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Fragmentos de libros DE QUÉ HABLO CUANDO HABLO DE ESCRIBIR de Haruki Murakami  Fragmentos II

 

Editorial:   TusquetsEditores         Acceso/Volver a los fragmentos I de "De qué hablo cuando hablo de escribir": SeBuscaBolaNieve177  

 
  
 

Continúa  De 1 De vocación, novelista. ¿Son los escritores seres generosos?

En el año 1922 coincidieron en París en una cena Marcel Proust y James Joyce.

A pesar de estar sentados muy cerca el uno del otro, no se dirigieron la palabra durante toda la velada. A su alrededor los demás los observaban conteniendo la respiración, sin dejar de preguntarse de qué podrían hablar aquellos dos gigantes de las letras del siglo XX. La velada tocó a su fin sin que ninguno de los dos se dignase dirigir la palabra al otro. Imagino que fue el orgullo lo que frustró una simple charla, y eso es algo muy frecuente….

ProustEtJoyce

… En mi opinión, escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes. Es obvio que exige un nivel determinado de conocimiento, de cultura y también, cómo no, de inteligencia para poder llevarlo a cabo…

… Siempre he pensado que alguien extremadamente inteligente o alguien con un conocimiento por encima de la media no es apto para escribir novelas, porque hacerlo -ya sea un relato o cualquier otro tipo de narración- es un trabajo lento, de marchas cortas, por así decirlo. Para explicarlo mejor, y sirviéndome de un ejemplo concreto, diría que la velocidad es solo un poco superior a la de caminar e inferior a la de ir en bicicleta. Hay personas que son capaces de adaptar bien ese ritmo al funcionamiento natural de su mente, pero hay otras que no…

… Sea como fuere, he visto con mis propios ojos cómo personas inteligentes -la mayoría de ellos con otras profesiones- han escrito dos o tres novelas y después han emigrado a alguna otra parte. En general crearon obras brillantes, bien escritas. Algunas hasta ocultaban sorpresas acertadas e irradiaban frescura. No obstante, y a pesar de algunas excepciones, casi nadie se ha quedado demasiado tiempo en el ring de los escritores. Tengo la impresión, incluso, de que solo vinieron de visita con la intención de marcharse pronto...

… Alguien con talento tal vez pueda escribir una novela con cierta facilidad, pero no creo que le resulte muy ventajoso hacerlo. Imagino que después de escribir una o dos se dicen a sí mismos: «¡Ah, ya veo! ¿Eso es todo?». Luego se marchan a otro lugar con la idea de que allí encontrarán un rendimiento mayor.

Roman schreibenComprendo ese sentimiento. Escribir novelas es ciertamente un trabajo con un rendimiento muy escaso. Consiste en una constante repetición de un «por ejemplo». Tomemos por caso un tema que un escritor determinado transforma en una frase. Empezará diciendo: «Eso significa tal cosa…». No obstante, si en la paráfrasis que ha construido hay algo que no está claro o resulta enmarañado, de nuevo se verá obligado a explicarse con un: «Por ejemplo, eso quiere decir tal cosa…». El proceso de explicarse mediante ejemplos no tiene fin, supone una cadena infinita de paráfrasis, como una muñeca rusa de cuyo interior siempre brota una más pequeña. Tengo la impresión de que no hay otro trabajo tan indirecto y de escaso rendimiento como el de escribir novelas. Si uno es capaz de verbalizar con claridad un tema determinado, no tiene ninguna necesidad de empeñarse en el trabajo infinito de las paráfrasis. Expresado de un modo quizás extremo, se puede decir que los escritores son seres necesitados de algo innecesario.

 

De 2   Acerca de cuándo me convertí en escritor.

 Me estrené como escritor cuando tenía treinta años, después de ganar el premio al mejor escrito novel de la revista literaria Gunzo…

