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Fragmentos de libros. LA NADA COTIDIANA de Zoé Valdés   FRAGMENTOS  (II):


            (continúa)

     Editorial :   Emece  emecé editores                            Arriba FraLib (Acceso/volver a Fragmentos I de La nada cotidiana)

  

    ... Y el gran misterio, ¿a quién entonces será confiado?  

Yo nací asfixiada y aún me falta el aire. Mi cabeza estuvo mucho tiempo trabada en la pelvis de mi madre. Padezco de un suspiro eterno. Es la disnea la que permite que yo palpe la vida segundo a segundo. Y en esos segundos hay preguntas, preguntas cuando aspiro, preguntas cuando espiro. Es un doble ejercicio: físico y mental.¿Por qué todos invocan una rigurosa disciplina de respuestas, cuando el presente es un cataclismo de interrogantes?

LNC¿Hace cuántos siglos que mi boca está saboreando este café y mis ojos mirando ese mar y mis piernas permanecen inertes, y por eso ávidas de todos los rumbos?

Anoche en mi cama durmió un traidor, anteanoche un nihilista. ¿Cuánto hace que vivo esta pasión agotadora de alternar mis deseos? ¿Por qué intento continuar con uno lo que no pude terminar con el otro? ¿Acaso necesito vivir subrayando la diferencia? ¿Conviene extenderse en el drama humano del tiempo?...

...

 

De 4     El traidor

… La segunda vez me preguntó si yo era virgen. Claro que respondí que sí, realmente lo era, nadie aún había penetrado mi vulva, mi himen estaba intacto. Él no podía admitir aquello. Me amenazó con el dedo y me partió para arriba visiblemente airado. Si yo era virgen alguien tenía que desvirgarme, pero jamás él. Él era incapaz, no soportaba a las vírgenes, él no se atrevía a romper algo tan delicado y húmedo, ¡el himen! (¿Cómo iba a sospechar que mucho tiempo después, y muy a menudo, iba a desgarrar zonas más sensibles en mí: la dignidad, el alma, y toda esa mojonería tan importante para nosotras?).

Yo tenía que irme otra vez y volver rota y cuidadito con contarle cómo había sucedido. Sería horroroso para él entrar en detalles que nada aportarían a nuestra futura relación sexual.

 
CastilloDeLaFuerza

Yo podría haberle explicado que era señorita por la vagina, pero no por otros c«anal»es. Aunque en la escuela algunas muchachas comenzaron a meternos miedo con que por atrás también se salía embarazada, que con sólo pasársela, si caía una gotita en el muslo la cosa podía embarrarse y ya era el embarque. Yo esperaba el oscurecer para restregarme en el muro del Castillo de la Fuerza con un expreso político de cincuenta años. El acababa de obtener su libertad. Me contó que lo único que había hecho era apedrear una vidriera que exhibía una bandera del Veintiséis de Julio y unas consignas idiotas, por eso había cumplido trece años. Fue una aventura hermosa, algo sufrí con ella, pero me inició en las lecturas diferentes. Por él conocí La tregua, de Mario Benedetti.

Bastó media vez que mi padre comentara que lo último que le podía pasar a él y a su familia, el golpe mortal, era enterarse de que su hija templaba con un negro, para que yo me metiera hasta el tuétano con un negrón de ojos verdes, marino mercante para colmo. Por él conocí en anécdotas todos los puertos importantes, sobre todo el de Hamburgo en Alemania -cuando aquello era stpauligirlRepública Federal- y las famosas calles de putas de San Pauli. Del negrón ojiesmeralda tuve que salir huyendo porque no se contentó con la retaguardia y ya quería el frente único, y porque yo no era tan valiente en aquella época, ni poseía las condiciones económicas mínimas, para enfrentarme a los problemas raciales de mi padre.

