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Fragmentos de libros. Opiniones de un payaso de Heinrich Böll. FRAGMENTOS (II):

   Editorial ELPAIS   Clásicos del siglo XX                      HaciaArriba   Página anterior Fragmentos de Opiniones de un payaso.

      ... Los hijos de este mundo son no sólo más listos, sino también más humanos y más generosos que los hijos de la luz…

   De 4

...

Desde la muerte de mi hermana Henriette, mis padres dejaron de existir para mí. Henriette murió hace ya diecisiete años. Tenía dieciséis cuando la guerra terminaba, una hermosa muchacha, rubia, la mejor jugadora de tenis entre Bonn y Remagen. En aquel entonces se estimuló a las muchachas jóvenes a alistarse voluntariamente en la DCA, y Henriette se alistó en febrero de 1945. Fue todo tan rápido y sin dificultades, que no comprendí nada. Venía yo de la escuela, crucé la carretera de Colonia y vi a Henriette sentada en el tranvía, que justamente en aquel momento partía en dirección a Bonn. Me hizo señas y se puso a reír, y yo también reí. Llevaba una pequeña mochila sobre la espalda, un lindo sombrero azul oscuro y el grueso abrigo azul con el cuello de piel. Todavía no la había visto nunca con sombrero…

Volví a hacer señas hacia el tranvía en el que viajaba Henriette, atravesé nuestro parque en dirección a casa, donde mis padres estaban ya a la mesa con Leo. Hubo puré, patatas con salsa como plato principal, y de postre una manzana. Sólo al llegar a los postres pregunté a mi madre adonde había ido Henriette en su excursión. Rió un poco y dijo: «¡Excursión! ¡Qué tontería! Marchó a Bonn para alistarse en la DCA. No mondes la manzana con una piel tan gruesa. Mira, muchacho», cogió la piel de manzana de mi plato, la raspó a fondo y los productos que resultaron de su economía, delgadísimos cortes de manzana, se los puso en la boca. Miré a mi padre. Miraba fijamente a su plato y no dijo nada. También Leo callaba, y al volver a mirar a mi madre, dijo ella con voz suave: «Ya comprenderás que todos deben hacer de su parte todo lo posible para echar a los judíos yanquis de nuestro santo suelo alemán.» Me lanzó una mirada que me llenó de inquietud, después miró a Leo del mismo modo, y me pareció como si estuviera dispuesta a enviarnos a los dos al frente para luchar contra los judíos yanquis. «Nuestro santo suelo alemán», dijo ella, «y pensar que ya han penetrado profundamente en el Eifel». Me entraron ganas de reír, pero estallé en lágrimas, arrojé mi cuchillo de postre y corrí hacia mi cuarto. Tenía miedo, sabía incluso por qué, pero no sabía expresarlo, y me enfurecí cuando pensé en la PanBonnSiebengebirgemaldita piel de manzana. Miré al suelo alemán de nuestro jardín, cubierto con sucia nieve, y después en dirección al Rhin, a la hilera de sauces dirigiéndose hacia la Siebengebirge, y todo aquel decorado me pareció estúpido. Una vez vi a unos cuantos de aquellos «judíos yanquis»: bajaban del Venusberg en camión hacia Bonn para ir a un puesto de control: parecían muertos de frío, y de miedo, y jóvenes; si me figuraba de algún modo a los judíos, era más bien como a los italianos, a quienes vi todavía más muertos de frío que los americanos, y tan cansados que ya ni siquiera tenían miedo. Di un puntapié a la silla delante de mi cama, y como no cayó, le di otro. Cayó por fin con estrépito e hizo añicos la placa de vidrio encima de mi mesita de noche. Henriette con mochila y sombrero azul. No volvió, y no sabemos dónde está enterrada. Alguien que vino a vernos al terminar la guerra nos informó que había «caído cerca de Leverkusen».

Esta inquietud por el santo suelo alemán en cierto modo resulta cómica, cuando pienso que una buena parte de las acciones del lignito se hallan en manos de nuestra familia desde hace dos generaciones. Desde hace setenta años se benefician los Schniers de las torturas que debe sufrir el santo suelo alemán: aldeas, bosques, castillos, caen ante las excavadoras como las murallas de Jericó.

Un par de días después me enteré de quién poseía derechos de autor sobre la frase de los «judíos yanquis»: Herbert Kalick, de catorce años entonces, mi Jungvolkführer, a cuya disposición puso mi madre generosamente nuestro parque, donde éramos adiestrados en el manejo de puños antitanques. Mi hermano Leo, de ocho años, participaba también, y yo le veía marchar marcando el paso junto al campo de tenis con un puño antitanque al hombro, en el rostro una seriedad como sólo se puede ver en los niños. Le detuve y le pregunté: «¿Qué haces aquí?» Y poniendo una mirada tétrica, dijo: «Seré guerrillero; ¿acaso tú no?»«Desde luego», dije, y bordeando el campo de tenis marché con él hacia el puesto de tiro, donde Herbert Kalick contaba la historia de aquel muchacho que, Jungvolkführera sus diez años, había sido distinguido ya con la Cruz de Hierro de primera clase, allá en algún lugar de la lejana Silesia, donde había destruido tres carros de combate rusos con un puño antitanque. Al preguntar un muchacho cómo se llamaba aquel héroe, dije yo: «Matarratas». Herbert Kalick se puso lívido y gritó: «Cochino derrotista». Me agaché y le arrojé a Herbert un puñado de ceniza en el rostro. Todos cayeron sobre mí, sólo Leo permaneció neutral, lloró, pero no me auxilió, y en mi paroxismo le grité a Herbert en el rostro: «Cerdo nazi». Yo había leído esta expresión en alguna parte, escrita en la barra de un paso a nivel. No sabía con exactitud lo que significaba, pero tuve la impresión que podía ser aplicable allí. Herbert Kalick detuvo inmediatamente la pelea y entró en funciones: me detuvo, y fui encerrado en el cobertizo del puesto de tiro, entre los blancos y los postes indicadores, hasta que Herbert hubo convocado allí a mis padres, al profesor Brühl y a un miembro del partido. Yo lloraba de rabia, destrocé a patadas los blancos, sin dejar de gritar a los muchachos que desde fuera me vigilaban: «Sois unos cerdos nazis». Una hora después me llevaron a la sala para interrogarme. El profesor Brühl apenas podía contenerse. Decía sin cesar: «Total exterminio, exterminio total», y aún hoy no sé con exactitud si se refería a lo corporal o, por así decirlo, a lo espiritual. Uno de estos días le escribiré a la Escuela Normal rogándole me lo explique por amor a la verdad histórica.