RevueltasEstudiantes… Nunca me ha gustado unirme a otras personas para hacer algo en grupo, es mi carácter, por eso nunca me integré en ninguna asociación a pesar de que, en esencia, apoyaba al movimiento estudiantil y actué en la medida de mis posibilidades individuales. Sin embargo cuando los conflictos entre las distintas asociaciones y facciones que luchaban contra el sistema establecido se agudizaron y empezar a matarse entre ellos arrastrados por una ola incontrolada de violencia, me sentí profundamente decepcionado, como les sucedió a muchos otros jóvenes (en una de las clases que frecuentábamos los estudiantes de letras mataron a un chico que nunca había manifestado ninguna opinión política.) En la esencia misma de aquel movimiento me pareció ver algo equivocado, incorrecto, un giro viciado que les había hecho perder su sana imaginación Al final, después del temporal de violencia, lo que quedó en nuestro corazón fue una gran desilusión, un sabor de boca horrible. Por muchos eslóganes ingeniosos que se inventaran, a pesar de los hermosos mensajes que flotaban en el ambiente, sin un espíritu ni una moral capaces de sostener lo que era realmente correcto y bello, todo se convertía en una sucesión de palabras hueras. La experiencia me lo enseñó y aún estoy convencido de ello Las palabras tienen poder y ese poder hay que saber usarlo de una forma correcta. Como mínimo deben ser justas e imparciales. No pueden caminar solas… …

Una tarde soleada del mes de abril de 1978 fui a ver un partido de béisbol al estadio de Jingu. Era el primer partido de la temporada de la liga central entre los Tokyo Yakult Swallows y los Hiroshima Toyo Carp. Empezó sobre la una del mediodía. Yo era un fiel seguidor del equipo tokiota. No vivía lejos del estadio e iba a menudo a ver los partidos cuando salía a dar un paseo…

TokyoYakultSwallows… Yo me había tumbado y miraba el partido mientras bebía una cerveza. La grada exterior del estadio por aquella época no tenía asientos. Era una especie de elevación cubierta de césped. Recuerdo que me sentía bien. El cielo estaba despejado, la cerveza fría y la pelota blanca destacaba contra el fondo verde del césped del terreno de juego, al que hacía tiempo que no acudía. El béisbol habría que verlo siempre en vivo en los estadios, la verdad.

El primer bateador de los Tokyo Yakult era un jugador estadounidense desconocido y muy delgado que se llamaba Dave Hilton. (...) Me parece que el primer lanzador de los Hiroshima era Satosi Takahashi. En la primera entrada, cuando Takahashi lanzó la primera bola, Hilton bateó hacia el lado exterior izquierdo y alcanzó la segunda base. El golpe de la pelota contra el bate resonó por todo el estadio y levantó unos cuantos aplausos dispersos a mi alrededor. En ese preciso instante, sin fundamento y sin coherencia alguna con lo que ocurría a mi alrededor, me vino a la cabeza un pensamiento: ‘Eso es. Quizás yo también pueda escribir una novela’. 

Aún recuerdo la sensación. Fue como agarrar con fuerza algo que caía del cielo despacio, dando vueltas. Desconozco la razón de por qué cayó aquello entre mis manos. No lo entendí en aquel momento y sigo sin entenderlo ahora. Fuera cual fuera la razón, simplemente sucedió. No sé cómo explicarlo, fue una especie de revelación. En inglés existe la palabra ‘epiphany’, epifanía. […] Aquella misma noche empecé a escribir mi primera novela sentado a la mesa de la cocina…

… No obstante, tras varios meses de esfuerzo continuado, supuse que estaba escribiendo algo parecido a una novela; sin embargo, al enfrentarme al resultado, enseguida comprendí que no valía gran cosa. Fue una enorme decepción. No sé cómo explicarlo. Aquello cumplía de alguna manera con los requisitos formales de una novela, pero no era una lectura interesante. Al llegar a la última página no dejaba ningún poso en el corazón. Si yo sentía eso, que era quien la había escrito, para unos hipotéticos lectores sería aún peor. Me dije a mí mismo: “Parece que no tengo talento para escribir”. Me deprimí. En condiciones normales habría renunciado sin más, pero aún sentía en las manos el tacto de la epifanía que me había alcanzado de lleno en el estadio Jingu… 

… Sin embargo, no resulta tan sencillo escribir con libertad y a placer lo que uno siente o lo que se le cruza por la cabeza. De hecho, es extremadamente difícil, y en especial para una persona sin experiencia. 

Para volver a empezar con una frescura renovada, lo primero que hice fue dejar a un lado el cuaderno y la pluma. Cuando uno tiene delante una pluma y un cuaderno, es inevitable ver en esos objetos cierta pose literaria. Saqué del armario una máquina de escribir Olivetti con teclado alfabético y a modo de ensayo me puse a escribir en inglés el arranque de una nueva historia.

