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Fragmentos de libros. La Odisea, de Homero. COMIENZO (II):

 

Editorial:  Mediterráneo                                     Acceso/Volver al Comienzo I de "La Odisea":   Arriba FraLib

 (continúa)

    ... 

   Manuscrito ... Cuantos habían salvado la vida de la terrible guerra de Troya, se hallaban ya, por aquella época, en sus hogares libres de los riesgos del mar y de las batallas. Únicamente Ulises fue privado de esta dicha; mucha era la impaciencia que mostraba por volver a su patria y ver a su mujer, pero hallábase detenido en las profundas grutas de la diosa Calipso, la mejor entre las divinas, la hermosa ninfa que deseaba ardientemente a Ulises por esposo. Al fin, al cabo de los años, llegó el momento en que los inmortales determinaron, no que acabasen sus trabajos, aun cuando lograse reunirse con su familia, pero sí que volviese a Itaca, su patria. Todos los dioses se compadecieron de él, menos Neptuno, cuyo odio a Ulises no se aplacó hasta que el héroe regresó a su país.

         Los dioses aprovecharon la ausencia de Neptuno, que se había marchado al país de los etíopes -pueblo que viven en el extremo de la tierra dividido entre dos naciones; la una, situada hacia el lugar donde el sol nace, y la otra,, hacia el lugar donde el sol muere- con objeto de asistir a un banquete y a una hecatombe de toros y corderos. Reunidos los dioses en el Olimpo, tomó la palabra Júpiter, el padre de hombres y dioses, para hablar del famoso Egisto, a quien Orestes había matado para vengar la muerte de su padre. Dijo de este modo: :«¡Oh dioses! No necesito recordaros con cuánta injusticia nos suelen acusar los mortales. Afirman que somos los causantes de sus aflicciones, cuando en realidad son ellos mismos quienes con sus locuras causan sus propias desdichas, aun cuando no estén decretadas por el destino. Esto fue lo que ocurrió a Egisto, quien a pesar de conocer la terrible muerte que le esperaba se opuso a los designios del hado y contrajo matrimonio con la legítima esposa del Atrida Agamenón, dando muerte a éste cuando regresaba a su patria. Fue inútil que le previniésemos enviando a Mercurio, instándole a que no cometiera tal crimen, pues Orestes, el príncipe, se vengaría cuando llegase a ser hombre. Así se lo dijo el Argicida, al llevarle nuestro recado; mas no logró persuadirle, a pesar de tratarse del mejor consejo. En fin, ya sabéis cómo se cumplió lo que estaba dispuesto y cómo pagó todos sus crímenes.»

OMHPOY

        Minerva, la diosa de los brillantes ojos, tomó la palabra para responderle: «¡Oh excelso hijo de Saturno, vuestro padre, el más poderoso de los dioses! Gran injusticia ha sido la muerte que ha sufrido el miserable, ¿no es cierto? ¡Cuántos como él procedan deben sufrir el castigo semejante¡ En cambio, cuando pienso en el prudente y desgraciado Ulises se me parte el corazón de horrible pena y arde en cólera mi espíritu. Ulises sufre angustiado lejos de sus familiares en una isla, constantemente batida por las olas, en medio del mar, isla cubierta de impenetrable bosque donde habita la diosa hija del terrible Atlante, conocedora de todos los secretos de los abismos marinos, la que sostiene las inmensas columnas que separan el cielo de la tierra. Es ella la que aprisiona al desventurado y triste Ulises sin que la compadezcan sus lágrimas y suspiros, pues no sea su en propósito de seducirle con las más melifluas y falsas palabras, creyendo que así podrá olvidar a Itaca. Pero el héroe, que sólo desea contemplar nuevamente el humo de su hogar y que por conseguirlo está resuelto a perder la vida, resiste a todos los encantos de la pérfida diosa. ¿No te conmueve. ¡oh Júpiter olímpico!, lo que le ocurre? ¿No se apiadará tu corazón al ver contemplar la desgracia de Ulises? ¿No recuerdas los muchos sacrificios que te ofrecía al pie de los muros de Troya? ¿Cuál es la causa de tu iracundia contra él?»