(Las cuatro imágenes que se incluyen en "De cap. 5 y 6" sacadas del programa del THEATER & OPER: ANSICHTEN EINES CLOWNS Heinrich Böll / Theater Bielefeld / 03. Mai 2009 Montaje de Katharina Kromminga)

De 5

KatKrom1… En este punto me encontraba en una inquietante situación: monógamo, seguía viviendo célibe en contra de mi voluntad, pero conforme a mi naturaleza, desde que Marie, por «miedo metafísico», como ella decía, me abandonó. La verdad era que yo había resbalado en Bochum más o menos deliberadamente, me había dejado caer sobre mi rodilla, para así interrumpir mi iniciada jira y poder marcharme a Bonn. Sufro, de un modo difícil de soportar, de lo que en los libros religiosos de Marie es descrito erróneamente como «concupiscencia carnal». Me gusta mucho Monika, lo suficiente para poder satisfacer con ella el deseo de poseer a otra mujer. Si en estos libros religiosos constara «desear a una mujer», sería ya bastante grosero, pero mejor en algunos grados a la expresión «concupiscencia carnal». Yo no conozco nada carnal fuera de las carnicerías, e incluso éstas no son del todo carnales. Al imaginarme yo que Marie hace con Züpfner lo que sólo debía hacer conmigo, mi melancolía crece hasta la desesperación. Titubeé largo tiempo antes de buscar el número de teléfono de Züpfner y escribirlo al pie de la columna de aquéllos a los que había pensado no darles sablazo. Marie me daría dinero, inmediatamente, todo lo que ella poseía, vendría a mí KatKrom2y me asistiría, sobre todo si se enteraba de la serie de percances que me habían acontecido, pero no vendría sin escolta. Seis años son mucho tiempo, y ella no pertenece a la casa de Züpfner, ni a su mesita para el desayuno, ni a su cama. Incluso estaba dispuesto a luchar por ella, si bien la palabra luchar despierta en mí casi únicamente una idea física, y por lo tanto ridícula: una pelea con Züpfner. Marie aún no estaba muerta para mí, así como mi madre es como si hubiese realmente muerto para mí. Yo creo que los vivos están muertos, y los muertos viven, pero no como lo creen los protestantes y los católicos. Para mí un chiquillo, como Georg, que voló por los aires al estallar un puño antitanque, sigue más vivo que mi madre. Veo al chico pecoso, desmañado, allá en el prado frente al Apolo, oigo gritar a Herbert Kalick: «Así no, así no»; oigo la explosión, un par de gritos, no muchos, y después el comentario de Kalick: «Por fortuna Georg era huérfano», y media hora después, al cenar en aquella mesa donde se me había juzgado, dijo mi madre a Leo: «¡Tú lo harás mejor que este chico estúpido, no es verdad!». Leo asintió, mi padre me lanzó una ojeada, no hallando ningún consuelo en los ojos de su hijo de diez años.

De 6

KatKrom3… Con Marie las cosas ocurren de modo muy distinto. Estará contristada por «el bajo nivel artístico» y por mi miseria, la cual yo no encuentro en modo alguno tan espantosa. Alguien que lo mire desde fuera -todo el mundo es mirado desde fuera por los demás- siente siempre una cosa mejor o peor que aquél que conoce el asunto, trátese de felicidad o de desgracia, penas de amor o «decadencia artística». No me importaría en absoluto actuar en lúgubres salas ante amas de casa católicas o enfermeras evangélicas, realizando buenas bufonadas o tan sólo imitaciones. Lástima que tales agrupaciones confesionales tengan una pobre idea de los honorarios. Es natural que una buena directora de tal agrupación piense que cincuenta marcos son una buena suma, y que si se cobra veinte veces al mes, tienen que dejar buen margen. Pero si le muestro la cuenta del maquillaje y le explico que para ensayar necesito una habitación en un hotel que sea algo mayor de dos veinte por tres, pensará probablemente que mi querida me resulta tan costosa como la reina de Saba. Pero si le cuento después que vivo casi únicamente de huevos pasados por agua, caldo, albondiguillas y tomates, se santiguará y pensará que voy insuficientemente alimentado KatKrom4si al llegar al mediodía no tomo una «comida fuerte». Si continúo relatándole que mis vicios privados consisten en periódicos vespertinos, cigarrillos y jugar a la oca, me tomará probablemente por un farsante.  Hace ya tiempo que desistí de hablar con alguien de dinero o de arte. En el momento en que los dos entramos en discusión, nunca nos ponemos de acuerdo: el arte está invariablemente mal pagado o lo está excesivamente. En un circo ambulante inglés conocí una vez un payaso que en lo profesional valía veinte veces lo que yo y era diez veces más artista que yo, y que sin embargo no llegaba a ganar diez marcos al día: se llamaba James Ellis, rozaba ya la cincuentena, y cuando le invité a cenar -hubo tortilla con jamón, ensalada y pastel de manzana- la comida le sentó mal: hacía diez años que no comía tanto de una vez. Desde que conocí a James jamás he vuelto a discutir de dinero ni de arte. Aceptaré las cosas tal y como vengan, y cuento con el arroyo.

De 8

El pensar que Züpfner podía contemplar a Marie vistiéndose, o que le estaba permitido mirar cómo ella enroscaba el tapón en el tubo de dentífrico me hizo sentirme muy desgraciado. Me dolía la pierna, y me asaltaron dudas de si tendría aún posibilidad de actuaren la línea-de-los-treinta-a-los-cincuenta-marcos. Me atormentaba también el pensamiento de que Züpfner no tuviese el menor interés en contemplar a Marie enroscando el tubo del dentífrico: según mi modesta experiencia, los católicos no tienen el más mínimo sentido de los detalles. Había anotado en mi cuartilla el número de teléfono de Züpfner, pero no estaba aún armado para marcar ese número. Nunca se sabe lo que es capaz de hacer una persona bajo presión ideológica, y quizá se había casado realmente con Züpfner, y el oír la voz de Marie al teléfono, diciendo «aquí Züpfner», eso no lo hubiese soportado yo. Para poder telefonear a Leo, busqué en el listín las «escuelas sacerdotales» y no encontré nada, y sin embargo sabía que había dos de esos engendros: el Leoninum y el Albertinum. Por último encontré fuerzas para descolgar el auricular y marcar el número de Informaciones, hasta pude comunicar, y la muchacha que habló lo hizo incluso con acento renano. A veces siento anhelo por oír hablar renano, hasta tal punto que desde el hotel llamo a una central telefónica de Bonn, para oír este lenguaje enteramente desprovisto de marcialidad, al cual falta la R, el sonido en que se basa la disciplina militar.

