entre las divinas, la hermosa ninfa que deseaba ardientemente a Ulises por esposo. Al fin, al cabo de los años, llegó el momento en que los inmortales determinaron, no que acabasen sus trabajos, aun cuando lograse reunirse con su familia, pero sí que volviese a Itaca, su patria. Todos los dioses se compadecieron de él, menos Neptuno, cuyo odio a Ulises no se aplacó hasta que el héroe regresó a su país.

ArregloRedes         Los dioses aprovecharon la ausencia de Neptuno, que se había marchado al país de los etíopes –pueblo que viven en el extremo de la tierra dividido entre dos naciones; la una, situada hacia el lugar donde el sol nace, y la otra,, hacia el lugar donde el sol muere- con objeto de asistir a un banquete y a una hecatombe de toros y corderos. Reunidos los dioses en el Olimpo, tomó la palabra Júpiter, el padre de hombres y dioses, para hablar del famoso Egisto, a quien Orestes había matado para vengar la muerte de su padre. Dijo de este modo:«¡Oh dioses! No necesito recordaros con cuánta injusticia nos suelen acusar los mortales. Afirman que somos los causantes de sus aflicciones, cuando en realidad son ellos mismos quienes con sus locuras causan sus propias desdichas, aun cuando no estén decretadas por el destino. Esto fue lo que ocurrió a Egisto, quien a pesar de conocer la terrible muerte que le esperaba se opuso a los designios del hado y contrajo matrimonio con la legítima esposa del Atrida Agamenón, dando muerte a éste cuando regresaba a su patria. Fue inútil que le previniésemos enviando a Mercurio, instándole a que no cometiera tal crimen, pues Orestes, el príncipe, se vengaría cuando llegase a ser hombre. Así se lo dijo el Argicida, al llevarle nuestro recado; mas no logró persuadirle, a pesar de tratarse del mejor consejo. En fin, ya sabéis cómo se cumplió lo que estaba dispuesto y cómo pagó todos sus crímenes.»

 

        Minerva, la diosa de los brillantes ojos, tomó la palabra para responderle: «¡Oh excelso hijo de Saturno, vuestro padre, el más poderoso de los dioses! Gran injusticia ha sido la muerte que ha sufrido el miserable, ¿no es cierto? ¡Cuántos como él procedan deben sufrir el castigo semejante¡ En cambio, cuando pienso en el prudente y desgraciado Ulises se me parte el corazón de horrible pena y arde en cólera mi espíritu. Ulises sufre angustiado lejos de sus familiares en una isla, constantemente batida por las olas, en medio del mar, isla cubierta de impenetrable bosque donde habita la diosa hija del terrible Atlante, conocedora de todos los secretos de los abismos marinos, la que sostiene las inmensas columnas que separan el cielo de la tierra. Es ella la que aprisiona al desventurado y triste Ulises sin que la compadezcan sus lágrimas y suspiros, pues no sea su en propósito de seducirle con las más melifluas y falsas palabras, creyendo que así podrá olvidar a Itaca...

 

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