En fin, que yo no era tan doncella, sólo formalmente. Pero ¿quién podía atreverse a interrumpir el manoteo de aquella fiera enjaulada en sus obsesiones? El Traidor -anegado en llanto- me abrió la puerta y por ella salió, no una jovencita asustada, sino un himen criminal. Un himen dispuesto a matar el primer pene que se atravesara en su camino. Salvo el amado.

En la parada de guaguas del muelle de Casablanca, un peludo esperaba solitario cualquier ómnibus. Tanta era la mariguana y el ron que había ingerido que no tenía idea de su destino, sólo sospechaba que tenía que salir de aquel marasmo. Le di un chapuzón en el agua turbia y apestosa del Malecón, brillante de residuos de petróleo. Después me paré en el medio de la avenida y sacándome un pezón conseguí botella en el auto de un General….

      botella :    (RAE: f. coloq. Cuba. Viaje gratuito que realiza una persona en el vehículo de otra que va en la misma dirección.)

   tolete:      (RAE: m. Cuba y R. Do pene.)

     blúmer:    (RAE: m. Cuba y R. Dom Am. Cen., P. Rico, R. Dom. y Ven. braga (‖ prenda interior).

… Se llamaba Machoqui, y en pleno año setenta y cinco se había propuesto ser hippie cuando ya nadie en el mundo, y mucho menos en Cuba, lo era. Le di cuatroofetones, lancé dos jarras de agua fría en su imbécil cara y comencé a besarlo para no perder la costumbre del romanticismo. JoseAMendezEn el pullman descosido y sudoroso, escuchando un bolero en la propia voz de José Antonio Méndez, él se abrió la portañuela, y se sacó el pito bien tieso. Yo ya tenía el blúmer por los tobillos. Evoqué la guillotina, y de un tirón me senté en la cabeza del rabo. Él chilló de dolor, yo no había lubricado lo suficiente. Costó trabajo, pero lo decapité. Sólo hubo un mínimo ardor y una aguada sangrecita. Mi himen había cumplido su cometido: matar a un tolete. Consumado el hecho, como experto criminal, desapareció sin dejar rastros. Y con la misma, acotejé mis ropas, pagué y me fui. De Machoqui, mi destupidor, nunca he vuelto a saber.

Regresé al cuartucho del Traidor. Por supuesto, él no me esperaba. Abrió somnoliento -ya era madrugada- y bostezó sin cuidarse de no mostrarme los empastes. Yo lo aparté a un lado y entré ligera. Como a punto de bailar un vals.

LaNadaCotidianaPlaneta- Ya -dije sonriente, en el colmo del éxtasis.

- ¿Ya qué? -preguntó al tiempo que encendía un cigarrillo.

- Ya me partieron.

- Quieres decir que ya no eres...

- Eso... virgen... Con permiso, ¿puedo lavarme? -La esperma del melenudo me corría por las rodillas.

Allí no había baño. Él, desconcertado, me trajo un cubo plástico conteniendo agua y una tina aparte. Delante de su cara lavé mi sexo rojo y enjuagué y quité la pobre manchita sanguinolenta de mi blúmer. Él viró su rostro fingiendo que no quería ver, pero lo vio todo con el rabillo del ojo. Encendió otro cigarrillo, sonrió observándome siempre detrás de la constante nube de humo. Yo me puse muy seria. Yo sólo quería -y todavía no sé por qué- de una manera brutal, enfermiza, que ese hombre me amara.

El Traidor desvirgó mi inocencia, si hoy soy despiadada es por su culpa. Era el destinado a violar mis sueños y lo hizo cruelmente. Era el que debía mentirme y me mató a mentiras. Era el que marca, y aquí estoy cubierta de cicatrices…

...

… Cuando salía -en poquísimas oportunidades- guardaba celosamente el manuscrito en una caja fuerte. Yo comencé a sospechar.

