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Fragmentos de libros. ALEGATO DE UN LOCO de August Strindberg  COMIENZO II:

 

Editorial:  ElOlivoAzul       Acceso/Volver a los fragmentos I de "Alegato de un loco": BenditoNombre177

 
 
Continúa   

     Introducción

A Henry Bauer

     

     Sentado a mi mesa, pluma en mano, caí abatido por un acceso de fiebre. Hacía quince años que no me afectaba ninguna enfermedad seria, de modo que me asombró ese accidente sobrevenido tan inoportunamente: no que tuviese miedo a morir, si era preciso que me llevase la muerte, sino que, llegado a los treinta y ocho años al cabo de una carrera plagada de escándalos, sin haber dicho mi última palabra, sin haber cumplido todos mis deseos de juventud ni ofrecido planes para el futuro, ese precipitado desenlace no podía complacerme. Después de estos cuatro años viviendo con mis hijas y mi mujer en un exilio casi voluntario, enterrado en una aldea de Baviera, agotado, llevado anteriormente ante los tribunales, secuestrado, Vitelio gemoníasdesterrado y arrastrado a las gemonías, en ese momento en que me repantigaba en mi cama un único sentimiento me obsesionaba: la revancha. Desde ese momento se entabló una lucha en mi interior; estaba sin fuerzas para pedir auxilio. ¡Minado por la fiebre que me abrasaba como un lecho de plumas, me cogía por la garganta para estrangularme, me aplastaba desde las rodillas al pecho y me calentaba las orejas hasta el extremo de que me parecía que los ojos se me iban a salir de sus órbitas, permanecí pues sólo enmi cuchitril junto a la Muerte, que sin lugar a dudas se había infiltrado en mi habitación, taimada, y se abatía sobre mí!

     ¡Mas no quería morir! A consecuencia de la resistencia que estaba oponiendo, el combate se hizo encarnizado. Mis nervios se contraían, la sangre chorreaba por mis arterias. Mi cerebro bullía, como un pólipo precipitado en vinagre. Repentinamente, persuadido de que iba a sucumbir en el curso de esa danza macabra, solté la mordida y me dejé deslizar de espaldas, abandonándome a los terribles abrazos del monstruo.

   De pronto, una calma inexpresable se adueñó de mi ser, un voluptuoso entumecimiento corrió a lo largo de mis extremidades, un reposo ideal envolvió mi alma junto con mi cuerpo, privados desde hacía dos laboriosos años de la saludable relajación.

    ¡Con qué ardor deseé que fuera la muerte! Poco a poco, la voluntad de vivir se desvanecía en mí. Estaba dejando de percibir, de sentir, de pensar. Perdía la conciencia, y únicamente el sentimiento de la propicia nada colmaba el vacío ahondado por la desaparición de innumerables dolores, pensamientos turbadores y ansias inconfesables.

    Alegato RImaginarioAl despertar, hallé a mi mujer sentada a mi cabecera, escrutando mis ojos con mirada alarmada.

   —¿Pero qué ha ocurrido, pobrecito mío? —me dijo.—Nada, estoy enfermo —contesté—. Y es bueno estar enfermo.

   —Pero ¿qué dices?… ¿No será en serio?… 

   —Es el fin… Al menos eso espero.

  —¡No lo quiera Dios, no nos vayas a dejar en el arroyo! —exclamó—. ¡Qué sería de nosotros, en un país extranjero, sin amigos, sin recursos!

    —Os dejo mi seguro de vida —probé, en guisa de consolación—. Seguramente será poco, pero al menos habrá para regresar a casa. 

   Ella no había pensado en esa prima del seguro. Con aspecto algo más calmado, prosiguió:

   —Pero, pobrecito mío, no puedes seguir así, voy a mandar llamar al médico.

   —No, no quiero ver al médico.

   —¿Y eso por qué?

   —Porque… no quiero verlo.

   En nuestro intercambio de miradas pasó todo un cortejo de palabras sobreentendidas.