Polifemus«¿Qué es lo que estás diciendo, hija mía? –dijo el dios del trueno- ¿Crees que es posible que yo olvide al divino Ulises cuya prudencia es superior a la de todos los hombres y al que todos los dioses que habitamos el grande Olimpo agrademos su devoción? Es Neptuno, el que ciñe la tierra, quien le tiene implacable rencor por haber dejado ciego a su hijo, el deiforme Polifemo, el más fuerte de todos los cíclopes, nacido de la ninfa Toosa, hija de Forcis, uno de los dioses marinos, con la que ayuntó día en que la encontró sola en la profunda gruta de su padre. Tal es el motivo del odio que siente hacia el héroe; tan profundo que prefiere llevar a Ulises errante por el vasto mar, siempre lejos de su patria, sin hacerle perder la vida. Pero vamos a ver si discurrimos entre todos el mejor medio de hacer regresar a Ulises y que Neptuno no tenga más remedio que apaciguar su cólera cuando vea que frente a él estamos todos los dioses»

Minerva tomó la palabra y dijo: «¡Oh poderoso hijo de Saturno, que tutelas a hombres y dioses! Si es deseo de todos los inmortales que Ulises vuelva a los suyos, enviemos rápidamente a Mercurio a la isla de Ogigia, para que transmita tus órdenes supremas a la bella ninfa y deje partir a su cautivo. Yo marcharé a Itaca mientras tanto para reanimar el valor de su hijo e inducirle a que llame al ágora a los aqueos y se oponga enérgicamente a la entrada en el palacio a los insolentes príncipes que de continuo asedian a su madre y merman los rebaños de su casa degollando ovejas y bueyes para sacrificios y festines. Luego le induciré a que vaya a Esparta y a la arenosa Pilo en busca de su padre, para que, mientras le busca, luche y adquiera entre los hombres fama inmortal.»

Una vez dicho esto, calzase los divinos talares de oro con los que corría sobre mar y tierra con la rapidez del viento Asió la poderosa y resplandeciente lanza, fuerte, larga, robusta, con la que, cuando contra los hombres se enfurecía, destruía filas enteras de héroes. Descendió veloz las cumbres del Olimpo y dirigiéndose a Itaca detúvose en el umbral que precedía al palacio de Ulises, tomando la figura de Menes, rey de los tafios. No tardó en encontrar a los orgullosos pretendientes de la reina Penélope jugando a los dados para entretener el tiempo, sentados sobre las pieles CrateraDeVolutasde los bueyes degollados por ellos. Diligentes servidores los rodeaban mezclando vino y agua en las cráteras, limpiando otros con magníficas esponjas.

El deiforme Telémaco fue el primero que advirtió la presencia de la diosa. Se hallaba sentado entre los pretendientes de su madre, pero su corazón estaba apesadumbrado, y de su pensamiento no se apartaba el recuerdo de su valiente padre, confiando en su pronto regreso para que lanzase de allí a aquellos desvergonzados y recuperase sus dignidades y fortuna. En ese momento vio a Minerva y se dirigió presuroso hacia ella. Molesto por haber hecho esperar tanto tiempo a un huésped a la puerta de su casa, así de la mano a la diosa, recogió con la otra su broncínea lanza y dijo: «Bien venido, extranjero. Te recibo como huésped y amigo; sacia tu sed y tu apetito y después me dirás lo que de mi esperas.» Tras de hacerla pasar y poner su lanza en la lancera entre otras muchas de Ulises, extender una magnífica alfombra en el suelo y aproximar un escabel, hizo sentar a la diosa en una silla ricamente labrada, lejos de los pretendientes para no ser molestados con sus charlas y para que el visitante pudiera interrogarle sobre su padre ausente. Con el agua que llevaba en un jarro de oro, una esclava roció sus manos; el agua caía después en una jofaina de plata; luego colocó ante ellos una mesa bien pulida. En seguida les fueron servidos pan y los mejores manjares que la despensa guardaba. El trinchador de carnes les sirvió los mejores trozos y un helando les escanciaba olorosos vinos en copas de oro.