El Traidor sólo dormía cuando yo me ausentaba, y me botaba de la casa a cada instante bajo pretexto de que yo debía visitar los museos, o ir al cine, o a casa de alguna amiga, o a leer en los parques, y todos esos «tures» amparados con el «money» de mi bolsillo. Me iba a las ocho de la mañana, regresaba a la una de la madrugada, muerta de nostalgia, frío y hambre. Y con algo peor, o mejor, en todo caso muy grande: la duda. ¿Hasta cuándo? En las películas, en los libros, en las casas, en las vidas de otros, el amor no era así.

LeNéantQuotidienUna tarde retorné de improviso, él estaba bañándose, en tres saltos me puse de la puerta al escritorio, no cerré para que él no escuchara el ruido del cerrojo. Busqué en las páginas, intenté leer fragmentos de la magna obra: trescientas páginas llenas de una única frase:

«Todos me persiguen. No puedo escribir por que todos me persiguen.»

La misma frase repetida hasta la saciedad, hasta la página trescientos. Escuché que el agua de la ducha mermaba, y en tres saltos ya estaba en la escalera -me dio tiempo de volver a cerrar sin ruidos-. En la calle nevaba, yo sentía un frío del coño de la madre que te parió, hijoeputa, yo pasando hambre, dolores de ovarios y de barriga, cagando debajo de los puentes, comiendo baguettes a toda hora, el pan más barato -dicen que ha subido- y el más rico, pero también cansa comer a toda hora pan a capella. (Diera el culo por un plato de frijoles negros, pero allá tampoco hay. «Allá» es Cuba, allá, ¿cuándo habrá lo que tiene que haber?) Lo que debiera hacer es ir ahora mismo a la Embajada americana y pedir asilo -no político- sino marital. Yo durmiendo en los metros, de casa en casa (ya hasta caigo mal, cada vez que llego la gente me pone cara de «ahí llegó la malquerida», se nos agotaron los temas), de cine en cine, gastando dinero hasta en películas pornográficas, de museo en museo, harta de GustaveMoreauesculturas y de cuadros, de catálogos, afiches, cartas postales, fotografías, y todo es dinero, dinero, dinero, y no tengo ni un amigo para contarle que Gustave Moreau es el pintor que más me ha descojona'o la vida, mejor dicho, uno entre otros principales. Comiéndome la gran mierda del siglo, creyendo que con todo este sacrificio estoy contribuyendo a la gran obra de un escritor cubano, que además es mi marido. Aún es mi marido, porque debo señalar que, antes de salir en las mañanas, cuando ya estoy lista en la puerta, bañada, vestida con mi ropa limpia y planchada, el abrigo impecablemente sacudido, sin una basurita, peinada, perfumada, entonces es cuando a él se le antoja singarme con ropa y todo encima de la colcha blanca que suelta pelusitas, o de la alfombra polvorienta, porque él no se gastará un quilo en comprar el esprai limpialfombras, ni yo tampoco, claro está. (Como esposa acompañante sólo gano sesenta dólares al mes y no tengo derecho a trabajar fuera.) A esa hora debo volver a quitarme la ropa, bañarme nuevamente, introducirme un óvulo de nistatina en la vagina porque parece que él ha tenido relaciones con una venezolana de la UNESCO que le ha pegado una trichomona del carajo. Ten paciencia y perfúmate de nuevo, repíntate los labios. Y cuando parece que puedes salir a batirte con las oleadas gélidas de la mañana, él te procura, dulce, casi tierno e indefenso:

-Amor, ¿dejaste mi comida preparada?

Of course, my dear, honey, darling, papito lindo, mi chini, mi coqui, papichuli, etc... Dejé la comida recontrapreparada…

...