   —Quiero morir —dije, para concluir—. La vida me da asco; el pasado me aparece como una madeja enmarañada que no tengo fuerzas para desenmarañar. Que mis ojos se llenen de sombras, y que corran el telón.

    Ante mis nobles y valerosos desahogos, ella permanecía insensible.

   —¿Tus viejas sospechas… de nuevo? —dijo.

   —¡Sí, de nuevo! ¡Ahuyenta al fantasma! ¡Sólo tú has podido expulsarlo, hasta ahora!

   Con un gesto cotidiano, posó en mi frente su mano suave y, fingiendo como antaño ser una madraza, me dijo:

   —¿Así está bien? 

   TisanaSauco—¡Sí, así está bien!

   Y era cierto. El simple contacto de esa mano ligera que había aplastado, pesada, mi destino, poseía esa facultad de conjurar los espíritus oscuros, de ahuyentar las inquietudes furtivas.

    Pronto la fiebre volvió a adueñarse de mí, esta vez más intensa. Mi mujer se levantó enseguida para prepararme una tisana de saúco.

    Apenas me encontré solo, me incorporé para echar una ojeada por la ventana que se hallaba frente a mi cama. Era un ventanal ancho, en forma de tríptico, enmarcado por fuera por ramas de parra de un verde vivo que dejaban ver un pedacito de paisaje: en primer término, un membrillo balanceaba sus hermosos frutos bermejos entre sus hojas, de un verde oscuro; más lejos, los manzanos plantados entre la hierba, el campanario de una capilla, una mancha azul —el lago Constanza—, y al fondo despuntaban los Alpes tiroleses

     Estábamos en pleno verano, y bajo los rayos oblicuos de un sol de mediodía, todo aquello formaba un delicioso cuadro.

     EstorninosDe abajo ascendía el gorjeo de los estorninos, colgados de los rodrigones en las viñas, el piar de los polluelos en el patio, la estridulación de los grillos, las campanillas cristalinas de las vacas y, mezcladas con ese alegre concierto de la naturaleza, las risas de mis hijas y la voz de mi mujer dando órdenes y conversando con la mujer del jardinero sobre el mal que me estaba destrozando.

    Entonces volví a aferrarme a la dulzura de vivir, y el temor de la desaparición se adueñó de mí. No, decididamente, ya no quería morir. Tenía demasiados deberes que cumplir, demasiadas deudas que saldar. Agobiado por los remordimientos, experimenté una imperiosa necesidad de confesar mi vida, de implorar el perdón de todo el mundo por lo que había hecho, de humillarme ante alguien.

    Me sentí culpable, con la conciencia atormentada por crímenes desconocidos: ardía en deseos de desahogarme mediante una confesión completa de mi culpabilidad imaginaria. 

    Durante ese ataque de debilidad, que me venía de una pusilanimidad innata, regresó mi mujer, trayendo en un cuenco mi tisana y, haciendo alusión a la manía de creerme perseguido que antaño me había afectado ligeramente, probó ella el brebaje antes de ofrecérmelo. 

     —Puedes beberlo —dijo, sonriendo—, no tiene veneno.

     Estaba avergonzado. No sabía cómo contestar. Vacié el cuenco de un trago, para satisfacerla.

    La soporífera tisana de saúco, cuyo olor me traía recuerdos de mi país, donde ese misterioso arbusto resulta ser un objeto de culto popular, dio lugar a una crisis de sentimentalismo que desembocó en una efusión de remordimientos.

   —Escúchame bien, querida, pues moriré pronto. Confieso que siempre he vivido como un egoísta consumado. He destrozado tu carrera teatral en provecho de mi fama literaria… Quiero confesarlo todo ahora; perdóname…

    SiriVonEssen Stringberg2 Y, como ella estaba preparando argumentos de consolación, proseguí, interrumpiéndola:

   —Según tus deseos, nos casamos en régimen dotal. Sin embargo, he derrochado tu dote para hacer frente a avales despistados; y lo que más me atormenta es que, en caso de deceso, no podrás recibir los derechos de mis obras publicadas. De modo que haz que venga pronto un notario para que pueda legarte mis bienes, ficticios o no… Y, por último, prométeme que después retornarás a tu arte, que abandonaste por mí.