EdiAlem LibroEscuché el «espere, por favor» sólo cinco veces, luego contestó una muchacha y yo le pregunté por «esos lugares donde se forman los sacerdotes católicos»; le dije que había buscado por «escuelas sacerdotales» sin encontrar nada, ella rió y dijo que esos «lugares» -pronunció lindamente las comillas- se llaman sencillamente seminarios, y me dio el número de ambos. La voz de la muchacha al teléfono me había serenado un poco. Había sonado natural, ni falsa, ni coqueta, y muy renana. Incluso logré comunicar con telégrafos y cursar el telegrama para Karl Emonds.

Siempre ha sido para mí incomprensible por qué todos los que se tienen por inteligentes se empeñan en mostrar un obligado odio a Bonn. Bonn ha tenido siempre ciertos encantos, encantos soñolientos, como hay mujeres de quienes puedo imaginar que su somnolencia sea atractiva. Naturalmente que Bonn no soporta exageraciones y se ha exagerado esta ciudad. No se puede describir una ciudad que no soporta exageraciones: de todos modos, es una rara cualidad. Cualquier niño sabe también que el clima de Bonn es clima para rentistas, que se dan relaciones entre la presión arterial y la atmosférica. Lo que a Bonn no le sienta bien en absoluto es la irritación defensiva: en casa he tenido abundantes ocasiones de hablar con altos funcionarios, diputados, generales -mi madre es gran organizadora de parties-, y todos adoptaban una actitud de irritada, a veces incluso llorosa defensiva. Todos sonríen con gemebunda ironía cuando se habla de Bonn. No comprendo esta afectación. Si una mujer cuyo atractivo es la somnolencia se pone de repente a bailar un cancán salvaje, sólo cabe suponer que ha sido drogada; pero no es posible drogar a una ciudad entera. Una buena tía anciana puede enseñarle a uno cómo se hace un pullover, cómo se borda un tapete y cómo se sirve el jerez; sin embargo, no esperaría yo de ella una inteligente conferencia de dos horas sobre la homosexualidad, o que hablase repentinamente la jerga de las prostitutas, a las que todos en Bonn echan tanto de menos. Falsa expectación, falso pudor, falsa especulación sobre la perversión. No me sorprendería que hasta los representantes de la Santa Sede comenzasen a quejarse de la escasez de prostitutas. En una de las parties en mi casa conocí una vez a un político, miembro de una comisión para la lucha contra la prostitución, que se me quejó en voz baja de la escasez dé prostitutas en Bonn. Y antes, Bonn realmente estaba bien, con sus muchas callejuelas, librerías, asociaciones estudiantiles, pequeñas panaderías con una trastienda donde se podía tomar café.

MonumentoBeethovenBonnAntes de intentar llamar por teléfono a Leo, cojeé hasta el balcón, para echar una ojeada a mi ciudad natal. La ciudad es realmente bonita: la catedral, los techos del antiguo palacio de los príncipes electores, el monumento a Beethoven, el pequeño mercado y el Hofgarten. El destino de Bonn es que no se crea en su destino. Aspiré a pleno pulmón, desde mi balcón, el aire de Bonn, que me estimuló de un modo sorprendente: como cambio de aires, puede Bonn obrar maravillas durante horas enteras.

Salí del balcón, volví a mi cuarto y marqué, sin titubear, el número de la casa esa donde estudiaba Leo. Me sentía intranquilo. Desde que se convirtió al catolicismo, no he visto a Leo ni una sola vez.

… Pasó mucho tiempo antes que en el lugar aquel se molestara alguien en acudir al teléfono, y yo comenzaba ya a estigmatizar con duras palabras esa negligencia eclesiástica, conforme a mi estado de ánimo; dije «mierda», cuando alguien descolgó el auricular, y una voz extrañamente ronca dijo: «¿Sí? » Quedé decepcionado. Había contado con una suave voz de monja, con olor a café flojo y a galletas, y en lugar de esto tenía un hombre que graznaba y olía a tabaco de picadura y a coles, de un modo tan penetrante que me hizo toser.

«Perdón», dije por fin, «¿podría hablar con el estudiante de teología Leo Schnier?»

«¿Con quién hablo?»

«Schnier», dije. Por lo visto eso rebasaba sus horizontes. Calló largo tiempo, comencé otra vez a toser, me calmé y dije: «Voy a deletrear: Sara, China, Nora, Ida, Emil, Richard

«¿Qué significa esto?», dijo por fin, y creí percibir en su voz tanta perplejidad como sentía yo. Quizá habían puesto al teléfono un viejo y amable profesor, fumador de pipa, y reuní a toda prisa un par de vocablos latinos y dije humildemente: «Sum frater Leonis». Me hice el efecto de que no jugaba limpio, pensé en los muchos que quizá experimentan de vez en cuando el deseo de hablar con alguien de allí, y que nunca han aprendido una palabra latina.

Curiosamente, él soltó una risita y dijo: «Frater tuus est in refectorio: está comiendo», dijo algo más alto, «los señores están comiendo, y durante la comida no se les puede molestar».

«Es muy urgente», dije.

«¿Caso de defunción?», preguntó.

«No», dije. «Pero casi».

«¿Grave accidente, por lo tanto?».

«No», dije. «un contratiempo interno».

«Ah», dijo y su voz sonó algo más suave, «hemorragia interna».

«No», dije. «el alma. Asunto puramente del alma». Por lo visto era palabra extraña para él, pues calló de un modo glacial

NicolásDeCusa«Por Dios», dije, «el hombre consta de cuerpo y alma». Su gruñido pareció expresar dudas sobre tal afirmación, y, entre dos chupadas a su pipa, murmuró: «San Agustín, San Buenaventura, el Cusano... Sigue usted un camino equivocado».

«El alma», dije con terquedad. «Por favor, diga al señor Schnier que el alma de su hermano está en peligro y que procure telefonear en cuanto haya terminado de comer».