 Entraron los orgullos pretendientes, sentándose por orden en sillas y sillones, tomaron aguamanos de los heraldos, esclavas y mancebos les sirvieron pan y vino y comenzó el banquete. Una vez hartos acordáronse de la música y la danza, grato complemento de los festines. Con desagrado por la presencia de los insolentes príncipes, el cantor Femio empezó a tañer la hermosa cítara un heraldo le ofrecía entonando su son un canto bellísimo. Telémaco, acercándose al oído de la diosa para que no lo oyeran, le dijo así:

DemódocoCantaAnteUlisesYAlcínoo      «Amado huésped, ¿te enfadarás conmigo si te hablo ante todo de esos insolentes que ahí ves? Míralos. Únicamente piensan en hartarse, en músicas y canciones, consumir lo que nada les cuesta, pues se aprovechan de la hacienda de otro, la de un varón cuyos blancos huesos arrojarán quizá las olas del mar a estas horas en remotas playas o yacerán en el fondo del océano. Pero si por ventura no fuese así y los vieran de regreso en Itaca ten por seguro que preferirían poseer veloces piernas a todo el oro y los lujosos vestidos que ostentan. Creo por desgracia que es inútil hacerse ilusiones porque ese príncipe ha muerto y son vanas las esperanzas que algunos mantienen pensando que volverá. ¡Nunca amanecerá el día de su regreso! Pero dejemos esto. Dime tú quién eres, de dónde vienes, cuál es tu país y quiénes tus padres; explícame si antes, en tiempo de mi padre, estuviste ya aquí en esta casa abierta siempre al extranjero.»

«Contestaré a todas tus preguntas –dijo la diosa de brillantes ojos-. Me enorgullezco de ser Mentes, hijo del valiente Anquíalo, y soy rey de los tafios, todos marinos. Para fines comerciales he atravesado el proceloso Ponto; me dirijo a Temesa a cambiar el bronce que llevo por hierro. Al pie del boscoso Neyo, en el puerto de Retro, que se halla al extremo de la isla, está mi nave. Los lazos de la hospitalidad nos unen, pues nuestros progenitores se honraban mutuamente hospedándose en sus palacios. Laertes está muy enterado de todo esto; pero, según me han dicho, vive en el campo alejado de la ciudad, apesadumbrado y agotado, donde una anciana esclava le sirve y da de comer cuando queda exhausto de tanto pasear renqueante por su fértil viña. Y gran pena me causa no ver a tu padre en Itaca. Me habían asegurado que ya se hallaba aquí y por eso he venido. Pero yo te aseguro que vive; seguramente se encuentra en alguna isla, muy a su pesar, retenido por crueles e inhumanos hombres que le impiden partir. Más aunque yo no soy mago ni adivino, los dioses me inspiran y voy a predecirte lo que se ha de cumplir: No tardará mucho tiempo en regresar Ulises a su patria. Aunque le atasen con cadenas de hierro, él sabría romperlas para volver, pues es grande su ingenio y los recursos de su astucia. Si es verdad que eres su hijo, dímelo, aunque creo que, en efecto, lo eres, pues te pareces mucho a él en la forma de la cabeza y en los ojos, y yo le recuerdo bien de cuando nos reuníamos antes que embarcase para Troya al frente de los principales caballeros griegos. Pero desde entonces no nos hemos visto. »

MapaGreciaConItaca
Mapa de Grecia clásica. La isla de Itaca resaltada en verde en el Mar Jónico.

«Quiero hablarte con toda sinceridad –contestó el joven Telémaco-. Soy su hijo, si debo creer a mi madre. Nada más puedo decirte. Nadie puede alabarse de conocer con certidumbre su propio linaje. ¡Ojalá hubiesen hecho los dioses que yo fuese un simple mortal de esos a quienes la vejez encuentra felizmente rodeado de su familia y de su hacienda! Por desgracia, ya ves que desciendo del más infortunado de los hombres.»

Minerva, la de los brillantes ojos, replicó: «Sin duda los dioses no quieren que tu linaje permanezca ignorado por la posteridad, cuando Penélope te ha parido tal cual eres. Y ahora dime: ¿Cuál es la causa de este festín? ¿Es que hay algo que festejar, algún casamiento? Porque no se trata, según advierto, de gentes que sólo se reúnen para comer. Aquí se ve el derroche y la insolencia; nadie que no sea un insensato, al presenciar esto con el cúmulo de torpezas y groserías que cometen estos hombres, dejaría de indignarse.»

