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Fragmentos de El Jardín de la pólvora de Andrés Trapiello

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Fragmentos de libros. DOMAR A LA DIVINA GARZA de Sergio Pitol   Final I :

Nuestra portada:
BotaSombraBota700
TEXTO DE PORTADA:  Y las apariencias engañaron al licenciado De la Estrella porque es lo que hacen las apariencias, embaucar. Y bajo la supuesta divinidad y los colores provocativos de la garza, finalmente apareció su sombra en el fondo sucio de una realidad demencial. Ya nos lo había anunciado De la Estrella: «Pero no fui yo quien logró domar a esa divina garza, sino la muerte.»
  Las botas de M. y sus sombras. De madrugada. Ubicación irrelevante   © LCJ 2018

Editorial:   Anagrama  www.anagrama 

Finales de libros         

     ... - Los dos hermanos –continuó el huésped, sin querer desprenderse del departamento de Estambul- empezaron por describirme el lugar: una amplia llanura en las márgenes de un río interrumpida por uno que otro islote de vegetación exuberante. Mangos, tamarindos, palmas de distintas especies, plantas de yuca, que allá llaman de izote, lianas, monos, garzas, guacamayos, tapires, helechos gigantescos, tan grandes como el mamut que un día debió de alimentarse con sus retoños. «Habíamos vuelto al mundo primigenio», aseveró, bucólica, nuestra anfitriona. «En el centro de la llanura se erguían tres montículos; limpios de yerbajos, pintados de un color marrón con una escalera excavada en una de sus caras para ascender con facilidad a la cima. Eran montes de aspecto vistoso y espigado, como conos de chocolate surgidos en medio del verde la selva. Según Karapetiz podían ser pirámides prehispánicas recubiertas por los antiguos moradores para proteger sus misterios. El tiempo había hecho el resto. Y en la cumbre de cada una de ellas se hallaba un adolescente. Uno, con los hábitos, la corona y el báculo florido del Santo Niño, los otros dos, cubiertos con una especia de túnicas griegas.» «¿También de color chocolate?», quiso saber Ramona, quien había comenzado a tomar sus notas. «No, querida, hubiera sido precioso, por lo que tenían eran unas túnicas amarillas que, ¿vieras?, no les iban nada mal. De los hombros de cada mancebo colgaba un tamborcito; no dejaron de tocarlo durante todo el día, ora con ritmo lento, ora con redoblar frenético. Y así pasó la mañana...

    ...

Continuar  FINAL  de "Domar a la divina garza"

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