«El alma», dijo fríamente, «hermano, peligro». Hubiese podido decir igualmente: Mentira, montaña, mundo. La cosa me pareció cómica: después de todo los que estudian allí se educan para la futura cura de almas, y él tenía que haber oído alguna vez la palabra alma. «La cosa es muy, muy urgente», dije. «No soy un colegial».

Hizo solamente «Hum, hum», pues le parecía del todo incomprensible que algo que concernía al alma pudiese ser urgente.

«Se lo diré», dijo, «¿y qué tiene que ver con los colegiales?»

«Nada», dije, «absolutamente nada. Dije sólo que no soy un colegial, que no soy un niño.»

«¿Cree usted que los niños de hoy son verdaderos colegiales? ¿Lo cree en serio?». Se animó tanto, que pude suponer que había llegado a su tema favorito. «Demasiado suaves los métodos de hoy», gritó, «demasiado suaves.»

«Naturalmente», dije, «deberían darse muchos más azotes en las escuelas».

«Eso sí que no», gritó con vehemencia.

«Sí», dije, «sobre todo los maestros deberían recibir muchos más azotes. ¿Pensará usted en dar el recado a mi hermano?»

«Ya está anotado», dijo, «urgente asunto del alma. Cuestión escolar. Oiga usted, joven, ¿me permite que, por ser yo indudablemente el de más edad, le dé un consejo amistoso?»

«Oh, se lo ruego», dije.

SanAgustínVidriera«Deje de leer a San Agustín: la subjetividad hábilmente formulada hace tiempo que dejó de ser teología, y causa daño en almas jóvenes. No es más que periodismo con un par de elementos dialécticos. ¿No se toma a mal este consejo?»

«No», dije, «ahora mismo iré a buscar el libro de San Agustín y lo arrojaré al fuego».

«Bien hecho», dijo casi con júbilo, «al fuego con él. Que el Señor le acompañe». Estuve a punto de decir gracias pero me pareció injustificado, y así colgué simplemente y me sequé el sudor...

De 10

… Fue horrible que me la sedujeran con principios de orden, declaraciones escritas y días enteros de conversaciones secretas en un hotel de Hannover. Marie, después del segundo aborto, estaba deprimida, nerviosa, iba sin cesar a la iglesia, y se disgustaba si en mis tardes libres no la llevaba al teatro, al concierto o a una conferencia. Cuando le propuse volver a jugar a la oca conmigo, mientras tomábamos té, tendidos encima de la cama, se enfadó aún más. En rigor comenzó la cosa cuando dejó de divertirle jugar a la oca. Y tampoco le divertían ya las películas que a mí me gustan: las toleradas para niños de seis años.

OpiPayMaletaLibroYo creo que nadie en el mundo comprende a un payaso, ni siquiera otro payaso, porque siempre entran en juego la envidia o la rivalidad. A Marie le faltó poco para comprenderme, pero nunca me comprendió del todo. Siempre esperaba que yo, «hombre creador», mostrara un «ardiente interés» por absorber tanta cultura como me fuese posible. Era un error. Naturalmente que yo me arrojaré a un taxi, si en una tarde libre me entero de que en alguna parte representan a Beckett, y que de vez en cuando voy al cine, o a decir verdad voy muy a menudo, pero siempre para ver películas toleradas para menores de seis años. Marie nunca pudo comprenderlo: gran parte de su educación católica consistía únicamente en información psicológica y en un racionalismo orillado de misticismo, todo ello al nivel del «que jueguen al fútbol, que así no pensarán en chicas». Pero a mí me gustaba pensar en chicas, y más tarde sólo en Marie. A veces me parecía que yo era un monstruo, pero la verdad es que me gustan esas películas porque en ellas no se encuentra rastro de esa cursilería para adultos a base de adulterio y divorcio. En las películas de divorcio y adulterio juega siempre un gran papel la felicidad de alguien. «Hazme feliz, querido» o «¿Quieres ser un obstáculo a mi felicidad?» Por felicidad, no alcanzo a entender nada que dure más de un segundo, puede que dos o tres como máximo. Me gustan también auténticos films de prostitutas, pero hay pocos. La mayoría son tan sofisticados que no se notan las putas. Existe aún otra categoría de mujeres, ni prostitutas ni esposas: las mujeres compasivas, pero en las películas no se les presta atención. En las películas toleradas para menores de seis años abundan las prostitutas las más de las veces. Nunca he comprendido qué principios siguen las comisiones de censura que califican las películas, al permitir que los niños vean esas películas. Las mujeres en esos films, o bien son prostitutas por naturaleza o lo son en un sentido social; compasivas casi nunca lo son. Se ven chicas rubias bailando el cancán en uno de esos saloons del Far-West, y Skunks KoleBrackenridgerudos vaqueros, buscadores de oro o cazadores de pieles, que en las soledades desérticas han pasado dos años oliendo a skunks, observan a las bellas y jóvenes rubias bailando el cancán, pero en el momento en que estos vaqueros, buscadores de oro o cazadores de pieles se dirigen hacia las chicas y quieren subir a sus camerinos, las más veces se le cierra la puerta en las narices, o les apalea sin piedad un cerdo hercúleo. Me imagino que con ello quiere simbolizarse algún principio de virtud. Crueldad, cuando la compasión sería lo único humano. No es extraño que luego los desgraciados se dediquen a pegarse puñetazos o tiros: es lo mismo que el fútbol en el internado, sólo que allí se trata de hombres adultos, más feroces. No comprendo la moralidad americana. Pienso que allí quemarían viva por bruja a una mujer compasiva, una mujer que no se acostara por dinero ni por pasión por los hombres, sino sólo por compasión de la naturaleza masculina.