MurakamiExitoMe daba igual el resultado, solo quería algo que se saliese de lo normal. Mi capacidad para escribir en inglés era, obviamente, limitada. Podía escribir frases cortas con una estructura gramatical más bien simple. Por muchas emociones complejas que albergase, no podía expresarlas tal cual. Me servía de las palabras más sencillas posibles para transmitir contenidos no tan sencillos. El lenguaje debía ser simple, las ideas estar expresadas de un modo fácil de entender, debía eliminar todo lo superfluo en las descripciones hasta transformar el contenido en algo compacto que cupiera en un recipiente limitado. El resultado era considerablemente tosco, pero avanzar con esas dificultades dio lugar a una especie de ritmo en las frases que constituía un estilo propio… 

… Por el contrario, si me propongo escribir en otro idioma como el inglés, eso no ocurre porque las palabras y las estructuras gramaticales están limitadas. Lo que descubrí entonces fue que a pesar de las limitaciones, si uno combina eficazmente los elementos de los que dispone y expresa sus sentimientos a través de esas combinaciones, puede hacerse entender sin problemas. En resumen, lo que quiero decir es que no hace falta recurrir a palabras difíciles ni a giros complejos para que la gente te entienda…

… Cuando descubrí lo divertido que me resultaba escribir en un idioma extranjero y con un ritmo propio, guardé la Olivetti en el armario y saqué de nuevo el cuaderno y la pluma. Me senté a la mesa de la cocina para traducir al japonés lo que había escrito en inglés, que tenía una extensión aproximadamente de un capítulo. 

Aunque digo traducción, no lo era en un sentido estricto, sino, más bien, algo parecido a un trasplante. Inevitablemente de allí brotó un nuevo estilo en japonés. Un estilo mío. Lo había descubierto por mí mismo y en ese instante comprendí que funcionaba al escribir así en mi idioma. Fue como si se me cayera una venda de los ojos. 

EscuchaLaCanciónA veces me dicen que mi forma de escribir tiene un deje como de traducción…

… El resultado final es esa obra titulada ‘Escucha la canción del viento’, que se puede leer actualmente y que aún sigue sin satisfacerme del todo. Cuando me enfrento al texto, tengo la impresión de que es una obra inmadura plagada de defectos. Como mucho logré transmitir el 20 o el 30 por ciento de lo que realmente me hubiera gustado decir. Pero después de terminarla de un modo medianamente satisfactorio, sentí que había hecho algo importante. De alguna forma respondí a la epifanía que me había alcanzado en el estadio.

Al escribir tenía una sensación más próxima a la de tocar música que a otra cosa, y aún hoy me cuido muy mucho de no perder de vista esa sensación. Quizá no escribo del todo con la cabeza, sino con cierto sentido corporal, como si fijase el ritmo con unos buenos acordes y me dejase llevar después por el poder de la improvisación…

 

De 3   Sobre los premios literarios.

 … Desde esta perspectiva, me pregunto por el valor y el significado real de los premios literarios en todo el mundo, no solo en el caso del Akytagawa. Me parece que el debate no da más de sí porque los premios, desde los Oscar de Hollywood hasta el Nobel de Literatura, no tienen un funcionamiento objetivo cuantificable que sí tienen otras categorías más específicas. Prueba de ello es que si alguien quiere poner peros o desvivirse en alabanzas, se trate del premio que se trate, tiene el terreno libre para explayarse cuanto le plazca.

RaymondChandlerRaymond Chandler escribió lo siguiente refiriéndose al Premio Nobel: «Me pregunto si me interesa convertirme en un gran escritor, si quiero ganar el Premio Nobel. ¿Qué es eso del Nobel? Se lo han dado a demasiados escritores de segunda categoría, a autores a los que ni siquiera con ese galardón te dan ganas de leer. Además en el caso de que me lo concedieran tendría que vestirme de etiqueta, viajar hasta Estocolmo y dar un discurso. No sé si tantas molestias lo justifican. Me parece obvio que no.»

TheManGoldenArmNelson Algren, autor de El hombre del brazo de oro y Un paseo por el lado salvaje, recibió un premio honorífico de la Academia de las Artes y Letras de Estados Unidos, por recomendación de Kurt Vonnegut, pero el día de la ceremonia de entrega no se presentó porque estaba en un bar bebiendo acompañado de no se sabe qué mujeres. No lo hizo a propósito, por supuesto. Le preguntaron después qué había hecho con la medalla que le habían enviado y dijo: «Ni idea. Creo que la he dejado por ahí»

Me enteré de ese episodio al leer la autobiografía de Studs Terkel, otro autor norteamericano.