    Ella no quería oír nada, bromeaba para quitarle hierro al asunto, aconsejándome que descansara un poco, asegurándome que todo se arreglaría y que, al fin y al cabo, la muerte no estaba tan próxima.

    Con mis últimas fuerzas, le cogí la mano. La invité a sentarse junto a mí mientras me adormecía; y, mientras le suplicaba de nuevo que me perdonase todo el mal que pudiera haberle infligido, con su manita aferrada en la mía, un exquisito sopor fue haciendo caer mis párpados. Entonces sentí que me fundía, como el hielo, bajo la irradiación de sus grandes ojos que reflejaban una ternura infinita. Como un emplasto frío se plasmó su beso en mi ardiente frente, y me fui a pique, hacia las profundidades de una dicha inefable.

 

    Cuando me desperté de ese letargo, era ya de día. El sol iluminaba la cortina estampada con un paisaje de Cocagne. Por los sonidos matinales de abajo, supuse que debían de ser alrededor de las cinco. Había dormido toda la noche, sin sueños y sin despertares. 

     CocagnePaisaje Eric BruniEn la mesita de noche se hallaba aún el cuenco de tisana, y la silla de mi mujer estaba en el mismo lugar. Sólo que yo estaba arropado con su pelliza forrada de zorro, cuyo pelo suave y blando me acariciaba el mentón.

    Me parecía como si no hubiera dormido durante estos diez últimos años, de tan reposada y fresca que sentía mi agotada cabeza. Mis ideas, que antes se me escapaban en desbandada, se unían ahora en grupos regulares, ordenadas y vigorosas, listas para resistir frente a los ataques de morbosos remordimientos, síntomas de la debilidad de constitución de los degenerados.

    E inmediatamente, lo que me espantó fueron los dos puntos negros de mi vida, descubiertos ayer a raíz de la suprema confesión ante mi amada esposa, esos dos puntos negros que me habían ulcerado desde hacía tantos años y hasta mis últimos momentos.

     De modo que, sin tardanza, quería examinar en mi cerebro esas dos confesiones en cuestión, aceptadas hasta aquí sin discusión, pues me asaltaba un vago presentimiento de que tal vez todo aquello, así presentado, no fuera completamente exacto. 

    «Veamos en qué he pecado —me dije—, para considerarme de entrada como un vil egoísta que habría sacrificado, en pro de sus ambiciosos fines, la carrera artística de su mujer. Veamos cómo ocurrieron las cosas en realidad».

 

SiriVonEssen LenaEinhorn 

     En la época en que se publicaron las amonestaciones, a ella ya no le daban más que papeles secundarios. Su situación como actriz era de lo más modesta, pues su segundo debut había sido penoso, por falta de talento, de aplomo, de originalidad. Carecía de todo lo necesario para la escena. En la víspera de nuestra boda, le dieron otro papel: se trataba de una dama de compañía cualquiera en una obra igualmente cualquiera. Sólo tenía que decir dos palabras.

     Y no obstante, ¡qué de lágrimas, qué de desengaños había de traer aquel matrimonio que —según ella— le restaba todo el prestigio a la actriz, anteriormente tan seductora en tanto que baronesa divorciada por amor al Arte!

    Ciertamente, yo tenía algo de culpa en aquella debacle que no había hecho más que empezar, para culminar más tarde con un brusco rechazo a contratarla, después de dos años de llantos derramados sobre papeles cada vez más cortos.