«Puesto que te interesa saber cuanto aquí ocurre, generoso extranjero –contestó Telémaco-, te diré que mientras estuvo Ulises en esta casa, en otros tiempos, no la hubo más próspera ni más respetada. Pero lo dioses para castigarnos han querido que desaparecieses mi padre sin que nadie sepa lo que ha sido de él. El dolor de su muerte nos sería menos grande si supiéramos que había perecido entre sus camaradas al pie de los muros de Troya, o si al terminar tan terrible guerra hubiese muerto en brazos de sus amigos. Entonces los griegos le habrían erigido un magnífico túmulo y su gloria nimbaría ahora mi frente. En cambio, habiendo desaparecido sin fama, víctima de las implacables arpías, recibiendo una muerte oculta e ignorada, sólo ha recaído sobre mí, en vez de gloria, pesares y llanto. En verdad que mis sollozos no son sólo por la desaparición de mi padre, sino PenelopeAcosadaWaterhousetambién por muchas penas con que los dioses me distinguen. Has de saber que todos los magnates y príncipes de las islas vecina, tan abundantes en bosques, Duliquio, Same y Xacinto, e incluso los que imperan en la misma Itaca, todos pretender a mi madre y arruinan nuestra casa. Por su parte, mi madre no se atreve a rechazar a sus pretendiente, ni tampoco a casarse de nuevo y ellos entre tanto comen y agotan mi hacienda y pronto terminarán conmigo mismo.»

Minerva suspiró y, compadecida, dijo: «¡Ay! Ya veo cuán necesario es que tu padre venga después de una larga ausencia a reprimir y castigar al cinismo de estos príncipes. Verás como todo cambiaría si ahora mismo apareciese aquí con su yelmo, su escudo y sus dos lanzas, tal como le vi por vez primera en mi palacio, al volver de Efira y de la Corte de Ilo Mermérida, adonde fue para que este príncipe le facilitase un veneno mortal con que untar las flechas para la caza de bestias feroces. Ilo, temeroso de disgustar a los dioses, no se lo dio; pero cuando tu padre vino a Tazos, mi padre, que era muy amigo suyo y sabía que era cierto lo que le dijo, pues era incapaz tu padre de emplear el veneno para hacer mal, le proporcionó la ponzoña. Yo te digo que si aparecieses Ulises de improviso todos los que cortejan a tu madres huirían confusos, destruida la esperanza de sus nupcias y embargados por la desesperación. Pero todo depende de los dioses, que son los únicos que saben si Ulises ha de volver .En cuanto a ti, escucha bien lo que ahora voy a decirte: Mañana mismo debes convocar a todos los príncipes que pretenden a tu madre y poniendo a los dioses por testigos, ordénalos que se retiren a sus respectivas Cortes. En cuanto a tu madre, si su ánimo se inclina a casarse otra vez, debe volver al palacio de du poderoso padre. En él Isario y Peribea se las arreglarán de modo de prepararla unas nupcias dignas de tan bien amada hija y de dotarla de esplendidez. Respecto a ti, quiero darte un consejo prudente, que harías bien en seguir: Cuando termine la asamblea, prepara la mejor embarcación que tengas, por en ella veinte vigorosos remeros y corre po el mar para averiguar la suerte de tu padre. Tal vez, navegando, encuentras alguien que pueda darte noticias suyas e incluso la misma Fama, hija de Júpiter, acceda a enseñarte algo sobre su paradero, pues su poder es muy grande y le sería fácil averiguar lo que deseas. Ve primero a Pilos y pregunta al divino Néstor; luego marcha a Esparta en busca del rubicundo Menelao, que ha sido el último que regresó de los supervivientes de Troya. Si tuvieses algún indicio de que tu padre vive y ha de volver estera durante todo un año la confirmación de la noticia teniendo paciencia y resignación durante ese tiempo. Si, por el contrario, te dijesen que ha muerto, vuelve sin dilación a tu patria, erígele un túmulo, hazle honrosas exequias y procura un buen esposo para tu madre. Una vez hechas todas esas cosas, deberá deshacerte de los pretendientes que ahora la cercan matándolos a todos. Puedes hacerlo empleando la fuerza, ElectrayOresteso bien astutamente:; pero ya es hora de que tomes determinaciones enérgicas, pues has pasado de la edad de la niñerías. ¿Acaso no sabes la inmensa gloria que ha logrado el divino Orestes por haber matado al criminal Egisto, asesino de su padre? Debe servirte de ejemplo. Tienes valor, amigo mío; eres fuerte, alto y de noble aspecto; arrójate a lo que te digo y merecerás, como Orestes, los elogios de la posteridad. Ya te he dicho cuanto quería, ahora me vuelvo a mi nave, pues mis compañeros estarán impacientes por mi regreso. Haz cuanto te digo y no olvides mis consejos.»