Lo más penoso me parece que son las películas artísticas. Los films artísticos los realizan, las más de las veces, personas que por un cuadro no le hubieran dado a Van Gogh ni siquiera un paquete de tabaco entero, sino medio nada más, y aún después se habrían arrepentido, al darse cuenta de que bastaba el tabaco para una pipa. En las películas artísticas se sitúan siempre en el pasado los sufrimientos del artista, la miseria y la lucha con su demonio. Un artista vivo, que no tiene cigarrillos, que no puede comprar zapatos para su mujer, carece de interés para los productores cinematográficos, porque tres generaciones de charlatanes no les han confirmado aún que es de un genio. Una sola generación de charlatanes no les bastaría. «La búsqueda apasionada del alma del artista». Incluso Marie creía en eso. Da grima: claro que algo hay pero habría que llamarlo de otro modo. Lo que un payaso necesita es paz, la ilusión de lo que los demás llaman fiesta. Pero los demás no comprenden que para un payaso la ilusión de la fiesta consiste en olvidarse de su trabajo, no lo comprenden porque ellos sólo en su fiesta se acuerdan de lo que llaman arte, lo cual es en ellos muy lógico. Problema aparte lo constituyen los temperamentos artísticos que no piensan más que en el arte, pero no necesitan fiestas porque nunca trabajan. Cuando se empieza a tomar por artistas a los temperamentos artísticos, surgen los más irritantes equívocos. Los temperamentos artísticos también se ponen a darle al arte en el momento en que el artista tiene la ilusión de una fiesta. Destrozan los nervios con asombrosa infalibilidad: en los dos, tres, cinco minutos en que el artista se olvida de su arte, aparece un temperamento artístico y se lanza a hablar de Van Gogh, Kafka, Chaplin o Beckett. En tales momentos estoy expuesto al suicidio: cuando comienzo a pensar sólo en la cosa que hago con Marie, o en la cerveza, en las hojas que caen en otoño, en el juego de la oca o en algo cursi, tal vez sentimental, comienza algún Fredebeul o Sommerwild a hablar de arte…

PierrotCaracterizacion… Lo que a mí me priva de reposo es mi incapacidad de limitarme, o, como diría mi representante Zobnerer, de concentrarme. En mis números hay demasiada mezcla de pantomima, escenografía, chistes: yo sería un buen Pierrot, pero también podría ser un buen clown, y cambio de números demasiado a menudo. Es probable que hubiese podido vivir durante años con mis números de los sermones católico y protestante, de la reunión del consejo de administración, del tráfico urbano y unos pocos más, pero cuando he interpretado diez o veinte veces un mismo número, me resulta tan aburrido, que en plena actuación me entran unas ansias irreprimibles de bostezar, literalmente, y tengo que disciplinar con un supremo esfuerzo los músculos de mi boca. Me aburro de mí mismo. Cuando pienso que hay payasos que durante treinta años interpretan el mismo número, noto un desasosiego en mi corazón, como si me condenaran a tragarme a cucharadas todo un saco de harina. Tiene que divertirme lo que hago, o me pongo enfermo. De repente se me ocurre que tal vez podría también cantar o hacer malabarismos: y son sólo evasiones para eludir los ensayos diarios. Como mínimo cuatro horas de ensayos, a ser posible seis, y mejor que fueran más. Lo había descuidado en las últimas seis semanas, contentándome cada día con unas volteretas y unas verticales sobre las manos o la cabeza, y con un poco de gimnasia sobre la esterilla de caucho que siempre llevo conmigo a todas partes. Ahora, la rodilla lesionada era una excusa para tenderme en el diván, fumar cigarrillos y acumular compasión de mí mismo. La última pantomima, de un discurso de ministro, se me dio muy bien, pero ya estaba harto de hacer de caricato y no pude ir más allá de un cierto límite. Todas mis tentativas de lirismo fracasaron. Nunca conseguí representar lo humano sin caer en una espantosa ramplonería. Mis números de la pareja de baile, y del camino hacia al escuela y regreso a casa, eran por lo menos pasables artísticamente. Cuando intenté el número de los períodos de la vida de un hombre, caí otra vez en la caricatura. Marie tenía razón al calificar de tentativa de evasión, mis intentos de interpretar canciones a la guitarra. Lo que me salía mejor era la descripción de absurdos cotidianos: observo, sumo las observaciones, las potencio y saco de ellas la raíz, pero con un exponente distinto a aquel con que había yo potenciado...

de 15

... Ambos estábamos muy perplejos. Entre padres e hijos la perplejidad parece ser la única posibilidad de comprensión. Tal vez mi saludo de «padre» sonó muy patético y acrecentó la perplejidad, ya de por sí inevitable. Mi padre, en su asiento de color de orín, miró meneando la cabeza a mis zapatillas empapadas, mis calcetines mojados, y el albornoz demasiado largo que para colmo era de un rojo de fuego. Mi padre no es alto, es delicado, y atildado con tan sabio descuido que las gentes de la televisión se lo disputan siempre que se debate alguna cuestión económica. También irradia bondad y buen juicio, y ha llegado a ser más famoso como astro de la televisión que como el Schnier del lignito. Odia cualquier matiz de brutalidad. Al verle, uno esperaría que fumase cigarros, no gruesos, sino delgados y finos, pero que fume cigarrillos da la impresión, en un capitalista de casi setenta años, de gran elegancia e ideas avanzadas. Comprendo que le hagan intervenir en todos los debates en que se trata de dinero. Se nota que no solo irradia bondad, sino que además es bondadoso. Le tendí los cigarrillos, le di fuego, y al inclinarme hacia él, dijo: «No sé gran cosa de payasos, pero sí algo. Que se bañen en café, es nuevo para mí». Sabe ser jocoso. «No me baño en café, padre», dije, «sólo quería prepararme café, pero lo he echado a perder». Hubiese debido decir «papá», en esta frase a más tardar, pero ya era demasiado tarde. «¿Te gustaría beber algo?» Sonrió, me miró con desconfianza y preguntó: «¿Qué tienes en casa? » Entré en la cocina: en la nevera estaba el coñac, había también allí un par de botellas de agua mineral, limonada y una botella de vino tinto. Tomé un frasco de cada clase, los llevé a la sala y los alineé sobre la mesa ante mi padre. Se sacó las gafas del bolsillo y observó atentamente las etiquetas. Meneando la cabeza, comenzó por apartar el coñac. Sabía que le gustaba beber coñac y dije ofendido: «Pues parece ser una buena marca». «La marca es excelente», dijo, «pero el mejor coñac deja de serlo cuando se sirve helado»…

A-E-C TiraCómica… Saqué dos vasos del aparador y abrí una botella de agua mineral. Por lo menos esto debí hacerlo bien. Daba cabezadas benévolas mirándome.

«¿Te molesta», dije, «que siga en albornoz?».

«Sí», dijo, «me molesta. Vístete correctamente, por favor. Tu facha y tu olor a café dan a esta situación una comicidad que no le corresponde. He de hablar seriamente contigo. Y además -perdona que te hable con tanta franqueza- odio, como bien sabes, cualquier forma de desorden».

«No es desorden», dije, «es una forma de descanso».

«No sé», dijo, «cuántas veces me has obedecido de verdad en tu vida, ahora ya no estás obligado a obedecerme. Te ruego que lo hagas como un favor».