Obviamente, los casos de Chandler y Algren son tan excepcionales como radicales, pues fueron hombres de vida libre y espíritu rebelde, consecuente y coherente, pero, a mi modo de ver, lo que pretendían dar a entender con su actitud era que hay cosas mucho más importantes para un escritor que los premios literarios. Una de esas cosas es tener claro en tu interior que con tus manos produces algo con sentido…

 

De 4   Sobre la originalidad.

 … El hecho de que, en mi caso concreto, la crítica literaria se haya manifestado negativamente respecto a mis obras puede haber terminado por convertirse en una ayuda, en una tabla de salvación. Un famoso crítico llegó a decir incluso que yo era algo parecido a un fraude matrimonial. Tal vez se refería a que mi literatura no es sólida y que engaño a los lectores, quien sabe. El trabajo de escritor se parece, en mayor o menor medida, al de los ilusionistas, por lo que acusarme de fraude terminó por convertirse, paradójicamente en una muestra de admiración. Debería alegrarme, animarme el escuchar estas cosas. No obstante, el receptor final de ese comentario (que se extendió como un reguero de pólvora una vez publicado) no encuentra, honestamente, motivo de regocijo alguno. El de ilusionista es un trabajo tan digno como cualquier otro, pero el fraude matrimonial puede llegar a constituir un delito en algunos casos extremos. A mi entender, decir las cosas de ese modo es poner en evidencia una considerable falta de decencia, aunque tal ez no se trate de eso, sino de simple incapacidad para usar recursos que vayan más allá de loa metáfora tosca y chapucera…

Zbigniew Herbert[…] El poeta polaco Zbigniew Herbert dijo en una ocasión «Para llegar a la fuente hay que nadar siempre contra la corriente. Todo lo que se deja arrastrar rio abajo no es más que un desperdicio». Sus palabras siempre me han dado mucho ánimo.

Intento huir de las opiniones categóricas pero si he de dar una (pido disculpas por ello) diré que, en Japón, quien hace algo distinto a los demás provoca de inmediato una reacción de rechazo. Y eso es así porque en Japón impera una cultura según la cual, para lo bueno y para lo malo, la armonía constituye uno de los valores supremos… 

[…] Para encontrar una forma peculiar de contar algo, un estilo, hace falta, según mi experiencia, empezar por el trabajo de «escudriñar lo que hay en ti» en vez de «sumar algo a ti». Pensemos detenidamente. A lo largo de nuestra vida terminamos por albergar demasiadas cosas. No sé cómo decirlo, pero tal vez dispongamos de un exceso de información de cargas, de cosas por elegir y alternativas que pueden terminar por estallar y provocar una especie de parada de emergencia tras la cual todo deja de moverse. Llegado el caso la mejor opción es tirar a la papelera todo lo innecesario, limpiar los circuitos del sistema de información para que vuelva a arrancar y empiece a moverse de nuevo en el interior de nuestra cabeza con toda libertad. 

¿Cómo distinguir entonces lo necesario de lo superfluo o de lo directamente inútil? 

Si hablo desde mi experiencia personal, preguntarme si me divierte hacer algo o no, por muy sencilla que sea la pregunta, es uno de los criterios...

[…] Si algo se puede considerar original en mis novelas, surgió gracias a la libertad. Con veintinueve años escribí mi primera obra porque se me ocurrió de repente, así de la nada, que quería escribir. No codiciaba nada, no me planteaba ninguna restricción o limitación sobre cómo hacerlo. No sabía nada del panorama literario del momento, ni tampoco había ningún escritor concreto al que admirase o que me sirviese de modelo (no sé si eso fue una suerte o una desgracia). Solo pretendía escribir algo a mi manera y reflejar con ello el estado de mi corazón. Nada más…

[…] Solo un truco personal, pero a quienes deseen expresar algo y hacerlo con libertad, tal vez les ayuda visualizar cómo vivirían sin ese deseo en lugar de centrarse tanto en el objeto del deseo. Cuando uno se enfrenta a lo que desea, convierte el asunto en algo demasiado pesado marcado por un signo de inevitabilidad. La mayoría de las veces, cuanto más peso, más se aleja la libertad y los pasos que damos se ralentizan. Si se trata de la escritura, las frases pierden fuerza, frescura, pierden capacidad de atraer a la gente y tal vez incluso a uno mismo. 