«Mi querido huésped –contestó el prudente Telémaco., bien veo que me has hablado con el cariño e interés de un padre. No olvidaré tus consejos. Por lo mismo, te suplico que aun cuando tengas prisa te quedes el tiempo necesario para tomar un baño y divertirnos juntos un rato. Luego puedes volver alegremente a tu nave, llevándote el magnífico regalo que he de hacerte en recuerdo mío, pues no ignoras que ésta es la costumbre respecto a los huéspedes ilustres.»

La diosa respondió impaciente: «No me detengas, te lo ruego; debo partir inmediatamente. Acepto tu regalo para cuando vuelva y entonces seré feliz llevándomelo a mi palacio. Hazme un regalo magnífico, que por hermoso que sea yo te corresponderé con otro semejante.»

La diosa, volando como un pájaro, desapareció apenas pronunciadas estas palabras. Telémaco notó que se le avivaba mucho el recuerdo de su padre, así como su valor y audacia. Desde luego, Telémaco consideró que había sido un dios quien le había hablado. Luego corrió hacia donde estaban los pretendientes de su madre, que se hallaban escuchando al aedo el canto en que condenaba la suerte que Minerva había deparado a los aqueos cuando regresaron de Troya.

Minerva

La discreta Penélope, hija de Icario, conmoviéndose profundamente al escuchar esta canción, y bajó por la escalinata seguida de dos de sus esclavas. Cuando la hermosísima matrona llegó donde estaban reunidos sus pretendientes, detúvose en el umbral del salón, no sin haberse cubierto el bellísimo rostro con un velo. Dirigiéndose al divino aedo, con los ojos arrasados de lágrimas le habló así; «¡Femio!, tú sabes muchas otras canciones distintas a ésa, canciones que se refieren a las hazañas de los héroes y de los dioses; cántales cualquiera de ellas para que mientras beben te escuchen; pero deja ese canto tan triste que angustia mi corazón al recordarme a mi incomparable marido del que por desdicha me veo privada. ¡Oh esposo mío, amadísimo, cuya gloria y fama celebran no sólo Argos, sino toda la Hélade

«¡Madre mía –exclamó el joven Telémaco- no prohibas a Femio que cante lo que su inspiración le dicta! Nada tiene que ver nuestras con desdichas los aedos que las cantan. Solamente Júpiter es quien dispone el bien y el mal para los mortales. Femio no merece censura por cantar las desventuras de los griegos. Ten, pues, madre mía, el valor de escucharlo. Además no fue sólo Ulises quien pereció a la vuelta de Troya; otros muchos sucumbieron también. Vete a tus habitaciones, continúa tejiendo tu tela manejando la rueca y haz que tus esclavas se apliquen de nuevo al trabajo, pues no es cosa de mujeres hablar en las asambleas y en esta ocasión es a mí a quien corresponde el mando de esta casa.»

Penélope volvió en efecto a sus habitaciones llena de asombro por las juiciosas y severas palabras de su hijo. De nuevo en su retiro continuó sollozando por Ulises su amadísimo esposo, hasta que Minerva, compadecida de su dolor, la sumió en un dulce sueño.