Quedé sorprendido. Mi padre era antes más bien tímido, casi taciturno. En la televisión había aprendido a discutir y a argumentar, con «positivo encanto». Yo estaba demasiado cansado para sustraerme al encanto.

Entré en el cuarto de baño, me quité los calcetines empapados de café, me sequé los pies, me puse la camisa, los pantalones, la chaqueta, con los pies descalzos corrí a la cocina, llené un plato con las judías blancas ya calientes, vacié el huevo pasado por agua sobre las judías, con la cuchara separé de la cáscara el resto del huevo, cogí un trozo de pan y una cuchara, y pasé a la sala. Mi padre miró al plato con una bien lograda mezcla de asco y asombro.

«Perdóname», dije, «desde las nueve de la mañana no he comido nada, y pienso que no te interesa que caiga desmayado a tus pies»...

... y finalmente me levanté, fui a la cocina, y de pie ante la nevera acabé mi plato; durante la comida me miré en el espejo que cuelga encima de la nevera. En las últimas semanas no había efectuado ni siquiera el más importante ejercicio: el facial. Un payaso, cuyo principal efecto consiste en su rostro impávido, debe conservar muy movible el rostro. Al principio sacaba la lengua antes de comenzar los ensayos, para encontrarme muy cerca de mí antes de enajenarme. Más adelante cambié, y me miré a la cara sin trucos de ninguna clase, medía hora todos los días, hasta que al fin no me encontraba ya frente a mí mismo; y como no soy propenso al narcisismo, a menudo estuve a punto de volverme loco. Llegué a olvidar realmente que era mi rostro el que veía en el espejo. Volvía el espejo del revés al terminar el ensayo, y cuando más tarde, en el transcurso del día, miraba al pasar frente a un espejo me asustaba: había un sujeto desconocido en mi cuarto de baño, encima del lavabo, un sujeto que yo no sabía si era cómico o serio, un espectro lívido y narigudo, y corría, tan aprisa como podía, en busca de Marie, para verme en su cara. Desde que se marchó, ya no he podido hacer ejercicios faciales: tengo miedo a volverme loco. Siempre que volvía de ensayar me abrazaba a Marie, hasta verme en sus ojos: minúsculo, algo deformado, pero reconocible: era yo y, sin embargo, era también el del espejo, el que me daba miedo...

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OpinioniDiUnClown… No quedaba aún mucho para comer: otra lata de judías, una lata de melocotones (a mí no me gustan los melocotones, pero esto no lo podía saber Monika), medio pan, media botella de leche, más o menos un cuarto de kilo de café, cinco huevos, tres lonjas de tocino y un tubo de mostaza. En la caja encima de la mesa del cuarto de estar había aún cuatro cigarrillos. Me sentí tan desgraciado que desistí de volver a ensayar algún día. Mi rodilla se había hinchado tanto que el pantalón comenzaba a hacerse estrecho, tan fuerte era el dolor de cabeza que casi era sobrenatural: un dolor incesante e irresistible, en mi alma había oscuridad que nunca, luego estaba la «concupiscencia carnal», y Marie estaba en Roma. Yo la necesitaba, su piel, sus manos en mi pecho. Tengo, como Sommerwild expresó una vez, «una inclinación aguda y cierta hacia la belleza física», y me gusta ver a mi alrededor mujeres bonitas, como mi vecina, la señora Grebsel, pero no experimentaba ninguna «concupiscencia carnal» por estas mujeres, y a la mayoría de las mujeres esto les ofende, aunque ellas, si yo sintiese deseos e intentase satisfacerlos, seguramente llamarían a la policía. Es una historia complicada y cruel, eso de la concupiscencia de la carne, para los hombres no monógamos es probable que sea una constante tortura, para los monógamos como yo una continua coacción a una latente descortesía, la mayoría de las mujeres en cierto modo se ofenden si no experimentan lo que ellas conocen por Eros. Incluso la señora Blothert, modesta, piadosa, estaba siempre un poco ofendida. A veces llego a comprender a los monstruos, de los que tanto se habla en los periódicos, y cuando pienso que hay algo así como «el deber matrimonial», llego a sentir miedo. En tales matrimonios debe de ser monstruoso el que una mujer sea obligada por el Estado y la Iglesia a acceder a esto. Sí, ya sé, la compasión no se puede exigir. También de esto intentaría hablar con el Papa. Seguro que está mal informado…Volví a prepararme pan con mantequilla, fui al vestíbulo y saqué del bolsillo de mi abrigo el periódico de la tarde que había comprado en Colonia al bajar del tren. El periódico de la tarde a veces alivia; me deja vacío como la televisión. Lo abrí, recorrí los titulares hasta que descubrí una noticia que me hizo reír. La cruz del mérito federal para el doctor Herbert Kalick. Kalick era aquel chico que me acusó de derrotismo, y que durante la vista del juicio insistió en el rigor, rigor implacable. En aquel entonces tuvo la ocurrencia genial de movilizar a todo el orfelinato para la lucha final. Sabía yo que se había vuelto una bestia feroz. En el periódico de la tarde se leía que se le había concedido la cruz del mérito federal por «sus méritos al divulgar ideas democráticas entre la juventud».