5

La casa de las ex-culturas

He terminado por corroborar que la acción más importante de mi vida es despertar. Despertar del letargo impuesto por la espesa realidad. Despertar cada mañana y beber un café comprobando que el mar sigue ahí, gozándolo a través de las ventanas de mi refugio hexagonal. Despertar y beber un café y mirar al mar, ésa es mi máxima aspiración. ¿El mar nunca se irá? ¿Por qué en lugar de retirarse aumenta, se desborda, borrando el muro, las casas, robando objetos y vidas? ¿Qué pecado de este pueblo está cobrando el mar, cada vez con mayor encono? ¿Por qué no se va, no se pierde, y en su ausencia crecen flores y nace un inmenso jardín para los niños y los jóvenes y los viejos y todos? El mar últimamente tiene una roña, y por causa de la roña del mar, Hernia, la vecina, estuvo internada en un hospital de día, para dementes y de chocoletes. Porque ella vive en la planta baja y el mar entró, cuando la tormenta del siglo, y se le llenó de agua la casa hasta más allá del techo, y perdió los muebles, la cocina americana, la lavadora rusa, los ventiladores japoneses, el refrigerador cubano, los colchones que compró en El Encanto cuando se casó mundonovelas felicidaden el año cincuenta y dos, los butacones forrados en damasco, el televisor a color (ya no podrá ver Felicidad, la telenovela brasileña, los lunes, miércoles y viernes, si es que hay luz). Perdió a los canarios, porque al perro pudo subido al segundo piso, pero con las quince jaulas de pájaros no hubo quien la ayudara. Cada cual estaba salvando lo suyo. Además el mar arrasó de súbito, sin avisar. Hernia llora, ya no mira como yo al océano, con amor, ahora lo maldice, le retuerce los ojos, está encabronada con Yemayá

… Y ahora no tengo nada que hacer. Podría irme, nadie lo notaría, a la playa. ¿A cuál playa? ¿En bicicleta, bajo un sol que le requetraquetea el mamey? (¡Ah, mamey, cuánta añoranza, eres sólo una palabra para saborear en la Mameyliteratura!) Podría embullarme a visitar a un amigo, y ésa sería la solución para disipar este estado de ostracismo. Adivino de antemano el tema de conversación: lo mala, lo horrible, que está la «cosa». Y más tarde vendrían las discusiones sobre la «cosa», y sobre la actualidad mundial para desquitarnos de nuestros defectos con otros países (otras «cosas»), de preferencia los del ex Este. (Porque ahora lo peor no es el capitalismo de los capitalistas, sino el capitalismo de los ex socialistas.) Quizás preferiría abrir un libro y leer, ¿a cuál lectura encomendar mi espíritu, sin atormentarlo más de lo que está? ¿Y por qué huir de la angustia? Al final, regresaría a mi refugio hexagonal y, ya de noche, muy de noche, me arrepentiría de haber desperdiciado un día maravillosamente soleado, me repugnaría mi carne pálida. Si elijo hacer alguna visita, esta noche me acostaré con la certeza de que he perdido el tiempo hablando de la misma letanía. Y entonces comprobaré que oscurece más y más, y que aún sigo manoseando el libro del cual no leí una palabra. Si voy a la playa, después me dolerán los huesos, estaré achicharrada, y ni vinagre que untarme para aliviar la piel. Si no hay ni para las ensaladas, que también se perdieron. ¿Quién se acuerda de ellas? Querré, de seguro, que el día no acabe, que la noche no sea otra vez, que no me espante el único anuncio lumínico del paso del tiempo, el del reloj despertador que lleva baterías, rezo para que no se gasten. Además, ahora que me acuerdo, hoy tendré la velada del Nihilista.

-Yocandra, Yocandra, despierta...

- Es Rita, la secretaria de los pies enfermos, malísimos, maltratados por las recogidas de papas sin botas, ni tenis. Hace diez años que mandó a fabricar por receta médica los zapatos ortopédicos, pero el muro de Berlín fue tumbado, y los zapatos se confeccionaban en Alemania Democrática, y ahora anda con unas sandalitas plásticas metededos que más o menos le alivian las punzadas y los dolores de juanetes...

...

De 6   La Gusana.

                               Sólo los cristales se rajan, los hombres mueren de pie.

                                                                                             Consigna

… Pintó la casa, colgó sus pinturas, compró y barnizó muebles de estilo, un juego de comedor inglés, un juego de salón Luis XV, juego de cuarto art-decó, una maravilla... Ya sabes que las viejitas del Vedado venden todo esto por sumas irrisorias.