Comparado con eso, un Yo carente de deseos resulta ligero como una mariposa y, como ella, vuela con libertad. Solo hay que abrir las manos, permitirle levantar el vuelo. Al hacerlo, también liberamos las frases. Pensémoslo con calma. Cualquiera puede vivir con total normalidad sin necesidad de decir nada de sí mismo y a pesar de todo, algunos deseamos expresar algo. Tal vez en el contexto de «a pesar de todo» en donde nos vemos a nosotros mismos con naturalidad.

 Murakami Books1

De 5   Ahora bien, ¿qué escribo?.

 ¿Qué hábitos pueden ser útiles o qué tipo de entrenamiento es necesario para convertirse en escritor?...

... habría que tener siempre un libro entre las manos. Cuantos más, mejor. Da igual si se trata de una novela excepcional como si no lo es tanto, si es algo digno de olvidar o no. Lo importante es leer todo cuanto uno pueda, sumergirse en cuantas más historias mejor, vérselas con frases bien construidas, con pasajes inolvidables, también con episodios menos brillantes. Eso es lo más importante. Todo termina por decantarse y por transformarse en la fuerza básica imprescindible que le permite a alguien convertirse en escritor. Lo ideal es hacerlo cuando uno dispone de tiempo, mientras conserva una buena vista. Construir frases, es decir, escribir, es importante, pero a mí me parece que si establecemos un orden de cosas, eso puede llegar más adelante. 

Antes de eso (antes de producir nada con nuestras propias manos), deberíamos adquirir el hábito de observan en todos sus detalles los fenómenos y acontecimientos que tienen lugar delante de nuestros ojos. Cualquier cosa, por pequeña que sea, de lo que ocurre con las personas que le rodean a uno, reflexionar sobre ello. Eso no implica en ningún caso juicios de valor precipitados respecto al o que está bien o lo que está mal. Hay que cuidarse mucho de sacar conclusiones precipitadas. Cuanto más lento es el proceso, mejor. Lo importante no es llegar a conclusiones bien definidos, sino conservarlas en nuestra mente sin que se alejen demasiado de la realidad para disponer de ellas como si se tratara de un material dúctil…

(…) ¿A qué me refiero en concreto? Es difícil acertar con un buen ejemplo, pero… Pensemos en un conocido que, sin saber bien por qué, siempre que se enfada se pone a estornudar. Una vez que empieza es incapaz de parar. No es que conozca a alguien así, pero supongamos que existe. Si nos plantamos delante de él para analizar desde una perspectiva psíquica y fisiológica la relación entre los estornudos y enfado, y a partir de ahí planteamos una hipótesis, será una forma como cualquier otra de abordar el asunto, pero en mi caso concreto no es lo que yo haría. En condiciones normales, no le daría demasiadas vueltas al asunto. «¡Vaya!», me diría sorprendido, «¿así que existe una persona a la que le pasa eso? En fin, en este mundo hay de todo». Luego lo archivaría en mi memoria tal cual, como una masa sin moldear. Son ese tipo de detalles sin demasiado sentido lo que abundan en los compartimentos de mi memoria. James Joyce aseguraba que la imaginación es memoria y estoy de acuerdo con él. La imaginación es una combinación de recuerdos fragmentados e incoherentes. Esa memoria incoherente combinada de forma eficaz, por muy contradictoria que pueda parecer, puede tener un carácter tanto preventivo como intuitivo y, en mi opinión, eso debe transformarse en el motor y la fuerza de la historia…

ET Luna[…] De hecho, incluso pienso que ahora hay menos cosas de las que escribir de las que había cuando yo era joven. ¿Qué hacer en una situación así? La única alternativa, me parece, es actuar a la manera de E.T. Es decir, abrir la puerta del trastero, juntar todo lo que podamos (aunque solo sean cacharros viejos) y después esforzarnos por añadir un poco de magia. Es el único recurso q nuestro alcance para comunicar con otros planetas. No nos queda más remedio que apañárnoslas con lo que tenemos a mano, y quien sea capaz de hacerlo habrá ganado una inmensa oportunidad: descubrir el hecho concreto y maravilloso de que somos capaces de usar la magia. Alguien capaz de escribir una novela es alguien capaz de comunicarse con los habitantes de otros planetas…

(...) En resumen, la idea más importante de este capítulo es que todo aquel que aspira a escribir debería observar con atención a su alrededor. Por muy insignificante que pueda parecer algo, el mundo está plagado de piedras preciosas en bruto tan atractivas como misteriosas. Los escritores están dotados de vista suficiente para dar con esas piedras, y encima no se puede obviar el hecho de que todo ese material es gratuito. Con la actitud adecuada se pueden recoger y seleccionar tantas de esas piedras preciosas en bruto como quiera.