   Strindberg Nils von Dardel.Justo en el momento de la expiración de sus contratos, yo, en cambio, alcancé el éxito como novelista, un éxito incontestable. Anteriormente había abordado el teatro con dramillas sin importancia. Mi primera tarea fue pues confeccionar una obra presentable, quiero decir una de esas cosas que son convenientes, compuesta especialmente en vistas a lograr para mi bienamada la ansiada nueva contratación. Me puse en faena a regañadientes. Soñaba hacía tiempo con oportunas innovaciones en el arte dramático. Pero de todos modos escribí ese drama, sacrificando momentáneamente cualquier clase de convicción literaria. Tras ello, hube de imponer al recalcitrante público a mi adorada esposa, arrojársela a la cabeza con todos los artificios imaginables, introducirla por la fuerza en su simpatía. Pero no hubo nada que hacer.

    La obra se hundió. La intérprete fracasó ante un patio que rezongaba contra una mujer divorciada y vuelta a casar, y el director rescindió rápidamente un contrato que no le proporcionaba beneficio alguno.

    —¿Es acaso culpa mía? —me preguntaba yo, estirándome en la cama, muy satisfecho de mí mismo tras ese primer examen-— ¡Ah, qué bueno es tener la conciencia tranquila!…

     Y, con el corazón sereno, proseguí. 

     Transcurre un año triste, lúgubre, pasado entre lágrimas a pesar de las alegrías que trae consigo el nacimiento de una niñita deseada.

   Repentinamente, el furor del teatro vuelve a aparecer en mi mujer, más violento que nunca. Recorremos las agencias teatrales, forzamos la cerrada puerta de los directores, hacemos una propaganda exagerada que no tiene éxito en ninguna parte, pues en todas nos rechazan y todo el mundo nos desaconseja que prosigamos.

    Strindberg AutoEnfriado por el fracaso de mi drama cuando estaba a punto de hacerme un lugar en el mundo de las letras, me había jurado no volver a escribir nunca más una comedia «a la medida» para un actor, no hallando en ello ningún placer, de hecho; y, poco dispuesto a desorganizar mi hogar para satisfacer una fantasía pasajera, me limité a soportar mi parte de irremediables pesares. 

    Sin embargo, al final esto superó mis fuerzas. Aprovechando las relaciones que tenía con la dirección de un teatro finlandés, logré que se contratase a mi mujer para una serie de representaciones.

    Desde luego, aquello equivalía a darme a mí mismo unas varillas para fustigarme: viudo y en la abstinencia, teniendo que ocuparme de la familia y de la casa durante todo un mes, mi mediocre consolación fueron dos paquetes con ramos de flores y coronas, traídos a la vuelta al domicilio conyugal.

    Mas ella se mostraba tan feliz, tan joven y encantadora, que me fue preciso expedir inmediatamente una solicitud de renovación del contrato.

    ¡Imagínenselo bien! Iba a abandonar mi país, a mis amigos, mi situación, mi editor… ¿y por qué? Por un capricho de mujer… Pero así es. Se ama o no se ama.

      Por fortuna, aquel buen hombre de director no podía colocar en su compañía a una actriz sin repertorio.

     ¿Acaso era mía, la culpa de eso, realmente? Ante esa idea, me regodeaba de placer en la cama. ¡Oh, pero qué bien sienta de vez en cuando hacer como los ingleses, una pequeña investigación! Alivia el corazón por completo, y de golpe me encontraba rejuvenecido.

     Pero veamos cómo sigue. A pequeños intervalos, fueron llegando los niños: uno,dos, tres… ¡Sembramos copiosamente!

     Y siempre, siempre, el furor del teatro vuelve a manifestarse. ¡Hay que lograr el objetivo, desde luego! ¡Justamente se acaba de abrir un teatro nuevo en la competencia! ¿Hay algo más sencillo, en verdad? ¿No podría ofrecerles una pieza con un bonito papel femenino, una pieza sensacional sobre el asunto de las mujeres, pues precisamente esa cuestión está al orden del día?

     ¡SeAmaONoSeAmaDicho y hecho!, pues ya lo he dicho antes: «Se ama o no se ama».