Flash-back. Avance del capítulo siguiente:

Esperaron a que se acomodara.

- Somos de la comisión del cedeerre, traemos la autorización del Delegado. Usted está acusado de ser un maceta, (m. y f. coloq. Cuba. Persona que se ha enriquecido con el contrabando.) un poderoso, un nuevo rico... Venimos a decomisarle sus propiedades, entre comillas... Debe acompañar al teniente...

El Lince sonrió incrédulo. Paciente, fue en busca de su diploma que lo acreditaba como ganador de un premio y del recibo del cheque cobrado en un banco japonés. Pero, ¿quién en este jodido país entiende el japonés? Le montaron todo en un camión, hasta sus propios cuadros, y sellaron la residencia. El Lince tuvo
Obbatalaun juicio y fue declarado culpable. Estaba a un paso del Combinado cuando (¡esa suerte de ser hijo de la Virgen de las Mercedes, Obbatalá adorada!) apareció un importante ministro japonés que había adquirido en Tokio el cuadro premiado y comenzó a preguntar por el autor. Y los segurosos corriendo, toda la Seguridad del Estado puesta para hallar al pintor. ¿Dónde se habrá metido ese genio, ese idiota? En este mismo instante está poniendo el pie derecho en el suelo de su celda. ¡Sáquenlo! ¡Libérenlo! Inmediately. El Lince no entiende por qué lo devuelven arrastrado, a patadas por el culo, velozmente por los pasadizos de la prisión. Lo bañan, lo engalanan, lo alojan en una suite del hotel Nacional.

Se entrevistó con el ministro japonés tres minutos. El nipón hablaba y hablaba, sonriente y reverenciante a tiempo completo. El Lince sólo pronunció los buenos días cuando llegó y el adiós de la despedida. El ministro japonés le ofrendó un bonsai sembrado especialmente para él, su pintor preferido, y enseguida fue arrebatado y conducido a una reunión de negocios.

Cuando el Lince regresó a la suite, la mucama estaba limpiando y cambiando las sábanas. A ella le habían informado que la reservación del señor había expirado.

El Lince se vio en medio de la Rampa -esa fabulosa hondonada que hace el asfalto y que a lo lejos pareciera como que el mar está en el aire-, con un bonsai de colección en la mano derecha, todavía sin una balsa playera -ya las conseguiría- y sin una escalera donde poder pasar la noche. Hasta aquí flash-back.

Somos culpables de nacimiento, cada acción nuestra afloja la soga que dejará caer la guillotina que tumbará nuestras cabezas sobre la paja de la historia.

Albergo la esperanza de volver a verlos, capullitos míos, y aparecerán flamantes, revoloteando, transformados en mariposas. Y quizás de mí renazcan pétalos, como de una rosa que no ha sido arrancada.

De 8   Las noches del Nihilista

… A los diez minutos tocaba el timbre. Sudaba a mares por causa de pedalear desesperadamente, la bicicleta no tenía luces y la calle Veintitrés era una boca de lobo. Entró, sus ojos verdes se posaron en mis ojos verdes. Los de él son más claros, los míos son como las aceitunas. A ojo de buen cubero, supe que me iba a enamorar. No sólo porque me pasaba la vida enamorándome, es como una manía, sino porque estaba atravesando el peor y más solitario de los instantes a causa de tanta efímera compañía, y necesitaba a alguien inteligente, enigmático. Necesitaba del big love, morirme de amor, vivirme de amor, descojonarme. Un tipo que acabara conmigo y yo con él. Que nos acabáramos los dos. Y que comprendiera que yo no soy fácil, que estoy medio o absolutamente arrebatá. Hoy amo, pero mañana no soporto, y ésas majaderías no hay muchos tipos que estén dispuestos a aguantarlas. Tampoco tenía mucha cabeza para los mariditos. Yo andaba buscando el amante eterno. Y creo, a lo mejor me equivoco, que lo atrapé.