¿Acaso existe otra profesión que ofrezca una oportunidad tan maravillosa como esta?  

 

DisketteA DisketteBAnverso y reverso de los antiguos disquetes de 3,5"  .    

De 6   Que el tiempo se convierta en un aliado. ¿cómo afrontar la escritura de una novela larga?.

 (…) Tengo una anécdota interesante y hasta cierto punto reveladora. Ocurrió mientras escribía mi novela Baila, baila, baila. (…) Guardé el trabajo en uno de esos disquetes de la época y con él me marché a Londres. Sin embargo, una vez instalado en la nueva casa me di cuenta al abrir el archivo de que se había borrado un capítulo entero. (…) El caso es que me quedé en estado de shock. Era un capítulo largo y estaba seguro de haber hecho un buen trabajo. (…) Me esforcé en ser positivo y empecé a reconstruir todo lo que había escrito unas semanas antes con tanto esfuerzo. Gracias a eso logré resucitar el capítulo perdido. Cuando se publicó la novela, el capítulo desaparecido apareció por arte de magia. Se había traspapelado en algún vericueto del que no podía sospechar nada. Eran cosas que sucedían a menudo. Lo leí muy preocupado sin saber bien qué hacer en el caso de que estuviera mejor que el finalmente publicado, pero resultó que la nueva versión era mucho mejor.

baila baila bailaLo que quiero decir es que hay margen de mejora para todo. Uno puede convencerse a sí mismo de haber escrito algo casi perfecto, pero siempre es mejorable. Por eso, en la fase de reescritura intento apartar a un lado mi orgullo y mi presunción y trato de enfriar al máximo la cabeza sin enfriarme yo del todo, pues eso me impediría acometer la reescritura. No queda más remedio que admitir las opiniones divergentes. Por mucho que me incomoden o molesten, conviene aguantar el tipo y tragarse el orgullo. Una vez publicada la obra, es mejor no hacer demasiado caso a lo que se dice de ella, mantener las distancias. Si uno les presta demasiada atención, el cuerpo no lo resistirá (y es literal). Por el contrario, todo lo que a uno le comentan mientras escribe debe tenerse en cuenta con la máxima modestia y humildad. Así es como entiendo las cosas desde hace mucho tiempo…

(…) En resumen, reescribir es fundamental. Es la actitud de un escritor frente a un trabajo que decide mejorar. (…) ¿Cuántas veces reescribo?... Reescribo innumerables veces en las primeras etapas; reescribo después de entregar el texto a la editorial y recibir las primeras galeradas. Reescribo y reescribo una y otra vez hasta el extremo de aburrir a todo el mundo y vuelvo a corregir las pruebas cuando me las mandan de nuevo. Ya lo he dicho antes que para este trabajo hace falta perseverancia, pero para mí eso no implica sufrimiento. Me gusta el empeño machacón y martilleante de leer una y otra vez las frases para comprobar sus resonancias, cambiar el orden e incluso expresiones o detalles en principio insignificantes. (…) No sé porqué pero ese proceso me divierte, No me aburriría aunque tuviera que hacerlo hasta le infinito. Raymond Carver, un autor al que admiro y respeto, era también un maniático de esa mecánica del martillo. Escribió haciendo suyo el leitmotiv de otro autor: «Al fin he entendido que una novela se perfecciona después de releerla, de quitarle algunas comas y volver a leerla una vez más para poner las comas en el mismo sitio donde estaban». Entiendo perfectamente lo que quiere decir. He pasado muchas veces por esa experiencia. Al escribir una novela se llega a un punto delicado en el que se tiene la impresión de haber alcanzado un límite a partir del cual todo empeorará si volvemos a traspasarlo…

(…) El mundo está lleno de cosas que solo se pueden demostrar con el paso del tiempo. De no atesorar semejante convención, tal vez me hundiría, por muy audaz o descarado que pueda ser. Pero si uno tiene claro que ha hecho cuanto debía, no hay nada que temer. Lo demás es mejor dejarlo en manos del tiempo. Manejar el tiempo con respeto y cortesía equivale, en cierta manera, a convertirlo en un aliado. Es lo mismo que sucede con las mujeres.