    Y aparece el drama, con un bonito papel femenino, un vestuario brillante —a la medida, por supuesto—, con una cuna, claros de luna, un bandido como contrapunto, un marido subyugado, cobarde, prendado de su mujer (era yo); una mujer embarazada en escena (eso era una novedad), un interior de monasterio… ¡y todo lo demás, caray!

     La consecuencia: para la actriz un éxito colosal, y para el autor un pozo, un pozo negro… Sí, ¡ay!, así es.

    Ella estaba salvada. Y yo, yo estaba perdido, hundido. Y a pesar de todo, a pesar de la comida a cien francos por cabeza que ofrecimos al director, a pesar de una multa de cincuenta francos que pagamos a la policía por los vivas lanzados a horas indebidas de la noche ante la puerta del agente, no vimos venir ninguna propuesta de contrato.

     ¡De todo eso, desde luego, yo no tenía ninguna culpa! ¡Por el contrario, era yo el mártir, la víctima! ¡Y naturalmente, soy un monstruo a ojos de todas las damas decentes, pues he sacrificado la carrera de mi mujer! Hace años que tengo remordimientos por ello, hasta el punto de que no puedo terminar mis días en paz.

     De hecho, ¿cuántas veces no se me habrá formulado ese amargo reproche, en plena cara, en medio de un salón? ¡Y siempre soy yo el culpable, siempre!… Las cosas ocurrieron de un modo totalmente distinto, pero ¡qué importa!… Una carrera se destrozó, es cierto, ¡lo reconozco!… ¿Pero cuál, y por quién?

   Una cruel sospecha se alza, y la ironía se evapora cuando pienso que hubiera podido pasar a la posteridad como el responsable de esa carrera destrozada, ¡sin un abogado que volviera a poner las cosas en su sitio!

     Aún quedaba la dilapidación de la dote.

    Recuerdo haber sido objeto de un artículo con el siguiente título: «Un derrochador de dotes». Recuerdo igualmente con gran nitidez una ocasión en la que me dijeron a la cara que, como marido, era un «mantenido» de mi mujer. Una bonita palabra, que me llevó a introducir seis cartuchos en el tambor de mi revolver. Examinemos pues ese asunto, ya que se quiere examinar; juzguémoslo, ya que también se halló conveniente juzgarlo.

    Börsenkatastrophe Wien 1873La aportación de mi mujer ascendía a diez mil francos, representados por unas acciones dudosas, que se pusieron a mi nombre en un banco de crédito hipotecario por una suma que representaba el cincuenta por ciento de su valor nominal. Acaeció el Crack general. Los títulos se quedaron casi sin valor, cosa que ya sabíamos, puesto que no habíamos vendido en el momento oportuno. De modo que me vi obligado a ingresar el montante íntegro de mi crédito, es decir, el cincuenta por ciento. Más tarde, el banquero poseedor de las acciones reembolsó a mi mujer el veinticinco por ciento de su crédito, dividendo del activo de la quiebra de su banca. 

     He aquí un problema para los matemáticos: ¿Cuánto he podido derrochar, francamente?

     ¡En mi humilde opinión, nada! Los bienes no negociables aportan a aquel que los posee su valor real, mientras que yo, al entregarles mi crédito personal, les había otorgado una plusvalía efectiva del veinticinco por ciento.

      ¡Luego verdaderamente, soy tan inocente de este crimen como del otro!