Me invitó una vez, hará unos dos años, a reconciliarme con él. ¿Debía yo perdonarle que Georg, el huérfano, al ejercitarse con un fusil antitanque, sufriese un accidente mortal, o que a mí, un chiquillo de diez años, me acusase de derrotismo y que hubiese insistido en el rigor, rigor inflexible? Marie dijo que no se podía MapaEifelBonnrehusar una invitación a la reconciliación, y compramos flores y marchamos allí. Tenía una bonita torre, casi tocando al Eifel, una bonita mujer y lo que ambos con orgullo llamaban «un niño». Su mujer es bella de tal modo que no se sabe si está viva o se le ha dado cuerda nada más. Todo el tiempo que pasé junto a ella estuve tentado de cogerla por los brazos o por los hombros, o por las piernas para cerciorarme de que no era una muñeca. Todo lo que ella aportó a la conversación consistió en dos expresiones «ah, qué bien» y «ah, qué horrible». Al principio la encontré aburrida, pero después quedé fascinado, y le hablé de todo, cómo se arrojan monedas a un aparato automático, sólo para averiguar cómo reaccionaría ella. Cuando le conté que mi abuela había muerto -lo que no era cierto, pues mi abuela hacía ya doce años que había muerto- dijo: «¡Oh, qué horrible!», y yo encontré que, cuando alguien fallece, se pueden decir muchas estupideces, pero no «oh, qué horrible"». Después le conté que un tal Humelch (que no existía, y al que inventé rápidamente, para arrojar al aparato automático algo positivo) había recibido el grado de doctor honoris causa, y ella dijo: «Oh, qué bien». Cuando después le conté que mi hermano Leo se había convertido, dudó un momento, y este titubeo me pareció casi un signo de vida; ella me miró con sus ojos de muñeca, inmensos y vacíos, para averiguar en qué categoría situaba yo este acontecimiento, luego dijo: «Horrible, ¿verdad?»; por lo menos había logrado producir en ella una variación de expresión. Le propuse suprimir simplemente ambos «oh, que»" y decir nada más «bien» y «horrible»; reprimió la risa, me sirvió más espárragos y después dijo: «Oh, qué bien». Por último aprendimos en esta velada lo que es «un niño», un pilluelo de cinco años que, tal como era, podría actuar en la televisión publicitaria como niño. Este énfasis de la pasta para los dientes, buenas noches, papi, buenas noches, mami, un servidor de Marie, uno mío. Me extrañé que la televisión publicitaria aún no le hubiese descubierto. Más tarde, cuando ante la chimenea, tomamos café y coñac, habló Herbert de los grandes tiempos en que vivíamos. Luego fue a buscar champán y se puso patético. Solicitó mi perdón, incluso se arrodilló, para pedirme lo que él llamaba una «absolución secular»; estuve a punto de darle en las posaderas, pero cogí de la mesa un cuchillo para cortar el queso y festivamente le di el espaldarazo de demócrata. Su esposa gritó: «Ah, qué bien» y, cuando Herbert volvió a sentarse conmovido, pronuncié un discurso sobre los yanquis judíos. Dije, que por un tiempo se había creído que el apellido Schnier, mi nombre, provenía de schnorren [* Verbo alemán que significa «vivir a costa ajena»], pero se comprobó que derivaba de Schneider. Schnieder, no de schnorren, y que yo no soy ni yanqui ni judío, y no obstante, y entonces abofeteé repentinamente a Herbert, porque recordé que había obligado a nuestro compañero de colegio, Gótz Buchel, a probar su origen ario, y Gótz encontró dificultades ya que su madre era italiana, de una aldea del sur de Italia, y al indagar allí sobre su madre, lo cual no podía dar más que una prueba aproximada de su origen ario, resultó ser imposible, tanto más que la aldea, en la que había nacido la madre de Gótz, había sido ocupada ya por los yanquis judíos. Fueron unas semanas penosas y peligrosas para la señora Buchel y para Gótz, hasta que al maestro de Gótz se le ocurrió solicitar de un especialista en razas de la Universidad de Bonn un informe pericial. El experto afirmó que Gótz era «occidental, pero racialmente puro», pero entonces Herbert Kalick lanzó la estupidez que todos los italianos eran unos traidores, y Gótz ya no tuvo un momento de tranquilidad hasta que acabó la guerra. Esto lo recordé yo cuando intentaba pronunciar un discurso sobre los yanquis judíos, y propiné a Herbert Kalick una bofetada en el rostro, arrojé mi vaso de champán al fuego de la chimenea, el cuchillo para cortar el queso lo arrojé tras el vaso, y cogiendo a Marie por el brazo la arrastré fuera de allí. Allá arriba no pudimos encontrar ningún taxi y tuvimos que ir a pie durante largo rato hasta alcanzar la estación de autobuses. Marie lloraba y todo el tiempo estuvo diciendo que me había comportado de modo inhumano y anticristiano, pero yo dije que no era cristiano y que mi confesionario aún no estaba abierto. También me preguntó si es que dudaba de la conversión a la democracia de Herbert, y yo dije: « No, no, si no lo dudo -al contrario-, pero simplemente él no me gusta y nunca me gustará»…

...Dentler Ansichten Clown

El actor Dentler Ansichten Clown caracterizando a Hans Schnier en Opiniones de un payaso. Teatro.

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       … Con la pala recogí los posos del café, las latas vacías y las cáscaras de huevo y lo arrojé todo al cubo de la basura. Odio las habitaciones desarregladas, pero yo mismo soy incapaz de poner orden. Entré en el cuarto de estar, cogí los vasos sucios, y los puse en el fregadero de la cocina. En el piso no quedaba nada desordenado, y sin embargo no parecía arreglado. Marie tenía un modo hábil y muy rápido de dejar que una habitación pareciese arreglada, si bien ella no utilizaba nada visible, ni controlable. Debía de consistir en sus manos. El pensar en las manos de Marie -sólo el pensar que ella podría poner sus manos sobre los hombros de Züpfner- exasperaba mi melancolía hasta la desesperación. Una mujer puede expresar o fingir tanto con sus manos, que a mí las manos de un hombre me parecen tacos de madera encolados. Las manos de hombre sirven para dar apretones de manos, para castigar, naturalmente para disparar y para firmar. Estrechar las manos, castigar, disparar, firmar cheque cruzados, esto es todo lo que pueden hacer las manos de los hombres y, naturalmente, trabajar. Las manos de las mujeres casi dejan de ser manos: tanto si extienden mantequilla sobre el pan o separan los cabellos de la frente. Ningún teólogo ha tenido nunca la idea de predicar sobre las manos de las mujeres en el Evangelio: Verónica, Magdalena, María y Marta; nada más que manos de mujeres en el Evangelio, que prodigaron caricias a Cristo. En lugar de esto, predican sobre leyes, normas disciplinarias, arte, estado. Cristo sólo se ha relacionado, por así decirlo, privadamente, casi con mujeres nada más. Naturalmente que necesitaba hombres, porque suponían, como Kalick, una relación con el Poder, sentido por la organización, y demás zarandajas. Necesitaba hombres, así como en un cambio de domicilio se requieren transportistas de muebles, para los trabajos rudos, y Pedro y Juan fueron tan amables, que casi no fueron hombres, mientras que Pablo fue tan viril como correspondía a un romano…

 (Las siguientes imágenes son fotogramas de un vídeo de youtube subido por teather-bon en 2015. Para ver el vídeo (en aleman):    video)

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   ...… Me aparté del espejo; me gustó lo que vi allí, ni por un momento pensé que me veía a mí mismo. No era un payaso, era un muerto que hacía de muerto.