Fires CarverRaymond Carver escribió en uno de sus ensayos: «Cuando un amigo escritor me dijo que podía haber escrito algo mejor si hubiera dispuesto de tiempo, me dejó pasmado. Aún ahora, cuando lo recuerdo, vuelvo a quedarme estupefacto […] Si eso que había escrito no era lo mejor que era capaz de sacar de mí mismo, ¿para qué escribía? Al fin y al cabo, lo único que podremos llevarnos a la tumba es la satisfacción de haber hecho todo lo posible, la evidencia de haber trabajado con todas nuestras fuerzas. En ese mismo instante me hubiera gustado decirle. “Mejor dedícate a otra cosa. Aunque te ganes bien la vida con esto, hay trabajos más fáciles y honestos. En caso contrario, exprime al máximo todas tus capacidades y tu talento. Déjate de excusas y justificaciones. No te quejes”» (extracto de su obra Fires: Essays, Poems, Stories)
A pesar de su severidad, estoy totalmente de acuerdo con su planteamiento…

 

De 8   Sobre la escuela.

 (…) Vuelvo a repetir. Nunca me ha gustado las institución que representa la escuela. He tenido algunos profesores excelentes y he aprendido en ella unas cuantas cosas importantes. Sin embargo, en el cómputo general debo decir que la mayor parte del tiempo que pasé en ella fue tan inútil como aburrido. Cuando mi vida de estudiante llegó a su fin, estaba tan inmensamente aburrido que lo único que quería era no aburrirme nunca más en toda mi vida. Me lo propuse con todas mis fuerzas, pero en esta vida el aburrimiento parece caer del cielo, brota de la nada… 

[…] Me recuerdo en clase entregado por completo a mi imaginación, sin prestar atención a lo que ocurría en el aula. Si volviese a ser niño en este instante, sería incapaz de adaptarme, y en las condiciones actuales terminaría por padecer fobia. En mi niñez al menos, la fobia al colegio apenas existía y nunca la sufrí.

CatastrofeFukushimaDa igual la época, da igual de qué mundo se trate, la imaginación tiene un sentido crucial. Uno de los conceptos opuestos a la imaginación es la eficacia. Lo que expulsó a miles de personas de su tierra natal en Fukushima tiene su origen en esa idea de la eficacia. Atribuir a la energía nuclear en este caso el valor fundamental de la eficacia y convertirla, por tanto, en algo bueno sumado a la ficción del mito de la seguridad fue la operación que terminó por desatar la catástrofe da que Japón no podrá recuperarse jamás. Se puede decir que fue una derrota de nuestra imaginación, pero aún no es tarde. Como individuos debemos levantar un andamiaje de ideas y pensamientos libres que sirva para oponernos a un sistema de valores nocivo y peligroso basado en conceptos como la rapidez y la eficacia. Nuestra obligación es hacer extensivo ese andamiaje a otras comunidades. 

 

De 10  ¿Para quién escribo?

En cierto sentido, es verdad que escrito para mi mismo. Cuando empecé mi primera novela. Escucha la canción del viento, sentado a medianoche a la mesa de la cocina, nunca se me ocurrió pnesar que iba a terminar expuesta a los ojos de los lectores. Esa es la realidad. De ahí que mi único pensamiento claro respecto al acto de escribir fuera el de hacerlos para sentirme bien. Traducir en frases algunas imágenes que había dentro de mí, encontrar las palabras que se ajustaban a mi forma de ser y que a la vez me satisfacían era lo único que había en mi cabeza. Al margen de aquella primera experiencia con la escritura, cuestiones peliagudas como quiénes leen mis novelas, si les gustará lo que escribo o si entenderán lo que pretendo decir en determinada obra. Es así de simple.

Creo, por otra parte, que en el hecho de escribir se oculta una intención de curación de mi mismo. Cualquier acto de creación tiene, en mayor o menor medida, esa intención de añadir algo personal de corregirse a uno mismo. Uno se relativiza, es decir, manifiesta una vertiente espiritual de sí mismo de forma distinta a la que existe en realidad y de esa manera se pueden diluir (o sublimar) los desacuerdos, las discrepancias o las contradicciones que se producen, inevitablemente, en el transcurso de la vida. Si ese proceso lleva a un buen resultado, se puede compartir con los lectores…. 

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