    ¡Y los remordimientos, la desesperación, las tentativas de suicidio, tan frecuentemente proyectadas! ¡Y las sospechas, la vieja desconfianza, las atroces dudas renaciendo sin tregua! ¡Ah, me pongo furioso cuando pienso que he estado a punto de morir como un miserable! Agobiado por las preocupaciones, por el trabajo, nunca he tenido tiempo que acordar a esos mil rumores, sobreentendidos y socarronerías afectadas. ¡Y, en tanto que yo vivía ignorante, absorto en mi tarea cotidiana, se encauzaba una leyenda, se iba precisando, pérfida, basada en los chismes de los envidiosos, en los cotorreos de café! ¡Y yo, como un necio, creía a todo el mundo menos a mí mismo! ¡Oh!…

     CortaRizosSanson¿No sería posible, realmente, que yo nunca hubiera estado loco, ni enfermo, ni sido un degenerado? ¿No sería posible que simplemente hubiera sido víctima de una engatusadora adorada, cuyas tijeritas de bordar iban cortando los rizos de Sansón mientras éste reposaba sobre la almohada, con la frente fatigada por el trabajo realizado y hastiado de las pesadas preocupaciones que procedían de ella y de sus hijos? Confiado, sin sospechar nada, durante su sueño decenal habría perdido su honor en los brazos de la hechicera, y su virilidad, su razón de vivir, su inteligencia, sus cinco sentidos, y más aún, ¡ay!

      ¿No sería posible —¡me avergüenza imaginarlo!— que se hubiera cometido un crimen subrepticiamente en esas tormentas entre las cuales me moví, cual fantasma, durante años? Un crimen pequeñito, inconsciente, provocado por unos deseos muy vagos de poder, por una tendencia oculta en la hembra a tomar la delantera al macho en ese combate a dos denominado matrimonio.

    ¡Sin lugar a dudas, la víctima fui yo! Seducido por una mujer casada, obligado a casarme con ella para justificar su embarazo y salvar así su carrera dramática; casado en régimen dotal y con la estipulación de que cada uno contribuiría por mitad a las necesidades familiares, después de diez años me hallo arruinado, desvalijado, habiendo cargado yo solo, después de todo, con las cargas económicas de nuestra asociación.

    ¡En ese momento en que mi mujer me repudió como un tunante incapaz de satisfacer las necesidades de nuestra comunidad y me presentó como el dilapidador de su fortuna imaginaria, ella, por su parte, me debía cuarenta mil francos, según uestro contrato verbal acordado el día de nuestra bendición nupcial!

 

LaNocheDeLosCelos       Decidido a saberlo todo finalmente, me levanté, salté de la cama como el paralítico que arroja a lo lejos las muletas que creía tener en su sueño, y, vistiéndome a toda prisa, bajé a ver a mi mujer.

     Desde la puerta entreabierta, se ofrecía a mis ojos encandilados un cuadro delicioso.

    Tendida en su cama deshecha, con la cabecita rodeada de almohadones blancos, sobre cuyas fundas serpentean sus cabellos rubios como el trigo candeal; con los hombros libres de su fina camisa, de la que asoma el pecho virginal bajo el entredós de encaje; el cuerpo elegante y delicado marcando sus formas torneadas bajo la mullida manta de rayas blancas y rojas; el pie descubierto, un pie minúsculo y arqueado, perfecto, cuyos dedos rosas son realzados por unas uñas transparentes, sin defecto alguno; una auténtica obra de arte consumada, moldeada en carne humana a imagen del mármol antiguo, así me pareció mi mujer. Despreocupada y sonriente, con un aire de casta maternidad, contemplaba a sus tres pequeños gorditos trepar y saltar entre los cojines de plumas con ramajes, cual en medio de un almiar de flores recién cogidas.

      Me veía desarmado frente a semejante espectáculo, y en el fondo de mi corazón, pensaba: «¡Tengamos cuidado, la pantera está jugando con sus cachorros!».

      Subyugado ante la majestuosidad de la madre, hice una entrada insegura, tímida como la de un escolar.

     —¡Ah, ya estás levantado, pequeñín! —me dijo en guisa de saludo con sorpresa en el rostro, pero con una sorpresa menos agradable de lo que yo hubiera esperado—.

      Esbocé una explicación confusa, sofocado por los niños que se abalanzaban sobre mi espalda mientras yo me inclinaba para besar a su madre.