Ansichten-eines-Clowns Mimo1Fui cojeando hasta nuestro dormitorio, en el cual no había entrado aún, por miedo a los vestidos de Marie. La mayoría de los vestidos se los había comprado yo mismo e incluso sugerí alteraciones a las modistas. Le sentaban casi todos los colores excepto el rojo y el negro, incluso puede ir de gris sin que parezca apagado y el rosa le sienta muy bien, y el verde. Es probable que yo pudiese ganar dinero en el ramo de modas femeninas, pero para alguien monógamo y no invertido, sería una tortura espantosa. La mayoría de los hombres dan a sus esposas un cheque y les recomiendan seguir la moda. Si el violeta está de moda, lo llevarán todas las mujeres cebadas con cheques, y si todas las mujeres «elegantes» van de violeta a una party, parecerá una asamblea general de obispos femeninos difícilmente resucitados. A pocas mujeres les sienta el violeta. Marie podía llevarlo bien. Cuando yo todavía vivía con mis padres, llegó de repente la moda del «saco», y todas las pobres gallinitas a quienes sus maridos ordenan vestirse «representativamente» vinieron a nuestro jour fixe envueltas en sus sacos. Algunas mujeres me dieron tanta lástima -en especial las altas y corpulentas esposas de los incontables presidentes- que me entraron deseos de ir hacia ellas, y ponerles encima cualquier cosa -un tapete o una cortina- como manto de caridad. El marido, el perro estúpido, no notaba nada, no veía nada, no oía nada, igual mandaría a su esposa a la compra en camisón de dormir de color rosa, si cualquier invertido lo implantara como moda. Al día siguiente, ante ciento cincuenta pastores protestantes, pronunciaría el marido una conferencia sobre la «realidad» del matrimonio. Y ni siquiera había descubierto la realidad de que su esposa tiene las rodillas demasiado angulosas para llevar faldas cortas. Para sustraerme al espejo, abrí de golpe la puerta del armario ropero: nada de Marie en el armario, nada, ni siquiera una horma para zapatos o un cinturón, como a menudo olvidan las mujeres. Ni siquiera un hálito de su perfume. Mejor que se hubiese llevado también mis vestidos, para regalarlos o quemarlos, pero mis cosas estaban allí: unos pantalones caqui, que nunca me había puesto, una chaqueta de tweed negra, unas cuantas corbatas, y tres pares de zapatos en el estante; en los cajones lo encontraría todo: gemelos para los puños y varillas blancas para el cuello, calcetines y pañuelos de bolsillo. En lo que respecta a derechos de propiedad, los cristianos son de una rigidez despiadada: debí pensarlo. No necesitaba abrir los cajones: lo que era mío, estaría todo; de lo de ella, no quedaba nada. ¡Cuan caritativo hubiera sido llevarse también lo mío! Pero con nuestro armario ropero se había procedido con plena legalidad, de un modo mortalmente correcto. Seguramente Marie había sentido compasión al llevarse todo lo que pudiera recordármela, y seguramente había llorado, aquellas lágrimas que lloran las mujeres en las películas de divorcios, cuando dicen: «Nunca olvidaré el tiempo que pasé contigo»…

Ansichten-eines-Clowns Mimo2… La noticia de la muerte de Henriette nos llegó cuando nos sentábamos a la mesa. La servilleta de Henriette, que a Anna no le parecía todavía bastante sucia para la colada, seguía en su aro amarillo en el aparador. Todos miramos a la servilleta, que tenía mermelada pegada, y una parda mancha de sopa o de salsa. Por primera vez me di cuenta del horror de los objetos que una persona deja al marcharse o morir. Mi madre fue capaz de empezar a comer, lo cual sin duda quería significar que «la vida sigue» o alguna moraleja por el estilo, pero yo sabía muy bien que lo que seguía no era la vida sino la muerte. De un golpe le arranqué de la mano la cuchara de sopa, y corrí al jardín y luego otra vez adentro: chillidos y gritos estaban en su apogeo. La sopa caliente le había quemado a mi madre la cara. Subí corriendo al cuarto de Henriette, abrí de par en par la ventana y tiré al jardín todo lo que me vino a las manos: cajitas y vestidos, muñecas, sombreros, zapatos, gorros, y tiré del cajón y vi su ropa interior, y entre la ropa curiosas cositas por las que debió de sentir cariño: espigas secas, piedrecitas, flores, recortes de papel, fajos de cartas atados con cintas de color de rosa. Los zapatos de tenis, las raquetas, las copas de campeonato, todo lo tiré al jardín. Leo me dijo luego que le parecí «loco», y todo ocurrió tan rápidamente, con rapidez de locura, que nadie pudo intervenir. Tiré cajones llenos por la ventana, y corrí al garaje y saqué al jardín el pesado bidón con la reserva de gasolina, lo derramé por el montón y le prendí fuego. A puntapiés arrojé a las llamas todo lo que había desparramado alrededor, busqué todos los andrajos y pedazos, todas las flores y espigas y los fajos de cartas, y los tiré al fuego. Corrí al comedor, me apoderé de la servilleta con su aro, y al fuego. Leo me dijo que en cinco minutos lo hice todo, que cuando se dieron cuenta ya las llamas se elevaban muy altas y todo ardía. Acudió un oficial americano pensando que yo quemaba documentos secretos, el diario íntimo de la Bestia Nazi, pero cuando llegó ya ardía todo, negro y asqueroso y maloliente, y cuando quiso apoderarse de un fajo de cartas le golpeé la mano y vertí en el montón el resto de bencina del bidón. Luego acudieron incluso los bomberos con sus mangas grotescamente enormes, y una voz grotescamente vociferante dio la más grotesca orden que he oído en mi vida: «¡Agua, ar!» Y no se avergonzaron de inundar con sus mangas aquel mísero montón de cenizas, y como una llamita había prendido en el marco de una ventana, allí apuntaron las mangas, e inundaron el cuarto y echaron a perder el entarimado, con lo cual mi madre aulló copiosamente y telefoneó a todas las compañías de seguros discutiendo si era un caso de incendio o de inundación y si quedaba cubierto por sus pólizas.

Bebí un sorbo de la botella, me la guardé otra vez en el bolsillo de la chaqueta y me palpé la rodilla. Echado en el sofá, me dolía menos. Si me sosegaba y me concentraba, hinchazón y dolor acabarían desapareciendo…

Si quiere leer el final, lo tenemos: OpinionesDeUnPayaso

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