OrladoVWolfAquella noche, como muchas otras que han venido después, cenamos arroz y huevo frito, todavía los huevos los vendían por la libre. Fregamos, yo enjabonaba, y él enjuagaba la vajilla: dos platos, dos vasos, la sartén, la arrocera, un tenedor y una cuchara. (Él no sabe comer con tenedor.) Nos acostamos en la cama, muy derechitos, pero la energía espesa seguía emanando de nuestros cuerpos. Cuando la película iba por la mitad, sin querer mi pie chocó con el suyo. Él lo interpretó como una caricia tímida y hundió en mi pelo su mano pervertida, como la mano del Orlando de Virginia Woolf. Yo no podía más, me viré y lo besé en los labios. Y ahí mismitico supe que ése era mi macho, porque me besó como en mi primer beso a la escultura de rizos sobre la frente, con la lengüita ondulante, como uno imagina en la infancia que se besan los adultos. El besuqueo duró el resto de la película. Nunca hemos logrado terminada de ver. Siempre que empezamos la dejamos por la mitad. Será que el experimento de Pavlov con su perrito nos ha sugestionado.

El beso duró el resto de la película, pero no exclusivamente en la boca. Él fue descendiendo con experimentada lentitud por mi cuello, me lengüeteó desde la barbilla hasta los pezones, donde permaneció minutos de goce interminable. Al rato fue aún más despacio, de mis senos a las costillas y de ellas al ombligo, y la punta de su lengua hizo estragos en mi vientre. Mi vientre bailaba la danza persa, por no decir que me remeneaba desaforada como una negra en un barracón. CunnilingusDespués, con sus dedos largos, apartó mis pendejos y relució, rojo y erguido, mi clítoris. Allí estampó el beso que lo consagró para la eternidad, el Nobel del cunilingüismo. Su nombre debiera aparecer en el Guinness como el mamalón más profesional que haya conocido la historia de la civilización. Tuve siete orgasmos, o mejor, me vine siete veces. Cuando él se desnudó, su cuerpo griego me dejó pasmá, boquiabierta, baba incluida. Espaldas ligeramente más anchas que las caderas, puro lomito ahumado, tostadas por el «indio», nuestro sol nacional. Caderas estrechas, nalgas perfectas, lisas, el vello surge debajo de la punta y agrede los muslos. Muslos parejos, musculosos, piernas tensas, tobillos gruesos, pies elegantísimos y bien proporcionados -lo que es un buen augurio- hasta con el detalle del dedo del medio más largo que el gordo, y eso es, sin discusión de ningún tipo, un pie ático. El cuello con la exacta medida, ni muy ancho, ni muy largo. El pelo encrespado, rizos fresquísimos adornan su frente. Nariz prominente y recta. Labios como el milo, malteados. Brazos musculosos, pero sin aspavientos, muñecas fuertes, manos suaves y largas -ya hablé de ellas antes-. ¡Qué raro! Este hombre se me antojaba una exquisita obra de arte por fuera y por dentro. Porque es tierno, paciente y pacífico. Su voz nunca se altera en lo más mínimo. Es mi amante, no mi verdugo.

La pinga, ¡ay, San Lázaro bendito, mi Babalú Ayé! El toletón del Nihilista es la octava maravilla del mundo. ¡Y cuida'o no ocupe el primer escaño en el escalafón de las fortunas de este siglo! Porque portar un rabo como ése es como poseer una cuenta de millones y millones de dólares en un banco suizo. Debo señalar, antes de que lo olvide, que junto al ombligo tiene un lunar negro y redondo. Y desde allí le emerge de los poros la sedosa pendejera que es un sueño acariciarla. Cuando la mano tropieza con la raíz del miembro -nada que ver con un miembro cedeerre- no puedes evitarlo, la boca se te hace agua, las comisuras espumean…

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              Acceder al final de "La nada cotidiana":       LaNadaCotidiana

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