    «¿Pero cómo, una criminal, ésta?», me preguntaba alejándome, vencido por las armas de la belleza decente, por las sonrisas francas de esa boca que la mentira no había afeado jamás. ¡No, mil veces no!…

     Me escabullí, persuadido de lo contrario.

    Pero ¡ay!, las feroces inquietudes me seguían los pasos.

   ¿Por qué la había dejado fría mi inesperada curación? ¿Cómo es que no se había informado sobre las variaciones de mi fiebre? ¿Acaso había preguntado por los detalles de la noche pasada? ¿Cómo explicar ese semblante descompuesto, ese rostro casi desagradable al verme repuesto y lozano?… ¡Y esa risa burlona, de superioridad y de condescendencia!… ¿Acaso había concebido la esperanza de hallarme muerto una bonita mañana, para librarse de ese insensato que sin cesar le hace la vida insoportable? ¿No esperaba recibir unos cuantos miles de francos de mi seguro de vida, que podrían abrirle entonces un camino nuevo hacia un nuevo objetivo? ¡Oh, mil veces no!…

      Y seguían persistiendo en mí las dudas, dudas de todo, de la virtud de mi esposa, de la legitimidad de mis hijos, dudas de la integridad de mis facultades mentales, dudas que seguían asaltándome sin tregua y sin piedad.

   En cualquier caso, ya es hora de acabar con esto, ¡es preciso detener este flujo de ideas vacías! ¡Es preciso tener la certidumbre, o morir! ¡O se ha perpetrado un crimen en la sombra, o yo estoy loco! ¡Queda pues por descubrir la verdad!

    ¡Ser un marido cornudo! ¡Qué puede importarme, si lo sé! Lo primordial es que pueda ser yo el primero en reírme de ello. ¿Existe en todo el mundo algún hombre que pueda afirmar con seguridad ser el favorito de una mujer?…

     Estatua Strindberg¡Cuando paso revista a mis amigos de juventud, hoy en día casados, no encuentro ni uno sólo a quien no engañen un poco! ¡Y los muy dichosos, ni se lo imaginan! No hay que ser puntilloso, desde luego. Ser dos, ser el único, ¡qué más da!, pero no saberlo, ¡eso es ser ridículo! Y ese es el punto principal, ¡hay que saber!

    ¡Aunque viviera cien años, un marido jamás sabría nada de la verdadera existencia de su mujer! Podrá conocer el mundo, el inmenso universo, pero nunca tendrá una idea certera sobre esa mujer cuya vida está ligada a la suya. Es por eso que ese pobre Monsieur Bovary está tan bien situado en la memoria de todos los maridos dichosos.

    Por lo que a mí respecta, ¡quiero la verdad! ¡Quiero saber!… ¿Para vengarme? ¡Qué locura! ¿De quién?… ¿De los favoritos? ¡Pero si lo único que han hecho es hacer uso de sus derechos de macho! ¿De mi mujer? Ya lo he dicho, ¡no hay que ser puntilloso! Y tocarle un pelo a la madre de mis ángeles, ¿se lo pueden imaginar?

    Lo que necesito absolutamente es saber. Y para ello voy a hacer una profunda, concienzuda y científica investigación sobre mi vida. Empleando todos los recursos de la nueva ciencia psicológica, sacando provecho a la sugestión, a la lectura del pensamiento y a la tortura mental, sin dejar de lado los procedimientos archiconocidos del viejo juego: allanamiento, robo, incautación de cartas, engaños y falsificación de firmas; en fin, lo buscaré todo. ¿Se trata de una monomanía, de la explosión iracunda de un maniaco? No me corresponde a mí juzgarlo.

    Que el lector ilustrado se pronuncie en última instancia, una vez terminada la atenta lectura de este libro, con buena fe. Tal vez descubra en él ciertos elementos de la psicología del amor, ciertas indicaciones de psicología patológica y, además, un curioso fragmento de la filosofía del crimen.

 

    De "Alegato de un loco" acceder a los fragmentos: SombraCabCuadrada177

                        

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