AedoEnUnaCopaAtica 515aCMientras tanto, abajo, en el salón, los pretendientes disputaban con violencia, pues todos ardían en deseos de compartir el lecho con Penélope. Pero el prudente Telémaco, impuso su voz diciendo: «¡Silencio! ¡Guardad vuestras insolencias! ¡Siga el festín y oigamos a este maravilloso aedo, semejante a los dioses cuando canta! Luego al amanecer nos reuniremos en el ágora donde os invitaré a salir de mi palacio para que en lo sucesivo celebréis los festines en los vuestros. Y si vosotros preferís continuar arruinándome entre todos, yo invocaré a los dioses inmortales para que Júpiter castigue con la muerte vuestra desvergüenza.»

Al escuchar a Telémaco todos aquellos príncipes se mordieron los labios con rabia muy sorprendidos de que aquel joven les hablase con tanta audacia. Por fin, Antínoo, hijo de Eupites, le replico diciendo: «Sin duda tienes mucha confianza en los dioses para hablar con tanta osadía; pero no permita el hijo de Saturno que llegues a ser rey de Itaca, la que circunda el mar, aunque ello te corresponda por el linaje de tu padre.»

«Antínoo -dijo el joven Telémaco-, no te irrites si te digo que recibiría con gran placer el cetro de manos de Júpiter. ¿O crees que ser rey es la mayor desgracia que le puede suceder a un hombre? Nada tiene de malo si se reina con justicia y se merecen las riquezas y honores que acarrea la realeza. Yo sé que en esta isla hay muchos hombres jóvenes y viejos que merecen reinar, y así, si Ulises mi padre hubiese muerto, tome el cetro uno de ellos, que yo entonces me limitaré a ser el amo de mi palacio y de los esclavos que aquél ganó como botín de guerra.»

Dióle la respuesta Eurímaco, hijo de Pólibo: «Telémaco -dijo-, son los dioses quienes han de decidir cuál de los aqueos ha de reinar en Itaca. Respecto a ti, sigue disfrutando de tus riquezas, de tu palacio y si llegas a reinar en Itaca que nadie vaya a despojarte de lo que es tuyo. Pero, dime: ¿Quién era ese extranjero que acaba de marcharse? ¿De dónde viene, cuáles son su familia y su patria? ¿Acaso te trajo noticias de tu padre o vino con el propósito de arreglar algún asunto? Se fue tan pronto, que apenas le hemos podido ver. Sin embargo, advertimos que no era hombre de oscuro nacimiento.»

«Eurímaco –respondióle Telémaco-, a veces vienen algunos a traerme noticias favorables y los adivinos a quienes llama mi madre coinciden con ellos. Pero yo no espero volver a ver a mi padre. En cuanto a este amigo, que ya lo era de mi padre, venía de Tafos. Es Mentes, el hijo del belicoso Anquílao, y reina sobre los tafios que como sabes son todos hombres de mar.» Esto digo Telémaco sin descubrir su parecer que era que el de que Mentes era una diosas inmortal. Después de escuchar sus palabras los huéspedes volvieron a sus diversiones deleitándose con el baile y el canto, hasta que se hizo de noche. Cuando ésta llegó marcharon a acostarse cada uno a su palacio. Entonces Telémaco, cuyo espíritu estaba agitado por muy contradictorios pensamientos, subió a su cámara situada en un pabellón que había en el patio y que podía verse desde todas partes. Le acompañaba, precediéndole con teas encendidas, la casta Ericlea, hija de Ops Pisenórida. La había comprado en otra época Laertes, respetándola siempre, pues nunca quiso acostarse con ella para no dar celos a su mujer. Era la esclava que más amaba Telémaco, pues le había criado desde niño. Una vez en el aposento quitóse Telémaco la delicada túnica que vestía y se la entregó a la anciana, quien la estiró y la colgó en una torneada percha junto al lecho. Después, la esclava salió del dormitorio y cerró la puerta tirando del anillo de plata que por medio de una correa echaba el cerrojo. Telémaco, bien abrigado por una blanca piel de oveja, pasó la noche desvelado pensando en el viaje que le había aconsejado Minerva.

CANTO II

Apenas el alba con sus rosados dedos…

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